Las Cruzadas.


LAS CRUZADAS. Las Cruzadas fueron un fenómeno socio – económico – militar basado en creencias religiosas. Tras esas fachadas fueron una gran empresa comercial dirigida por el Temple. Se dieron en la Edad Media tallándola, modificándola y caracterizándola. La campaña militar Templaria en Palestina que duró casi dos siglos, fue una serie de desaciertos, derrotas jalonadas y unas pocas victorias, la mayor en los comienzo con la toma de Jerusalén en 1099. Varios factores colaboraron para la derrota final en 1291. La pesada caballería cristiana arrollaba todo a su paso, pero pasada la sorpresa y derrota sarracena inicial ocurrió el contragolpe.
Saladino Salad El-Din Yüsef. Saladino que padecía paludismo se hizo al cargo en 1171. Era un hombre bello, sobre los 30 años, generoso, austero, de carácter humilde, guerrero de honor prudente y tenaz que no trataba con vencidos crueles o felones; sensible al dolor lo hacía ser muy prudente en el derramamiento de sangre. Un magnífico conductor caballeresco y cortés: En el curso de los combates se le vio hacerle llegar helados y caballos frescos a los caballeros cristianos para permitir luego reiniciar la lucha. Su magnanimidad quedó demostrada cuando tomó Jerusalén en 1187 contrastando con la gran masacre ocasionada por los cruzados cuando la tomaron 88 años antes. En El Cairo se hizo atender por el prestigioso tabib judeo – árabe procedente de España, Musa Ibn Maimun conocido como Maimónides. Frente a él no existió ningún estratega de su porte. Quizás la única excepción fue el rey Balduino IV, el Leproso (1161-1185) hombre de cerebro y coraje muerto a los 24 años por la enfermedad. Supo transformar en virtud la debilidad e hizo estragos con sus tácticas de uso, movilidad y poco peso de su caballería ligera armada con arco y flechas; cuerpos de arqueros que conociendo la vulnerabilidad de un hombre de a pie en el desierto, elegían como blanco a los caballos ocasionando permanentes bajas a las tropas cristianas evitando su reacción efectiva, además de las retiradas ventajosas por conocimiento del terreno, amén de una mayor cantidad de hombres y la desgastada guerra de guerrillas. Sólo cuando tuvo razones firmes para la victoria aceptó el combate formal que mucho costó en sangre y vidas a los cruzados aprender las duras lecciones de movilidad que enseñaban los sarracenos, buenos combatientes que suplían con astucia el coraje desenfrenado de los francos que no Distinguían las falsas de las verdaderas retiradas, reconocer las emboscadas, etc., la salvaje impetuosidad de los primeros cruzados había desaparecido.
Se Puede Señalar También Un Factor De Comunicaciones medio desconocido por los francos. Los ejércitos musulmanes en operación llevaban consigo palomas mensajeras de distintas plazas que al ser soltadas con un mensaje, volvían a su lugar de origen entre Damasco, Alepo, El Cairo y otras ciudades, de tal manera que la información rápida de que dispusieron no la tenían los cruzados. Incluso la cría de palomas, entrenamiento y alimentación estaba subvencionada por el Estado. Las palomas fueron utilizadas con finalidades militares; y vehículo de mensajes amorosos, constatándose al menos los de Nouredín, tío de Saladino con Eleonora de Aquitania, esposa de Luis VII.
Las Condiciones De Vida. Por otra parte fueron mucho más duras para los recién llegados de Occidente que para los Orientales acostumbrados a los rigores del clima y a la lucha contra ello. A los dignatarios del ejército musulmán nunca les faltó hielo aún en campaña. Caravanas partían regularmente a buscarlo a la cima del Monte Hermòn (2.760 m.) en el ante Líbano, conservado en pozos y aislado por paja, signo de extremo refinamiento musulmán que enfrentó con los cruzados. Los Frany como llamaban genéricamente a los cristianos ignoraron por completo el cuidado sanitario. Los árabes poseían una refinada cultura sanitaria, asombrándose de su falta de aseo. Los cuidados médicos que se encontraban en Damasco catalogados como los mejores del mundo en su época. En 1154 tenía dos hospitales y en cada uno de ellos, administradores que llevan registros mientras los médicos acuden todas las mañanas, examinan a los enfermos y ordenan se preparen las medicinas y alimentos que pueden curar según lo que conviene a cada cual. Los enfermos y heridos cruzados, durante todas las cruzadas carecieron de atención médica eficaz, no iban médicos ni cirujanos y sólo aquellos que sobrevivieron fueron evacuados a la isla de Salermo, equivalente a lo que fue la isla de Corfú durante la última gran guerra (1914-1917). De paso, diremos que fue a esa isla bizantina donde en el regreso de Ricardo Corazón de León fueron arrojadas las naves por los vientos que las azotaron. Salermo fue la primera escuela de medicina laica de renombre europeo y aparece en la Edad Media. Allí se fusionaron los conocimientos médicos griegos, latinos, árabes y judíos de la época para dar origen así a lo que se llamó doctrina salernitana.
Enfermedades De Oriente. Desde el punto sanitario podemos señalar que las cruzadas trajeron como consecuencia la introducción en Europa de dos enfermedades muy extendidas en Oriente: la viruela y la lepra. Los monjes fundaron hospitales para cuidar a los leprosos y evitar así su contacto con la gente sana; se llamaron lazaretos en memoria de Lázaro, el leproso de la Biblia. Hemos dicho anteriormente que existía una Orden monástico – militar, la de San Lázaro, desprendimiento de los Hospitalarios, cuya cruz era verde y se dedicaba al cuidado de los leprosos. Todos sus miembros, excepto el maestre, eran leprosos.
Rencillas Y Desavenencias. También se constituyeron entre los dirigentes cristianos y entre las diferentes Órdenes Militares. Dentro de las cruzadas, hay una calificada por Runciman como uno de los crímenes más grandes de la humanidad (Godes) y es la organizada por los venecianos que estafaron en los hechos al Papa Inocencio III. DANDOLO fue su responsable. Arrasaron, asesinaron, violaron y desvalijaron ciudades cristianas, entre ellas Constantinopla. Jerusalén cayó en manos del Islam el 3 de Julio de 1187 probablemente debido a las propias desavenencias entre Damasco y Egipto. No entraría la Cristiandad en ella hasta la Gran Guerra en 1917, 730 años después, cuando el General Allenby derrotó a los turcos en Gaza. Lord Edmund Henry Hynman Allenby, 1st. Vizconde, (1861-1936) el último gran líder británico de caballería montada que dirigió las operaciones en la campaña de Palestina de la 1ª Gran Guerra Antes de hacerlo, el Ministerio de Guerra británico le cablegrafió: “Se sugiere insistentemente desmontar en la entrada. El emperador germano entró cabalgando y corrió el comentario de que un hombre mejor que él caminó”. El hombre no era Jesús, que entró a lomo de mula, sino el suegro de Mahoma, el califa Omar, quien había efectivamente entrado a pie para ir a rezar al Monte Moriah sobre el que asentaba el Templo. El general Allenby, desmontó y entró a la Ciudad Santa a pie. Desde ese momento Gran Bretaña compartió la dominación de Outremar con Francia (presente en Siria). En 1947 los británicos se retiraron de Palestina. En el año siguiente Israel se proclamó como estado pero Jerusalén fue gobernada por el reino hachemita de Jordania hasta 1967, cuando las fuerzas israelíes la tomaron en la Guerra de los Seis Días. El Monte Moriah, lugar donde se encontraba el Templo y la mezquita de Al-Aqsa, está en manos musulmanas. Entre ellos nacieron rivalidades y los que se hallaban instruidos para proteger la paz en Tierra Santa fueron los primeros en perturbarla, no sonrojándose de haber recurrido al veneno y al puñal contra sus propios compañeros de armas. Algo mas tarde un alemán llamado Wudpott por algunos, fundaba juntamente con su esposa en Jerusalén un hospicio anexo a una capilla bajo la advocación de Santa María para los peregrinos de su nación. Otros alemanes consagraron sus caudales y obras para esta fundación y se titularon hermanos de Santa María. Como vieron luego que sus compatriotas eran difícilmente recibidos entre los hospitalarios y los templarios, se propusieron imitarles creando una nueva orden. Durante el sitio de Tiro en 1190, algunos ciudadanos de Bremen y de Lubeck levantaron con las velas de sus buques una espaciosa tienda para recoger allí a los heridos de la lengua alemana. Asociándose a ellos en este piadoso ejercicio los hermanos de Santa María se constituyeron en orden militar bajo la regla de San Agustín, aprobada por Clemente III bajo el nombre de Orden Teutónica con privilegios semejantes a las dos anteriores. Sus miembros llevaban manto blanco con cruz negra y no admitían caballeros más que a hidalgos alemanes, siendo accesibles los grados inferiores a los simples ciudadanos. Adquirieron considerables riquezas hasta el punto de constituir un poder dominante que defendió contra nuevas invasiones de bárbaros en Europa. Estas ordenes sirvieron de ejemplo a las demás que se fundaron en Europa hasta en número de treinta, sin que todas estuvieran obligadas al celibato, variando los votos según los lugares: Nueve seguían las reglas de San Basilio; catorce las de San Agustín y siete la de San Benito. A los hospitalarios de San Juan estaban reunidos los de San Lázaro en un principio; pero cuando los de San Juan hicieron profesión de castidad los lazaristas se separaron de ellos, tomando por señal distintiva la cruz verde, hicieron votos de consagrarse a la defensa de los Santos Lugares. A su vuelta de Palestina Luis el Joven trajo a algunos consigo y les confío el cuidado de los enfermos atacados de lepra en su reino. Les dio el castillo de Boigny, cerca de Orléans que vino a ser centro capital de la Orden de que era Gran Maestre el rey de Francia. Mas tarde fue incorporada a la de Monte Carmelo, fundada por Enrique IV, cuyos caballeros llevaban la cruz de oro con ocho puntas y una cinta verde.
Ocupantes Permanentes. Las Órdenes Militares fueron las ocupantes permanentes de Palestina y Siria. Los reyes, nobles y no tan nobles que comandaron las diferentes cruzadas tomaron el problema como una expedición, interesante desafío temporal con riesgo de vida y pasaje de regreso. Por eso las ordenes monástico – militares, especialmente el Temple, con residencia permanente en Tierra Santa, pudieron establecer relaciones durables y profundas con las poblaciones musulmanas, cultura y conocimiento esotérico orientales. En el plano político balancearon consciente o inconscientemente el poder. Mientras los de San Juan apoyaban a los musulmanes de Damasco, los templarios lo hicieron con los fatimitas de El Cairo. De ahí que el Temple siempre estuviera más dispuesto a combatir contra los turcos que contra los egipcios.
Resumen De Las Cruzadas. Se llaman cruzadas las expediciones que emprendieron los cristianos de Europa Occidental, en los siglos XI y XII, para rescatar Jerusalén y el sepulcro de Cristo, en poder de los musulmanes. Fueron expediciones militares que se proponían tomar Jerusalén y recuperar para la cristiandad los lugares sagrados, que habían caído en manos de los turcos. Se las llamó así por la cruz que llevaban los guerreros bordada en sus pechos. Se realizaron en total ocho cruzadas entre 1095 y 1291. Las cruzadas también les sirvieron a los caballeros medievales para hacer grandes negocios y transformarse muchos de ellos en poderosos mercaderes y banqueros. La causa primera de estas expediciones fue la aparición en Oriente (siglo XI) de un nuevo pueblo musulmán, los turcos, originarios de Turquestán, que se habían apoderado de Jerusalén (1078). Esta ciudad estaba en manos de los musulmanes árabes desde hacía cuatro siglos (636), pero como para ellos era una ciudad santa, habían respetado la tumba de Cristo y no habían puesto obstáculos a las peregrinaciones. Por el contrario, los turcos persiguieron a los peregrinos, humillándolos y torturándolos. De esta forma, el acceso a Tierra Santa se encontró prohibido a los cristianos, siéndoles imposible aproximarse al sepulcro de su Dios, lo que para ellos significaba poco menos que el cierre de las puertas del cielo. Pero también hubo otras causas: El atractivo del viaje a comarcas desconocidas, el gusto por las aventuras, la pasión por los combates entre los caballeros y, por último, la esperanza de hacer fortuna en Oriente.

  • Precruzada. El 1095 el papa Urbano II llamó a los cristianos europeos a tomar las armas para liberar los Santos Lugares de Jerusalén y también a los cristianos de Oriente en poder de los turcos, de religión musulmana. Se les llama cruzadas a estas expediciones religiosas militares, por tener la cruz sobre vestidos y estandartes como insignia de su voto. El llamado del papa tuvo una gran acogida entre los señores nobles y arrastró a multitudes. Mientras se preparaban las expediciones, se realizó un primer intento de cruzada liderada por el monje Gualterio el Pobre, quien dirigía un grupo de campesinos y artesanos, junto a sus mujeres y niños. Estos llegaron cerca de Tierra Santa, pero como no tenían armas ni preparación militar necesaria, fueron exterminados por los turcos hacia el año 1096. Este fue el destino de la llamada Cruzada popular. El pueblo llano creó su propia fuerza, la llamada “cruzada del pueblo”, formada alrededor del predicador Pedro El Ermitaño (hombre tan admirado que la gente le arrancaba los pelos a su mula como reliquia), atravesó Hungría y Bulgaria, provocando a su paso grandes abusos y desórdenes, y en cada ciudad preguntaban si aquella era Jerusalén. Muchos europeos pensaban que estaba por llegar el “día del juicio final”. Temerosos de Dios, verdaderas multitudes de hombres, mujeres y niños respondieron al llamado del Papa pero esta primera cruzada, llamada popular, fracasó y la mayoría de sus integrantes fueron masacrados sin poder acercarse a la Tierra Santa.
  • Primera Cruzada. Se realizó entre 1096 y 1099. El Concilio de Clermont, inaugurado por el Papa Urbano II en noviembre de 1095, incluyó entre sus decisiones otorgar el perdón de todos los pecados o indulgencia plenaria a aquellos que marcharan a oriente para defender a los peregrinos, cuyos viajes se habían tornado cada vez más peligrosos. La repercusión popular de la medida quedó de manifiesto cuando el Papa fue aclamado por la multitud a la que anunció la nueva. El grito “¡Dios lo quiere!”, Se expandió por Europa, numerosos franceses de todos los Estamentos vistieron el uniforme cruzado distinguido por una gran cruz que dio nombre a los guerreros. El entusiasmo fue tal que muchos vendieron o hipotecaron todos sus bienes para obtener las armas y el dinero necesarios para la empresa. En 1096 señores francos y normandos forman un poderoso ejército. Sus jefes fueron Godofredo de Bouillón duque de Lorena; Roberto de Flandes; Raimundo de Tolosa y Bohemundo de Sicilia. A esta cruzada se la llamó “señorial”. Cuando llegaron a Bizancio, el emperador Alejo Conmeno les agradeció su presencia, pero por las dudas les hizo jurar que las tierras conquistadas a los turcos quedarían dentro de su imperio. Se organizaron cuatro expediciones militares o ejércitos regulares que se unieron en Constantinopla. El primer ejército al mando de Hugo de Vermandois, hermano del rey francés Felipe I, partió en 1096. Un sector naufragó en el mar Adriático, mientras otro, que viajaba por tierra, y donde figuraban Godofredo de Bouillón, duque de la Baja Lorena y sus hermanos Balduino y Eustaquio, llegó a Constantinopla a fines de diciembre. El segundo ejército lo comandó Bohemundo de Tarento, normando del sur de Italia, antiguo enemigo del imperio bizantino, llegó a Constantinopla en abril de 1097. El ejército más numeroso era el de Raimundo de Saint-Gilles, conde de Toulouse, acompañado de Adhémar de Monteil, legado papal y obispo de Puy. Llegó a Constantinopla por tierra en abril, después de recorrer la región bizantina de Dalmacia. El cuarto contingente, comandado por Roberto de Flandes, a quien acompañaban Roberto de Normandía, hermano del rey inglés Guillermo II el Rojo, y Esteban de Blois, nieto de Guillermo I el Conquistador, cruzó el Adriático desde Brindisi. Constantinopla alojó una multitud formada por unos cuatro mil caballeros y alrededor de 25 mil soldados. El 19 de junio de 1097, Nicéa cayó en poder de los cruzados, a continuación se pusieron en camino hacia Antioquía. Fueron atacados por los turcos en Dorilea en julio, pero lograron vencerlos después y luego de una ardua marcha, llegaron a las cercanías de Antioquía el 20 de octubre. La gran ciudad, provista de impresionantes murallas, fue difícil de tomar y muchos caballeros cristianos desistieron. Sin embargo, la plaza cayó el 3 de junio de 1098 y fueron exterminados todos sus habitantes musulmanes. El 28 del mismo mes, los cristianos libraron una larga batalla contra el general turco Karbuga de Mosul, al que vencieron, aunque una peste diezmó las filas cristianas y deslució estos éxitos. Los cruzados se dirigieron entonces hacia Jerusalén, que se hallaba en los dominios de los califas fatimíes de El Cairo. El ejército cristiano había quedado reducido a unos mil quinientos caballeros y doce mil soldados, mal armados y aprovisionados. El 7 de junio de 1099 acamparon ante la Ciudad Santa, y el 15 de julio Godofredo de Bouillón tomó un sector de las murallas, logrando luego abrir una de las puertas. Jerusalén fue capturada tres años después del comienzo de la primera cruzada, y a su conquista siguió una matanza de mujeres, hombres y niños musulmanes y judíos. Derrotaron a los turcos. Godofredo conquistó la ciudad, quien a diferencia de la mayoría de los cruzados, decidió permanecer en Palestina. Fundaron el primer reino cristiano de Jerusalén, que tuvo como primer soberano a Godofredo de Bouillón, con el título de Guardián de los Santos Sepulcros (noviembre de 1100) y se crearon los condados de Edessa y Trípoli y el principado de Antioquía. Es en este período se organizaron la Orden de los Caballeros Hospitalarios y la Orden de los Templarios. A su muerte, su hermano Balduino fue proclamado rey de Jerusalén.
    Resumen. La montaña de Betania y las alturas circundantes con sus peladas lomas y ralos olivares, habían quedado cubiertas de blancas tiendas de campaña, chozas de palma y carromatos cubiertos. Desde Ascallón, atravesando las calcinadas montañas, llegaban unas tras otras nuevas caravanas, trenes de carromatos y tropas de caballeros con más reservas. Los cruzados sitiaban Jerusalén la ciudad de las ciudades a los ojos de los cristianos. Ahí enfrente se alzaba el venerado monte Sión, realzado por el llameante oro de la cúpula de Omar, protegido por impresionantes guirnaldas de murallas, defendido por las torres y puertas de las obras de fortificación, de aspecto casi prehistórico. Detrás relucía el conglomerado blanco de cal de las casas cuadradas; tendían a lo alto los esbeltos alminares de las mezquitas; yacían, apretados, antiquísimos palacios, viejas iglesias griegas y romanas. El ejército cristiano, abigarrada mezcolanza de nobles caballeros de Flandes y Lorena, normandos, provenzales, renanos y normandos sicilianos, se reunió al sonido de las trompetas en los lugares de reunión en que se habían alzado ondeantes pendones. Ejército de místicos guerreros de Dios, aventureros, ilusos y bandoleros había marchado y cabalgado a través de países desconocidos, ciudades enemigas, caminos extraños y ríos salvajes. Combatió contra mucha enemistad y extranjería, cantó himnos y saqueó pueblos, salmodiado y arrasado. Llegó después de indecibles esfuerzos desde Europa Occidental hasta las puertas de Jerusalén para liberar el sepulcro del Redentor.
    Los cruzados vieron las increíbles murallas y puertas, talaron en Siquem cedros y cipreses, desarmaron nueve galeras genovesas que habían atracado en Escalón y consiguieron así la madera suficiente para construir las necesarias máquinas de asedio, ballestas, arietes, torres rodantes de varios pisos de altura y puentes de asalto, que revistieron con pieles de camello y cueros de buey sin curtir, para asegurarlas contra los proyectiles incendiarios.
    Godofredo de Bouillón, a quien el ejército había elegido por jefe, ordenó el asalto para la madrugada del 15 de julio de 1099. En la noche anterior, el ejército cristiano había acercado mucho a las murallas de Jerusalén las torres y los arietes; ahora comenzó a asaltar, bajo un ensordecedor griterío, las puertas y torres con arietes, carneros y ballestas. Un testigo presencial Ekkehart de Aura, autor de una crónica describe los acontecimientos: “Pero los seljúcidas colgaron de las murallas sacos de lana y paja y nos lanzaban piedras. Entonces dispararon incendios contra nuestras máquinas y les lanzaron flechas untadas de pez y azufre. Nuestras máquinas y torres comenzaron a arder… Por la tarde algunos jóvenes caballeros dispararon flechas incendiarias hacia los sacos de lana y paja, el viento llevó el humo a los ojos de los defensores. Rápidamente se echó el puente de asalto, que se ancló en las murallas. Don Godofredo fue uno de los primeros en cruzarlo al asalto. Otros alcanzaron las murallas mediante escalas… El ejército cristiano prorrumpió en el grito de guerra: ¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere! Se plantaron banderas en las torres. Caballeros de yelmo con penacho y cota de malla se introducían luchando a través de las puertas abiertas y los musulmanes se retiraban por las callejuelas de Jerusalén. El recinto amurallado de Jerusalén en el año 1099 formaba aproximadamente un pentágono irregular. Al cercar la ciudad, Godofredo de Bouillón cubrió la muralla del ángulo noroeste, junto a la Puerta Nueva … En el atardecer del 14 de julio de 1099, durante el asalto a la ciudad, las tropas de Godofredo adosaron las escalas al muro y treparon con rapidez increíble. Desde lo alto de la muralla el duque Godofredo ordenó a sus capitanes que abriesen las puertas próximas la de las Flores y la de Damasco por las que se precipitó con ansia incontenible el grueso del ejército cruzado. Los jefes musulmanes se rindieron ante Tancredo en la explanada de Haram-es-Sherif, los normandos profanaron la Mezquita de la Roca y la saquearon, el jefe supremo de la defensa, Iftikhar, fue apresado por los hombres del conde de Tolosa cuando trataba de refugiarse en la Torre de David. Se dice que la sangre fluyó a torrentes sobre las escalinatas del templo; los cadáveres cubrían las callejas en las que se combatía en cada casa, en cada bóveda y por cada tejado. La terrible batalla duró muchas horas. De repente, todo pareció cambiado: callaron las armas y aquellos que un momento antes todavía habían peleado encarnizadamente, que habían incendiado, golpeado y saqueado al parecer sin escrúpulos, se transformaron en peregrinos piadosos, alzaron ante sí las espadas como si fueran cruces y se congregaron para ir en procesión al Santo Sepulcro del Redentor… ¡Jerusalén volvía a ser cristiana! El ejército eligió rey a Godofredo de Bouillón; más éste sólo se llamó humildemente «defensor del Santo Sepulcro».
    De hecho, Godofredo, tal como ya se ha indicado, rechazó el título de Rey, para adoptar el de defensor del Santo Sepulcro, fundando la Orden de dicho nombre, a la que concedió y retiró casi simultáneamente la cruz patriarcal otorgada como símbolo, extraña actuación no exenta de polémica. Después de la inmensa victoria los cruzados, desahogaron el recuerdo vivo de sus sufrimientos y penalidades, se entregaron a la más espantosa e imparable de las venganzas. Épico y emocionante por otra parte, aquellos grandes señores de la Cruzada cuando, después de tantos años, los sueños de Clermont ciudad en la que se llevó acabo el concilio que convocó la Cruzada se convirtieron en realidad, y tras recorrer la Vía Dolorosa, la misma por la que Jesús caminó con su pesada cruz hacia el calvario, y el barrio cristiano. Sus pies hollaron por fin la iglesia del Santo Sepulcro, donde habrían de postrarse extenuados pero exultantes de fe y gozo, y seguramente con lágrimas surcando sus polvorientos y curtidos rostros, ante la tumba de Cristo. Tres días después de la conquista de Jerusalén los principales jefes de la Cruzada se reunieron para un consejo extraordinario con asistencia de los más altos clérigos, en la Torre de David, luego de Herodes y hasta unos días antes palacio del gobernador musulmán, para tratar los asuntos más perentorios. Cuatro eran los candidatos para ser coronado Rey de Jerusalén: Raimundo de Tolosa, Roberto de Flandes, Godofredo de Lorena (Bouillón) y Roberto de Normandía. 2 condes y 2 duques que habían hecho prodigios de valor frente al enemigo y habían dado sobradas muestras de competencia.
    Por causas poco claras, y si bien todo apuntaba en un principio a que sería nombrado jefe supremo de Jerusalén Raimundo de Tolosa, finalmente la corona fue ofrecida a Godofredo de Bouillón, que creyó su deber aceptar pero con una negativa tajante a la dignidad real: “No llevaré corona de oro donde Cristo la llevó de espinas”. Y pidió como título de honor y autoridad suprema el de Defensor del Santo Sepulcro. Poco después se aprobó la elección de Arnulfo de Rohes como Patriarca de Jerusalén.
    El anterior, Simeón, acababa de morir en su exilio de Chipre. Con la aprobación del Defensor el nuevo Patriarca designó a veinte canónigos, embrión de la futura Orden del Santo Sepulcro, para que sirviesen al culto en la Iglesia del Santo Sepulcro, y fundió campanas para los toques litúrgicos que los musulmanes habían prohibido. Los sacerdotes cristianos ortodoxos se vieron obligados a devolver el mayor fragmento de la Vera Cruz que fue venerado desde entonces como símbolo y talismán del reino Cruzado. Los canónigos del Santo Sepulcro fueron dotados de capas blancas que llamaron la atención del grupo que seguía unido en torno al caballero Hugo de Payens, y que hasta entonces seguía pasando desapercibido. Tras varias campañas militares en Oriente, el Defensor del Santo Sepulcro Godofredo de Bouillón sucumbió a grave enfermedad el 18 de julio de 1.100.
    Hasta aquí los breves apuntes históricos sobre la vida y figura de Godofredo de Bouillón, ya que en su relación más directa con el oscuro origen de la Orden del Temple, al igual que en su origen familiar, la historia y la leyenda parecen entremezclarse sin que se sepa muy bien donde comienza la una y termina la otra. Tal como expone magistralmente Rafael Alarcón Herrera a juzgar por ciertos hechos poco claros, Godofredo actuó efectivamente como un Caballero Cygnatus de la Orden del Grial, tal como lo fueron Parsifal y su hijo Lohengrin, ancestros legendarios que lo serían del propio Godofredo.
  • Segunda Cruzada 1147-1149. Saladino venció en 1187 a los francos en Hattin junto al lago de Genesareth. Reconquistó Jerusalén y amenazó las restantes fortalezas y ciudades francas. Los estados cristianos de oriente sufrieron un continuo hostigamiento por los turcos, y cuando éstos capturaron Edessa en 1144, el Papa Eugenio III consideró llegada la hora de emprender una segunda expedición o Cruzada Real contra los musulmanes, que convocó por una bula especial en 1145. Esta vez Francia apoyó activamente el proyecto, en el que participo su rey Luis VII, y el emperador alemán Conrado III, junto con Federico de Suabia, heredero del imperio, los reyes de Polonia, Bohemia numerosos nobles germanos. En marzo de 1148 los franceses llegaron a Antioquía, y poco después marcharon a Jerusalén, donde tomaron la decisión de atacar Damasco con sus cincuenta mil soldados y fracasaron además de Orontes, en Asia Menor, en el puerto de Ascallón con Jerusalén nuevamente capturada por los seguidores de la bandera de la Media Luna, liderados por el sultán Saladino. La empresa fracasó y terminó el 28 de julio de 1148, cuando, después de cinco días de asedio, se hizo evidente que Antioquía era inconquistable. Como consecuencia de esa poca gloriosa campaña, Siria y Egipto se unieron contra los latinos en Palestina.
  • Tercera Cruzada. (1189-1192). Es consecuencia inmediata de los fracasos de la segunda, cuyos paladines fueron el emperador Federico I Barbarroja, el rey Felipe II Augusto de Francia, Ricardo Corazón de León de Inglaterra y toda una serie de príncipes occidentales. Esta expedición fue convocada por el papa Clemente III No obstante los destacados personajes que participaron en esta tercera cruzada, no se logró recuperar los Santos Lugares. Esta más poderosa y brillante cruzada presenció la muerte del emperador en el río Selef, el odio de los reyes, el continuado enfrentamiento de príncipes y caballeros. Después de una brillante manifestación de la vida cortesana se agotó la idea de la cruzada; los ejércitos se disolvieron y volvieron por separado a Europa. El objetivo se perdió en un tiempo agitado tempestuosamente por la lucha entre el papa y el emperador, el auge de los reinos nacionales y la problemática social de la caballería. Los 25 años que siguieron fueron testigos de las incesantes luchas que padecieron los estados de oriente, así como su gran desarrollo institucional. En el siglo XIII se redactó un código legal llamado Asientos de Jerusalén, donde se establecía el sistema feudal en la zona. Dos órdenes militares cristianas, la de los caballeros de San Juan de Jerusalén y la de los templarios, aumentaron su poderío en esos reinos. Las disputas entre los estados cruzados y la amenaza del sultán Saladino, que se apoderó de Jerusalén en octubre de 1187, impulsaron al Papa Gregorio VIII a lanzar otra cruzada, a la que de inmediato se sumaron el rey Guillermo II de Sicilia y el emperador alemán Federico I Barbarroja, el rey Felipe Augusto II de Francia y Enrique II de Inglaterra a cuya muerte lo reemplazó Ricardo I Corazón de León. En 1191, en Airsuf, Ricardo derrotó a las fuerzas musulmanas, volvió a ocupar Jaffa y se apoderó de Darón en 1192, lo que le permitió firmar un armisticio de cinco años que protegía a los reinos y a los peregrinos cristianos. Ricardo regresó a Europa sin haber entrado nunca en la Ciudad Santa. Con ello finalizó la tercera cruzada, que aunque no logró recuperar Jerusalén, reafirmó los estados cristianos de oriente.
  • Cuarta Cruzada. Esta cuarta expedición tiene un carácter especial, porque por la intervención de los venecianos fue desviado su objetivo principal, Jerusalén, y fue dirigida hacia la ciudad de Constantinopla, la cual fue conquistada y saqueada por los cruzados. De 1202 a 1204, los venecianos condujeron una cruzada contra Constantinopla – Bizancio, que fue conquistada y saqueada; en 1209, la Iglesia proclamó una cruzada contra los Albigenses de la Provenza y el Rosellón; en 1212, religiosos fanáticos organizaron la trágica cruzada de los niños Hacia el año 1212, gran número de jóvenes de ambos sexos son embarcados en Marsella, pero no logran llegar a su destino final, pues son conducidos a Alejandría y vendidos como esclavos. Esta expedición es conocida como la cruzada de los niños. Y en 1217/18, alemanes y húngaros una cruzada fracasada contra Acre y El Cairo. El impulso para el cuarto movimiento cruzado vino del Papa Inocencio III, que desde 1198 había alentado a la cristiandad a emprender una nueva expedición. El llamamiento del papa encontró esta vez una gran respuesta en la nobleza. Sin embargo, esta cuarta cruzada se desvió de su objetivo, sea Egipto y Palestina, pues ocupó Constantinopla (que era cristiana) y creó un imperio latino de Oriente que duró casi medio siglo. El desastre de la cuarta cruzada no impidió que surgieran en Europa movimientos espontáneos, como la cruzada de los niños, que, en 1212, emprendieron camino hacia Tierra Santa para terminar asesinados, ahogados en el mar o vendidos como esclavos.
  • La Quinta Cruzada (1228/1229). Tuvo que emprenderla el emperador Federico II por imposición del papa; terminó con un tratado y tuvo como consecuencia la pérdida definitiva de Jerusalén en 1244 cuando el emperador combatía en Italia y se habían debilitado las órdenes de caballería. Quinta Cruzada. Esta expedición es dirigida por el emperador Federico II, quien junto a su ejército logra recuperar, tras un tratado con el sultán, Jerusalén, Belén y Nazaret. Sin embargo, éste es un triunfo sólo momentáneo, pues los musulmanes vuelven a conquistar Jerusalén, que ya no podrán reconquistar los cruzados. El Papa Honorio III logró, durante el Concilio de Letrán de 1215, adhesión para un nuevo movimiento. El emperador alemán, Federico II, accedió a organizarlo. Sus tropas se pusieron en camino en mayo de 1218, bajo el mando de Jean de Brienne, con destino a Egipto. En agosto atacaron Damieta y, al mes siguiente, se incrementaron con las tropas papales del cardenal Pelagio. En febrero de 1219, los musulmanes negociaron una paz que incluía la cesión de la propia Jerusalén a los cristianos. Pelagio insistió en rechazar la oferta, confiando en que con la llegada de Federico II los cruzados serían invencibles. Damieta cayó en noviembre 1219, pero los retrasos del emperador estancaron los progresos cruzados. En julio de 1221, el cardenal ordenó una infructuosa ofensiva contra el Cairo, tras la cual se vio obligado a entablar una tregua de ocho años. Esta fue la última cruzada en que el papado envió tropas propias.
  • Sexta Cruzada (1228 A 1229). Fue encabezada por el excomulgado emperador Federico II, quien en lugar de combatir a los musulmanes negoció con ellos consiguiendo en 1229 una tregua de 10 años para que los peregrinos cristianos tuvieran libertad para ir a Jerusalén. Finalmente Federico se coronó rey de Jerusalén y, tras regresar a Europa, se reconcilió con el papa en 1230.
  • Séptima Cruzada (1248 A 1254). Tenía por objetivo Egipto. Empezó bien pero los cruzados fueron sorprendidos por el desbordamiento del río Nilo, atacados por una epidemia, envueltos por los musulmanes y finalmente, obligados a rendirse. Luis IX, rey de Francia (conocido como San Luis), cabeza de la expedición, debió pagar rescate por él y sus caballeros. Las cruzadas sexta y séptima, que Luis IX el Santo de Francia condujo a Egipto y Túnez (la séptima quisieron continuarla hasta Tierra Santa los ingleses a las órdenes del príncipe heredero Eduardo), terminaron con la derrota y un mísero regreso a casa. Al caer en 1291 la fortaleza portuaria de San Juan de Acre, se perdía el último baluarte cristiano en Oriente. Sólo la isla de Chipre quedó en manos de los francos. Con ello acabó la era de las cruzadas. El éxito que en su funcionamiento tuvieron las cruzadas impulsó a los papas a predicarlas también para finalidades que no fueran estrictamente las de la reconquista de los Santos Lugares. Como lo habían hecho en 1209 contra los Albigenses de Provenza, lo hicieron más tarde contra los husitas, bálticos y mongoles y, sobre todo, contra los musulmanes en España. Así, fuera de España, toda la reconquista fue una larga cruzada con las mismas obligaciones y privilegios que, por ejemplo, una campaña contra Damietta.
  • Ultimas Cruzadas. En 1265, los egipcios de la dinastía mameluca tomaron Cesaréa, Haifa y Airsuf, en 1266 ocuparon Galilea y parte de Armenia y en 1268 conquistaron Antioquía. El rey Luis IX volvió a emprender una cruzada en 1270 (que se considera la octava), aunque halló poco eco en Europa. Esta vez se dirigió hacia Túnez, pero terminó en tragedia a causa de la peste. Los estados cristianos de oriente quedaron a merced del destino, pues en Europa se extinguió el espíritu que había animado a las primeras cruzadas. Muchos factores se unieron para producir este desgaste. Uno tras otro fuero desapareciendo los estados cristianos orientales. El de Jerusalén se desintegró a causa de las luchas entre los nobles. En Acre, las rivalidades entre venecianos y genoveses derivaron a guerras civiles, como la de 1256. En ese contexto, Trípoli cayó en manos de los musulmanes en 1289, y Acre en 1291. Los castillos de los cruzados fueron destruidos sucesivamente. Las órdenes militares también abandonaron Palestina y con ellas desaparecieron las únicas fuerzas organizadas que contenían al Islam. Los caballeros de San Juan se asentaron en Rodas, los caballeros teutónicos se marcharon al norte, y los templarios fueron suprimidos en 1312. Si bien es verdad que el rey Pedro I de Chipre tomó Alejandría en 1365, y que se organizaron luego dos cruzadas menores, una contra Nicópolis (1396) y otra contra Varna (1444), ninguna de ellas se proponía reconquistar Palestina. Los turcos no encontraron ya mayores obstáculos para suprimir la sombra en que se había convertido el imperio bizantino a mediados siglo XV. La octava cruzada terminó con la muerte de San Luis, atacado de Peste. Esta sería la última cruzada.
  • La Última Batalla: San Juan De Acre. A fines del siglo XIII en 1291, sólo quedan en Tierra Santa las Órdenes Militares que cubren la retirada de los barones francos y el resto de caballeros y habitantes del Reino Latino de Jerusalén. Las fuerzas cristianas suman unos cincuenta mil hombres. A la cabeza del Temple, su Maestre Guillermo de Beaujeu y de los Hospitalarios Rey de Chipre y Jerusalén, Jean de Villiers. 200.000 mamelucos al mando del sultán Al Asharf ponen sitio a San Juan de Acre y Luego de dos meses el sultán lanza el ataque final el 28 de mayo. Al Asharf ordenó a sus tropas socavar la base de la torre, construyendo un profundo túnel al que prendieron fuego. Tras ello atacaron. La torre se derrumbó sobre los propios mamelucos. René Grosset dice: El Temple de Jerusalén fue acompañado a su funeral por dos mil turcos. Los templarios resistieron hasta el final pese que podían haberse salvado huyendo por mar. De unos 500 que resistieron en la torre sólo se salvó una decena. Los dos maestres en primera fila van a defender la llamada Torre Maldita. Guillermo es herido de muerte de un flechazo. Se cuenta que al retirarse, un cruzado le dijo: “Por Dios, señor, no os vayáis, o la plaza está perdida”. “No me voy, es que estoy muerto” respondió el maestre con razón, mostrando la flecha clavada. Villiers, también herido, pudo sin embargo ser salvado. Jacques de Molay último Maestre del Temple, se transformó en estandarte de la batalla al encabezar una carga de trescientos templarios que increíblemente arrollaron a diez mil egipcios. Tal vez las cifras se han exagerado pero vale recordar el hecho por el pago que tendría veintitrés años después. No obstante el desequilibrio numérico pronto se haría notar; poco después, sólo quedaba un reducido número de caballeros del Temple, encontrando refugio en la torre del convento. Oleadas de mamelucos eran despachadas a dar cuenta de esos empecinados templarios que pese a todo, rechazaban los ofrecimientos de rendición. La guarnición resistía sólo con el honor del compromiso de luchar hasta el último hombre.

LAS CRUZADAS NO FUERON FRUTO DE UN SIMPLE INTERÉS MATERIAL. Los documentos no pueden ser más claros. Marchar a la cruzada implicaba un enorme sacrificio monetario que sólo se podía emprender convencido de que la recompensa sería más sólida que un pedazo de terreno o una bolsa de monedas. Un caballero alemán convocado a servir al emperador en lugar tan cercano como Alemania gastaba tan sólo en viaje y atuendo el equivalente a dos años de ingresos. Para un francés Tierra Santa implicaba unos gastos que llegaban a quintuplicar sus rentas anuales. Necesitaban endeudarse fuertemente para acudir a la cruzada. En muchos casos perdieron todo lo que tenían para sumarse a la empresa. Enrique IV de Alemania en una carta se refirió a Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino I de Bolonia, caudillos de la primera cruzada, como personas atrapadas por la esperanza de una herencia eterna y por el amor, se prepararon para ir a luchar por Dios a Jerusalén vendiendo y dejando sus posesiones. Su caso Desde luego no fue excepcional. El Papa y los obispos reunidos en el concilio de CLERMONT redactaron una legislación que imponía la pena de excomunión a aquellos que se aprovecharan de estas circunstancias para despojar a los cruzados de sus propiedades valiéndose de intereses usurarios o de hipotecas elevadas. El listado de caballeros que se endeudaron extraordinariamente para ir a la primera cruzada es enorme y demuestra que ésa era la tendencia general. Tampoco faltaron los apoyos eclesiales en términos económicos. El obispo de Lieja obtuvo fondos para ayudar al arruinado Godofredo de Bouillón despojando los relicarios de su catedral y arrancando las joyas de las iglesias de su diócesis. Se podría interpretar esto como una inversión arriesgada que se compensaría con las tierras que los cruzados conquistaran en Oriente. Este análisis tampoco resiste la confrontación con los documentos. Es cierto que durante la primera cruzada un número exiguo de caballeros optó por permanecer en las tierras arrebatadas a los musulmanes. Salvo estas excepciones, la aplastante mayoría de cruzados regresaron a Europa. Tras producirse, en el curso de la primera cruzada, la toma de Jerusalén y la victoria sobre un ejército egipcio el 12 de agosto de 1099 la práctica totalidad retornó a sus hogares sin bienes y con deudas pero con un profundo sentimiento de orgullo por la hazaña que habían llevado a cabo. De hecho, para defender los Santos Lugares resultó necesario articular la existencia de órdenes militares como los caballeros hospitalarios, primero, y los templarios después. No fue mejor la situación económica en las siguientes cruzadas. Nuevamente el factor espiritual resultó decisivo y precisamente, para costear los enormes gastos de una empresa que recaía sobre los peregrinos así se consideraban sus participantes ya que el término cruzados es posterior los monarcas recurrieron a impuestos especiales o a préstamos concedidos a la corona. Vez tras vez, la posibilidad de quedarse en Tierra Santa si es que alguien la contemplaba se reveló imposible pero eso no desanimó a los siguientes participantes a lo largo de nada menos que dos siglos. Ciertamente, no podemos tener una imagen excesivamente idealizada de las Cruzadas y tampoco podemos negar que su modelo de espiritualidad en muchas ocasiones causa más escalofrío a nuestra sensibilidad contemporánea que entusiasmo. A pesar de todo, existe un dato que no puede negarse siquiera porque aparece corroborado en millares de documentos. Prescindiendo de la mayor o menor categoría humana y espiritual de los participantes, su impulso era fundamentalmente espiritual. Movidos por el deseo de garantizar el libre acceso de los peregrinos a los Santos Lugares y de ganar el cielo, abandonaron todo lo que tenían y se lanzaron a una aventura en la que no pocos no sólo se arruinaron sino que incluso encontraron la muerte, un ejemplo, dicho sea de paso, que no disuadió a otros de seguirlo a lo largo de dos siglos. Se trató del impulso de un movimiento de radical espiritualidad colosal que no tuvo inconveniente, pese a sus enormes defectos, en afrontar considerables riesgos y pérdidas materiales. Bajo el regimiento de una caballería occidental terriblemente poderosa, una economía más rica y floreciente en el umbral de la Europa del siglo XI, habían aumentado en gran manera las peregrinaciones a Tierra Santa que durante medio milenio se aceptaba y estaba perdida como territorio cristiano en el Oriente Próximo y Palestina. Pero como que Desde la invasión SELJÚCIDA a Palestina en 1070 crecían constantemente los peligros, molestias y humillaciones para los peregrinos cristianos, además que los traficantes de Génova, Amalfi, Pisa y Venecia descubrieron el lucrativo negocio con Oriente y las terminaciones de la ruta de la Seda Desde China, surgió la idea de emplear belicosamente la fuerza guerrera de la caballería europea contra los SELJÚCIDAS. A ello se sumaba la política Papal, que empezaba precisamente ahora a extender su poder mediante la lucha de las investiduras y la prelación. Una diversión temporal de los esfuerzos bélicos de la casta feudal europea en Oriente tenía que crear necesariamente mejores posibilidades para la política eclesiástica en Europa. En consecuencia, se llegó a verdaderas locuras de exaltación el 26 de noviembre de 1095 en el sínodo de CLERMONT, al que asistían sobre todo los pequeños y medianos señores feudales con sus vasallos, cuando el ermitaño Pedro de Amiens dio su estremecedor informe sobre la situación de Jerusalén y, a continuación, el papa Urbano 11 proclamó la cruzada. “¡Dios lo quiere! Gritaban los piadosos caballeros. Tomaron la cruz y se la hicieron bordar en sus capas como señal de su promesa. La exaltación religiosa y nacional que bulló a continuación abarcó casi todas las capas de la población. Antes aún de que se hubiera organizado a medias una cruzada de señores fundamentalmente franceses, normandos y RENANOS, se puso en movimiento una hueste desordenada de hidalgos, campesinos, burgueses y vagantes que intentaba acaudillar Pedro de Amiens. La fuerza que impulsaba estas gentes era además del motivo religioso, el espíritu aventurero, el apetito por los bienes ajenos y el placer de la violencia. En primer lugar se echaron sobre los ghethos de las ciudades renanas y asesinaron innumerables judíos, más tarde húngaros, eslavos meridionales y búlgaros, hasta que finalmente fueron exterminados por sus enemigos en Asia Menor. La primera cruzada 1096 a 1099 que terminó con la conquista de Jerusalén, la fundación de algunos principados cristianos, el reino de Jerusalén y las primeras órdenes de caballería, tuvo resultados notables en la construcción de fortalezas por parte de los caballeros francos y lombardos y reinició la navegación y el intercambio comercial con Oriente. Por esto nacieron las Cruzadas y consecuente con ellas las órdenes de Caballería. Dos grandes órdenes religiosas del siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén y los Caballeros Teutónicos ambas fundadas como instituciones de caridad rivalizaban, se distinguían de la más famosa y poderosa de todas: Cuentan las crónicas que en 1099 tras la conquista de Jerusalén, el gobernante de la ciudad Godofredo De Bouillón Triunfador De La 1ª Cruzada Creó Una Misteriosa Orden Sobre La Abadía De Notre-Dame-Du-Mont-Sión, El Priorato De Sión Del Que Poco Se Sabe. Sería Más Tarde Dicha Sociedad La Que Impulsaría La Creación De La Orden Del Temple O De Los Caballeros Templarios O De Los Pobres Caballeros De Cristo Y Del Templo Del Rey Salomón. El Priorato de Sión se proponía como doble objetivo propagar el Cristianismo esotérico de San Juan y defender la cripto-dinastía Merovingia. La Orden del Temple creada en 1118 era su brazo secular al que proporcionaba sus Grandes Maestros oficiales, y sus Grandes Maestres secretos. Previamente Bouillón Creó en el año 1090 la Orden de Sión cuyo objetivo era la exclusiva protección de la Dinastía Merovingia y su continuación. Esta Orden estuvo íntimamente ligada con la de los Templarios y otras órdenes que se encargaron de proteger Jerusalén, pero que a diferencia de estas mantuvo su existencia en secreto. Godofredo fe Bouillón Fue elegido rey de Jerusalén (1099), aunque sólo aceptó el título de protector del Santo Sepulcro. Hermano de Balduino de Boloña, llamado Balduino I. Godofredo de Bouillón terminará representando históricamente la figura del heroico y noble cruzado por ser el protector del Santo Sepulcro entre 1099 y 1100.
Consecuencias De Las Cruzadas. Las consecuencias duraderas de las cruzadas fueron sobre todo de orden ideal y económico. En primer lugar, traban conocimiento mutuo los diversos países occidentales y miden sus fuerzas con el Oriente. La caballería cultiva el clero director espiritual de Occidente y el laicado piadoso de los guerreros de Cristo: Surgen las órdenes de caballería con sus numerosas tareas de precruzado y sociales. Para distinguirse de otros señores, los caballeros tomaron armas, estandartes y colores.
En las cortes seljúcidas y árabes aprenden la «cortesía», el amor cortés, las reglas de torneo, las buenas costumbres en la mesa, poesía y épica.
En Provenza, Lombardía, Borgoña y el área germánica nace una refinadísima poesía caballeresca.
También son consecuencia de los largos viajes, importantes mejoras en el arte de la fortificación y técnicas en las armas, armaduras de cadenas, cotas de malla, la ballestilla y la esgrima.
Los cruzados llevaron a casa nuevas ideas de los países griegos e islámicos. Crecen, por el contacto con los lejanos pueblos, las herejías tempranas y la filosofía libre. Las naciones singulares sobre todo las más involucradas: los franceses y las ciudades italianas consiguen una mayor conciencia política de sí mismas.
A los señores de la guerra siguen los mercaderes y traficantes, florece de nuevo el comercio mediterráneo; se inicia la transición del comercio de intercambio medieval a la economía dineraria y al capitalismo primitivo: comienzan los años gloriosos de Venecia, Génova o Marsella. Los comerciantes italianos que habían contribuido con sus naves a la cruzada, se vieron recompensados con grandes ventajas comerciales. Pronto el comercio y la ambición de los caballeros fueron reemplazados los fines religiosos iniciales por otros claramente económicos. El notable incremento del comercio alterará la economía mediterránea y se irán haciendo imprescindibles el azúcar de Siria, las especies, los perfumes y las sedas orientales. Los comerciantes italianos en las cruzadas y Su influencia fueron notables, a tal punto que lograron cambiar el objetivo de la cuarta cruzada de 1202. El Papa Inocencio III había llamado a liberar Egipto pero los venecianos convencieron a los cruzados de ocupar Constantinopla y reemplazar al emperador bizantino por un cruzado: Balduino de Flandes que gobernó como Balduino I, inaugurando una dinastía de 60 años que favorecerá los negocios de Venecia en toda esa región. Reiniciaron el contacto cultural y comercial entre Oriente y Occidente. Esto colocó en una posición de mucho poder e influencia a las ciudades portuarias y comerciales de Italia, como Génova y Venecia. El poder de la nobleza feudal, fuertemente diezmada en las guerras contra los turcos y debilitado por el auge del comercio, decayó notablemente. La nueva situación fortaleció el poder de los mercaderes y los reyes.
El otro objetivo que buscaban los señores feudales, caballeros, reyes y comerciantes consistió en llegar a nuevas tierras para tener beneficios: Feudos, comercio, incrementar su poder. Las cruzadas fueron 8 siendo las más importantes la 1ª y la 3ª porque los cristianos europeos, recuperaron Jerusalén. En la 3ª Ricardo Corazón de León había conseguido que Saladino permitiera que los cristianos visitaran Jerusalén. También hizo tratos para comerciar productos que los árabes vendían. Las cruzadas escasamente lograron su objetivo comercial, ya que los árabes mantuvieron su predominio en el Mar Mediterráneo y en el cercano oriente. Recuperaron el comercio y renacieron las ciudades y así nacen las nacionalidades. Hubo aumento de la población ya que conocieron la medicina y la higiene, también hubo más crecimiento de fieles. Una de las grandes consecuencias de las cruzadas fue el renacimiento de las ciudades, gracias a esto aparecen en Europa ciudades como Venecia, Génova, Brujas, Barcelona, Marsella, Mallorca y Londres, cuya característica principal es que son puertos y su actividad económica es el comercio marítimo a partir del contacto de los europeos con los árabes.
Los Papas instigadores y fomentadores de la cruzada, son los que más salen ganando y pueden hacer política sin ser molestados durante la ausencia de los príncipes de Occidente. Se hacen tan ricos como prepotentes políticamente.
Al lado de efectos notables corren otros casi insensibles, como los que sufren la ciencia y la cultura al contacto con aquel mundo antiguo, inmensamente rico y polifacético de Oriente. En la cruzada y en el dominio latino en el este se ocultan ya las semillas de la futura época del renacimiento.
Implantaron el feudalismo su sistema político – social. Los caballeros se distribuyeron los distintos dominios y crearon nuevos reinos feudales. El más famoso fue el “Reino cristiano de Jerusalén”. Hubo muchas cruzadas Porque de expediciones religioso – militares se habían transformado cada vez más en fuentes de poder y riquezas, y porque la ocupación de la zona por los cristianos, ahora vital para Europa, no era muy sólida. Estaban en minoría y rodeados por poderosos ejércitos turcos. Una de las más recordadas fue la tercera, llamada “Cruzada de los Reyes” de la que participaron el emperador germánico Federico Barbarroja; el rey francés Felipe Augusto y el rey ingles Ricardo Corazón de León. Fue un importante ejemplo de la unidad religiosa europea de 1189, pero no lograron consolidar el poder europeo en la zona.
Las cruzadas, entre el mérito y el mea culpa. El jesuita Carmelo Capizzi, profesor de Historia Medieval en la Pontificia Universidad Gregoriana, escribió un artículo en «Civiltà Cattolica» en el que sostiene que Muy lejos de haber sido inútiles o nefastas, las Cruzadas contribuyeron a crear situaciones históricas positivas que desembocaron en procesos internacionales todavía abiertos y de vital importancia. Se deben considerar como un factor de progreso social y cultural. Se equivocan concluye, quienes atribuyen a la Cruzada finalidades que ésta no se propuso jamás como la propagación de la fe a mano armada. Se olvida que en Jerusalén, cuando llegaron los musulmanes, destruyeron todas las iglesias de la cristiandad, lo mismo en el Norte de África, en Turquía y en la parte de España que ocuparon durante ochocientos años. Las Cruzadas afirma monseñor Fisichella, han sido presentadas en el pasado como un enfrentamiento entre Oriente y Occidente, para ver quién tenía razón y quién equivocado, quién era más fuerte y quién más débil. Hoy a la luz de la historia, otras conquistas de la humanidad y de la mayor conciencia que la Iglesia tiene de su historia, no es ya un enfrentamiento entre Oriente y Occidente sino la conciencia de que los dos mundos, dos culturas y dos realidades tienen que conocerse e integrarse mejor.

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