Constantino


CONSTANTINO Y LA DIVINIDAD DE JESÚS. La cuestión del plato que juega Constantino en la historia de la iglesia es otro ejemplo del tipo de historiografía que practica Dan Brown. El libro dice que Constantino prácticamente inventó dos de las bases del cristianismo: Primero que la deidad de Jesús fue una innovación que él impuso sobre la iglesia en el Concilio de Nicéa (325 D.C.) y segundo que él creó la colección de libros llamada La Biblia y que todo esto para colmo, se hizo para ganar poder político. La idea de que la divinidad de Jesús fue inventada en el Concilio de Nicéa es simplemente imposible. Primeramente, tenemos evidencia bíblica acerca de la divinidad de Jesús (véase por ejemplo varios pasajes en el evangelio de Juan: 1:1, 14, 18; 8:58; 10:30; 20:28) y en cualquier estimación son anteriores al Concilio de Nicéa. Los padres de la iglesia que vivieron antes del Concilio de Nicéa osea los descendientes espirituales de los discípulos de Jesús claramente le asignan deidad a Jesús. Dos ejemplos conocidos son Justino Mártir e Irenéo, ambos de los cuales vivieron en el segundo siglo más de 100 años antes del Concilio de Nicéa. De otro lado el concilio de Nicéa no se trataba de un voto por o en contra de la deidad de Jesús, sino de un debate acerca del tipo de divinidad que se le iba a asignar a Jesús: ¿Era Jesús Dios eterno, o Dios creado?
El obispo Ario mantenía que Jesús había sido “creado por la voluntad de Dios antes de todos tiempos y edades”. La mayoría de los obispos, al contrario, afirmaban que Jesús no había sido creado y que como el Padre siempre había existido. Pero nadie negaba el estatus divino de Jesús. El evento es suficientemente familiar pero desconocido. Sabemos que Constantino comisionó 50 Biblias: Le pidió al erudito Eusebio de Cesaréa 50 copias del texto bíblico. Nuestros datos históricos vienen del mismo Eusebio, pero no hay razón de dudar que se estuviera hablando de 50 copias del texto ya establecido de las sagradas escrituras y no de la creación de “la Biblia”. Otro pedazo del rompecabezas que parecía ser una asombrosa explicación resulta no caber ni al revés. Y llegamos al que es quizás el protagonista principal de la historia: Leonardo da Vinci, el hombre misterioso de los acertijos y secretos ingeniosos. El libro de Picknett y Prince comienza con un capítulo cuyo título seguramente fue la inspiración del título del libro de Brown: El código secreto de Leonardo da Vinci (The Secret Code of Leonardo da Vinci). En este capitulo el lector se entera que Leonardo era gnóstico y pagano secreto quien por la intolerancia de su día, expresó sus ideas herejes por medio de mensajes sutiles en su arte. La interpretación de la última cena de Leonardo es una de las claves principales del esquema. Picknett y Prince piensan que el individuo sentado a la derecha de Jesús parece demasiado femenino para ser el hombre Juan. Aciertan que debe ser una mujer. Además, las figuras de Jesús y esta misteriosa mujer están compuestas como para trazar una “M”. También se nota que falta un elemento importante en esta cena: ¿Dónde está la copa de Jesús, el Santo Grial, con la que instituirá la Comunión? La interpretación de Picknett y Prince es que la persona sentada a la derecha de Jesús es María Magdalena, que la “M” que trazan Jesús y ella simboliza matrimonio o quizás María Magdalena y que Leonardo ha remplazado la copa literal con el Santo Grial simbólico, la copa genealógica de su sangre (en esta teoría María ya estaría embarazada). También notan que Leonardo se pintó a si mismo segundo a la derecha mirando en la dirección opuesta, dándole la espalda a Jesús. ¿Qué nos está tratando de decir el famoso pintor? ¿Está rechazando la interpretación tradicional de Jesús y subvirtiendo un símbolo cristiano con mensajes paganos? Para los expertos de la historia del arte esto es todo nuevo, imaginativo y difícil de creer. La interpretación tradicional de los detalles de la pintura es que el individuo a la derecha de Jesús es el discípulo Juan, siempre representado como un joven durante el ministerio de Jesús y que si tiene un aspecto femenino es porque así se representaban los hombres jóvenes en la época de Leonardo. La copa simbólica es Jesús mismo por supuesto, cuyo cuerpo contiene la sangre que se derramará por el mundo en la cruz. Leonardo se representó a si mismo dándole la espalda a Jesús para demostrar que él no era digno de mirar a Jesús a la cara. Lo de la “M” es tan especulativo que ni se puede negar ni afirmar con certidumbre. Pero al final ¿quién sabe? Si Leonardo realmente fue un gnóstico pagano que habló en acertijos sutiles en su arte, va a ser difícil establecerlo a una distancia de 500 años. Otra vez, el que está predispuesto a encontrar algo titilante y controversial lo encontrará. La escasez y ambigüedad de los datos históricos se supera con el hecho de que en la racionalidad de la historia todo esto ha sido suprimido por la iglesia por años. Bajo esa premisa, por supuesto que la evidencia será difícil de encontrar e interpretar. Casi se está afirmando que estas teorías deben ser verdad precisamente porque no hay suficiente evidencia. Teabing nos cuenta que la historia del Grial está presente por todos lados, pero oculta y comunicada por símbolos y metáforas. Pero el punto importante aquí es que el hecho de que alguien en la historia creyó algo no quiere decir que es verdad y dependiendo del contexto, puede no tener nada que ver con evidencia histórica. Quizás Leonardo adoraba en el culto secreto de la diosa. Esto sólo significaría que Leonardo da Vinci, un hombre que vivió 1400 años después del tiempo de Jesús en una época que sabía menos acerca de los tiempos bíblicos que nosotros sabemos hoy, tuvo ciertas opiniones. Quién sabe, quizás este entero complot imaginario de las vírgenes negras, los Merovingios y las sociedades secretas es verdadero. Todavía no nos dice casi nada acerca de la realidad histórica de lo que hizo, dijo y fue Jesús. La gente ha creído todo tipo de locuras en el pasado pero el historiador presta atención a los datos históricos más directos; en este caso el texto del Nuevo Testamento y otros documentos del primer siglo, no a teorías novedosas que son imposibles de comprobar. Si regresamos a 1945 – 1950, los problemas de apologética eran diferentes. Durante la mayor parte del siglo pasado los oponentes de la fe eran extremos claros: El humanismo secular, la filosofía atea y la ciencia reduccionista. O se creía en Dios y se aceptaba el cristianismo o no creía en Dios y aceptaba la cosmovisión secular. Si el humanista secular se convencía de lo sobrenatural el próximo paso era aceptar al Dios de la Biblia. La situación es diferente hoy. Muchos ahora rechazan ambas opciones por una tercera una opción múltiple: Una conglomeración de asociaciones que se pueden arreglar casi al azar todas ligadas al esoterismo occidental conocido como Nueva Era, el paganismo europeo antiguo y la filosofía panteística del oriente. El interés en la diosa nos llega del paganismo y también del medio oriente.
El Fraude De La Donación De Constantino. El largo proceso de acercamiento entre el pontificado y el reino franco que comienza en el pontificado del Papa Gregorio Magno (590-604), alcanza uno de sus puntos culminantes en la unción real con la que el papa Esteban II constituyó al mayordomo palatino Pipino el breve como rey de los francos y patricius romanorum, dando por extinguida la dinastía merovingia (752). De este modo el papa se arrogaba la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra y a la vez, como contrapartida, concedía al rey de los francos la capacidad de intervenir en los asuntos italianos. De hecho Pipino cruzó los Alpes en dos ocasiones para reconquistar vastas regiones de la península italiana de manos de los longobardos y las donó a san Pedro, el Príncipe de los Apóstoles; de este modo se constituyeron en pleno siglo VIII los estados de la Iglesia y el papa quedó convertido en un monarca temporal. Cuando se hizo necesario justificar semejante innovación jurídica (de facto los pontífices ejercían ya una no bien determinada jurisdicción gubernativa desde las invasiones bárbaras) se recurrió al viejo método medieval de “inventar” un documento que retrotrajese en el tiempo la situación que se daba en el presente. Este fue el nacimiento del documento cuya traducción damos a continuación y que ha pasado a la historia como la Donatio Constantini (ss. VIII-IX)(2). Este falso medieval lleva la fecha del 313 D.C. y pretende ser un decreto imperial de Constantino I por el cual a la vez que se reconoce al papa Silvestre I la dignidad de soberano, se le dona la ciudad de Roma, las provincias de Italia y todo el occidente (!). La autenticidad del documento fue puesta en tela de juicio ya durante el medioevo pero fueron los humanistas del s. XV quienes definitivamente demostraron que era una falsificación. Constantino, emperador Romano, nació en los Balcanes en 280 D.C., de familia de campesinos. Su madre santa Helena, fue mesera de un bar y posiblemente prostituta. Su padre fue el General Constancio Cloro, de religión pagana monoteista del sol, que llegó a ser Cesar y nó emperador del imperio de occidente (Britania y Galia). Cuando el emperador Dioclesiano se retiró en 306 D.C., el sistema de gobierno entra en crisis. Había un Emperador retirado, un emperador secundario y dos césares. Comienza la guerra civil entre tres contendientes por el poder: Licinius en el Este, Magentius en Italia, y Constantino en el Oeste. En 312 D.C. Constantino marchó contra Magentius en Roma, y lo derrota en la batalla del puente Milvian. De acuerdo al balance militar que existía, esta debería haber sido ganada por Magentius, pero no fue así. En 324 D.C., derrota a Licinius y se convierte en el Emperador único del Imperio. Tanto de Oriente, como de Occidente. Constantino aseguró que su victoria, se debió a su adhesión a la fe cristiana. Y a que antes de la batalla, había ordenado colocar estandartes en las columnas de sus tropas, con el signo chi-ro, que era el símbolo de Cristo. A partir de ese momento, comienza la época de oro del cristianismo. Religión que se une al poder imperial, para desplazar a las demás. En 395 D.C., se cancela la libertad religiosa en el Imperio, y la única fe permitida es el cristianismo.
La Donación de Constantino. Junto con todos los magistrados, con el senado y los magnates y todo el pueblo sujeto a la gloria del Imperio de Roma, Nos hemos juzgado útil que, como san Pedro ha sido elegido vicario del Hijo de Dios en la tierra, así también los pontífices, que hacen las veces del mismo príncipe de los Apóstoles, reciban de parte nuestra y de nuestro Imperio un poder de gobierno mayor que el que posee la terrena clemencia de nuestra serenidad imperial, porque Nos deseamos que el mismo príncipe de los Apóstoles y sus vicarios nos sean seguros intercesores. Junto a Dios. Deseamos que la Santa Iglesia Romana sea honrada con veneración, como nuestra terrena potencia imperial, y que la sede santísima de san Pedro sea exaltada gloriosamente aún más que nuestro trono terreno, ya que Nos le damos poder, gloriosa majestad, autoridad y honor imperial. Y mandamos y decretamos que tenga la supremacía sobre las cuatro sedes eminentes de Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla y sobre todas las otras iglesias de Dios en toda la tierra, y que el Pontífice reinante sobre la misma y santísima Iglesia de Roma sea el más elevado en grado y primero de todos los sacerdotes de todo el mundo y decida todo lo que sea necesario al culto de Dios y a la firmeza de la fe cristiana. … Hemos acordado a las iglesias de los santos Apóstoles Pedro y Pablo rentas de posesiones, para que siempre estén encendidas las luces y estén enriquecidas de formas varias; aparte, por nuestra benevolencia, con decreto de nuestra sagrada voluntad imperial hemos concedido tierras en Occidente y en Oriente, hacia el norte y hacia el sur, a saber en Judéa, en Tracia, en Grecia, en Asia, en Africa y en Italia y en varias islas, con la condición de que sean gobernadas por nuestro santísimo padre el sumo pontífice Silvestre y de sus sucesores. … … Desde este momento concedemos a nuestro santo padre Silvestre, sumo pontífice y papa universal de Roma, y a todos los pontífices sucesores suyos, que hasta el fin del mundo reinen sobre la sede de san Pedro: nuestro palacio imperial de Letrán, la diadema, o sea nuestra corona, la tiara, el humeral que suelen llevar los emperadores, el manto purpúreo y la túnica escarlata y cualquier otra indumentaria imperial, la dignidad de caballeros imperiales, los cetros imperiales y todas las insignias y estandartes y los diversos ornamentos imperiales, y todas las prerrogativas de la excelencia imperial y la gloria de nuestro poder. Queremos que todos los reverendísimos sacerdotes que sirven a la misma santísima Iglesia Romana en sus diversos grados, tengan la distinción, potestad y preeminencia con las que se adorna gloriosamente nuestro ilustre Senado, es decir, que se conviertan en patricios y cónsules y sean investidos con todas las otras dignidades imperiales. Decretamos que el clero de la Santa Iglesia Romana se adorne como el ejército imperial. Y como la potencia imperial se circunda de oficiales, chambelanes, servidores y guardias de todo tipo, así también queremos que la Santa Romana Iglesia esté adornada con los mismos. Y para que resplandezca magníficamente el honor del Pontífice, decretamos asimismo lo siguiente: que el clero de la Santa Iglesia Romana adorne sus caballos con arreos y gualdrapas de lino blanco y así cabalgue. Y como nuestros senadores llevan calzados blancos de pelo de cabra, así los lleven también los sacerdotes, para que las cosas terrenas sean adornadas como las celestiales, para gloria de Dios. Además, a nuestro santísimo padre Silvestre y a sus sucesores les damos autoridad de ordenar a quien quiera que desee ser clérigo, o de agregarlo al número de los religiosos. Nadie actúe con arrogancia respecto a esto. También hemos decidido que él y sus sucesores lleven la diadema, o sea la corona de oro purísimo con gemas preciosas, que de nuestra cabeza le hemos concedido. Pero porque el mismo beatísimo Papa no quiso llevar una corona de oro sobre la corona del sacerdocio, que lleva a gloria de san Pedro, Nos con nuestras propias manos hemos puestos sobre su santa cabeza una tiara brillante de cándido esplendor, símbolo de la Resurrección del Señor y por reverencia a san Pedro le sostuvimos las riendas de su caballo, cumpliendo para él el oficio de caballerizo: Establecemos que también todos sus sucesores lleven en procesión la tiara, con un honor único, como los emperadores. Y para que la dignidad pontificia no sea inferior, sino que tenga mayor gloria y potencia que la del Imperio terreno, Nos damos al mencionado santísimo pontífice nuestro Silvestre, papa universal, y dejamos y establecemos en su poder gracias a nuestro decreto imperial, como posesiones de derecho de la Santa Iglesia Romana, no solamente nuestro palacio, como ya se ha dicho, sino también la ciudad de Roma y todas las provincias, lugares y ciudades de Italia y del Occidente. Por ello, hemos considerado oportuno transferir nuestro imperio y el poder del reino hacia Oriente y fundar en la provincia de Bizancio, lugar óptimo, una ciudad con nuestro nombre, y establecer allí nuestro gobierno, puesto que no es justo que el emperador terrenal reine allí donde el Emperador celestial ha establecido el principado de los sacerdotes y la Cabeza de la religión cristiana. Decretamos que todas estas decisiones que hemos sancionado con un sagrado decreto imperial y con otros divinos decretos, permanezcan inviolables e íntegros hasta el fin del mundo. Por consiguiente, en presencia de Dios vivo que nos ordenó reinar, y delante de su juicio tremendo, decretamos solemnemente, con este acto imperial, que a ninguno de nuestros sucesores, magnates, magistrados, senadores y súbditos que ahora, o en el futuro estuvieren sujetos al imperio, sea lícito infringir esto o alterarlo de cualquier modo. Si alguno – cosa que no creemos – despreciase o violase esto, sea alcanzada por las mismas condenas y les sean adversos, tanto ahora como en la vida futura, Pedro y Pablo, príncipes de los Apóstoles, y con el diablo y con todos los impíos sean precipitados a quemarse en lo profundo del infierno. Hemos puesto éste, nuestro decreto, con nuestra firma, sobre el venerable cuerpo de san Pedro, príncipe de los Apóstoles. La moraleja detrás de esta encantadora historia, es que el papa tiene primacía sobre los reyes y gobernantes del mundo. Y tenía el Pontífice, el derecho de ejercer su autoridad sobre emperadores y reyes, en el momento que lo desease. Con los arreglos mencionados anteriormente, se logró una simbiosis de Iglesia y Estado. Lorenzo de Valla era un polígrafo del renacimiento Italiano. Un hombre controvertido, rudo, crítico, arrogante y pedante. Fue atacado por sus contemporáneos por sacrílego, impúdico, temerario y presuntuoso. No era una monedita de oro. Pero tenía una gran cualidad; era erudito y hábil para detectar falsificaciones. Publica un estudio donde sostiene que por razones gramaticales el credo de los apóstoles, no pudo haber sido escrito por los doce apóstoles. Esto le valió que la inquisición lo declarara hereje y listo para la hoguera. Solo la hábil mediación de su amigo y mecenas Alfonso, rey de Nápoles pudo salvarlo. Todos esperaban que se quedase tranquilo después de ese susto (Así como Picco della Mirándola). Pero este personaje era de otra madera. En 1440 publica un tratado, demostrando que el documento de la Donación de Constantino, era una burda falsificación. Desde luego que a los ojos del cualquier historiador moderno, esta patraña de la Donación de Constantino, no resiste ningún análisis. El documento menciona hechos extemporáneos y es totalmente infantil. Sin embargo, para las mentes poco críticas de ese tiempo, el documento parecía totalmente fiel. Nadie sabe a ciencia cierta, quien fue el papa que maquinó el fraude, pero se supone que Sacarías redactó el escrito en el cual Constantino entregaba los poderes imperiales, al papa Silvestre l. En un mundo de incultura, en el cual solo unos cuantos sabían leer y escribir, los gobiernos y la sociedad civil eran presa fácil de cualquier estafador con un algo de ingenio, y algo de conocimiento del latín. Sancti Dei Ecclesiae República. Raúl Cadena Cepeda. Febrero 2,001.

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