La Virgen María


Su Ascendencia. Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios De ellos también derivan los llamados “hijos de profetas; Los Macabéos”. En tiempo de los abuelos de Ana fue jefe de los Esenios durante 90 años el anciano, santo varón y profeta Arcos. Este hombre tenía visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la venida del Mesías y sabía de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, notaba que el tiempo se iba acercando. Ignoraba empero, que a veces se retardaba e interrumpía el orden por el pecado y por cuanto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la penitencia y al sacrificio. Siempre profetizaba sobre descendencia de mujeres y que los antepasados de Ana y la misma Ana tenían siempre hijas mujeres. Parecía que fuera su intento religioso preparar recipientes puros, que debían dar hijos santos, como el Precursor, el Salvador, los apóstoles y los discípulos.
Emorún antes de su casamiento, fue a consultar a Arcos. Entró a la sala de reunión del monte Horeb, en un lugar señalado y hablar a través de una reja, con el jefe supremo, como en un confesionario. Después se encaminó Arcos por muchos escalones a lo alto del monte Horeb donde estaba la cueva de Elías. La entrada era pequeña y unas gradas llevaban hacia abajo. La cueva estaba limpia y aseada y la luz entraba en el interior por una abertura superior. Contra la pared, un pequeño altar de piedra y sobre él la vara de Aarón y un cáliz brillante como hecho de piedra preciosa donde estaba depositada una parte del sacramento o misterio del Arca de la Alianza. Los Esenios habían adquirido este tesoro en ocasión en que el Arca había caído en manos de los enemigos. La vara de Aarón estaba guardada en una vaina en forma de arbolito o verdadero o artístico como una raíz de Jessé, con hojas amarillas alrededor.

Cuando Arcos, el superior de los Esenios, rezaba por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía y sus hijas lo fueron por medio de estas señales las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio. Este arbolito con sus retorcidas ramas, era como el árbol genealógico, como la raíz de Jessé, mediante el cual se podía conocer, según lo que hubiera crecido, la proximidad del nacimiento de María. Había allí otros pequeños arbustos en tarros, sobre el altar, los cuales tenían significación cuando reverdecían o se agostaban. En torno de las paredes había espacios guardados por rejillas, donde se conservaban, envueltos en seda y lana, huesos de antiguos santos varones israelitas que habían vivido y muerto en el monte y sus alrededores. También en las mismas cuevas de los Esenios había semejantes huesos delante de los cuales rezaban, ponían flores o encendían lámparas.
Arcos se revestía al modo de los sacerdotes del templo, cuando oraba en la cueva de Elías. Su vestidura se componía de ocho partes. Primero se ponía sobre el pecho un vestido que había llevado Moisés: una especie de escapulario, que tenía una abertura para el cuello y caía en igual largo sobre el pecho y las espaldas. Sobre esto se ponía un alba blanca de seda, ceñida con un cíngulo ancho y una estola cruzada sobre el pecho que le llegaba hasta las rodillas. Luego se ponía una especie de casulla de seda blanca, que por detrás llegaba hasta el suelo, con dos campanillas en la parte inferior. Sobre el cuello llevaba una especie de corbata tiesa, cerrada por delante con botones. Su larga barba descansaba sobre esta corbata. Por último se ponía un pequeño manto brillante de seda blanca, que se cerraba por delante con tres garfios con piedras, sobre los cuales había letras o signos grabados. De ambos hombros colgaba una especie de piedras preciosas en número de seis, algunas también grabadas. En medio de la espalda había un escudo con signos y letras. En el manto se veían flecos, borlas y frutos. En el brazo llevaba un manípulo. La mitra era de seda blanca arrollada a modo de turbante y terminada en un adorno de seda que tenía en la frente una plancha de oro con piedras preciosas. Arcos rezaba postrado o echado sobre el suelo delante del altar.

En una visión vio que de Emorún (la abuela de Santa Ana) salía un rosal de tres ramas cada una con una rosa y la rosa de la segunda rama señalada con una letra. También vio a un Ángel escribir una letra en la pared. A raíz de esto declaró Arcos a Emorún que debía casarse con el sexto pretendiente que tendría una hija, con una señal, que sería un vaso de elección de la cercana promesa. Este sexto pretendiente era Estolano el abuelo de Ana un Esenio llamado así antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta se llamó después Garesha o Sarziri. La abuela de Ana era de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, quien siempre aconsejaba antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. No vivieron mucho tiempo en Mara, sino que pasaron a Efrén. Sus hijas Emerencia, Ismeria y Enué también consultaron al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque ellas también eran vasos elegidos para la próxima promesa.
La mayor, Emerencia, se casó con el Levita Afras y fue madre de Isabel, madre a su vez, de Juan el Bautista.
Otra hija de Estolano se llamó Enué.
Ismeria fue la segunda hija de Estolano que tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún y casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Tenían mucho ganado, pero todo lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis a seis hojas de Nazaret donde poseían la heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de Ismeria. La piadosa educación que habían tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud. En ese mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia.
La primera hija de Ismeria se llamó Sobe quien se casó con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio y los consoló.
Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana. Tuvieron entonces ambos una visión nocturna. Ismeria vio a un Ángel que escribía una letra en la pared, junto a su lecho. Contó esto a su marido, que había visto lo mismo y ambos vieron la letra al despertar. Era la letra “;M”; que Ana había traído al mundo al nacer, grabada en el bajo vientre. Los padres amaban a Ana de una manera particular. No era hermosa en grado notable, pero sí más que otras niñas de su edad ni fue de ningún modo tan hermosa como lo fue María; pero era muy sencilla, inocente y piadosa, como joven, como madre y como anciana. Ana fue llevada a la edad de cinco años al templo, como más tarde María. Vivió doce años allí y a los diecisiete volvió a su casa.
Entre tanto tuvo su madre una tercera hija, llamada Maraha, y Ana encontró a su vuelta a un hijo de su hermana mayor Sobe, llamado Eliud. Maraha consiguió más tarde la posesión de la casa paterna, en Séforis, y fue madre de los discípulos Arastaria y Cocharia. El joven Eliud fue más tarde, segundo marido de Maroni, la viuda de Naíam. Un año después enfermó Ismeria y desde el lecho de dolor y muerte hizo venir a su presencia a todos los de la casa, los exhortó, aconsejó y designó a Ana como ama de casa después de su muerte.
Luego habló con Ana y le dijo que debía casarse, pues era un vaso de elección y de promesa. Año y medio más tarde Ana casó Ana con Helí o Joaquín también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes, pariente de San José, pequeño de estatura, delgado, hombre de buena índole y de atrayentes maneras, Tenía como Ana, algo de inexplicable en sí. Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces reían aunque no eran melancólicos ni tristes, tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos. Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había une pequeña escuela. Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos; los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia “;sí”;, y quedaban los padres conformes; decía, en cambio, “;no”;, teniendo sus razones, y también quedaban los padres de acuerdo. Primeramente eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguía la conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se presentaban a los padres, quienes hablaban con el sacerdote que salía a escucharlos y a los pocos días se efectuaba el casamiento. Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su apartada más grande y notable casa entre un grupo de casas en Séforis la estricta vida y costumbre de los Esenios. Allí vivieron unos siete años.
Los padres de Ana eran más ricos; tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No cultivaban campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo. Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos . A menudo partían sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la daban a los pobres o a los parientes necesitados que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se les pedía. “;El dar produce riqueza; recibe el doble de lo que da”;. Esta tercera parte siempre se aumentaba y luego estaban de nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año sin derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a los pobres. No había verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo. Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble, estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una oveja o a veces varias.
En este lugar tuvo Ana su primera hija que llamó también María y la llenó de alegría. Era una niña muy amable que creció robusta y fuerte, muy piadosa y mansa. Los padres la querían mucho pero Tenían una inquietud que les parecía que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios. Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas necesarias para el viaje. Los ganados divididos, separando los bueyes, asnos y ovejas; sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos. Eran tan diestros en cargarlos, como los animales en recibir la carga que les ponían. Tenían un mejor hermoso y artístico menaje: Delicados jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, empaquetados llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores envoltorios, mantas y frazadas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal precioso.
Cuando todo estuvo en orden acudieron siervos y siervas a reforzar la comitiva y arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda que se encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho de peña viva; detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás bestias de carga. Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra, echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación. Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada cosa en su lugar, pues los padres habían enviado a algunos antes con el encargo de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín, con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía permanecer con los abuelos. Nunca comían con exceso o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando María fue enviada al templo. Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes deseos. Sus rebaños divididos en tres partes, según la costumbre de sus padres: la mejor para el templo, los pobres recibían un buen tercio y la parte menos buena la reservaban para sí. Como la casa era amplia, por largo tiempo vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y fervor. Daban muchas limosnas y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Vestían ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, oraba a Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza era cada día mayor.
Algunos perversos se acercaban a ellos y ofenderlos, diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín y de Ana. Tenía ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí mismos.

Concepción De María. Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera. Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas. Llevaba él mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas. Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar. Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Un sacerdote de nombre Rubén, despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras en lugar aparente detrás de las rejas a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente a Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria lo relegó a un rincón. Joaquín lleno de tristeza abandonó el templo y pasando por Betania, llegó a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía. (De acuerdo con las teorías sobre los Esenios, estos no entraban al Templo pues era dominado por los fariseos, sus opositores. Así las cosas, este relato contradice dichas teorías). la Cinco meses permaneció Joaquín oculto en el monte Hermón en oración y angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos, se ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También aquí dividió su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior. También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces despachó Ana a la criada y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo. Después de esto se retiró a su pieza y lloró amargamente. En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando a Dios y diciendo: “;Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos, mi piadoso esposo vuelva a mi lado”;. Entonces se le apareció un Ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo, bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín. Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida, y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con Joaquín, le mandó que llevase palomas para el sacrificio y le anunció que el nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito. Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta.
Cuando después de mucho rezar en su lecho, se quedó dormida, apareció sobre ella un resplandor que la penetraba. Avisada por una inspiración interior, despertó y se e incorporó en su lecho. Un rostro luminoso junto a ella escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. Expresaba en resumen que ella debía concebir; que su fruto sería único y que la fuente de esa concepción era la bendición que había recibido Abraham. Indecisa pensaba como comunicar esto a Joaquín pero se consoló cuando el Ángel le revelara la visión de Joaquín. Ana con 43 años de edad, leyó con admiración y temor las letras de oro y rojo brillante de la escritura y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó para dirigirse a Jerusalén. En el momento en que el Ángel se le acercó había un resplandor maravilloso bajo su corazón y un vaso sagrado e iluminado y abierto como una cuna que contiene toda la humanidad renacida y redimida al que se le descorre el velo, un tabernáculo cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo, cual conocimiento natural y celestial simultáneamente.
El Ángel también se le apareció a Joaquín, que había levantado su choza con la ayuda de pastores, en tiempo de la fiesta de los tabernáculos y le mandó llevar ofrendas al templo prometiéndole que sería escuchada su oración, que fuera después a la puerta dorada del templo, a lo que Joaquín sentíase temeroso de ir, Pero el Ángel le dijo que los sacerdotes ya tenían aviso de su visita. Al cuarto día de fiesta se dirigió a Jerusalén con numeroso ganado para el sacrificio y se alojó en el templo. Ana también llegó el mismo día Jerusalén y se hospedó con la familia de Zacarías, en el mercado de los peces, encontrándose con Joaquín al finalizar las fiestas. Cuando Joaquín llegó a la entrada del templo, le salieron al encuentro dos sacerdotes, que habían recibido un aviso sobrenatural. Llevaba dos corderos y tres cabritos como oferta fue recibida en el lugar acostumbrado: allí mismo degolladas y quemadas las víctimas. Una parte de este sacrificio, fue llevaba a la derecha de la antesala y allí consumida. En el centro del lugar estaba el gran sillón desde donde se enseñaba. Mientras subía el humo de la víctima, descendía un rayo de luz sobre el sacerdote y sobre Joaquín. Hubo entonces un silencio general y gran admiración. Después los dos sacerdotes llevaron a Joaquín a través de las cámaras laterales, hasta el Sancta Sanctorum, ante el altar del incienso. Aquí el sacerdote echó sobre el altar incienso no como de costumbre, sino una mezcla compacta de incienso, mirra, casia, nardo, azafrán, canela, sal fina y otros productos que pertenecían al sacrificio diario, que se encendió y mientras se consumía; los sacerdotes se alejaron y Joaquín quedó solo delante del altar del incienso, hincado de rodillas, con los brazos levantados. Permaneció encerrado en el templo toda la noche, rezando con gran devoción. Estando en éxtasis se le acercó un rostro resplandeciente y le entregó un rollo que contenía letras luminosas, tres nombres: Melia, Anna y Miryam (Diversas formas de los nombres Joaquín, Ana y María). Junto a ellos estaba la figura del Arca de la Alianza o un tabernáculo pequeño. Joaquín colocó este rollo escrito bajo sus vestidos, junto al corazón. El Ángel habló entonces: “;Ana tendrá una Niña inmaculada y de ella saldrá la salud del mundo. No debe lamentar Ana su esterilidad, que no es para su deshonra sino para su gloria. Lo que tendrá Ana no será de él (Joaquín) si no que por medio de él, será un fruto de Dios y la culminación de la bendición dada a Abraham”;.Joaquín no pudo comprender esto y el Ángel lo llevó detrás del cortinado que estaba separado lo bastante para poder permanecer allí, le presentó puso delante de los ojos una bola brillante como un espejo para que le echara su aliento y viera. Cuando lo hizo aparecieron diversas figuras en ella, sin empañarse en lo más mínimo. Joaquín observaba. El Ángel le decía que de esa manera Ana daría a luz, por medio de él, sin ser empañada. El ángel tomó la bola y la levantó en alto, quedando suspendida. Se podía ver como por una abertura, una serie de cuadros conexos que se extendían desde la caída del hombre hasta su redención. Había allí todo un mundo, donde las cosas nacían unas de otras además de conocimiento de todo. En lo más alto hallábase la Santísima Trinidad; más abajo, a un lado, el Paraíso, Adán y Eva, el pecado original, la promesa de la redención, todas las figuras que la anunciaban de antemano, Noé, el diluvio, el Arca, la bendición de Abraham, la transmisión de la bendición a su hijo Isaac, y de éste a Jacob; luego, cuando le fue retirada a Jacob por el Ángel con quien luchó; cómo pasó a José en el Egipto; cómo se mostró en él y en su mujer en un grado de más alta dignidad; y cómo el don sagrado, donde reposaba la bendición, era sacado de Egipto por Moisés con las reliquias de José y se transformaba en el Santo de los Santos del Arca de la Alianza, la residencia de Dios vivo en medio de su pueblo.
El culto y la vida del pueblo de Dios en sus relaciones con este misterio, las disposiciones y las combinaciones para el desarrollo de la raza santa, del linaje de la Santísima Virgen, así como las figuras y los símbolos de María y del Salvador en la historia y en los profetas. Vi esto en cuadros simbólicos dentro de la esfera luminosa. Grandes ciudades, torres, palacios, tronos, puertas, jardines, flores, todas estas imágenes maravillosamente unidas entre sí por puentes de luz. Todo esto era embestido por fieras y otras temibles apariciones. Estos cuadros mostraban como la raza de la Santísima Virgen, al igual que todo lo santo, había sido conducida por la gracia de Dios, a través de combates y asaltos. Un jardín rodeado por densa valla espinosa, a través de la cual se esforzaban por pasar, en vano, una cantidad de serpientes y bestias repulsivas semejantes. Una torre muy firme, asaltada por todas partes por guerreros, que luego eran precipitados desde lo alto de las murallas. La historia de la Virgen en sus antepasados. Los pasajes y puentes que unían el conjunto significaban la victoria obtenida sobre obstáculos e interrupciones que se oponían a la obra de la salvación. Era como si una carne inmaculada, una sangre purísima hubiesen sido puestas por Dios en medio de la humanidad, como en un río de agua turbia, y debiesen, a través de muchas penas y esfuerzos, reunir sus elementos dispersos, mientras el río trataba de atraerlas hacia sí y empañarlas; pero al final, con la gracia de Dios, de los innumerables favores y de la fiel cooperación de parte de los hombres, esto debía, después de oscurecimientos y purificaciones, subsistir en un río que renovaba sus aguas sin cesar, y elevarse fuera del río bajo la forma de la Santísima Virgen, de la cual nació el Verbo, hecho carne, que habitó entre nosotros. Entre las imágenes había muchas que están mencionadas en las letanías de la Virgen para ver, comparar, comprender y considerar con profunda veneración cuando se reciten. Más tarde se desarrollaban en estos cuadros hasta el perfecto cumplimiento de la obra de la divina Misericordia con la humanidad, caída en una división y en un desgarramiento infinito. Por el costado del globo luminoso opuesto al Paraíso, llegaban los cuadros hasta la Jerusalén celestial, a los pies del trono de Dios. Luego desvaneciéndose el globo resplandeciente que no era sino la misma sucesión de cuadros que partiendo de un punto volvían todos a él luego de haber formado un círculo de luz. Fue la revelación del misterio del Arca de la Alianza hecha a Joaquín por los ángeles, bajo la forma de una visión. Tomó el ángel a continuación, sin abrir la puerta del Arca, algo de dentro. Era el misterio del Arca de la Alianza cual cuerpo luminoso, el sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, el cumplimiento y la culminación de la bendición de Abraham.
El Ángel ungió o bendijo con la punta del pulgar y del índice la frente de Joaquín; luego pasó el cuerpo luminoso bajo el vestido de Joaquín, desde donde, no sé decir cómo, penetró dentro de él mismo. También le dio a beber algo de un vaso o cáliz brillante que sostenía por debajo con sus dos dedos. Este cáliz tenía la forma del cáliz de la última Cena, pero sin pie, y Joaquín debió conservarlo para sí y llevarlo a su casa. El Ángel le mandó a Joaquín que conservase el misterio entonces, Zacarías, padre del Bautista, quedó mudo después de haber recibido la bendición y la promesa de tener hijo de Isabel, bendición y promesa que venían del misterio del Arca de la Alianza. Sólo más tarde fue echado en menos el misterio del Arca por los sacerdotes del templo. Desde entonces se extraviaron del todo y se volvieron farisaicos. El Ángel sacó a Joaquín del Sancta Sanctorum y desapareció. Joaquín permaneció tendido en el suelo rígido y fuera de sí.
Después llegaron los sacerdotes y sacaron de allí reverentemente a Joaquín y lo sentaron en un sillón, sobre unas gradas, que sólo usaban los sacerdotes. El sillón era cómodo y forrado en el asiento, semejante a las sillas que usaba Magdalena en sus tiempos de lujo. Los sacerdotes le echaron agua en la cara y le pusieron delante de la nariz algo o le dieron alguna cosa para tomar; en una palabra, lo trataron como a uno que se ha desmayado. Con todo, Joaquín quedó después de lo recibido por el Ángel, luminoso, más joven y rozagante. Más tarde fue guiado por los sacerdotes hasta la puerta del pasillo subterráneo, que corría debajo del templo y de la puerta derecha, que se usaba en algunos casos para limpieza, reconciliación o perdón. Lo dejaron en la puerta, delante de un corredor angosto al comienzo que luego se ensanchaba y bajaba insensiblemente. Había allí columnas forradas con hojas de árboles y vides y brillaban los adornos de oro en las paredes iluminadas por una luz que venía de lo alto. Joaquín había andado una tercera parte del camino, cuando acompañada de otras mujeres entre ellas, la profetiza Ana, vino a su encuentro Ana al lugar del corredor, debajo de la puerta dorada donde había una columna en forma de palmera con hojas caídas y frutos. Había sido conducida por los sacerdotes a través de una entrada que había del otro lado del subterráneo y les había dado y presentado con su criada la oferta para el sacrificio conforme le había mandado el Ángel. Joaquín y Ana, se abrazaron en éxtasis. Estaban rodeados de numerosos Ángeles que flotaban sobre ellos, sosteniendo una torre luminosa y recordando la torre de marfil, la torre de David y otros títulos de las letanías lauretanas. Desapareció la torre entre Joaquín y Ana; ambos estaban llenos de gloria y resplandor. Al mismo tiempo, el cielo se abrió sobre ellos y vi la alegría de los Ángeles y de la Santísima Trinidad y la relación de todo esto con la concepción de María Santísima. Cuando se abrazaron, rodeados por el resplandor, se entiende que era la concepción de María en ese instante  y que María fue concebida como hubiera sido la concepción de todos sin el pecado original. Joaquín y Ana caminaron así hasta la salida alabando a Dios . Llegaron a una arcada grande, como una capilla donde ardían lámparas y salieron siendo recibidos por los sacerdotes, que les despidieron. El templo estaba abierto y adornado con hojas y frutos. El culto se realizaba bajo el cielo, al aire libre. En cierto lugar había ocho columnas aisladas adornadas con ramajes. Joaquín y Ana llegaron a una salida abierta al borde extremo de la montaña del templo, frente al valle de Josafat. No era posible ir más lejos en esa dirección, pues el camino doblaba a derecha e izquierda. Hicieron todavía una visita a un sacerdote y luego con su gente se dirigieron a casa. Una vez llegado a Nazaret, Joaquín dio un banquete de regocijo, sirvió a muchos pobres y repartió grandes limosnas. Grande era el júbilo y fervor de los esposos y su agradecimiento a Dios por la misericordia hacia ellos; a menudo oraban juntos con los ojos bañados en lágrimas. Los padres de la Santísima Virgen la engendraron en una pureza perfecta, por el efecto de la obediencia. Si no hubiera sido con el fin de obedecer a Dios, habrían guardado perpetua continencia. La pureza, la castidad, la reserva de los padres y su lucha contra el vicio impuro tienen incalculable influencia sobre la santidad de los hijos engendrados. La incontinencia y en el exceso son la raíz del desorden y del pecado. Mucha gente se congratuló con Joaquín por haber sido recibida su ofrenda en el templo. Después de cuatro meses y medio, menos tres días, de haber concebido Ana bajo la puerta dorada, María era hecha tan hermosa por voluntad de Dios, quien mostraba a los Ángeles la belleza de esa alma y cómo ellos sintieron por esto inexplicable alegría. María se movió sensiblemente por primera vez dentro del seno materno. Ana se levantó al punto y se lo comunicó a Joaquín; luego salió a rezar bajo aquel árbol debajo del cual le había sino anunciada la Concepción Inmaculada.
La tierra de Palestina estaba reseca por falta de lluvia. Elías subía con dos servidores al monte Carmelo a lo largo de la ladera luego sobre escalones hasta una terraza y después de nuevo sobre escalones en una planicie con una colina que tenía una cueva hasta la cual llegó. Dejó a sus servidores sobre la ladera de la planicie para que mirasen al mar de Galilea, casi seco, con honduras, pantanos y hoyos llenos de peces y animales muertos. Elías se inclinó sobre sí hasta poner su cabeza sobre las rodillas, se cubrió y clamó con fuerza a Dios. Por siete veces llamó a sus siervos, preguntándoles si no veían alguna nube levantarse sobre el mar. Finalmente en medio del mar se levantó una nubecilla blanca de la cual salió otra nube negra, dentro de la cual había una figura blanca; se agrandó y en lo alto se abrió ampliamente. Mientras la nube se levantaba, vio Elías dentro de ella la figura de una Virgen luminosa. Su cabeza estaba coronada de rayos, los brazos levantados en forma de cruz, en una mano una corona de victoria y el largo vestido estaba como sujeto bajo los pies. Parecía que flotaba y se extendía sobre la tierra de Palestina. Elías reconoció cuatro misterios de la Virgen Inmaculada que debía venir en la séptima época del mundo y de qué estirpe debía venir; vio también a un lado del mar un árbol pequeño y ancho y al otro, uno muy grande, que echaba sus ramas superiores en el árbol pequeño. La nube se dividía en ciertos lugares santificados donde habitaban hombres justos que aspiraban a la salvación y dejaba como blancos torbellinos de rocío, que tenían en los bordes todos los colores del arco iris y concentrarse en ellos la bendición, como para formar una perla entro de su concha. Era esta una figura profética y en los lugares bendecidos donde la nube había dejado caer los torbellinos hubo cooperación real en la manifestación de la Santísima Virgen. Durante la ascensión de la nube, conoció Elías muchos misterios relativos a la Santísima Virgen. Supo que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Elías ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de los cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo. Elías, por medio de su oración, había dirigido las nubes de agua según internas inspiraciones, de otro modo se hubiera originado un torrente devastador en lugar de lluvia benéfica. Las nubes enviaron primero el rocío; caía en blancas líneas, formaba torbellinos con los colores del arco iris en los bordes y finalmente caían en gotas de lluvia. Era una relación con el maná del desierto, que por la mañana aparecía rojizo y denso cubriendo el suelo como una piel que se podía extender. Estos torbellinos corrían a lo largo del Jordán, y no caían en todas partes, sino en ciertos lugares, como en Salén, donde Juan debía más tarde bautizar. Los bordes rojizos significan que al igual que la concha de mar que tiene también estos multicolores bordes, cuando está expuesta al sol absorbe los colores y ya purificada de colores se va formando en su centro la madreperla blanca y pura. Ese rocío y esa lluvia significaban mucho más de lo que podía ser considerándolo sólo un refrescamiento de la tierra sedienta. Sin ese rocío la venida de María se hubiese retardado cien años, mientras las descendencias que se nutren de los frutos de la tierra y se ennoblecen por el aplacamiento y la bendición del suelo, realzasen de nuevo esas descendencias recibiendo la carne la bendición de la pura propagación. La figura de la madreperla se refería a María y a Jesús. Además de la aridez de la tierra por falta de lluvia, es la esterilidad de los hombres, y cómo los rayos del rocío caían de descendencia en descendencia, hasta la substancia de María. A veces presentábanse sobre los bordes multicolores una o varias perlas en forma de rostro humano que parecía derramar un espíritu que volvía luego a brotar con los demás.

Anuncio del Mesías. Por la gran misericordia de Dios se anunció a los paganos piadosos de esa época que el Mesías debía nacer de una Virgen en Judea. Esto sucedió en Caldea, donde había astrólogos, que tenían visiones de una figura en los astros o en mitad del cielo; estos astrólogos profetizaban luego todo lo que veían. También Egipto hubo anuncios de la futura salud. Le fue mandado a Elías que reuniera a varias piadosas familias dispersar en el Norte, Oriente y Mediodía y las llevase a Judea. Elías envió a tres discípulos de los profetas, que reconoció aptos para dicho objeto por una señal que le dio el mismo Dios. Necesitaba gente muy segura, porque era una empresa ardua y arriesgada. Uno de ellos fue al Norte, otro al Oriente y el tercero al Mediodía. Este camino lo llevaba a Egipto por un camino peligroso para los israelitas. Lo he visto en el mismo camino cuando huyó a Egipto la Sagrada Familia, y luego en la ciudad de Heliópolis. En un valle había un gran templo, rodeado de muchos edificios, y él llegó allí a tiempo que se prestaba adoración a un buey vivo. De estos animales había varias figuras en el templo, junto a otros ídolos. Se sacrificaban al ídolo niños que habían nacido deformes.
Como el profeta pasó por allí, lo detuvieron y lo llevaron delante de los sacerdotes. Por suerte éstos eran, en general, muy curiosos de novedades: de otro modo lo habrían matado. Le preguntaron de dónde era, y él les contestó claramente que nacería una Virgen de la cual vendría la salud el mundo; que entonces todos sus ídolos caerían por tierra deshechos. Se maravillaron de lo que les decía, se conmovieron y lo dejaron marchar. Después se reunieron en consejo e hicieron la figura de una Virgen, que pendieron en medio de su templo, extendida en el aire como si planeara. La imagen tenía un peinado semejante al de sus ídolos, de los cuales gran número habían sido puestos en fila. Tenía busto de mujer y el resto era semejante al león.
La imagen de la Virgen que hicieron los egipcios llevaba en la cabeza un pequeño vaso, bastante hondo, parecido al que usaban para medir las frutas; los brazos hasta el codo estaban pegados a lo largo del cuerpo, separándose de él y extendiéndose al alzarse. La imagen tenía algunas espigas de trigo en las manos; tenía tres senos, uno mayor en el centro y otros pequeños más abajo a cada lado. La parte inferior del cuerpo estaba envuelto en largo ropaje; de los pies, pequeños y muy finos, colgaban algo así como borlas. De los dos hombros se alzaban hermosas plumas en forma de rayos, que parecían alas y que eran como dos peines estrechamente unidos entre sí. Tenía otras plumas cruzadas a lo ancho de las caderas, replegadas hacia arriba por la mitad del cuerpo. El vestido no tenía pliegues. Honraron a esta imagen y le ofrecieron sacrificios, rogándole que no destruyera a su buey Apis ni a las demás deidades. Por otra parte, perseveraron en todas las abominaciones de su culto idolátrico, empezando, sin embargo, desde ese momento a invocar a la Virgen de la cual habían hecho la imagen, según creo, de acuerdo con diversas indicaciones tomadas del relato del profeta y tratando de reproducir la figura vista por Elías.
He visto cuadros de la historia de Tobías y del casamiento del joven Tobías, por intermedio del Ángel, y supe que había allí una figura de Santa Ana y de su historia. El viejo Tobías representaba a la raza piadosa de los judíos que esperaban al Mesías. El haberse puesto ciego significaba que no debía tener más hijos y que debía entregarse más a la meditación y a la oración. Las molestias que le ocasionaba su mujer con sus quejas significaban las formas vacías de los fariseos y doctores de la ley. La paloma era una indicación de la primavera cercana y de la salud venidera. La ceguera indicaba la espera ansiosa de la redención y la ignorancia del lugar de su advenimiento. El Ángel dijo verdad al afirmar que era Azarías, hijo de Ananías, pues estas palabras significaban más o menos: la ayuda de Dios que viene de la nube de Dios. El Ángel era la conducción de las descendencias y la conservación y dirección de la bendición misteriosa, hasta su cumplimiento en la Concepción Inmaculada de María. Las oraciones del viejo Tobías y de Sara, llevadas ante el trono de Dios por los Ángeles, por haber sido escuchadas, significaban los clamores y deseos de los piadosos israelitas y de las hijas de Sión, pidiendo la venida de la redención, y también el clamor de Joaquín y de Ana para conseguir la hija de la promesa.
La ceguera de Tobías y la murmuración de su mujer indicaban también el desprecio que se hizo a Joaquín al rechazarle su sacrificio. Los siete pretendientes de Sara muertos, significaban aquéllos antepasados de María y la salud, como asimismo los pretendientes que Ana tuvo que rechazar antes de Joaquín. El desprecio de la criada de Sara indicaba el desprecio de los paganos y de los incrédulos judíos, ante la venida del Mesías, que llevaba a los buenos a rezar. También expresaba el desprecio de la criada de Ana, que movió a ésta a rezar con más fervor hasta que fue oída su petición. El pez que pretendía devorar a Tobías significaba la larga esterilidad de Ana; el corte del hígado, la bilis y el corazón del pez expresaban la mortificación y las buenas obras. El cabrito que la mujer de Tobías había traído a casa en pago de su trabajo, era realmente hurtado, que los hombres le dieron por bueno y pagado barato. Tobías conocía a esta gente y lo sabía, y fue por esto reprochado. Tenía también la significación de los desprecios que sufrían los buenos judíos y esenios de parte de los fariseos y judíos formulistas y otras que no recuerdo. La hiel con la cual el ciego Tobías recobró la vista indicaba la mortificación y la penitencia, por las cuales los judíos elegidos llegaban al conocimiento de la salud y redención. Indicaba además la entrada de la luz en la oscuridad, por medio de la amarga pasión de Jesucristo, desde su niñez.

Imágenes de la Inmaculada Concepción. Vi salir de la tierra una hermosa columna como el tallo de una flor. A semejanza del cáliz de una flor o la cabeza de la amapola que surgen de un pedúnculo, así salía de la columna una iglesia octogonal, resplandeciente, que permaneció firme sobre la columna. Esta subía hasta el centro de la iglesia como un pequeño árbol, cuyas ramas, divididas con regularidad, llevaban las figuras de la familia de la Santísima Virgen, las cuales, en esta representación de la fiesta, eran objeto de veneración particular. Estaban como sobre los estambres de una flor.
Santa Ana estaba colocada entre Joaquín y otro, quizás su padre. Debajo del pecho de Santa Ana vi una cavidad luminosa, como un cáliz y en ella la figura de un niño resplandeciente que se desarrollaba y crecía. Sus manecitas estaban cruzadas sobre el pecho; de su cabecita inclinada partían infinidad de rayos que se dirigían hacia una parte del mundo. Me parece que no era en todas direcciones. Sobre otras ramas circundantes había varias figuras vueltas hacia el centro en actitud respetuosa.
En la iglesia vi un número infinito de santos en fila, rodeándola o formando coros, que se inclinaban, a rezar, hacia la Santa Madre. Se exteriorizaba el fervor más dulce y notábase una íntima unión en esta fiesta, que sólo podría compararse a la de un cantero de flores muy variadas, que agitadas por el aura suave girasen hacia el sol, como para ofrecer sus fragancias y sus colores al astro del cual recibían sus propios dones y su propia vida. Por encima de este cuadro simbólico de la festividad de la Inmaculada Concepción, se alzó el pequeño árbol luminoso con un nuevo vástago en la extremidad, y en esta segunda corona de ramas pude contemplar la celebración de una segunda etapa de la fiesta.
Aquí María y José estaban hincados de rodillas y algo más abajo, delante de ellos, Santa Ana. Todos adoraban al Niño Jesús, sentado, con el globo del reino en la mano, en lo más alto del tallo, rodeado de un resplandor maravilloso. En torno de este cuadro veíanse a corta distancia varios coros: los de los Reyes Magos, de los pastores, de los apóstoles y discípulos, mientras otros santos formaban círculos algo más alejados del centro. Observé en las alturas algunas formas más difusas: los coros celestiales. Más alto aún, el brillo como de un medio sol penetraba atravesando la cúpula de la iglesia. Parecía indicar este segundo cuadro la proximidad de la fiesta de la Natividad que sigue a la Inmaculada Concepción. Cuando apareció el primer cuadro me pareció hallarme fuera de la iglesia, bajo la columna, en un país circundante; después me encontré dentro de ella.
Vi a la pequeña María creciendo en el espacio luminoso, debajo del corazón de Santa Ana. Me sentía penetrada de la íntima convicción de la ausencia absoluta de toda mancha original en la concepción de María. Leí esto con toda claridad como se lee un libro y lo comprendí entonces perfectamente. Me fue dicho que en otros tiempos hubo en este lugar una iglesia levantada en memoria de esta gracia inestimable otorgada por Dios; pero que fue entregada a la destrucción a causa precisamente de las muchas disputas y escándalos que se suscitaron a raíz de las controversias acerca de la Inmaculada Concepción de María. Entendí también estas palabras: “En cada visión permanece un misterio hasta que se haya realizado”. La Iglesia triunfante sigue celebrando allí mismo la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Misterios de la vida de María. A menudo oí a María contar a algunas mujeres de su confianza, Juana Chusa y Susana de Jerusalén, diferentes misterios relativos a Nuestro Señor y a ella misma, que sabía por iluminación interior del cielo o por lo que le había narrado Santa Ana. Le oí decir a Susana y a Marta que durante el tiempo que llevaba a Jesús en su seno jamás había sentido el más pequeño sufrimiento, sino un continuo regocijo y felicidad indecible. Contaba que Joaquín y Ana se habían encontrado bajo la Puerta Dorada en una hora también dorada; que en aquel sitio habían recibido la plenitud de la gracia divina en virtud de la cual ella sola había recibido la existencia en el seno de su madre por efecto de la santa obediencia y del puro amor de Dios, sin mezcla de impureza alguna. Les hacía comprender también que, sin el pecado original, la concepción de todos los hombres hubiera sido igualmente pura. Vi en seguida de nuevo todo lo relacionado con la gracia acordada a los padres de María, desde la aparición del ángel hasta su encuentro bajo la Puerta Dorada. Bajo ella he visto a Joaquín y a Ana rodeados de una multitud de ángeles que resplandecían con luz celestial. También ellos eran luminosos y puros, casi como espíritus. Hallábanse en el estado sobrenatural en que ninguna pareja humana se hubo hallado antes. Creo que era bajo la Puerta Dorada donde tenían lugar las pruebas y ceremonias de la absolución para las mujeres acusadas de adulterio, así como otras expiaciones. Debajo del templo había cinco pasajes subterráneos de esa clase y existía además otro bajo el lugar donde habitaban las vírgenes. Estos pasajes servían para ciertas expiaciones. Ignoro si otras personas pasaron por este camino antes que Joaquín y Ana; pero fue este un caso muy raro. No recuerdo si lo usaban para los sacrificios que se ofrecían por las personas estériles; pero sé que en esta circunstancia les fue ordenado a los sacerdotes disponer las cosas en la forma sucedida.

Víspera de la Natividad de Nuestra Señora. ¡Qué alegría tan grande hay en toda la naturaleza!… Oigo cantar a los pajaritos, veo a los corderitos y cabritos saltar de alegría, y a las palomas rondar en bandadas de un lado a otro con inusitado alborozo, allí donde estuvo antes la casa de Ana. Ahora no existe nada: el lugar es todo desierto. Tuve una visión de peregrinos de muy antiguos tiempos que, recogidos sus vestidos, con turbantes en las cabezas y largos bastones de viaje, atravesaban esta comarca para dirigirse al monte Carmelo. Ellos también notaron esta alegría extraordinaria de la naturaleza. Cuando manifestaron su extrañeza y preguntaron a las personas con las cuales se hospedaron, la razón de tal suceso, les respondieron que tales contentos y manifestaciones de alegría se notan todas las vísperas, desde el nacimiento de María y que allí había estado la casa de Ana. Hablaron entonces de un varón santo, de tiempos antiguos, que había observado esta renovación de la naturaleza, que fue la causa de que se celebrase entonces la fiesta del nacimiento de María en la Iglesia Católica.
Doscientos cincuenta años después del tránsito de María al cielo vi a un piadoso peregrino atravesar la Tierra Santa y visitar y anotar todos los lugares por donde había estado Jesús en su peregrinación sobre la tierra, para venerarlos y recordarlos. Este hombre gozó de una inspiración sobrenatural que le guiaba. En algunos lugares se detenía varios días, probando especial dulzura y contento, y recibía revelaciones mientras estaba en oración y meditación piadosas. Había tenido siempre la impresión de que del al de septiembre había una grande alegría en la naturaleza en Tierra Santa y oía en ese tiempo armoniosos cantos de pájaros.
Finalmente obtuvo, después de mucho pedir en oración, la revelación de que esa era la fecha del nacimiento de María. Tuvo esta revelación en el camino al monte Sinaí y el aviso de que allí había una capilla murada dedicada a María, en una gruta del profeta Elías. Se le dijo que debía decir estas cosas a los solitarios que habitaban en las faldas del monte Sinaí, adonde le he visto llegar. Donde ahora están los monjes, había ya ermitaños que vivían aislados: el lugar era entonces tan agreste del lado del valle, como ahora, necesitándose un aparato para poder subir. Observé que, según sus indicaciones, se celebró allí la festividad del nacimiento de María el de septiembre del año y que luego pasó esta fiesta a la Iglesia universal. Vi también que los ermitaños, juntos con el peregrino, escudriñaron la gruta de Elías buscando la capilla murada de María. No era cosa fácil encontrarla, pues había muchas grutas de antiguos ermitaños y de los esenios, entre jardines y huertas agrestes, donde aún crecían hermosas frutas. El vidente dijo que trajeran a un judío, y la gruta de la cual el judío fuera arrojado afuera, sería la señal de que ésa era la de Elías. Le fue dicho esto en una revelación.
Tuvo luego la visión de cómo buscaron a un viejo judío y lo llevaron a la gruta del monte, y como éste era siempre arrojado afuera de una gruta, que tenía una puerta angosta amurallada, a pesar de que  se esforzaba por entrar. Por este prodigio reconocieron la gruta de Elías, dentro de la cual encontraron una segunda cueva amurallada, que había sido la capilla donde el profeta había orado a la futura Madre del Salvador. Allí dentro hallaron huesos sagrados de profetas y de antiguos padres, como también biombos tejidos y utensilios que habían servido antiguamente para el servicio divino. El lugar donde estuvo la zarza se llama, según el lenguaje de la región, “Sombra de Dios”, y es visitado por los peregrinos, que se descansan antes. La capilla de Elías estaba hecha con hermosas piedras de colores y floreadas. Hay en las cercanías una montaña de arena rojiza, en la falda de la cual se cosechan hermosas frutas.

Oraciones para la fiesta del Nacimiento de María. Vi muchas cosas relacionadas con Santa Brígida y tuve conocimiento de varias comunicaciones hechas a esta santa sobre la Concepción Inmaculada y la Natividad de María. Recuerdo que la Virgen Santísima le dijo que cuando las mujeres embarazadas santifican la víspera del día de su Nacimiento, ayunando y recitando con devoción nueve veces el Ave María, en honor de los nueve meses que ella había pasado en el seno de su madre, y cuando renuevan con frecuencia este ejercicio de piedad en el curso de su preñez y la víspera de su alumbramiento, acercándose con piedad a los sacramentos, lleva ella esas oraciones ante Dios y les obtiene un parto feliz, aunque las condiciones se presenten difíciles. En cuanto a mí, se me acercó la Virgen y me dijo, entre otras cosas, que quien en el día de hoy, por la tarde, recite con devoción nueve veces el Ave María en honor de su permanencia de nueve meses en el seno de su madre y de su nacimiento, y continúe durante nueve días este ejercicio de piedad, da a los Ángeles cada día nueve flores destinadas a formar un ramillete que ella recibe en el cielo y presenta a la Santísima Trinidad, con el fin de obtener una gracia para la persona que ha dicho esas mismas oraciones. Más tarde me sentí transporta da a la altura, entre el cielo y la tierra. Debajo estaba la tierra, oscura y esfumada. En el cielo, entre los coros de los Ángeles y santos, vi a la Santísima Virgen ante el trono de Dios. Pude ver construir para ella, con las oraciones y las devociones de los fieles del mundo dos puertas o tronos de honor que crecían hasta formar iglesias, palacios y ciudades enteras. Estos edificios estuvieran hechos totalmente de plantas, flores y guirnaldas, expresando, las diversas especies, la naturaleza y el mérito de las oraciones, dichas por los individuos o por las comunidades y para conducirlo hasta el cielo los ángeles y santos tomaban todo esto de entre las manos de quienes decían tales oraciones.

Natividad de La Virgen Santísima. Con varios días de anticipación había anunciado Ana a Joaquín que se acercaba su alumbramiento. Con este motivo envió ella mensajeros a Séforis, a su hermana menor Marha; al valle de Zabulón, a la viuda Enue, hermana de Isabel; y a Betsaida, a su sobrina María Salomé, llamándolas a su lado. Joaquín, la víspera del alumbramiento de Ana, enviaba numerosos siervos a los prados donde estaban sus rebaños, yendo él mismo al más cercano. Entre las nuevas criadas de Ana, sólo guardó en su casa a aquéllas cuyo servicio era necesario. María Helí, la hija mayor de Ana, ocupábase en los quehaceres domésticos. Tenía entonces unos diez y nueve años, y habiéndose casado con Cleofás, jefe de los pastores de Joaquín, era madre de una niñita llamada María de Cleofás, de más o menos cuatro años en aquel momento. Joaquín oró, eligió sus más hermosos corderos, cabritos y bueyes y los envió al templo como sacrificio de acción de gracias. No volvió a casa hasta el anochecer. Por la noche llegaron a casa de Ana sus tres parientas. La visitaron en su habitación situada detrás del hogar y la besaron. Después de haberles anunciado la proximidad de su alumbramiento, Ana, poniéndose de pie, entonó con ellas un cántico concebido más o menos en estos términos: “Alabad a Dios, el Señor, que ha tenido piedad de su pueblo, que ha cumplido la promesa hecha a Adán en el paraíso, cuando le dijo que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente…”. Se encontraba Ana en éxtasis, enumerando en su cántico todas las imágenes que figuraban a María. Decía: “El germen dado por Dios a Abraham ha llegado a su madurez en mi misma”. Hablaba luego de Isaac, prometido de Sara, y agregaba: “El florecimiento de la vara de Aarón se ha cumplido en mi”. En su aposento, lleno de resplandores, aparecía también en lo alto la escala de Jacob. Las mujeres, llenas de asombro y de júbilo, estaban como arrobadas y creo que vieron la aparición. Después de la oración de bienvenida se sirvió a las mujeres una pequeña comida de frutas y agua mezclada con bálsamo. Comieron y bebieron de pie y fueron a dormir algunas horas para reposar del viaje. Ana permaneció levantada, y oró. Hacia la media noche, despertó a sus parientas para orar juntas, siguiéndola éstas detrás de una cortina cerca del lecho. Ana abrió las puertas de una alacena embutida en el muro, donde se hallaban varias reliquias dentro de una caja. Había luces encendidas a cada lado como lámparas. Al pie de este pequeño altar había un escabel tapizado. El relicario contenía algunos cabellos de Sara, a quien Ana profesaba veneración; huesos de José, que Moisés había traído de Egipto; algo de Tobías, quizás un trozo de vestido, y el pequeño vaso brillante en forma de pera donde había bebido Abraham al recibir la bendición del Ángel y que Joaquín había recibido junto con la bendición. Ahora sé que esta bendición constaba de pan y vino y era como un alimento sacramental. Ana se arrodilló delante de la alacena. A cada lado de ella estaba una de las dos mujeres, y la tercera, detrás. Recitó un cántico: creo que se trataba de la zarza ardiente de Moisés. Un resplandor celestial llenó la habitación y moviéndose condensábase en torno de Ana. Las mujeres cayeron como desvanecidas con el rostro pegado al suelo. La luz en torno de Ana tomó la forma de zarza que ardía junto a Moisés, sobre el monte Horeb, La llama se proyectaba hacia el interior: Ana recibía en sus brazos a la pequeña María, luminosa, que envolvió en su manto, apretó contra su pecho y colocó sobre el escabel delante del relicario. Prosiguió luego sus oraciones. La niña lloraba. Ana sacaba unos lienzos debajo del gran velo que la cubría, y fajándola, dejaba la cabeza, el pecho y los brazos descubiertos. La zarza ardiendo desapareció. Levantáronse entonces las mujeres y en medio de la mayor admiración recibieron en brazos a la criatura recién nacida, derramando lágrimas de alegría. Entonaron todas juntas un cántico de acción de gracias y Ana alzó a la niña en el aire como para ofrecerla. La habitación se volvió a llenar de luces y los Ángeles que cantaban Gloria y Aleluya. Según lo anunciaban, veinte días más tarde la niña recibió el nombre de María. Entró Ana en su alcoba y se acostó. Las mujeres tomaron a la niña, la despojaron de la faja, la lavaron y fajándola de nuevo, la llevaron en seguida junto a su madre, cuyo lecho estaba dispuesto de tal manera que se podía fijar contra él una pequeña canasta calada, donde tenía la niña un sitio separado al lado de su madre. Las mujeres llamaron entonces a Joaquín, el cual se acercó al lecho de Ana, y arrodillándose, derramó abundantes lágrimas de alegría sobre la niña. La alzó en sus brazos y entonó un cántico de alabanzas, como Zacarías en el nacimiento del Bautista. Habló en el cántico del santo germen, que colocado por Dios en Abraham se había perpetuado en el pueblo de Dios y en la Alianza, cuyo sello era la circuncisión y que con esta niña llegaba a su más alto florecimiento. Oí decir en el cántico aquellas palabras del profeta: “Un vástago brotará de la raíz de Jessé”, cumplíase en este momento perfectamente. Dijo también, con mucho fervor y humildad, que después de esto moriría contento. María Helí, la hija mayor de Ana, llegó bastante tarde para ver a la niña. A pesar de ser madre ella misma, desde varios años atrás, no había asistido al nacimiento de María porque, según las leyes judías, una hija no debía hallarse el lado de su madre en tales circunstancias. Al día siguiente los servidores, las criadas y mucha gente del país reunida en torno de la casa. Se les hacía entrar sucesivamente y la niña María fue mostrada a todos por las mujeres que la atendían. Otros vecinos acudían porque durante la noche había aparecido una luz encima de la casa y porque el alumbramiento de Ana, después de tantos años de esterilidad, era considerado como una especial gracia del cielo.

La Natividad de María en el Orbe. En el instante en que la pequeña María se hallaba en los brazos de Santa Ana, en el cielo fue  presentada ante la Santísima Trinidad y saludada con júbilo por todos los coros celestiales. Entendí que le fueron manifestados de modo sobrenatural todas sus alegrías, sus dolores y su futuro destino. María recibió el conocimiento de los más profundos misterios, guardando, sin embargo, su inocencia y candor de niña. Nosotros no podemos comprender la ciencia que le fue dada, porque la nuestra tiene su origen en el árbol fatal del Paraíso terrenal. Ella conoció todo esto como el niño conoce el seno de la madre donde debe buscar su alimento. La niña María en el cielo instruida por la gracia divina por primera vez lloró. Se anunció su nacimiento en el Limbo a los santos Patriarcas en el mismo momento penetrados de alegría inexplicable, porque se había cumplido la promesa hecha en el Paraíso. Hubo un progreso en el estado de gracia de los Patriarcas: su morada se hacía más clara, más amplia y adquirían mayor influencia sobre las cosas que acontecían en el mundo. Era como si todos sus trabajos, todas sus penitencias de su vida, todos sus combates, sus oraciones y sus ansias hubiesen llegado, por decirlo así, a su completa madurez produciendo frutos de paz y de gracia. Hubo un gran movimiento de alegría en toda la naturaleza al nacimiento de María; en los animales, y en el corazón de los hombres de bien; oyéronse armoniosos cantos por doquiera. Los pecadores se sintieron como angustiados y experimentaron pena y aflicción. En Nazaret y en las regiones de la Tierra Prometida varios poseídos del demonio se agitaban en medio de convulsiones violentas. Corrían de un lado a otro con grandes clamores; los demonios bramaban por boca de ellos clamando: “¡Hay que salir!… ¡Hay que salir!…”. En Jerusalén el piadoso sacerdote Simeón, que habitaba cerca del templo en el momento del nacimiento de María, estaba sobresaltado por los clamores desaforados de locos y posesos, encerrados en un edificio contiguo a la montaña del templo, sobre el cual tenía Simeón derechos de vigilancia. Se dirigió a media noche a la plaza, delante de la casa de los posesos. Un hombre que allí habitaba le preguntó la causa de aquellos gritos, que interrumpían el sueño de todo el mundo. Uno de los posesos clamó con más fuerza para que lo dejaran salir. Abrió Simeón la puerta y el poseso gritó, precipitándose afuera, por boca de Satanás: “Hay que salir… Debemos salir… Ha nacido una Virgen… ¡Son tantos los Ángeles que nos atormentan sobre la tierra, que debemos partir, pues ya no podemos poseer un solo hombre más…!”. Vi a Simeón orando con mucho fervor. El desgraciado poseso fue arrojado violentamente sobre la plaza, de un lado a otro; y vi que el demonio salía por fin de su boca. La profetisa Ana y Noemí, hermana de la madre de Lázaro, que habitaba en el templo y fue más tarde la maestra de la niña María. Fueron despertadas y se enteraron por medio de visiones, que había nacido una criatura de predilección. Se reunieron y se comunicaron unas a otras las cosas que acababan de saber. Ellas conocían ya a Santa Ana. En el país de los Reyes Magos mujeres videntes tuvieron visiones del nacimiento de la Santísima Virgen. Ellas decían a los sacerdotes que había nacido una Virgen, para saludar a la cual habían bajado muchos espíritus del cielo; que otros espíritus malignos se lamentaban de ello. También los Reyes Magos, que observaban los astros, vieron figuras y representaciones del acontecimiento. En Egipto, la misma noche del nacimiento de María, fue arrojado del templo un ídolo y echado a las aguas del mar. Otro ídolo cayó de su pedestal y se deshizo en pedazos. Llegaron más tarde a casa de Ana varios parientes de Joaquín que acudían desde el valle de Zabulón y algunos siervos que habían estado lejos. A todos les fue mostrada la niña María. En casa se preparó una comida para los visitantes. Más tarde concurrieron muchas gentes para ver a la niña María, de modo que fue sacada de su cuna y puesta en sitio elevado, como sobre un caballete, en la parte anterior de la casa. Estaba sobre lienzos colorados y blancos por encima, fajada con lienzos colorados y blancos transparentes hasta debajo de los bracitos. Sus cabellos eran rubios y rizados. He visto después a María Cleofás, la hija de María Helí y de Cleofás, nieta de Ana, de algunos años de edad, jugar con María y besarla. Era María Cleofás una niña fuerte y robusta, tenía un vestidito sin mangas, con bordes colorados y adornos de rojas manzanas bordadas. En los brazos descubiertos llevaba coronitas blancas que parecían de seda, lana o plumas. La niña María tenía también un velo transparente alrededor del cuello.

La Niña Recibe el Dulce Nombre de María. Hubo una gran fiesta en casa de Ana. Los muebles cambiados de lugar y puestos a un lado en las habitaciones del frente. Los tabiques de juncos, que formaban habitaciones separadas, quitados para poder disponer una gran mesa. En torno de la sala una mesa amplia, baja, llena de platos y fuentes para la comida. En el centro se había levantado un altar cubierto con un paño rojo y blanco, sobre el cual había una cunita también de rojo y blanco y una colcha celeste. Al lado del altar había un atril cubierto, con rollos de pergamino conteniendo oraciones. Delante del altar había cinco sacerdotes de Nazaret con vestimentas de ceremonias. Joaquín estaba con ellos. En el fondo, en torno del altar, había mujeres y hombres, parientes de Joaquín, todos con trajes de fiesta. La hermana de Ana, Maraha de Séforis y a su hija mayor. Santa Ana había dejado el lecho; pero no asistió a la ceremonia, quedándose en la habitación, detrás del hogar. Enue, la hermana de Isabel, trajo a la pequeña María, poniéndola en brazos de Joaquín. Los sacerdotes se colocaron delante del altar, cerca de los rollos y recitaron en alta voz las oraciones. Joaquín entregó a la niña al principal de ellos, el cual alzándola en el aire, mientras rezaba, como para ofrecerla a Dios, la dejó luego en su cuna, sobre el altar. Tomó después unas tijeras de forma particular, con las cuales cortó tres pequeñas guedejas de cabello a ambos lados de la cabeza y la frente de la criatura, quemándolas en el brasero. Tomó luego una caja que contenía aceite y ungió los cinco sentidos de la niña, tocándole con el pulgar las orejas, los ojos, la nariz, la boca y el hueco del estómago. Sobre el pecho de la criatura colocó un pergamino donde estaba escrito el nombre de María. Luego se cantaron salmos y se sirvió la comida. Varias semanas después del nacimiento de María, Joaquín y a Ana iban con la Niña al templo para ofrecer un sacrificio. La presentaron al templo con vivos sentimientos de piedad y agradeciendo a Dios de un modo parecido a lo que más tarde hizo la Virgen Santísima cuando presentó al Niño Jesús y lo rescató del templo, según las prescripciones de la ley. Al día siguiente entregaron su ofrenda, prometiendo consagrar la niña a Dios en el templo dentro de algunos años. Después volvieron a Jerusalén.

Preparativos para la presentación de María en el Templo. María era de tres años de edad y tres meses cuando hizo el voto de presentarse en el templo entre las vírgenes que allí moraban. Era de complexión delicada, cabellera clara un tanto rizada hacia abajo; La hija de María Helí era mayor en algunos años y más robusta. En casa de Ana hubo preparativos de María para ser conducida al templo. Era una fiesta muy grande. Estaban presentes cinco sacerdotes de Nazaret, de Séforis y de otras regiones, entre ellos Zacarías y un hijo del hermano del padre de Ana. Ensayaban una ceremonia con la niña María. Era una especie de examen para ver si estaba madura para ser recibida en el templo. Además de los sacerdotes estaban presentes la hermana de Ana de Séforis y su hija, María Helí y su hijita y algunas pequeñas niñas y parientes. Los vestidos, en parte cortados por los sacerdotes y arreglados por las mujeres, le fueron puestos en esta ocasión a la niña en diversos momentos, mientras le dirigían preguntas. Esta ceremonia tenía aire de gravedad y seriedad, aun cuando algunas preguntas estaban hechas por el anciano sacerdote con infantil sonrisa, las cuales eran contestadas siempre por la niña, con admiración de los sacerdotes y lágrimas de sus padres. Había para María tres clases de vestidos, que se pusieron en tres momentos. Esto tenía lugar en un gran espacio junto a la sala del comedor que recibía la luz por una abertura cuadrangular abierta en el techo, a menudo cerrada con una cortina. En el suelo había un tapete rojo y en medio de la sala un altar cubierto de paño rojo y encima blanco transparente. Sobre el altar había una caja con rollos escritos y una cortina que tenía dibujada o bordada la imagen de Moisés, envuelto en su gran manto de oración y sosteniendo en sus brazos las tablas de la ley. Moisés si estaba, siempre de anchas espaldas, cabeza alta, nariz grande y curva, y en su gran frente dos elevaciones vueltas un tanto, una hacia otra, todo lo cual le daba un aspecto muy particular. Estas especies de cuernos los tuvo ya Moisés desde niño, como dos verrugas. El color de su rostro oscuro de fuego y los cabellos rubios. He visto a menudo semejante especie de cuernos en la frente de antiguos profetas y ermitaños y a veces una sola de estas excrecencias en medio de la frente. Sobre el altar estaban los tres vestidos de María; había también paños y lienzos obsequiados por los parientes para el arreglo de la niña. Frente al altar sobre gradas, una especie de trono. Joaquín, Ana y los miembros de la familia se encontraban reunidos. Las mujeres estaban detrás y las niñas al lado de María. Los sacerdotes entraron con los pies descalzos. Había cinco, pero sólo tres de ellos llevaban vestiduras sacerdotales e intervenían en la ceremonia. Un sacerdote tomó del altar las diversas prendas de la vestimenta, explicó su significado y las presentó a la hermana de Ana, Maraha de Séforis, la cual vistió con ellas a la niña María. Le pusieron primero un vestidito amarillo y encima, sobre el pecho, otra ropa bordada con cintas, que se ponía por el cuello y se sujetaba al cuerpo. Después, un mantito oscuro con aberturas en los brazos; por arriba colgaban algunos retazos de género. Este manto estaba abierto por arriba y cerrado por debajo del pecho. Le Calzaron sandalias oscuras con suelas gruesas de color amarillo. Tenía los cabellos rubios peinados y una corona de seda blanca con variadas plumas. Colocárosle sobre la cabeza un velo cuadrado de color ceniza, que se podía recoger bajo los brazos para que éstos descansaran como sobre dos nudos. Este velo parecía de penitencia o de oración.
Los sacerdotes le dirigieron toda clase de preguntas relacionadas con la manera de vivir las jóvenes en el templo. Le dijeron, entre otras cosas: “;Tus padres al consagrarte al templo, han hecho voto de que no beberás vino ni vinagre, ni comerás uvas ni higos. ¿Qué quieres agregar a este voto?… Piénsalo durante la comida”;. A los judíos, especialmente a las jóvenes judías, les gusta mucho el vinagre y María también tenía gusto en beberlo. Le hicieron otras preguntas y le pusieron un segundo género de vestido. Constaba éste de uno azul celeste, con mantito blanco azulado, y un adorno sobre el pecho y un velo transparente de seda blanca con pliegues detrás, como usan las monjas. Sobre la cabeza le pusieron una corona de cera adornada con flores y capullos de hojas verdes. Los sacerdotes le pusieron otro velo para la cara: por arriba parecía una gorra, con tres broches a diversa distancia, de modo que se podía levantar un tercio, una mitad o todo el velo sobre la cabeza. Se le indicó el uso del velo: cómo tenía que recogerlo para comer y bajarlo cuando fuese preguntada. Con este vestido se presentó María con los demás a la mesa: la colocaron entre los dos sacerdotes y uno enfrente. Las mujeres con otros niños se sentaron en un extremo de la mesa separadas de los hombres. Durante la comida probaron los sacerdotes a la niña María en el uso del velo. Hubo preguntas y respuestas. También se le instruyó acerca de otras costumbres que debía observar. Le dijeron que podía comer de todo por ahora dándole diversas comidas para tentarla. María los dejó a todos maravillados con su forma de proceder y con las respuestas que les daba. Tomó muy poco alimento y respondía con sabiduría infantil que admiraba a todos. Durante todo el tiempo los Ángeles en torno a ella le sugerían y guiaban en todos los casos. Después de la comida fue llevada a la otra sala, delante del altar, donde le quitaron los vestidos de la segunda clase para ponerle los de la tercera. La hermana de Santa Ana y un sacerdote la revistieron de los nuevos vestidos de fiesta. Era un vestido color violeta con adorno de paño bordado sobre el pecho. Se ataba de costado con el paño de atrás, formaba rizos y terminaba en punta por debajo. Pusiéronle un mantito violeta más amplio y más festivo, redondeado por detrás, que parecía una casulla de misa. Tenía mangas anchas para los brazos y cinco líneas de adornos de oro. La del medio estaba partida y se recogía y cerraba con botones. El manto estaba también bordado en las extremidades. Luego se le puso un velo grande: de una parte caía en blanco y de otra en blanco violeta sobre los ojos. Sobre esto colocárosle una corona cerrada, con cinco broches, que constaba de un círculo de oro, más ancho arriba, con picos y botones. Esta corona estaba revestida de seda por fuera, con rositas y cinco perlas de adorno; los cinco arcos terminales eran de seda y tenían un botón. El escapulario del pecho estaba unido por detrás; por delante, tenía cintas. El manto estaba sujeto por delante sobre el pecho.
Revestida en esta forma fue la niña María llevada sobre las gradas del altar. Las niñas rodeaban el altar de uno y otro lado. María dijo que no pensaba comer carne ni pescado ni tomar leche; que sólo tomaría una bebida hecha de agua y de médula de junco, que usaban los pobres y que pondría a veces en el agua un poco de zumo de terebinto. Esta bebida es como un aceite blanco, se expande, y es muy refrescante aunque no tan fina como el bálsamo. Prometió no gustar especias y no comer en frutas más que unas bayas amarillas que crecen como uvas. (No estoy buscando contradicciones, pero me parece que esto es contrario a la alimentación de Daniel en el foso de los leones) Conozco estas bayas: las comen los niños y la gente pobre. También dijo que quería descansar sobre el suelo y levantarse tres veces durante la noche para rezar. Las personas piadosas, Ana y Joaquín lloraban al oír estas cosas. El anciano Joaquín abrazando a su hija, le decía: “;¡Ah, hija! Esto es muy duro de observar. Si quieres vivir en tanta penitencia creo que no te podré ver más, a causa de mi avanzada edad”;. Era una escena muy conmovedora. Los sacerdotes le dijeron que se levantara sólo una vez, como las demás, y le hicieron otras propuestas para mitigar sus abstinencias. Le impusieron comer otros alimentos, como el pescado, en las grandes festividades.
Se recuerda que había en Jerusalén, en la parte baja de la ciudad, un gran mercado de pescados, que recibía el agua de la piscina de Bethseda. Un día que faltó el agua, Herodes el Grande quiso construir allí un acueducto, vendiendo, para lograr dinero, vestiduras sacerdotales y vasos sagrados del templo. Por este motivo hubo un intento de sublevación, pues los Esenios, encargados de la inspección de las vestiduras sacerdotales, acudieron a Jerusalén de todas partes del país y se opusieron firmemente.
Por último dijeron los sacerdotes: “;Muchas de las otras niñas que van al templo sin pagar su manutención y sus vestidos, se comprometen, con el consentimiento de sus padres, a lavar los vestidos de los sacerdotes manchados con la sangre de las víctimas, y otros paños burdos, trabajo muy pesado que lastima las manos. Tú no necesitas hacer esto, porque tus padres te costean tu manutención”;. María respondió prontamente que quería hacer también eso, si era tenida por digna de hacerlo. Joaquín se emocionó grandemente al oírla. Mientras se hacían estas ceremonias María en varias ocasiones, había crecido de tal modo ante ellos, que los superaba en altura. Era una señal de la gracia y de su sabiduría. Los sacerdotes se mostraron serios, con grata admiración. Por último fue bendecida la niña María por el sacerdote. La he visto de pie sobre el tronito resplandeciente. Dos sacerdotes estaban a su lado; otro, delante. Los sacerdotes tenían rollos en las manos y rezaban preces sobre ella con las manos extendidas. Por la bendición se hacía transparente, una gloria de indescriptible esplendor y dentro de ella, el misterio del Arca de la Alianza como si estuviese en un brillante vaso de cristal, Luego vi el corazón de María que se abría en dos como una puertecita del templete, y el misterio sacramental del Arca de la Alianza penetró en su corazón. En torno de este misterio había formado un tabernáculo de variadas y muy significativas piedras preciosas. Entró en el corazón, como el Arca en el Santísimo, como el Ostensorio en el tabernáculo. Vi a la niña María como transformada, flotando en el aire. Con la entrada del sacramento en el corazón de María, que se cerró luego, lo que era figura pasó a ser realidad y posesión, y vi que la niña estuvo desde entonces como penetrada de una ardorosa concentración interior. Vi también, durante esta visión, que Zacarías recibió una interna persuasión o una celestial revelación de que María era el vaso elegido del misterio o sacramento. Había recibido él un rayo de luz que yo vi salir de María. Después de esto condujeron los sacerdotes a la niña adonde estaban sus padres. Ana levantó a su hija en alto y estrechándola contra su pecho la besó con interna dulzura y afecto, mezclada de veneración. Joaquín, muy conmovido, le dio la mano, lleno de admiración y veneración. La hermana mayor de María Santísima, María de Helí, abrazó a la niña con más vivacidad que Santa Ana, que era una mujer muy reservada, moderada y muy medida en todos sus actos. La sobrinita, María Cleofás, le echó los brazos al cuello, como hacen las criaturas. Después los sacerdotes tomaron a la niña de nuevo, le quitaron los vestidos simbólicos y le pusieron sus acostumbrados vestidos. Todavía los he visto de pie, tomando algún líquido de un recipiente, y luego partir.

Partida al Templo de Jerusalén. Joaquín, Ana y a su hija mayor María de Helí, estuvieron ocupados toda la noche preparando paquetes y utensilios. Ardía una lámpara con varias mechas. María Helí con una luz iba de un lado a otro. Unos días antes Joaquín había mandado a sus siervos que eligieran cinco de cada especie de los animales de sacrificio, entre los mejores y los había despachado para el templo: formaban estos animales una hermosa majada. Después tomó dos animales de carga y los fue cargando con toda clase de paquetes: vestidos para la niña y regalos para el templo. Sobre el lomo del animal acomodó un ancho asiento para que se pudiera sentar cómodamente. Los objetos que se cargaron estaban acondicionados en bultos y atados, fáciles de llevar y cestas de diversas formas sujetas a los flancos del animal. En una de ellas había pájaros del tamaño de las perdices; otros cestos, semejantes a cuévanos de uvas, contenían frutas de toda clase. Cuando el asno estuvo cargado completamente, tendieron encima una gran manta de la que colgaban gruesas borlas. Todavía quedaban dos sacerdotes. Uno de ellos era muy anciano, que llevaba un capuz terminado en punta sobre la frente y dos vestiduras, la de arriba más corta que la de abajo. Este sacerdote es el que se había ocupado el día anterior en el examen de María y daba otras instrucciones más a la niña. Tenía una especie de estola colgante. El otro sacerdote era más joven. María tenía en aquel momento algo más de tres años de edad: era bella y delicada y estaba tan adelantada como un niño de cinco años de nuestro país. Sus cabellos lisos, rizados en sus extremos, eran de un rubio dorado y más largos que los de María Cleofás, de siete años, cuya rubia cabellera corta y crespa. Casi todas las personas mayores llevaban largas ropas de lana sin teñir. No se notaba la presencia de dos niños que no eran de este mundo: estaban allí en una forma espiritual y figurativa, como profetas; no pertenecían a la familia y no conversaban con nadie. Parecía que nadie notaba su presencia. Eran hermosos y amables; tenían largos cabellos rubios y rizados. Mirando a uno y otro lado me dirigieron la palabra. Llevaban libros, probablemente para su instrucción. La pequeña María no poseía libro alguno a pesar de que sabía leer. Los libros no eran como los nuestros, sino largas tiras de más o menos media vara de ancho, enrolladas en un bastón, cuyas extremidades asomaban por cada lado. El más alto de los dos niños se me acercó con uno de los rollos desplegados en la mano y leyó algo, explicándomelo luego. Eran letras de oro, totalmente desconocidas para mí, escritas al revés y cada una de ellas parecía representar una palabra entera. La lengua me era completamente desconocida también y sin embargo la entendía perfectamente. Se Trataba de un texto de Moisés sobre la zarza ardiente. Me declaró: “;Como la zarza ardía y no se quemaba, así arde el fuego del Espíritu Santo en la niña María, y en su humildad es como si nada supiera de ello. Significa también la divinidad y humanidad de Jesús y como el fuego de Dios se une con la niña María”;. El descalzarse explicó como que la ley se cumplía: La corteza caía y llegaba ahora la sustancia. La pequeña bandera que traía la extremidad del bastoncito significaba que María empezaba su camino, su misión para ser Madre del Redentor. El otro niño jugaba con su rollo inocentemente, representando con esto el candor infantil de María, sobre la cual reposaba una promesa muy grande, la cual, no obstante tan alto destino, jugaba ahora como una criatura. Explicaron aquellos niños siete pasajes de sus rollos; pero a causa del estado en que me encuentro se me ha ido de la memoria. ¡Oh Dios mío! Cuando se me aparece todo esto ¡qué bello y profundo es y al mismo tiempo, qué simple y claro!…
Al rayar el alba vi que se ponían en camino para Jerusalén. La pequeña María deseaba vivamente llegar al templo y salió apresuradamente de la casa acercándose a la bestia de carga. Los niños profetas me mostraron todavía algunos textos de sus rollos. Uno de éstos decía que el templo era magnífico, pero que la niña María encerraba en sí algo más admirable aún. Había dos bestias de carga. Uno de los asnos, el más cargado, iba conducido por un servidor y debía ir siempre delante de los viajeros. El otro, que estaba delante de la casa, cargado con más bultos, tenía preparado un asiento y María fue colocada sobre él. Joaquín conducía el asno. Llevaba un bastón largo con un grueso pomo redondo en la extremidad: parecía un cayado de peregrino. Un poco más adelante iba Ana con la pequeña María Cleofás y una criada que debía acompañarla en todo el camino. Al empezar el viaje se juntaron con ellas unas mujeres y niñas: se trataba de parientas que en los diversos cruces del camino se separaban de la comitiva para volverse a sus casas. Uno de los sacerdotes acompañó a la comitiva durante algún tiempo.
Seis mujeres parientas, con sus hijos y algunos hombres. Llevaban una linterna y vi que la luz desaparecía totalmente ante aquella otra claridad que derramaban las santas personas sobre el camino en su viaje nocturno, sin que, al parecer, lo notaran los demás. Al principio me pareció que el sacerdote iba detrás de la pequeña María con los niños profetas. Más tarde, cuando ella bajó del asno para seguir a pie, yo estuve a su lado. Más de una vez oí a mis jóvenes compañeros cantando el salmo “;Eructavit cor meum”; y el “;Deus deorum Dominus locutus est”;. Supe por ellos que estos salmos serían cantados a doble coro cuando la Niña fuera admitida en el templo. Lo escucharé cuando lleguen al templo.
Al principio el camino descendía en pendiente de una colina, para volver a subir después. Siendo temprano y con buen tiempo, el cortejo se detuvo cerca de un manantial del que nacía un arroyo. Había una pradera y los caminantes descansaron sentándose junto a un cerco´ de plantas de bálsamo. Debajo de estos frágiles arbustos solían poner vasos y recipientes de piedra para recoger el bálsamo que iba cayendo gota a gota. Los viajeros bebieron bálsamo y echaron un poco en el agua, llenando pequeños recipientes. Comieron bayas de ciertas plantas que allí había, con panecillos que traían en las alforjas. En ese momento desaparecieron los dos niños profetas. Uno de ellos era Elías y el otro Moisés. La pequeña María los había visto; pero no habló de ello con nadie. A veces vemos en nuestra infancia a santos niños y en edad más madura a santas jóvenes o muchachos y callamos estas visiones sin comunicarlas a los demás por ser tal momento un instante de gozo celestial y de recogimiento.
Más tarde los viajeros entraron en una casa aislada en la que fueron bien recibidos y tomaron provisiones, pues los moradores eran de la familia. Despidieron de la niña Cleofás que debía volver a su casa. Durante el día, el curso del camino bastante penoso pues hay muchas subidas y bajadas y en los valles a menudo neblina y rocío; había algunos lugares mejor situados, donde brotan flores. Antes de llegar al sitio donde debían pasar la noche, hallaron un pequeño arroyo. Se hospedaron en una posada al pie de una montaña en la cual se veía una ciudad. Por desgracia, no recuerdo el nombre de esa ciudad, pues la he visto durante otros viajes de la Sagrada Familia confundo los nombres. Ellos siguieron el camino que tomó Jesús en el mes de septiembre, cuando tenía treinta años e iba de Nazaret a Betania y luego al bautismo de Juan y aun esto lo digo sin certidumbre completa. La Sagrada Familia hizo más tarde este camino en la época de la huida a Egipto. La primera etapa fue Nazara, pequeño lugar entre Massaloth y otra ciudad ubicada en la altura más cercana a esta última. Veo por todas partes tantas poblaciones, cuyos nombres oigo pronunciar que luego confundo unos con otros. La ciudad cubre la ladera de una montaña y se divide en varias partes, si es que realmente todas forman una misma ciudad. Falta agua y tienen que hacerla subir desde el llano con la ayuda de cuerdas. Veo torres antiguas en ruinas. Sobre la cumbre de la montaña hay una torre que parece un observatorio con un aparato de mampostería que tiene vigas y cuerdas como para hacer subir algo desde la ciudad.
Hay una cantidad tan grande de estas cuerdas que el conjunto aparenta mástiles de buques. Debe haber como una hora de camino desde abajo a la cumbre de la montaña, desde donde se disfruta de una espléndida vista muy extensa. Los caminantes entraron en una posada situada en la llanura. En una parte de la ciudad había paganos, considerados como esclavos por los judíos, (esto es contrario a las leyes Esenias) debiendo someterse a rudos trabajos en el templo y en otras construcciones. Esta noche he visto a la pequeña María llegando con sus padres a una ciudad situada a seis leguas más o menos de Jerusalén en dirección noroeste. Esta ciudad, se llama Bet-Horon y se encuentra al pie de una montaña. Durante el viaje atravesaron un pequeño río que desemboca en el mar en los alrededores de Jopé, donde enseñó San Pedro después de la venida del Espíritu Santo. Cerca de Bet-Horon tuvieron lugar grandes batallas que he visto y olvidado. Faltaban aun dos leguas para llegar a un punto del camino desde donde se podía divisar a Jerusalén; he oído el nombre de este lugar, que ahora no puedo precisarlo. Bet-Horon ciudad de Levitas de cierta importancia: produce hermosas uvas y gran cantidad de frutas. La santa comitiva entró en la casa de unos amigos, que estaba muy bien situada. Su dueño era maestro en una escuela de Levitas y había allí algunos niños. Me admira ver allí a varias parientas de Ana, con sus hijas pequeñas, que yo creía que habían regresado a sus casas al principio del viaje pero llegaron antes, tomando algún atajo, quizás para anunciar la llegada de la santa comitiva.
Los parientes de Nazaret, de Séforis y de Zabulón, que habían asistido al examen de María, se hallaban allí con sus hijas: A la hermana mayor de María con su hija María de Cleofás y a la hermana de Ana venida de Séforis con sus hijas. Hubo grandes fiestas. María fue llevada en compañía de otras niñas a una gran sala y puesta en un asiento alto, a semejanza de un trono dispuesto para ella. El maestro de escuela y otras personas hicieron toda clase de preguntas a María y le pusieron guirnaldas en la cabeza. Todos estaban asombrados por la sabiduría que manifestaba en sus respuestas; del juicio y prudencia de otra niña que había pasado por allí poco antes, volviendo de la escuela del templo a la casa de sus padres. Esta niña se llamaba Susana y más tarde figuró entre las santas mujeres que seguían a Jesús. (En otra ocasión Ana Catalina dijo que esta niña era parienta de María). María ocupó su puesto vacante en el templo, pues había un número fijo de plazas para estas jóvenes. Susana tenía quince años cuando dejó el templo, es decir, cerca de once más que la niña María. También Santa Ana había sido educada allí a la edad de cinco años. La pequeña María estaba llena de júbilo por hallarse tan cerca del templo. Joaquín que la estrechaba entre sus brazos, llorando y diciéndole: “;Hija mía, ya no volveré a verte”;. Habían preparado comida y mientras estaban en la mesa, María iba de un lado a otro, apretarse contra su madre, llena de gracia, o, deteniéndose detrás de ella, echarle los bracitos al cuello. Esta mañana muy temprano los viajeros salieron de Bet-Horon para Jerusalén. Todos los parientes con sus criaturas se habían juntado a ellos y lo mismo los dueños de la casa. Llevaban regalos para la niña, consistentes en ropas y frutas. Me parece ver una fiesta en Jerusalén. María tenía en ese momento tres años y tres meses. En su viaje no fueron a Ussen Sheera ni a Gofna a pesar de tener allí amistades; pasaron por los alrededores. El maestro de los Levitas con su familia los acompañó a Jerusalén. Cuanto más se acercaban a la ciudad tanto más se mostraba María contenta y ansiosa. Solía correr delante de sus padres.

Jerusalén. Hoy al mediodía he visto llegar la comitiva que acompañaba a María al templo de Jerusalén. Jerusalén es una ciudad extraña. No hay que pensar que sea como una de nuestras ciudades, con tanta gente en las calles. Muchas calles bajas y altas corren alrededor de los muros de la ciudad y no tienen salida ni puertas. Las casas de las alturas, detrás de las murallas, están orientadas hacia el otro lado, pues se han edificado barrios distintos y se han formado nuevas crestas de colinas y los antiguos muros quedaron allí. Muchas veces se ven las calles de los valles sobreedificadas con sólidas bóvedas. Las casas tienen sus patios y piezas orientadas hacia el interior; hacia la calle sólo hay puertas y terrazas sobre los muros. Generalmente las casas son cerradas. Cuando la gente no va a las plazas o mercados o al templo está generalmente entretenida en el interior de sus casas. Hay silencio en las calles, fuera de los lugares de mercado o de ciertos palacios, donde se ve ir y venir a soldados y viajeros. En ciertos días en que están casi todos en el templo, las calles parecen como muertas. A causa de las calles solitarias, de los profundos valles y de la costumbre de permanecer las gentes en sus casas, es que Jesús podía ir y venir con sus discípulos sin ser molestado. Por lo general falta agua en la ciudad: frecuentemente se ven edificios altos adonde es llevada y torres hacia las cuales es bombeada el agua. En el templo se tiene mucho cuidado con el agua porque hay que purificar muchos vasos y lavar las ropas sacerdotales. Se ven grandes maquinarias y artefactos para bombear el agua a los lugares elevados.
Hay muchos mercaderes y vendedores en la ciudad: están casi siempre en los mercados o en lugares abiertos, bajo tiendas de campaña. No lejos de la Puerta de las Ovejas, mucha gente que negocia con alhajas, oro, objetos brillantes y piedras preciosas. Las casitas que habitan son muy livianas, pero sólidas, de color pardo, como si estuviesen cubiertas con pez o betún. Adentro hacen sus negocios; entre una tienda y otra están extendidas lonas, debajo de las cuales muestran sus mercaderías. Hay, sin embargo, otras partes de la ciudad donde hay mayor movimiento y se ven gentes que van y vienen cerca de ciertos palacios. Comparada Jerusalén con la Roma antigua, esta ciudad era mucho más bulliciosa en las calles; tenía aspecto más agradable y no era tan desigual ni empinada. La montaña sobre la cual se halla el templo está rodeada, por el lado en que la pendiente es más suave, de casas que forman varias calles detrás de espesos muros. Estas casas están construidas sobre terrazas colocadas unas sobre otras. Allí viven los sacerdotes y los servidores subalternos del templo, que hacen trabajos más rudos, como la limpieza de los fosos, donde se echan los desperdicios provenientes de los sacrificios de animales. Hay un costado norte, creo, donde la montaña del templo es muy escarpada. En todo lo alto, alrededor de la cumbre, se halla una zona verde formada por pequeños jardines pertenecientes a los sacerdotes.
Aun en tiempos de Jesucristo se trabajaba siempre en alguna parte del templo. Este trabajo no cesaba nunca. En la montaña del templo había mucho mineral, que se fue sacando y empleando en la construcción del mismo edificio. Debajo del templo hay fosos y lugares donde funden el metal. No pude encontrar en este gran templo un lugar donde poder rezar a gusto. Todo el edificio es admirablemente macizo, alto y sólido. Los numerosos patios son estrechos y sombríos, llenos de andamios y de asientos. Cuando hay mucha gente causa miedo encontrarse apretado entre los espesos muros y las gruesas columnas. Tampoco me gustan los continuos sacrificios y la sangre derramada en abundancia, a pesar de que esto se hace con orden e increíble limpieza. Hacía mucho tiempo que no había visto con tanta claridad, como hoy, los edificios, los caminos y los pasajes. Pero son tantas las cosas que hay aquí que me es imposible describirlas con detalles.
Los viajeros llegaron con la pequeña María, por el norte, a Jerusalén: con todo, no entraron por ese lado, sino que dieron vuelta alrededor de la ciudad hasta el muro oriental, siguiendo una parte del valle de Josafat. Dejando a la izquierda el Monte de los Olivos y el camino de Betania, entraron en la ciudad por la Puerta de las Ovejas, que conducía al mercado de las bestias. No lejos de esta puerta hay un estanque donde se lava por primera vez a las ovejas destinadas al sacrificio. No es ésta la piscina de Bethseda. La comitiva, después de haber entrado en la ciudad, torció de nuevo a la derecha y entró en otra barriada siguiendo un largo valle interno dominado de un lado por las altas murallas de una zona más elevada de la ciudad, llegando a la parte occidental en los alrededores del mercado de los peces, donde se halla la casa paterna de Zacarías de Hebrón. Se encontraba allí un hombre de avanzada edad: creo que el hermano de su padre. ¡Zacarías solía volver a la casa después de haber cumplido su servicio en el templo. En esos días se encontraba en la ciudad y habiendo acabado su tiempo de servicio, quería quedarse sólo unos días en Jerusalén para asistir a la, entrada de María al templo. Al llegar la comitiva, Zacarías no se encontraba allí. En la casa se hallaban presentes otros parientes de los contornos de Belén y de Hebrón, entre ellos, dos hijas de la hermana de Isabel. Isabel tampoco se encontraba allí en ese momento. Estas personas se habían adelantado para recibir a los caminantes hasta un cuarto de legua por el camino del valle. Varias jóvenes los acompañaban llevando guirnaldas y ramas de árboles. Los caminantes fueron recibidos con demostraciones de contento y conducidos hasta la casa de Zacarías, donde se festejó la llegada. Se les ofreció refrescos y todos se prepararon para llevarlos a una posada contigua al templo, donde los forasteros se hospedan los días de fiesta. Los animales que Joaquín había destinado para el sacrificio habían sido conducidos ya desde los alrededores de la plaza del ganado a los establos situados cerca de esta casa. Zacarías acudió también para guiar a la comitiva desde la casa paterna hasta la posada. Pusieron a la pequeña María su segundo vestidito de ceremonias con el peplo celeste. Todos se pusieron en marcha formando una ordenada procesión. Zacarías iba adelante con Joaquín y Ana; luego la niña María rodeada de cuatro niñas vestidas de blanco, y las otras chicas con sus padres cerraban la marcha. Anduvieron por varias calles y pasaron delante del palacio de Herodes y de la casa donde más tarde habitó Pilatos. Se dirigieron hacia el ángulo Noreste del templo, dejando atrás la fortaleza Antonia, edificio muy alto, situado al Noroeste. Subieron por unos escalones abiertos en una muralla alta. La pequeña María subió sola, con alegre prisa, sin permitir que nadie la ayudara. Todos la miraban con asombro. La casa donde se alojaron era una posada para días de fiesta situada a corta distancia del mercado del ganado. Había varias posadas de este género alrededor del templo, y Zacarías había alquilado una. Era un gran edificio con cuatro galerías en torno de un patio extenso. En las galerías se hallaban los dormitorios, así como largas mesas muy bajas. Había una sala espaciosa y un hogar para la cocina. El patio para los animales enviados por Zacarías estaba muy cerca. A ambos lados del edificio habitaban los servidores del templo que se ocupaban de los sacrificios. Al entrar los forasteros se les lavaron los pies, como se hacía con ‘ los caminantes; los de los hombres fueron lavados por hombres; y las mujeres hicieron este servicio con las mujeres. Entraron luego en una sala en medio de la cual se hallaba suspendida una gran lámpara de varios brazos sobre un depósito de bronce lleno de agua, donde se lavaron la cara y las manos. Cuando hubieron quitado la carga al asno de Joaquín, un sirviente lo llevó a la cuadra.
Joaquín había dicho que sacrificaría y siguió a los servidores del templo hasta el sitio donde se hallaban los animales, a los que examinaron. Joaquín y Ana se dirigieron luego con María a la habitación de los sacerdotes situada más arriba. Aquí la niña María como elevada por el espíritu interior, subió ligerísimamente los escalones con un impulso extraordinario. Los dos sacerdotes que se hallaban en la casa los recibieron con grandes muestras de amistad: Eran lo que habían asistido al examen de la niña en Nazaret y esperaban su llegada. Después de haber conversado del viaje y de la próxima ceremonia de la presentación, hicieron llamar a una de las mujeres del Templo. Era ésta una viuda anciana que debía encargarse de velar por la niña. Habitaba en la vecindad con otras personas de su misma condición, haciendo toda clase de labores femeniles y educando a las niñas. Su habitación se encontraba más apartada del templo que las salas adyacentes, donde habían sido dispuestos, para las mujeres y las jóvenes consagradas al servicio del Templo, pequeños oratorios desde los cuales podían ver el santuario sin ser vistas por los demás. La matrona que acababa de llegar estaba tan bien envuelta en su ropaje que apenas podía vérsele la cara. Los sacerdotes y los padres de María se la presentaron confiándola a sus cuidados. Ella estuvo dignamente afectuosa, sin perder su gravedad. La niña María se mostró humilde y respetuosa. La instruyeron en todo lo que se relacionaba con la niña y su entrada solemne en el templo. Aquella mujer bajó con ellos a la posada, tomó el ajuar que pertenecía a la niña y se lo llevó a fin de prepararlo todo en la habitación que le estaba destinada. La gente que había acompañado a la comitiva desde la casa de Zacarías, regresó a su domicilio, quedando en la posada solamente los parientes. Las mujeres se instalaron allí y prepararon la fiesta que debía tener lugar al día siguiente.
Joaquín y algunos hombres condujeron las víctimas al Templo al despuntar el nuevo día y los sacerdotes las revisaron nuevamente. Algunos animales fueron desechados y llevados enseguida a la plaza del ganado. Los aceptados fueron conducidos al patio donde habrían de ser inmolados. Antes de inmolar, Joaquín colocaba su mano sobre la cabeza de la víctima, debiendo recibir la sangre en un vaso y también algunas partes del animal. Había varias columnas, mesas y vasos. Se cortaba, se repartía y ordenaba todo. Se quitaba la espuma de la sangre y se ponía aparte la grasa, el hígado, el bazo, salándose todo esto. Se limpiaban los intestinos de los corderos, rellenándolos con algo y volviéndolos a poner dentro del cuerpo, de modo que el animal parecía entero y se ataban las patas en forma de cruz. Luego, gran parte de la carne era llevada al patio donde las jóvenes del Templo debían prepararla para alimento de los sacerdotes o de ellas mismas. Todo esto se hacía con un orden increíble. Los sacerdotes y levitas iban y venían, siempre de dos en dos. Este trabajo complicado y penoso se hacía fácilmente, como si se efectuase por sí solo. Los trozos destinados al sacrificio quedaban impregnados en sal hasta el día siguiente, en que debían ser ofrecidos sobre el altar.
Hubo una gran fiesta en la posada, seguida de una comida solemne. Habría unas cien personas, contados los niños. Estaban presentes unas veinticuatro niñas de diversas edades, entre ellas Serapia, llamada Verónica después de la muerte de Jesús: era bastante crecida, como de unos diez o doce años. Se tejieron coronas y guirnaldas de flores para María y sus compañeras, adornándose también siete candelabros en forma de cetro sin pedestal. En cuanto a la llama que brillaba en su extremidad no sé si estaba alimentada con aceite, cera u otra materia. Durante la fiesta entraron y salieron numerosos sacerdotes y levitas. Tomaron parte en el banquete, y al expresar su asombro por la gran cantidad de víctimas ofrecidas para el sacrificio, Joaquín les dijo que en recuerdo de la afrenta recibida en el templo, al ser rechazado su sacrificio, y a causa de la misericordia de Dios que había escuchado su oración, había querido demostrar su gratitud de acuerdo con sus medios. La pequeña María paseaba con las otras jóvenes en torno de su casa.

Presentación de la Niña María en el Templo. Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres. Más tarde fue llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne. Ana y su hija María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores. A su lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes. Tenían vestidos blancos, bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los brazos. Iban enseguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no uniformemente. Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás mujeres. Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar una vuelta pasando por varias calles. Todo el mundo se admiraba de ver el hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se notaba algo de santo y de conmovedor. A la llegada de la comitiva he visto a varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo. Era la Puerta Dorada. La comitiva entró por esa puerta. Para llegar a ella era preciso subir cincuenta escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin tropiezos, llena de alegre entusiasmo. Todos se hallaban profundamente conmovidos.
Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien. Aquí se separaron las personas de la comitiva. La mayoría de las mujeres y de las niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar. Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio. Los sacerdotes hicieron todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado, asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de Ana.
Entre tanto Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes. Luego de recibir un poco de fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes cerca del altar. No se podía llegar al altar más que por tres lados. Los trozos preparados para el holocausto no estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios. En los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal huecas, sobre las cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea. Eran anchos embudos de cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio. Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue, con María y las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres. Este lugar estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en una reja. En medio de este muro había una puerta. El atrio de las mujeres, a partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio. Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.
María y las otras jóvenes se hallaban de pie, delante de Ana, y las demás parientas estaban a poca distancia de la puerta. En sitio aparte había un grupo de niños del Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas. Después del sacrificio se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto, con algunos escalones para subir. Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote desde el patio hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos levitas con rollos y todo lo necesario para escribir. Un poco atrás se hallaban las doncellas que habían acompañado a María. María se arrodilló sobre los escalones; Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote cortó un poco de sus cabellos, quemándolos luego sobre un bracero. Los padres pronunciaron algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las escribieron. Entretanto las niñas cantaban el salmo “;Eructavit cor meum verbum bonum”; y los sacerdotes el salmo “;Deus deorum Dominus locutus est”; mientras los niños tocaban sus instrumentos. Dos sacerdotes tomaron a María de la mano y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba el vestíbulo del Santuario. Colocaron a la niña en una especie de nicho en el centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban, puestos en fila, varios hombres consagrados al Templo. Dos sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en alta voz oraciones escritas en rollos.
Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes, cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto. Presentaba el incienso, cuyo humo se esparcía alrededor de María. Durante esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el Templo y lo oscureció. Una gloria luminosa debajo del corazón de María porque ella encerraba la promesa de la sacro santa bendición de Dios. Esta gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza y luego corno encerrada en el Templo. Luego todas estas formas desaparecieron mientras el cáliz de la santa Cena se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María y más arriba, ante la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz. A los lados brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la Iglesia. Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño ramo detrás de ella. En los espacios de las ramas estaban todos los instrumentos de la pasión de Jesucristo. El Espíritu Santo, representado por una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido sobre el cuadro, por encima del cual, el cielo abierto, el centro de la celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de Ángeles, y la gloria, que ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus. ¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!… Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las otras en una continuada transformación. Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado incluido en toda su magnificencia el significado del santo Rosario. Muchas personas, que se creen sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración. Con todo esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente adornados, eran opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima. El Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la rodeaba lo llenaba todo. Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos, dejé de ver a la Virgen Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y suspendida en el aire. A través de María, a los sacerdotes, al sacrificio del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. El sacerdote que estaba detrás de ella, anunciaba el porvenir e invitaba al pueblo a agradecer y a orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso. Todos los que estaban en el Templo, estaban recogidos y profundamente conmovidos. Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma manera que lo había visto aparecer. Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes. Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras. Le pusieron en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su encuentro arrojando flores ante ella. Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer. Los sacerdotes recibieron a la pequeña María, retirándose luego. Los padres de la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí. Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres. Joaquín, que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas: “;Acuérdate de mi alma ante Dios”;. María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo. Estas habitaban salas abiertas en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los Santos. Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada, donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes. Las mujeres comían en sala aparte. He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan brillante y solemne. Por revelación de la voluntad de Dios, Los padres de María eran personas de condición acomodada y si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más limosnas a los pobres. Así es que Ana, lo comió alimentos fríos. A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la dotaban. (Lo relevante en esta parte no es si eran ricos o no. Pienso que según esta revelación es ofensivo que desde niños nos hayan hecho creer que eran pobres como lo fue también la Sagrada Familia y cuantos habremos vivido en el engaño. Es muy diferente decir “eran pobres” a decir que “Vivían en la pobreza por propia voluntad y sacrificio ofrecido a Dios”) Muchas personas oraron en el Templo. Otras habían seguido a la comitiva hasta la puerta misma. Algunos de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de la Niña pues Santa Ana en un momento de entusiasmo jubiloso dirigió a las mujeres, unas palabras cuyo sentido era: “;He aquí el Arca de la Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo”;. Los padres de María y demás parientes regresaron a Bet-Horon.

María en el Templo. He visto una fiesta en las habitaciones de las vírgenes del Templo. María pidió a las maestras y a cada doncella en particular si querían admitirla entre ellas, pues esta era la costumbre que se practicaba. Hubo una comida y una pequeña fiesta en la que algunas niñas tocaron instrumentos de música. Por la noche vi a Noemí, una de las maestras, que conducía a la niña María hasta la pequeña habitación que le estaba reservada y desde la cual podía ver el interior del Templo. Había en ella una mesa pequeña, un escabel y algunos estantes en los ángulos. Delante de esta habitación había lugar para la alcoba, el guardarropa y el aposento de Noemí. María habló a Noemí de su deseo de levantarse varias veces durante la noche, pero ésta no se lo permitió. Las mujeres del Templo llevaban largas y amplias vestiduras blancas, ceñidas con fajas y mangas muy anchas, que recogían para trabajar. Iban veladas. Herodes no hizo reconstruir de nuevo la totalidad del Templo. Durante su reinado se hicieron diversos cambios. Cuando María entró en el Templo, once años antes del nacimiento del Salvador, (Según este dato de revelación, La Virgen María tuvo a Jesús a la edad de 14.5 años aproximadamente), no se hacían trabajos propiamente dichos; pero, como siempre, se trabajaba en las construcciones exteriores: esto no dejó de hacerse nunca. En el costado Norte, frente al Santuario, se hallaban en la parte alta varias salas que comunicaban con las habitaciones de las mujeres. El dormitorio de María en el templo era uno de los más retirados, frente al Santo de los Santos. Desde el corredor, levantando una cortina, se pasaba a una sala anterior separada del dormitorio por un tabique de forma convexa o terminada en ángulo. En los ángulos de la derecha e izquierda estaban las divisiones para guardar la ropa y los objetos de uso; frente a la puerta abierta de este tabique, algunos escalones llevaban arriba hasta una abertura delante de la cual había un tapiz, pudiéndose ver desde allí el interior del Templo. A izquierda, contra el muro de la habitación, había una alfombra arrollada, que cuando estaba extendida formaba el lecho sobre el cual reposaba la niña María. En un nicho de la muralla estaba colocada una lámpara, cerca de la cual vi a la niña de pie, sobre un escabel, leyendo oraciones en un rollo de pergamino. Llevaba un vestido de listas blancas y azules, sembrado de flores amarillas. Había en la habitación una mesa baja y redonda.
Vi entrar en la habitación a la profetisa Ana, que colocó sobre la mesa una fuente con frutas del grosor de un haba y una anforita. María tenía una destreza superior a su edad: desde entonces la vi trabajar con pequeños pedazos de tela blanca para el servicio del Templo. Las paredes de su pieza estaban sobrepuestas con piedras triangulares de varios colores. A menudo la niña decía a Ana:”Ah, pronto el Niño prometido nacerá! Oh, si yo pudiera ver al Niño Redentor!” … y Ana respondía; “Yo soy ya anciana y debí esperar mucho a ese Niño. Tú, en cambio, eres tan pequeña!”;… María lloraba a menudo por el ansia de ver al niño Redentor. Las niñas que se educaban en el Templo se ocupaban de bordar, adornar, lavar y ordenar las vestiduras sacerdotales y limpiar los utensilios sagrados del Templo. En sus habitaciones, desde donde podían ver el Templo, oraban y meditaban. Estaban consagradas al Señor por medio de la entrega que hacían sus padres en el Templo. Cuando llegaban a la edad conveniente, eran casadas, pues había entre los israelitas piadosos la silenciosa esperanza de que de una de estas vírgenes consagradas al Señor, nacería el Mesías.
Cuan ciegos y duros de corazón eran los fariseos y sacerdotes del Templo. Se puede conocer por el poco interés y desconocimiento que manifestaron con las santas personas con las cuales trataron. Primeramente desecharon sin motivo el sacrificio de Joaquín. Sólo después de algunos meses, por orden de Dios, fue aceptado el sacrificio de Joaquín y de Ana. Joaquín llega a las cercanías del Santuario y se encuentra con Ana, sin saberlo de antemano, conducidos por los pasajes debajo del Templo por los mismos sacerdotes. Aquí se encuentran ambos esposos y María es concebida. Otros sacerdotes los esperan en la salida del Templo. Todo esto sucedía por orden e inspiración de Dios. He visto algunas veces que las estériles eran llevadas allí por orden de Dios. María llega al Templo teniendo algo menos de cuatro años: en toda su presentación hay signos extraordinarios y desusados. La hermana de la madre de Lázaro viene a ser la maestra de María, la cual aparece en el Templo con tales señales no comunes que algunos sacerdotes ancianos escribían en grandes libros acerca de esta niña extraordinaria. Creo que estos escritos existen aún entre otros escritos, ocultos por ahora. Más tarde suceden otros prodigios, como el florecimiento de la vara en el casamiento con José. Luego la extraña historia de la venida de los tres Reyes Magos, de los pastores, por medio del llamado de los ángeles. Después, en la presentación de Jesús en el Templo, el testimonio de Simeón y de Ana; y el hecho admirable de Jesús entre los doctores del Templo a los doce años. Todo este conjunto de cosas extraordinarias las despreciaron los fariseos y las desatendieron. Tenían las cabezas llenas de otras ideas y asuntos profanos y de gobierno. Porque la Santa Familia vivió en pobreza voluntaria fue relegada al olvido, como el común del pueblo. Los pocos iluminados, como Simeón, Ana y otros, tuvieron que callar y reservarse delante de ellos. Cuando Jesús comenzó su vida pública y Juan dio testimonio de él, lo contradijeron con tanta obstinación en sus enseñanzas, que los hechos extraordinarios de su juventud, si es que no los habían olvidado, no tenían interés ninguno en darlos a conocer a los demás. El gobierno de Herodes y el yugo de los romanos, bajo el cual cayeron, los enredó de tal manera en las intrigas palaciegas y en los negocios humanos, que todo espíritu huyó de ellos. Despreciaron el testimonio de Juan y olvidaron al decapitado. Despreciaron los milagros y la predicación de Jesús. Tenían ideas erróneas sobre el Mesías y los profetas: así pudieron maltratarlo tan bárbaramente, darle muerte y negar luego su resurrección y las señales milagrosas sucedidas, como también el cumplimiento de las profecías en la destrucción de “;Jerusalén. Pero si su ceguera fue grande al no reconocer las señales de la venida del Mesías, mayor es su obstinación después que obró milagros y escucharon su predicación. Si su obstinación no fuese tan grandemente extraordinaria, ¿cómo podría esta ceguera continuar hasta nuestros días? Cuando voy por las calles de la presente Jerusalén para hacer el Vía Crucis veo a menudo, debajo de un ruinoso edificio, una gran arcada en parte derruida y en, parte con agua que entró. El agua llega, al presente hasta la tabla de la mesa, del medio de la cual se levanta una columna, en torno de la que cuelgan cajas llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa hay también rollos dentro del agua. Estos subterráneos deben ser sepulcros: se extienden hasta el monte Calvario. Creo que es la casa que habitó Pilatos. Ese tesoro de escritos será a su tiempo descubierto.
He visto a la Santísima Virgen en el Templo, unas veces en la habitación de las mujeres con las demás niñas, otras veces en su pequeño dormitorio, creciendo en medio del estudio, de la oración y del trabajo, mientras hilaba y tejía para el servicio del Templo. María lavaba la ropa y limpiaba los vasos sagrados. Como todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo entregada a la oración y a la meditación. Además de las oraciones vocales prescritas en el Templo, la vida de María era una aspiración incesante hacia la redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían. A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el rostro velado. También se cubría cuando hablaba con los sacerdotes o bajaba a una habitación vecina para recibir su trabajo o entregar el que había terminado. En tres lados del Templo estaban estas habitaciones, que parecían semejantes a nuestras sacristías. Se guardaban en ellas los objetos que las mujeres encargadas debían cuidar o confeccionar.
He visto a María en estado de éxtasis continuo y de oración interior. Su alma no parecía hallarse en la tierra y recibía a menudo consuelos celestiales. Suspiraba continuamente por el cumplimiento de la promesa y en su humildad apenas podía formular el deseo de ser la última entre las criadas de la Madre del Redentor. La maestra que la cuidaba era Noemí, hermana de la madre de Lázaro. Tenía cincuenta años y pertenecía a la sociedad de los Esenios, así como las mujeres agregadas al servicio del Templo. María aprendió a trabajar a su lado, acompañándola cuando limpiaba las ropas y los vasos manchados con la sangre de los, sacrificios; repartía y preparaba porciones de carne de las víctimas reservadas para los sacerdotes y las mujeres. Más tarde se ocupó con mayor actividad de los quehaceres domésticos. Cuando Zacarías se hallaba en el Templo, de turno, la visitaba a menudo; Simeón también la conocía. Los destinos para los cuales estaba llamada María no podían ser completamente desconocidos por los sacerdotes. Su manera de ser, su porte, su gracia infinita y su sabiduría extraordinaria, eran tan notables que ni aún su extrema humildad lograba ocultar.

LA VIRGINIDAD DE MARÍA.
Evidencia Bíblica.

  • Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Dios entró por ella (Ezequiel 44, 1-2).
  • En Marcos 3, 32 dice: Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.
  • En Mateo 12, 47 dice: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte.
  • En Lucas 8, 19-20 dice: Vino su madre con sus hermanos; Tu madre y tus hermanos están ahí.
¿Jesús tenía hermanos, María tuvo más hijos? Esta cuestión si se resuelve no hará ni que aumente ni disminuya la fe, pero hay una cosa que si que podría modificar los parámetros de la fe Católica: Si Jesús tenía hermanos, ¿Eran mayores o menores que El? Otra pregunta: ¿Que concepto de la Virginidad tenían los antiguos judíos? Justino Mártir en Diálogo con Trifón llama a María La Virgen y establece un paralelismo con Eva, madre de la humanidad.
Los protestantes dicen que María no permaneció virgen sino que ella tuvo otros hijos, citando los evangelios de Mateo 13, 56 y Marcos 3, 31 que Hablan de los hermanos de Jesús, es decir que María tuvo otros hijos. Piensan que José tuvo relaciones con María porque recibió a su mujer, porque llamar a Jesús primogénito quiere decir primer nacido entre otros hijos y porque no la conoció hasta que dio a luz como si después de dar a luz a Jesús, María y José hubieran tenido relaciones (Mateo 1, 25). Interpretan antes de que se juntasen como si la palabra juntarse significara tener relaciones (Mateo 1, 18).
La palabra hermano tiene muchas significaciones en la Biblia.

  • La palabra griega para hermano es ADELPHOS y para hermana es ADELPHE. Ciertamente estas palabras pueden referirse también a hermanos y hermanas espirituales como se usan los términos en la iglesia cristiana o a parientes tan cercanos como primos.
  • En el A.T. se utiliza la palabra hermano en lugar de primo:
    • En 1 Cr 15, 4-6 y 2 Reyes 10, 13-14, Reunió también David a los hijos de Aarón y sus hermanos, ciento veinte De los hijos de Merari y sus hermanos, doscientos veinte.
    • En 1 Cr 24, 30-31, Se llaman hermanos por ser sacerdotes.
    • En 2 Samuel 19, 12 y Éxodo 2, 11se usa la palabra hermano para indicar miembros de la misma raza y el mismo pueblo: vosotros sois mis hermanos.
    • En Génesis 11, 27; 12, 5; 13, 8, Abrahám le dice a Lot Somos hermanos siendo su sobrino.
    • En Génesis 24, 55-60, a Rebeca su madre le llama hermana.
    • En Levíticos 10, 1-6, Moisés llama hermanos de los hijos de Aarón a los hijos del tío de éste.
    • En Levíticos 10, 4, llamó Moisés a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel tío de Aarón, y les dijo: Acercaos y sacad a vuestros hermanos del santuario fuera del campamento.
  • En el N.T. leemos:
    • En Lucas 3, 1, Felipe es llamado hermano de Herodes Antipas aunque fue su medio hermano.
    • En Mateo 12,46-50, Hermano es todo el que cree y cumple: Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y hermana.
    • En Mateo 18, 35, Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
    • En Mateo 28, 7-10, Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
    • En Juan 20, 17-18, Jesús le dijo: no me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles …
  • Esta ambigüedad es porque el hebreo y el Arameo idioma de Cristo y sus discípulos no contienen una palabra específica para primo. Utilizaban hermano o el hijo de la hermana de mi padre. Pero en vez de esto último, era más fácil decir hermano.

Los autores del N.T. estaban acostumbrados a hacer lo mismo. Cuando hablaban en griego hacían lo mismo que los que tradujeron el rollo grande (los Setenta). En la traducción de los Setenta la palabra hebrea para hermano o pariente fue traducida como ADELPHOS, que en griego significa hermano. Aunque el griego tiene una palabra para primo: ANEPSIOS, los traductores de la Setenta prefirieron utilizar ADELPHOS. Por eso se necesita más investigación para saber que significa hermanos de Jesús. No puede tomarse la palabra hermano literalmente como hermano carnal porque esta palabra se refiere a dos personas que tienen los mismos padres pero Jesús no tuvo un padre mortal sino que fue concebido por el Espíritu Santo.

Los Hijos De María. La Biblia nunca habla de los hijos de María sino de los hermanos de Jesús. Siempre es singular cuando habla de su Hijo. Tampoco dice hijo de María, madre de Jacobo, José, Judas y Simón. En Jud. 1 y Hechos 1, 13, en su carta el Apóstol escribe: Judas siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo. Si Jacobo y Judas eran hermanos de Jesús, siendo ellos hermanos también, ¿por qué Judas sólo es siervo de Jesucristo y no añade hermano de él como lo hace con su hermano Jacobo En Eusebio de C. Hist Eccl. III 2, 32, Según el historiador Egesipo, Simón era hijo de María la mujer de Cleofás. En Lucas 2, 41, se muestra la familia de Nazaret: Iban sus padres todos los años a Jerusalén. En Lucas 2, 51, habla de un hijo solamente: Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. No nos da ninguna indicación de que había otros hermanos. En Marcos 6, 3 dice: ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, José, Judas y Simón En Mateo 13, 53, no dice uno de los hijos de María. En Mateo 13, 55, La Biblia dice que los hermanos de Jesús son Jacobo (Santiago en la Biblia Dios Habla Hoy), José, Simón, y Judas. Pero mirando otros lugares en la Biblia vemos que tuvieron otro padre carnal, mientras que el padre de Jesús era José el carpintero. Si los cuatro hermanos son sus hermanos carnales ellos tendrían el mismo padre que Jesús. Los cuatros hermanos serían verdaderamente medios hermanos, lo que la Biblia no les llama. En Mateo 13, 56, que Jacobo y José los hermanos de Jesús en eran hijos de María la mujer de Cleofás, pariente de María la madre de Jesús y esposa de José. En Marcos 15, 40; 16, 1: María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José y Salomé. En Juan 19, 25: Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena. En Juan 19, 26-27, Jesús pidió a Juan que cuidara a María. Si hubiera tenido otros hermanos no sería necesario ni legal que Juan lo hiciera. Algunos hermanos dicen que si tuvo otros hermanos pero que le pidió esto a Juan porque Juan creía mientras ellos no creerían en Jesús hasta que resucitara (Hechos 1, 13). Pero si Jesús supo que ellos iban a creer en él después de la resurrección, ¿por qué no entregarla a sus hermanos aunque se demoraran para ser creyentes por tres días. Jacobo es llamado hijo de Alfeo que parece decir que o es otro Santiago o que María era esposa de Cleofás y de Alfeo lo cual es cierto porque se trata de la misma persona porque Alfeo en Arameo es Cleopas (Cleofás) en griego, así como Saúl en hebreo es el mismo Apóstol Pablo en griego. Si María tuvo a Santiago como hijo ¿cómo es que los Padres de la Iglesia creyeron que María permaneció virgen si su hijo Santiago era obispo de Jerusalén? Nadie reclamó ser descendiente de la familia de José y María. Nadie en los siguientes años después de su asunción andaba diciendo que era hermano carnal o sobrino de Jesús.
Los evangelios hablan de los hermanos de Jesús siempre como mayores que él en edad, pues se permiten darle consejo: Y le dijeron sus hermanos; Sal de aquí, y vete a Judéa, para que también tus discípulos vean las obras que haces (Jn 7, 3) y regañarle: Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle (MC. 3, 21). Pero si Jesús era el primogénito hubiera ido en contra de la costumbre judía y de Oriente. Sólo era permitido a los hermanos mayores pero no viceversa. El mayor aconsejaba y mandaba al menor, Gen 37, 21-22. En Lucas 1, 41, Cuando Jesús tenía doce años, subieron a Jerusalén para llevarlo al templo de acuerdo con la costumbre judía de llevar a los hijos para acostumbrarlos. Lucas dice que iban sus padres todos los años.
Si María tuvo más hijos ella debería haberse quedado a su cuidado ya que habían de ser pequeños menores que Jesús y Ella no estaría obligada a subir a Jerusalén ya que Según Lc 2, 7 Jesús fue el primogénito de María.
En Lucas 2, 41-52, María toma parte en la peregrinación de pascua lo que no se comprendería bien de haber tenido niños pequeños que hubiera tenido que abandonar durante 14 días.
Si María hubiera tenido los hijos después de esta peregrinación, al comienzo de la vida pública de Jesús aquéllos hubieran tenido apenas veinte años y jamás hubieran podido mostrar menos en los modos de ser orientales una actitud tan libre casi de tutela, respecto al hermano mayor, como se nos describe en MC 3, 21, 31-35 y Jn 7, 2-5″.
En Lucas 3, 23, sólo se habla de un hijo de José: Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí… pero, Cuando en la Biblia se presenta la genealogía de una persona importante, es común mencionar a toda la familia. En Hechos 1, 14, se lee: Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. Aquí Lucas sólo dice que María era madre de Jesús y la separa de los hermanos. Porqué no dijo “con María la madre de Jesús y sus hermanos” en vez de “y con sus hermanos”? El griego es claro en este sentido. Algunos eruditos de la Biblia argumentan que si los hermanos de Jesús hubieran sido hijos de María, la forma de nombrarles según la costumbre judía hubiera sido: Aquí están tu madre y los hijos de tu madre. Esto era la forma correcta de expresare y no el decir aquí; están tus hermanos.
Francisco Sampedro comenta que en algunos textos aparece separado María la madre de Jesús y sus hermanos (Hch 1, 14) e hijo de María y el hermano de Jacobo, José, Judas y Simón (Mr. 6 ,3). La relación de María con Jesús y la relación de María con los otros aparece como diferente (ver Pentecostales, 19 89, pp. 117-118).
Los reformadores protestantes hablan de la “siempre Virgen María”. El reformador protestante Juan Calvino defendió con mucha fuerza la perpetua virginidad de María. Comentando Mateo 13, 55 y siguientes afirma que los hermanos de Jesús no son otros hijos de María sino todos los parientes: Sostener lo opuesto significa dar prueba de ignorancia de locas sutilezas y de abuso de la Escritura.
Recientemente se publicó un artículo del famoso biblista Jerome Murphy-O’Connor donde escribe: Yo diría que los hermanos de Jesús eran mayores, que eran hijos de José en matrimonio anterior al de María. Esto está confirmado por el hecho de que Jesús era conocido como hijo de María un joven conocido por el nombre de su madre solamente cuando había más de una esposa del mismo padre.
Los primeros cristianos no eran tontos. ¿Cómo podrían pensar que María fuera una virgen perpetua si de hecho, tenía seis hijos después de Jesús. Primogénitos Y Unigénitos. Primogénito no quiere decir solamente el primer nacido entre otros hijos, sino también, ocupar un lugar especial: Elegido, Consagrado.

  • ;Una mujer que muere dando a luz a su primer hijo, se dice de él que es el primogénito aunque no tenga hermanos.
  • El salmo 89 dice que David el último de ocho hijos es llamado primogénito por Dios: Yo también le pondré por primogénito, El más excelso de los reyes de la tierra (Sal 89, 27-28).
  • En Génesis 25, 31-34, Jacob recibió las bendiciones de la primogenitura aunque nació después de Esaú (Gen 25, 25-26).
  • En Jeremías 31, 9, Efraín es llamado primogénito siendo el segundo hijo de José (Gen 41, 52).
  • Jesús es el primogénito de los muertos (Ap. 1, 5), pero no el primero en morir. él ocupa en lugar especial por ser el testigo fiel hasta la muerte
  • En éxodo 2, 22, dice: Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Israel no es el primer pueblo que Dios creó pero sí es el pueblo consagrado por él.
  • En Zacarías 12, 10 vemos que la misma persona es llamada primogénita y unigénita.
  • Llamado Primogénito. Jesús es el “Alfa y Omega”, el Primero y el último. No hay otro. Esto es lo que quiere decir Col 1, 15-16 cuando lo llama así.
  • No debemos olvidar que el título primogénito para designar a Jesús tiene otro sentido simbólico. El es llamado primogénito de toda la creación (Col 1, 5) y de todos los muertos (Col 1, 18).
  • En las Antigüedades Bíblicas de pseudo Filón (primer siglo D.C.), la hija de Jefté es llamada tanto primogénita como unigénita (39, 11).
  • Un epitafio con fecha 28 de enero de 5 a.C., descubierto en 1922 en la necrópolis judía de Tell el Yehudieh, hace decir a la muchacha difunta (Arsinoe): “Pero la suerte, en los dolores del parto de mi hijo primogénito, me condujo al término de la vida”. Aunque esta joven madre murió en el primer parto a su hijo se le llama igualmente primogénito.

El Sentido Del Hecho. De la sagrada Escritura revisada también con ayuda de la tradición se puede sacar inspiración al menos para las siguientes pistas de reflexión.
Un signo. También el parto virginal, análogamente a los otros prodigios narrados por los evangelios, es un signo (cf Is 7,14 comentado por Mt 1,22-23); es un acontecimiento externo que encierra un mensaje relativo a la persona misma de Cristo. Será oportuno recordar que en los textos del judaísmo arriba citados lo que sorprende es justamente esto: el hecho del parto indoloro de los tiempos mesiánicos no es visto como una excepción gratuita o un capricho de la naturaleza; al contrario, tiene valor de signo, porque remite a un orden de cosas más profundo: es acreditada la palabra profética del Señor (Flavio J.), es destruido el reino de la corrupción (Apocalipsis de Baruc); es revelada la exención de las mujeres justas respecto al castigo de Eva (R. Judá b. Zebina); se anuncia, como prenda figurativa, la redención del mal que se difundirá sobre la mujer Israel, es decir, sobre todo el pueblo de Dios (R. Josué b. Leví y R. Berekiah). Es importante tomar conciencia de esta lectura teologal. El hecho remite al misterio; el signo empuja hacia la realidad significada. Pues bien en el caso del parto de María, ¿cuál es la dimensión cristológica subrayada por tal signo?. Signo de que Jesús es “Dios”. El que nace de María no es una criatura de aquí abajo, sino que es Dios en forma humana. La divinidad de Cristo es la razón formal base del prodigio. Tanto Jn 1,13 como Lc 1,35 ponen en primer plano este núcleo central de la persona de Cristo. Escribe De la Potterie: “El hecho exterior del parto virginal era el signo de un hecho anterior, más secreto, la concepción virginal; pero uno y otro, tomados juntos, hacían comprender que Jesucristo, por haber sido engendrado por Dios, era realmente Hijo de Dios (Lc), el Hijo unigénito venido del Padre (Jn)” (Il parto 171). Signo de un Dios “salvador”. Que María no conociera los dolores del parto al dar a luz a su Hijo es un signo que se lee como los milagros de Jesús cuando cura personas oprimidas por el mal físico (ciegos, paralíticos, cojos, mudos, sordos…). En Jesús taumaturgo, el Padre nos da un anticipo de nuestra futura liberación incluso de todo género de sufrimientos y daños corporales, que afligen y envilecen a la persona. Esto implica el reino de Dios, realizado por la presencia salvífica de Cristo (cf Lc 11,20). El parto virginal de María tiene esta carga profética. Dios es el que desde el principio anuncia el fin (Is 46,10). Esta estrategia de la acción divina se repite también aquí. Por el modo de entrar el Verbo en el mundo (ése es el principio) hace comprender cuál será el resultado último (ése es el fin) de su venida entre nosotros. él aparece entre los hombres para “transfigurar nuestro cuerpo frágil y conformarlo con su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,21). él será el artífice de la creación renovada, donde “no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena, porque el primer mundo ha desaparecido” (Ap. 21,4). La protología del nacimiento indoloro de Cristo es, pues, signo de la escatología del segundo nacimiento, el de su resurrección, y de cuantos le hayan acogido por la fe. Un cuerpo glorificado, como el de Cristo resucitado, es el icono ejemplar de la redención de toda forma de sufrimiento físico y moral para la vida del mundo que vendrá. La carne de María, exenta de los dolores del parto, es la custodia en que se muestra esta esperanza escatológica. Es el principio que preludia el fin. Cometido de la actual antropología, tan sensible a la unidad de cuerpo y espíritu de la persona humana, es leer con renovada pasión el signo salvífico de la generación virginal de Cristo. Justamente la corporeidad del hombre se encuentra ahí involucrada. La salvación de Cristo afecta también a la carne y la sangre. Observa atinadamente Laurentin: “En cuanto al parto indoloro [de María], que la tradición afirma sin discusión desde el s. v, es bastante paradójico que se haya comenzado a discutirlo en el momento mismo en que el progreso científico instauraba el parto sin dolor para todas las mujeres. Es sorprendente que ciertos teólogos y predicadores hayan comenzado a celebrar los sufrimientos crucificadores de María en el nacimiento del Salvador en el momento en que las clínicas de obstetricia se dedican a denunciar los dolores del parto como un hito alienante y deshumanizador. El signo del parto sin dolor testimonia a su modo que la virginidad es espiritualización del orden de la carne, y que María, bajo ciertos aspectos, es mujer ejemplar, mujer guía, donde podía parecer mujer de excepción”. Nacimiento virginal y Resurrección. Según la tradición persistente de la iglesia, el modo de salir el Verbo encarnado del seno materno preludiaba el modo como habría de salir del otro seno que es su sepulcro. Jesús, en efecto, resucitó dejando intactos los sellos de la tumba (cf Mt 28,2.0), sin desenvolver los lienzos funerarios en que estaba envuelto (Jn 20,6-7), y luego entraron; estando cerradas las puertas en el lugar en que se encontraban reunidos los discípulos (Jn 20,19)… Para las futuras investigaciones sobre las conexiones entre estos dos acontecimientos salvíficos, habría que precisar de qué supuestos bíblicos arranca una persuasión tan arraigada en la conciencia de la iglesia. A título de hipótesis, me inclinaría por el texto de Lc 2,15. Iluminada por la resurrección, la iglesia (aquí representada por sus pastores y evangelizadores) se pregunta por los orígenes humanos del Redentor: “Vayamos a Belén a ver…” (Lc 2,15). Retrocediendo hasta Belén, la primera generación cristiana relee el signo del nacimiento a través del prisma del otro signo por excelencia que es la resurrección. Si Cristo salió del sepulcro de aquella manera para entrar en su gloria (cf Lc 24,26), entonces he aquí el problema: ¿De qué modo salió del seno de su madre para instalarse entre nosotros? A partir de aquel día comenzó la “cuestión mariana” en lo que se refiere al misterio virginal de la madre de Cristo.

El Voto De Virginidad. ¿Cómo puede ser esto, si no conozco varón?” Lucas 1, 1-34. Así dijo María al arcángel Gabriel cuando le anunciaba que Dios la había escogido para ser madre de su Hijo. Es esta una frase nueva y original. En efecto, en Lucas 1, 34, en la Biblia, es el único pasaje en el que una mujer afirma su condición virginal en términos tan claros. Desde la antigüedad cristiana estas palabras fueron objeto de comentarios abundantes y apasionados. Pero también muy recientemente han atraído la atención de los exegetas. La interpretación comúnmente más conocida a propósito de Lucas 1, 34 es que María, ya antes de la anunciación del ángel, había decidido permanecer virgen. Tal interpretación cita en su apoyo a san Gregorio de Nisa (Oratio in diem Natalem Christi: PG 46,1140-1141), y sobre todo a san Agustín (texto principal De Sancta Virginitate 4: CSEL 41,237-238), que ha influido grandemente en el pensamiento cristiano de occidente prácticamente hasta hoy. Pero no sin vicisitudes alternas. En efecto, han surgido voces discordantes, especialmente a partir de la reforma protestante. Luego, desde principios de nuestro siglo, también en el campo católico han adquirido consistencia posiciones un tanto diversificadas. Intentemos, pues, hacer una síntesis esencial de los motivos que sirven de base a una y otra interpretación. Todos parten de los usos del pueblo judío en general, y más directamente de un examen minucioso de Lucas 1, 34. desde el primer decenio de nuestro siglo se han multiplicado los intentos de indagar más a fondo el versículo de Lucas 1, 34, intentando entenderlo a la luz de su contexto próximo la escena de la anunciación y remoto el estilo de Lucas en general). No hay que poner el carro delante de los bueyes, dicen muchos. Es preciso interrogar al evangelista para saber cuál es su intención real. Aquí; aludo a los dos principales tipos de lectura que surgen de las investigaciones realizadas directamente sobre el texto luchando desde hace más de medio siglo a esta parte. Al primero se le llama histórico – psicológico; el segundo es de índole literaria. Veamos en qué consisten.

  • Explicación Histórico – psicológica. Los defensores de esta primera orientación son del parecer que Lucas refleja el punto de vista de María; en otros términos, nos hace comprender cuáles eran sus sentimientos afectivos, su psicología y su reacción a la propuesta del ángel. Es una introspección de su ánimo. Guiados por este criterio el versículo se traduce de varias maneras resumidas sustancialmente en las cinco siguientes: ¿Cómo podrá ser esto, si no conozco varón?. Interpretación tradicional: María antes de recibir el anuncio del Ángel, ha hecho el propósito de permanecer virgen. El presente “no conozco varón” tiene un valor duradero, designa un hábito, un modo de vivir comenzado en el pasado con la voluntad de conservarlo en el presente y prolongarlo en el futuro. Es el equivalente de no bebo, no fumo, no como carne; frases que expresan obviamente estilo de vida, comportamiento habitual.
    Lucas conoce este uso del presente.
    Hace decir al publicano (Lc 18,12): Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de cuanto poseo.
    Y al centurión (Lc 7,8): Tengo debajo de mi soldados y dijo a uno: Vete, y él va y a otro: Ven, y viene…”.
    Desde el punto de vista gramatical esta versión está justificada.
    Queda sin embargo, una dificultad: En el mundo en que María vivía, una virginidad vivida en matrimonio es algo inaudito, fuera de tiempo; es, un anacronismo inaceptable; Pero no se puede excluir que María de Nazaret recibiese una iluminación igualmente singular, fue llamada a una misión única e irrepetible en la historia.
    Serían significativos, en tal sentido, los fermentos religiosos desarrollados en particular en el judaísmo tardío. Estamos en presencia de un alba, que preludia la novedad absoluta del sol de justicia, Cristo. “¿Cómo podría ser esto? Yo soy virgen”.
    La frase no conozco varón, observan algunos, por ser de índole estrictamente semita, no siempre ofrece una evidencia inmediata para las lenguas en que el verbo conocer no tiene el mismo sentido en la esfera sexual. Por eso es preferible una expresión equivalente, como “Yo soy virgen”.
    Esta es la versión adoptada, p. ej., también por “Palabra del Señor”. El Nuevo Testamento. Traducción interconfesional del texto griego en lengua corriente (LDC, Leumann-Turín 1976, 125).
    Un estudio filológico de M. Orsatti (Verso la decodificazione….) garantiza que dicha expresión capta felizmente el significado de Lucas 1, 34, sobre todo si se miran los pasajes similares de Núm. 31,17; Jue 11,39 y 21,11.
    Tenemos el hecho singular de María, escribe Orsatti, que afirma ser virgen; usando el tiempo de la realidad, justamente el presente. Ello indica el estado actual y la condición de María para el cual no hay futuro ni pasado. Orsatti excluye que María, lo mismo para el pasado que para el futuro, hubiese meditado un proyecto de permanecer virgen. Lucas 1, 34 toca simplemente la situación presente del momento en que María recibe el anuncio del ángel.
    De la misma convicción es K. Stock. “… ¿Si no he conocido varón?. María habría entendido las palabras del ángel como si le hubiese dicho: “Mira, has concebido un hijo, le darás a luz y le llamarás Jesús” (v. 31)”.
    El caso sería análogo al de Agar cuando el Ángel del Señor le dijo: “Mira estás encinta (hebr. hinnak~ harah): parirás un hijo y lo llamarás Ismael” (Gen 16,11). Se comprende entonces la réplica de María: “¿Cómo es posible esto, si no he conocido varón?” Es lo que afirma S. Landersdorfer. Tal propuesta no se sostiene. En efecto, en el v. 35 todos los verbos están en futuro: EI Espíritu Santo descenderá sobre ti, te cubrirá con su sombra…”.
    Además (consecuencia realmente inadmisible) deberíamos convenir en que a María no se le concedió expresar una libre adhesión al plan divino, puesto que vendrá a encontrarse ante un hecho consumado.
    “¿Si yo aún no conozco varón?” María estaría solamente prometida, pero no todavía en la situación de mujer casada, acogida en casa del esposo. Para ella no ha llegado el tiempo de tener relaciones con su hombre, José. Su virginidad es la prenupcial. Esta exérgesis parte del supuesto de que María entendió las palabras del Ángel (en el v. 31) como si debiese concebir en un futuro inmediato (“Mira, vas a concebir…”), antes de pasar a cohabitar con José. Hay una dificultad: el texto griego de Lucas no tiene el adverbio aún. Yo, en tal caso, no deberé conocer varón?” Es la versión de J.P. Audet. Supone él que María pensaba en el célebre oráculo de Is 7,14, donde el profeta le dice al rey Ajaz ya en 733/732: “Mira, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, al que llamará Emmanuel”. Según ese vaticinio, argumenta Audet, el Mesías habría de nacer de una virgen. Pues bien, el Ángel aludía precisamente a la profecía de Isaías al decirle a María: “Mira, concebirás un hijo, le darás a luz y le llamarás Jesús” (v. 31). María capta la relación, y por eso pide ser iluminada respecto a cómo será madre, “desde el momento en que, en tal caso es decir, ateniéndonos a Is 7,14, ¿yo no deberé conocer varón?” La objeción más consistente formulada a Audet es que el oráculo de Is 7,1 4 no se refería al nacimiento del Mesías en el judaísmo contemporáneo de Jesús. Será el evangelio de Mateo (1,22) el que relea así el texto de Isaías. En cambio, para los hebreos, Is 7,14 preconizaba el nacimiento de Ezequías, hijo de Ajaz. La virgen o doncella era, pues, la joven mujer de Ajaz, que concebiría normalmente al Emmanuel – Ezequías, al cual estaban ligadas las esperanzas del reino de Judá, entonces gravemente amenazado. Es fácil advertir, por lo demás, que en las tres últimas hipótesis expuestas, María y José tenían intención de contraer un matrimonio común, no virginal. En la posición de Audet se sobre entiende que María abrazaría la condición de virginidad permanente sólo después de la anunciación. Algo semejante pensaba también J. Auer. La opinión de R. Guardini (1954) difiere levemente: la Virgen advirtió en sí desde el principio un deseo todavía indeterminado de consagración total, pero se hizo consciente y definido solamente después de que el Ángel le reveló claramente el plan divino al que estaba llamada a colaborar.
  • Explicación literaria. A juicio de no pocos exegetas modernos, la objeción de María es más bien un artificio literario, o sea, un medio didáctico empleado aquí por Lucas para centrar la atención del lector en el punto focal de todo el relato: María concibe al Hijo de Dios de manera virginal, por la sola virtud del Espíritu Santo, sin tener relaciones con un hombre. Para dar toda la evidencia posible a este núcleo central del mensaje del Ángel, el evangelista pone en labios de María una dificultad que prepara la revelación culminante: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti… “(v. 35). Por tanto, el ámbito de las intenciones de Lucas es bien restringido: quiere enseñar que en el momento en que María recibió la gran noticia del Ángel era virgen (Lc 1,27.34b), y que el Hijo de Dios se encarnó en su seno únicamente por la virtud del Espíritu Santo (Lc 1,35). Pero queda fuera de su óptica la preocupación de si María había deliberado ya con anterioridad elegir el estado virginal. Esta tesis, apuntada ya a principios del siglo pasado en ambientes protestantes, ha sido recogida con una argumentación más orgánica en tiempos más cercanos a nosotros por S. Muñoz – Iglesias y por J. Gewiess. Muñoz – Iglesias estudia la escena de la anunciación junto con otras cinco perícopas bíblicas que relatan anuncios transmitidos por parte de Dios o de su Ángel. Se refieren al nacimiento de Isaac (Gen 17,1-18,2), de Sansón (Jue 13,2-24), de Juan Bautista (Lc 1,5-25), así como la vocación de Moisés (Ex 3-4) y de Gedeón (Jue 6,11-24). En este género de narraciones observa el mencionado biblista se repiten (al menos en sustancia) los cinco puntos siguientes:
      La aparición de un Ángel o del mismo Señor;

    • La turbación, el miedo de quien recibe la visión
    • El mensaje divino traído por el Ángel o por el Señor
    • El ofrecimiento de una señal con la cual el mensajero divino tranquiliza a la persona a la que va dirigida la visión.
    • una objeción formulada por el destinatario acerca del modo en que ocurrirá el nacimiento o se cumplirá la misión. La objeción sirve para provocar una precisión más circunstanciada del mensaje llegado del cielo. Gewiess hacía notar además que muchas veces Lucas pone preguntas en boca de Jesús, de la multitud o de una persona particular justamente para imprimir mayor vivacidad o inmediatez al discurso o al relato. “¿Qué hemos de hacer?”, le dice, p. ej., la gente a Juan Bautista junto al Jordán (LC 3,10-13), o a Pedro el día de pentecostés (He 2,37, cf también He 2,7-12; 8,30-34, 16,30; LC 12,51.57; 13,23; 17,37; 20,17…). Pero henos aquí ante el nudo de la dificultad, que podemos formular interrogándonos así: tales preguntas (sobre todo en el género de los anuncios), ¿realmente no son otra cosa que una invención estilística del escritor para hacer converger el discurso hacia la conclusión, o reflejan realmente una situación del que hace la pregunta? P. ej., la objeción hecha por Zacarías (LC 1,18: “¿Cómo puedo conocer esto? Yo ya soy anciano y mi mujer de edad avanzada”) está dictada por un obstáculo que existe de hecho: Isabel es estéril y ambos son ya muy ancianos (LC 1,7). Asimismo la pregunta de María (LC 1,34: “¿Cómo puede ocurrir esto, si no conozco varón?”) nos recuerda lo que el evangelista ha dicho poco antes: ella es “virgen” (LC 1,27). Mas entonces, se preguntan varios exegetas, esta virginidad de María anterior a la anunciación, ¿no podría incluir también la voluntad por su parte de una oblación integral al Señor, incluso en el estado matrimonial? Responde Ortensio da Spinetoli: “No se excluye que las palabras (de María) dirigidas al Ángel indiquen igualmente un designio suyo personal, como lo ha defendido siempre la exégesis común… El hecho, como está hoy mejor demostrado no era en sí del todo nuevo. Con esta renuncia, al menos exteriormente, María no ofrecía al mundo, y menos aún al mundo judío, el primer ejemplo de vida sacrificada y solitaria… No existen, pues, dificultades insuperables para encuadrar históricamente el matrimonio de María junto con su propósito de virginidad.

    Conclusión. El solo texto bíblico no parece ofrecer garantías definitivas en pro o en contra del mencionado voto o propósito de virginidad que María habría formulado en su corazón antes de la anunciación. El problema queda abierto. Habrá que esperar exploraciones más penetrantes y permanecer siempre a la escucha reverente de la gran tradición eclesial, que a menudo nos ayuda a leer lo “no dicho” entre las líneas de la sagrada Escritura. Démonos por satisfechos entre tanto con una gozosa comprobación. El renovado fervor de investigaciones actuales también sobre esta cuestión es un síntoma ulterior de cómo la iglesia no cesa de mirar a la madre de su Señor, con la certeza de poder caminar también ella más expeditamente, como virgen pura, al encuentro del esposo.

La Virginidad En El Parto. Cada vez que en la Biblia un Ángel anuncia a una mujer que concebirá de manera milagrosa por esterilidad, vejez, virginidad, siempre éste es el único hijo que la mujer tiene.

  • En Génesis 18, 10, Dios hizo un milagro con Sarai y su hijo Isaac es su único hijo.
  • En Jueces 13, 3, otro milagro hizo Dios con Manoa; de ella nació Sansón su único hijo.
  • En Lucas 1, 13 otro milagro esta vez con los padres de Juan Bautista.
  • Es lo mismo con María. No se rompe el esquema Sólo hay un hijo.

Lucas 1, 31, dice: vas a dar a luz a Un hijo. En Lucas 1, 34-35, Es interesante comparar las palabras que el Ángel Gabriel dijo a María: concebirás y darás a luz un hijo. Cuando Gabriel le dijo a María que ella sería madre de Jesús, ella puso como objeción: no conozco varón, aunque ella estaba desposada con José. La palabra conocer equivale a relaciones íntimas que incluyen las sexuales. Sólo cuando el Ángel le asegura que El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá… María consiente cumplir la voluntad de Dios. La extraña manera en que María respondió indica que ella había pensado en permanecer virgen. Sino, ¿cómo entender su respuesta de no conocer a un hombre y a la vez estar comprometida con uno, sabiendo que después de casarse, ella podría tener relaciones y así tener un hijo?.
Cabe mencionar que en Orígenes, Clemente de Alejandría y Justino Mártir mencionan el Protoevangelio o refieren incidentes relativos al nacimiento de Jesús de igual manera. Johannes Quasten dice que El fin principal de esta obra es probar la virginidad perpetua e inviolada de María antes del parto, en el parto y después del parto (Patrología I, B.A.C., España, 1991, p. 127). Orígenes afirmó: “…aquel cuerpo que fue escogido para prestar un servicio al Verbo y acerca del cual se dice: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cobijará con su sombra (Lc 1, 35). No conoció unión alguna con varón por haber descendido sobre Ella el Espíritu Santo y haber sido cobijada por la virtud de lo alto. Se sostiene razonablemente que la primicia de la pureza y castidad de los varones sea Jesús y que la de las mujeres sea María. No concordaría, efectivamente, con la piedad el atribuir a alguna otra persona distinta de ella la primicia de la virginidad (Comentario al Evangelio de san Mateo, 10:17). “En efecto, de acuerdo con los que piensan rectamente acerca de él, ningún otro es hijo de María mas que Jesús…” (Comentario al Evangelio de san Juan, 1:4).
El experto de la Biblia reconocido por todo el Mundo, Ignacio de la Potterie, dice que no es que María haya hecho un propósito consciente de permanecer virgen pero que es una orientación e inclinación profunda de vivir virginalmente, un hondo deseo de virginidad que experimenta y vive existencialmente, pero que no ha podido todavía tomar la forma de una resolución. Dice que esta intención viene de haber sido preparada por Dios y por ser Llena De Gracia. Con el voto de Jefté en Jueces 11, 39 y 21, 12, ella nunca conoció varón y no había conocido ayuntamiento de varón. Estas son expresadas en pasado. En Lucas 1, 34, al decir María, no conozco varón, significa decir yo soy virgen, en Presente y no hay nada parecido en la Biblia. Siendo María desposada con varón, significa que ella querría quedarse virgen. Esto (y cita otros eruditos para apoyar su posición) es la mejor manera de explicar lo que dice María al Ángel. En Isaías 7, 14, Dios dio la señal al pueblo para que ellos reconocieran quién sería el Mesías: La virgen concebirá, dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. La manera como las personas identificarían que Jesús es el Mesías, es que su madre sería una virgen que daría a luz. María hubiera tenido varios hijos es decir hubiera perdido su virginidad, ¿qué garantía tenían los judíos años después para creer que Jesucristo era el Mesías hijo de la virgen? Ya que podían suponer que la historia de que había concebido por el Espíritu Santo era falsa. Por eso la señal. Si María tuvo un solo hijo sería más fácil creer que era la virgen profetizada por Isaías. Y si continuó intacta sin tener relaciones con José los judíos no podrían negar que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo a menos que Jesús no fuera su hijo. Es como la señal que buscaron los pastores para reconocer a Jesús: Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lc 2, 12). Si José y María lo hubieran envuelto en cobijas y lo hubieran acostado en una cama la señal se habría perdido.
En 1978, con réplica sucesiva en 1983, I. de la Potterie se hace exponente de una tesis que cree discernir dos testimonios bíblicos en favor del parto virginal de María. Juan 01, 13 es singular. La fórmula es: El cual no de las sangres… sino de Dios fue engendrado. Haber dicho las sangres designa solamente la sangre de la madre afirmando que la generación de Cristo ha de atribuirse a Dios y que en ella la función materna queda completamente excluida. De la Potterie escoge para explicar la aparente anomalía de la expresión no de las sangres. Hay que remontarse a la tradición del A.T. hebreo donde el plural sangres, se encuentra entre otros en cuatro pasajes que hablan del parto.

  • En Levíticos 12, 5 dice: “Si da a luz una hembra será impura durante dos semanas como en su menstruación y permanecerá retirada sesenta y seis días más para purificarse de sus sangres.
  • En Levíticos 12,7dice: “El sacerdote los ofrecerá (cordero, pichón o tórtola; cf v. 6) ante el Señor, hará sobre ella el rito de la expiación y quedará purificada del flujo de sus sangres”.
  • En Ezequiel 16, 6 dice: “Pero yo, pasando junto a ti, te vi agitándote en tus sangres, y te dije: Vive en tus sangres y crece como la hierba del campo”.
  • En Ezequiel 16, 9: “Te lavé con agua, te limpié de tus sangres y te ungí con óleo…”.

Como se ve las sangres de que se habla en los pasajes indicados son indudablemente las pérdidas de sangre a que está normalmente sujeta la mujer en el momento del parto. Éstas, como es sabido hacían a la mujer impura según la mentalidad bíblica. Conocidos estos precedentes semánticos, el plural no de las sangres de Jn, 1,13 podría explicarse del modo siguiente. Con esta primera negación Juan afirma que Jesús nació de María en un parto indoloro sin efusión o derramamiento de sangre. La misma convicción de sobra sabida, está documentada por la tradición de la iglesia de manera impresionante tanto en oriente como en occidente. Ya desde el siglo II tenemos los testimonios del Protoevangelio de Santiago cc. 19-20, de la Ascensión de Isaías Xl, 7-14, de las Odas de Salomón 19,6-10 y de Ireneo Adversus haereses IV, 33. II.
La exegrsis de la Potterie es impugnada por Galot (1980) basándose en las objeciones siguientes: A diferencia de los textos de Ezequiel 16, 6, donde se dice que el recién nacido se debate “en” sus sangres, Juan dice “de las” sangres. La preposición ek (de) en Jn 1, 13 indica origen, no modo de nacer. La versión griega de los Setenta convierte el plural hebreo “sangres” en el singular “sangre” cuando traduce los pasajes a los que hemos hecho referencia. Los Setenta usan el plural “sangres”, se trata siempre de la efusión de la sangre de muchas personas, de una colectividad (2Mac 1,18; Ez 24 6, Jer 19,4).
La lectura de la Potterie implica algo paradójico que destruye el orden cronológico de la naturaleza, puesto que Juan indica primero el parto y luego la concepción. Por esta serie de consideraciones estima Galot que es más conforme con el sentido obvio de los términos la interpretación tradicional: Las sangres son la del padre y la madre que al unirse, concurren a engendrar una nueva criatura. El plural “sangres” no indica ni la sangre de la mujer ni la de los progenitores. Ha de entenderse en sentido acumulativo, referido a todo un conjunto de personas.
Winandy considera ese plural como la ascendencia carnal… la propagación de la especie o sea la transmisión de la sangre en la cadena de antepasados de una generación a otra.
Para Vicent Cernuda, esas sangres serían las familias, los linajes, las razas.
En resumen, pues, Juan querría enseñar que ningún antepasado humano ha tenido función alguna en la generación carnal de Cristo. Una doctrina semejante había expresado ya Mateo, el cual, después de haber trazado el árbol genealógico de Jesús (1,1-17), excluye que José sea su padre en sentido biológico (I, 18ss). A este cúmulo de dificultades, De la Potterie responde minuciosamente (Il parto verginale…, 1983). Entre otras cosas invoca el apoyo de Lc 1 ,35b.b) Lc 1,35b. He aquí, en síntesis, lo que propone De la Potterie: ¿Cómo traducir Lc/01/35b? En cuanto a la construcción gramatical, este semiversículo ha tenido cuatro tipos de lectura: El Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios; Lo que nacerá santo, será llamado Hijo de Dios; Lo que nacerá, será (es) santo y llamado Hijo de Dios”, Lo que nacerá, será llamado Santo, Hijo de Dios”. De estos cuatro modos de versión el segundo es el que mejor responde a la economía intrínseca del texto de Lucas. La primera frase (“Lo que nacerá santo”) es el sujeto de la segunda, que hace de predicado (“será llamado Hijo de Dios”). Entre una y otra hay una correspondencia rítmica, bien evidenciada por la Vulgata “…Quod nascetur sanctum, vocabitur Filius Dei.
La noción de “santo” Dentro de la versión 2, santo es un adjetivo que hace de predicado del verbo nacer: “Lo que nacerá santo… 21; Esta puntuación subraya algunas circunstancias del nacimiento. También en Jn 9,2.19.20 encontramos la expresión “nacido ciego” Por lo demás, nosotros solemos decir: “Ha nacido sordo, ciego, rico, pobre, inteligente…” En particular, la naturaleza de esta santidad declarada por Lc 1,35b hay que buscarla en el Levítico, especialmente en la sección del “código de santidad 21; (Lev 17-26). Allí el término santo implica la ausencia de contaminación, también de la contaminación derivada de la sangre derramada durante el ciclo menstrual o con ocasión del parto (Lev 12,2.5 18,19…). En Lc 1,35 tendríamos entonces la conexión siguiente:

  • el que ha de nacer será concebido por la virtud del Espíritu Santo
  • precisamente a causa de esta concepción virginal nacerá de manera santa, es decir, será dado a luz virginalmente, sin efusión de sangre por parte de la madre,
  • como última consecuencia de esa concepción, y de tal parto, Jesús será reconocido (“será llamado”) como Hijo de Dios.

Testimonios de la tradición. Algunos padres y autores medievales tratan del nacimiento virginal de Cristo conectándolo con Lc 1,35. Entre ellos se cuentan Cirilo de Jerusalén, Ambrosio, el Ambrosiáster, Gregorio Magno, lldefonso de Toledo, Beda, Aimón de Halberstadt, la Glosa Ordinaria. .. Explicando o aludiendo a Lc 1,35, definen el nacimiento de Jesús como santo, es decir, puro, incontaminado, incorrupto, limpio, inmaculado (De la Potterie, Il parto verginale…, 169-170). En otras palabras, el parto de Jesús tuvo lugar sin la pérdida de sangre que causaba la impureza ritual en toda parturienta, de acuerdo con la tradición veterotestamentaria.
Resumiéndolo todo De la Potterie concluye que Lc 1, 35 se puede parafrasear así: “EI poder del Altísimo extenderá sobre ti su sombra. Por tanto, lo que (darás a luz) nacerá puro e inmaculado, y por eso será llamado Hijo de Dios”.
La argumentación de la Potterie sobre Jn 1,13 y Lc 1,35 contiene elementos originales, que han encendido un debate muy amplio. Probablemente toda la cuestión requiere ulteriores profundizaciones. P. ej., el término santo de Lc 1, 35 b podría guardar relación con Lc 2,23 (“Todo varón primogénito será llamado santo para el Señor…”), o bien con otros lugares del N.T. donde “Santo” (He 3,14) 0 “Santo de Dios” (Lc 4,34; MC 1,24; Jn 6,69) es un atributo claramente referido a Jesús en cuanto Mesías. En todo caso, las aportaciones derivadas de los diversos puntos de vista desembocarán en resultados seguramente más firmes.
Al margen de todo lo dicho hasta aquí a propósito de Jn 1,12 y Lc 1,35, será instructivo recordar que el pensamiento judío (tan solicito por actualizar las Escrituras) elaboraba una doctrina similar: Uno de los fenómenos que habrían de caracterizar la era del Mesías seria precisamente el del parto inmune de sufrimientos físicos. Escuchemos ante todo uno de los testimonios más significativos al respecto. Procede del Apocalipsis de Baruc, contemporáneo de los escritos joaneos (finales del s. I – principios del II). Cuando el Mesías, se dice, haya sometido al mundo entero y reine para siempre la paz, entonces se inaugurará una era de goce perfecto en toda la tierra. Entre otras cosas, las mujeres ya no sufrirán durante el embarazo y desaparecerá la angustia cuando tengan que dar a luz el fruto de su seno (73,1.7). Y se añade el motivo de un cambio tan sensación al: “En efecto, aquel tiempo del Mesías marcará el fin de la corrupción y el comienzo de la incorruptibilidad” (74,2). Los rabinos no razonan de otra manera. Abbahu (h. 300) afirma que en este mundo la mujer da a luz con dolor, pero que del tiempo venidero está escrito (Is 66,7): “Antes de sufrir los dolores, ha alumbrado; antes de sentir los dolores, ha dado a luz un varón” (Gen Rabbah 14,9 a 12,2). R. Josué b. Leví (250) y R. Berekiah (h. 340) enseñaban que esa renovación preconizada para cada mujer es tipo de la redención de otra mujer, a saber: la mujer Israel, en los tiempos mesiánicos (Ct Rabbah 1,5.3). Además de la enunciación doctrinal de principio, se aduce como ejemplo a Jocabed, madre de Moisés. Flavio J. escribe que ella dio a luz al futuro libertador de Israel “con pocos dolores y sin que graves angustias se abatieran sobre ella” (Ant. Jud. 11, 9,4). Y esto ocurrió, comenta él, para que se confirmara la veracidad de la palabra del mismo Señor que había dirigido en un sueño a Amrán, esposo de Jocabed. El Señor le había prometido que el niño del que Jocabed estaba encinta escaparía de los egipcios que le perseguían a muerte (o.c., 11, 9,3). Como el parto de Jocabed no fue acompañado de gritos desgarradores, el nacimiento de Moisés pasó desapercibido a los esbirros del faraón (o.c., Il, 9,4 El carácter excepcional del parto de Jocabed es reiterado por R. Judá b. Zebina (h. 300). Fue un parto indoloro, como lo fue también su embarazo: señal evidente, concluye R. Judá, de que la pena lanzada contra Eva (Gen 3,13: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces, con dolor parirás a tus hijos”) no se refería a las mujeres justas (Es Rabbah 1,20 y 2,2, y Talmud Babilónico, Sothah 12ª). En un artículo titulado La Virginidad después del Parto, en el Sentido del hecho por A. Sierra encontramos otro argumento a citar, aunque sea un poco largo, para no perder el hilo: “… Creo que a este respeto de quedarse virgen, resulta iluminador un pasaje de Filón de Alejandría (45 d.V.). Estrictamente hablando, él pertenece aún al A.T.; sin embargo, la reflexión que vamos a citar de sus escritos anticipa los tiempos del N.T…. Discurriendo sobre Judá, Filón dice que es el fruto perfecto… (De Somniis I, 37). En hebreo, Judá significa confesar (alabar) al Señor (De Plantatione, 134); como tal, él es la acción de gracias en persona (De Somniis I, 37; Legum Allegoriae III, 26, 146). Y no hay duda, comenta Filón, de que cuando el alma llega a celebrar a Dios y reconocerlo como creador de todo, no puede expresar nada mejor (Legum Allegoriae, 95). Esto es lo más grande para una criatura. “He ahí por qué Lía, como dice la Escritura, después de haber engendrado a Judá, su cuarto hijo, cesó de tener hijos (Gen 29,35). La razón es evidente. Judá, que quiere decir alabar a Dios, es el vértice de la perfección. Celebrar al padre de todas las cosas es el mejor y el más perfecto de los frutos que jamás hayan salido del seno de una gestante (De Palantatione, 135). “Por eso Lía no da más a luz. Ella no sabía a qué otra cosa dirigirse, al haber alcanzado el límite supremo de la perfección (ib). Después de aquel nacimiento, Lía puso fin o mejor le puso un término a su prole. En efecto (así piensa Filón), ella advirtió que los órganos de su potencia generadora se habían vuelto áridos y estériles, porque en ella había florecido el fruto perfecto, Judá, la acción de gracias (De Somniis I, 37).
Ahora hágase la transposición cristológica de esta página filoniana, y pregúntese: María no llevó en su seno otra prole que a Cristo, No ciertamente porque la generación tenga un no sé qué de impuro, sino porque acogió en su seno a aquel Hijo que siendo de Dios, era el ESJATON, la perfección, el absoluto. Al convertirse en morada viviente del Verbo encarnado, realmente María, usando las palabras de Filón, no sabía ya a qué dirigirse, por haber alcanzado el ápice de la perfección. Como las tinajas de Canaán, el seno de María con la encarnación se llenó hasta los bordes (Jn 2, 7). Dicho sin metáforas: Si la comunión con Dios es la finalidad suprema de la creación y de la alianza (cf Jn 17, 21-24), ¿podría la Virgen desear algo más, algo mejor, un todavía, un después en otros hijos? Ciertamente que no. En virtud de la maternidad divina, ella quedó tan llena de Dios en cuerpo y espíritu que su existencia alcanzó plenamente sus expectativas de criatura. Aquel Hijo (su persona, su obra, el servicio a él ofrecido por la fe) lo era Todo para María, como el Padre lo era para Jesús”. Aunque apócrifo, el libro La Ascensión de Isaías (11, 2-17) de la primera mitad del segundo siglo habla de que María se quedó virgen. Esto demuestra que esta enseñanza fue creída muy tempranamente. Esposa Del Espíritu Santo. Cubrir con su poder a una mujer “reshuth” (Targum a Dt. 21, 4) y sombrear al desplegar su ala o manto sobre una mujer son eufemismos para tener una relación marital con ella. Los rabínos comentaron (Midrash Génesis Rabbah 39.7; Midrash Ruth Rabbah 3.9) que Ruth estaba correctamente en su palabra cuando le preguntó Boaz que tuviera relaciones maritales con ella al decirle a él: Yo soy Ruth, esclava tuya; extiende tu manto sobre tu sierva (literalmente, “ala”: kanaph) por cuanto eres el pariente más cercano”. Tallith, otra palabra Araméa – hebrea para manto, derivada de tellal sombra. Entonces, extender alguien el manto (tallith) sobre una mujer significa cohabitar con ella (Kiddushin 18b; ver también Mekhilta en éxodo 21, 8). ¿No le dijo Dios a Su esposa Israel: Porque yo soy vuestro esposo (Jer 3, l4) y será tu dueño y tu esposo (Is 54,5); yo un marido para ellos, dice Jehová (Jer 31, 32)? ¿Y qué es más íntimo que lo que Dios dijo a Su esposa?: Te hice multiplicar como la hierba del campo; y creciste y te hiciste grande, y llegaste a ser muy hermosa; tus pechos se habían formado, y tu pelo había crecido; pero estabas desnuda y descubierta. Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía (Ez 16, 7-8).

Cuando María supo por el Arcángel Gabriel sobre la concepción porque El Espíritu Santo vendrá sobre ella y el poder del Altísimo la cubrirá con su sombra; por lo cual también nacerá el Santo Ser llamado Hijo de Dios; el Arcángel declaró a María que Dios entraría en relación marital con ella provocando que concibiera al Hijo en su seno. Traemos sobre el entendimiento bíblico en el tiempo de Jesús sobre el tema. La perpetua virginidad de María desde el punto de vista judío. En Gen 49, 4; 2 S.20, 3; 16, 21-22, Libro del Jubileo 33, 6-9; Epstein, Ley del Matrimonio en el Talmud, p. 51; Desde los antiguos días bíblicos el adulterio acarreó en si un sentido de profanación.
Una mujer que hubiera tenido contacto con otro hombre aún siendo a la fuerza, ya no podía estar con su esposo. En Deuteronomio 24, 1-4, El código deuteronómico enseña que una mujer divorciada de su esposo que contraiga matrimonio con otro hombre, no puede regresar a su anterior esposo. En Jeremías 3, 1, dice: Si alguno dejare a su mujer, y yéndose ésta de él se juntare a otro hombre, ¿volverá a ella más? ¿No será tal tierra del todo mancillada?. Otra traducción: “Sí un hombre aparta a su esposa y ella se va de él y se convierte en la esposa de otro hombre, ¿debe él regresar a ella?, ¿no debe su tierra (el propio cuerpo de su esposa) estar grandemente contaminada?”. En la ley rabínica una mujer que ha cometido adulterio está “corrompida” y no puede continuar siendo la mujer de su esposo, sino que debe divorciarse. Además, cualquier contacto íntimo de la esposa con un hombre judío o gentil, potente o impotente, natural o no natural, obliga al divorcio.

  • El Prometido. En la Ley Judaica un hombre prometido a una mujer era considerado legalmente casado con ella. La palabra para prometido en hebreo es Kiddush, palabra derivada del hebreo Kadash, que significa sagrado, consagrado o apartado. En Mateo1, 18 y Lucas 1, 27, Por el compromiso o matrimonio, una mujer pasa a ser propiedad de su esposo y prohibida para otros. La Ley Oral de Kiddushin Matrimonio y Compromisos establece: El esposo, por casarse con la joven, la separa de todos como si fuera consagrada al templo “Corban” y fuera del alcance de todos los otros (Kiddushin 2b, Talmud Babilonio). En Mateo 1, 14, José el esposo de María, era un hombre justo, judío devoto y fiel a la ley. Habiendo notado que María estaba encinta y que él su prometido, no había tenido nada que ver con su embarazo, pudo públicamente condenarla y entregarla para darle muerte por adulterio según el Deuteronomio 22, 22-29 o rechazarla en privado. Tomó su decisión cuando un Ángel se le apareció en sueños y le reveló que María era la esposa del Espíritu Santo, diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer. porque lo que en ella es engendrado del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados según Mateo l, 20-21. El Ángel no usa la frase para la unión marital Llegar a ella como en Génesis 30, 3, 4 y 16) o juntarse o unirse como en Mateo l, 18, sino solo una palabra significando conducirla a casa como su esposa (paralambano gunaika) sin cohabitar con ella.
  • María Prohibida A José. José llevó a su prometida a casa como su esposa, pero nunca tuvo trato sexual con ella, porque de acuerdo a la Ley le estaba prohibida por siempre. Habiendo sido informado en sueños por un Ángel sobre el embarazo de ella y tal vez después por la misma María acerca de las palabras que le pronunciara a ella el Arcángel Gabriel en la Anunciación, José supo que Dios lo había escogido como esposo para María. Ella ahora le estaba prohibida de por vida y por el bien del Niño y de María, él solamente podía vivir con ella en una relación absolutamente casta. Vivir en celibato dentro del matrimonio no era desconocido en la tradición judaica.
  • José Custodio Célibe. Como receptor de la gran revelación de que lo concebido en el seno de María era del Espíritu Santo y que el Niño por nacer sería destinado a salvar a Su pueblo de sus pecados, José supo que fue llamado para cuidar a María y a su Hijo el Mesías, por el resto de su vida, siendo esto por lo que el Ángel le dijo que tomara a María como esposa. Podemos razonablemente asumir que ahora María compartía con él todo lo que le dijo el Arcángel Gabriel. Nada menos que una Persona, el Hijo de Dios iba a ser confiado a su cuidado bajo el refugio de su humilde hogar ahora el Sanctasanctórum. Se puede estar seguro que José permaneció célibe toda la vida de casado con María porque estuvo diariamente en comunicación y al servicio de Jesús, la Palabra de Dios encarnada.
    Cuando Lucas dice que José no la conoció hasta que dio a luz un hijo, él afirma que José no tuvo relaciones con María mientras no naciera el Señor pero tampoco está afirmando que después de que María dio a luz, José si tuvo relaciones con ella. Lo que Lucas dice es que Jesús nació sin intervención de José. Nos quedamos con recibió a su mujer. Pero entendiendo que se trata de José aceptando a María como su esposa porque él entendía que María estaba encinta del Espíritu Santo después de que el Ángel se lo explicó. No la conoció hasta que dio a luz no quiere decir que José haya tenido relaciones con María después. “Hasta que” no equivale nunca a decir pero después sí. En 2 Samuel leemos Y Mical hija de Saúl nunca tuvo hijos hasta el día de su muerte Jehová dijo a mi Señor Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Sal 110, 1). Este Salmo que profetiza a Jesús no significa que Jesús no siga sentado a la diestra del Padre después de que pusiera a sus enemigos por estrado de su pies. En Génesis 28, 15 leemos: He aquí, yo estoy contigo y te guardaré por dondequiera que fueres y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho. Ciertamente Dios no dejó a Jacob después. He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). No es cosa extraordinaria que el viudo José haya practicado la continencia siendo esposo de María. José fue escogido para ser su protector y le respetó el voto de virginidad. En el tiempo de Jesús numerosos judíos deseosos de prepararse mejor para la venida del Salvador iban a prepararse en unos lugares apartados y observaban la castidad. Incluso podríamos pensar que José se dejó influenciar por esta corriente religiosa la de Los Esenios y fue el que ayudó a María a afirmarse en un compromiso de virginidad porque José y María también eran Esenios. Por todo lo dicho concluimos que María no tuvo otros hijos. Quizás no sea normal que un matrimonio viva sin relaciones pero tampoco es normal que su hijo sea Dios Encarnado.
    La Iglesia católica desde la iglesia primitiva enseña y mantiene la virginidad perpetua de María. María se quedó y es siempre virgen. La Biblia lo enseña. Ella siempre ha sido llamada Virgen. Si María no se quedó virgen, no vale llamarla así después del nacimiento de Jesús. No seguimos llamando soltero a un hombre casado. La Iglesia Primitiva habló de María como la Virgen exactamente porque creyó que vivió y murió así. Cuando esta enseñanza fue cuestionada más tarde agregaron siempre “AEIPARTHENOS” como por ejemplo en el Credo de Epifanio 374 D.C., y en el Segundo Concilio de Constantinopla en el 553.
  • Celibato Y Matrimonio De Acuerdo A La Tradición.
    • Celibato. En éxodo 19, 15, La tradición judía menciona que las personas debían abstenerse de tener relaciones sexuales con sus esposas solamente por tres días anteriores a la revelación del Monte Sinaí. Una persuasión común inspiraba las normas: Entrar en comunión más próxima con Dios que es el tres veces santo, implicaba la continencia del ejercicio sexual, considerado fuente de inmundicia.
      En éxodo 9, 15 se dice que Moisés casado con Séfora, dejó para siempre de tener relaciones con ella y permaneció casto el resto de su vida después de habérsele aparecido el Señor en el monte Sinaí y de la orden dada de abstenerse de tener relaciones sexuales. Escogió permanecer casto por el resto de su vida con la total aprobación de Dios. Los rabinos explicaron que esto se debió a que Moisés supo que él estaba designado a comunicarse personalmente con Dios no únicamente en el Monte Sinaí sino en general a través de cuarenta años de permanencia en el desierto. Por esta razón se quedó separado de mujer permaneciendo en la santidad de separación para estar al servicio de Dios en todo momento. He aquí cómo se expresa la tradición. Cuando hubo terminado la revelación del Sinaí, Dios permitió a los hebreos volver a sus tiendas (Dt 5,30) y unirse de nuevo con sus mujeres. Entonces Moisés preguntó: “¿Vale también para mi este mandamiento?” Y Dios le respondió: “No, tú quédate aquí conmigo”, como si dijera: sigue separado de tu mujer. Y la razón aducida por los rabinos es ésta: porque Dios hablaba con él “boca a boca” (Núm. 12,8), siempre, y no sólo en un tiempo limitado.
      En preparación los setenta ancianos se abstuvieron más tarde de sus esposas después de su llamado y así lo hicieron Eldad y Medad cuando el espíritu de profecía cayó sobre ellos; ciertamente se dijo que los profetas se volvieron célibes después de que la palabra de Dios se comunicó con ellos.
      En Levíticos 15, 18; Deuteronomio 23,10-15; Samuel 11,8-13; Desde la época más arcaica de la historia bíblica estaba previsto que en algunas circunstancias de carácter cultural – litúrgico el marido y la mujer debían abstenerse por algún tiempo de estar juntos. El acto sexual era considerado causa de impureza. Semejante prescripción valía, durante la llamada guerra sagrada, en la cual se creía que Dios bajaba a luchar a la cabeza de su pueblo. La semana en que tocaba a los sacerdotes prestar servicio en el santuario (Lev 8,33-35; 22,3). Una tradición rabínica dirá luego que no estaba admitido el connubio esponsal durante el tiempo en el que el arca y la shekinâh se encontraban en el campo de batalla en medio de los combatientes (Talmud babilónico, Erubín 63b).
      En Jeremías 16, 1-9, A este profeta Dios le manda que no se case ni tenga hijos; así evitaría llorar la desaparición de los seres más queridos, puesto que la desolación y la muerte estaban a punto de devastar el país.
      Elías y Eliséo fueron célibes toda su vida.
      Cuando por la Toráh y el profundo estudio de ésta un rabino se abstuviera de tener relaciones con su esposa esto era permisible porque entonces estaba cohabitando con el Shekínah (la “Divina Presencia”) en la Toráh.
      En el Talmud babilonio, Gen Rabbah 34,14 a 9,6; Skulkhan Arukh EH 1:4 Sotah 9:15; Yebamoth 63b; Kiddushín 20ª, B.T.; Berakoth 57b, B.T., si una persona es fiel al estudio de la Toráh y dedica todo su tiempo a ésta como el sabio rabino Simeón ben Azzai antes del segundo siglo D. C., puede ser condonado su rechazo a casarse. El estaba extraordinariamente en su aprendizaje. “Con el paso de Ben Azzai pasaron sabios diligentes por la tierra”. Nunca se casó y fue célibe toda su vida para no distraerse de sus estudios y porque consideró a la Toráh su esposa, para la cual puso toda su alma porque su alma estaba enamorada de la Toráh mientras que otros pensaban en la supervivencia del mundo. Fue un sabio sobresaliente conocido por su santidad.
      El único motivo que justifica que el joven difiera el matrimonio es el perfeccionamiento del estudio de la Toráh, es decir, la ley de Moisés (Kiddushîn 29b: los rabinos en general). Finalmente, un viejo proverbio palestino dice: “¡O el matrimonio o la tumba!”.
      Con admiración se recuerda la viudez de Judit y la profetisa Ana. Ambas, privadas pronto del marido, vivieron luego muchos años, dedicadas a la oración y el ayuno, temerosas siempre de Dios (Jdt 8,1-8; 16,21-25; Lc 2, 36-38).
      El libro de la Sabiduría elogia a la estéril no contaminada y al eunuco limpio de iniquidad que viven santamente. (Sab 3,13-14), puesto que “es mejor no tener hijos y tener la virtud” (4,1).
      Philo Judaeus (20 a.C.- 50 D.C.), filósofo judío, describió a mujeres judías que eran vírgenes que se habían conservado castas no a la fuerza como algunas sacerdotisas griegas, sino por su propia voluntad por su ardiente deseo de Sabiduría. “Deseosas de tener Sabiduría para sus hermanos, despreciaron los placeres de la carne y no desearon descendencia, sino aquellos niños que solamente el alma que es querida por Dios pueda hacer nacer” (Philo, Cont.68; también ver Philo, Abr. l00).
      Ana no cae en este patrón bíblico porque no se le apareció un Ángel. El Señor la bendijo y quedó embarazada. Ana madre de María, que no apartaba del templo, sirviendo de día y de noche con ayunos y oraciones la consagró al Señor y perteneció a las vírgenes tejedoras del Templo de la cual hablan varios documentos judíos del Siglo I así como también hablan de las vírgenes Palestinas. Porque “los castos son recompensados recibiendo iluminación de la oculta luz celestial” (Zohar 11. 229b-230ª).
      Porque “si el entendimiento está seguro e intacto, libre de la opresión de las iniquidades o pasiones… podrá claramente mirar todo lo que sea digno de contemplación” (Philo, Sob.l.5). Y a la inversa, “el entendimiento del hombre amoroso es ciego y no puede ver esas cosas que valen la pena ver… cosas dignas de ver las cuales son maravillosas de percibir y deseables” (Philo, Q. Gén.IV.245).
      “Si en el monte Sinaí, donde Dios se reveló un solo día, se prohibió el comercio conyugal durante tres jornadas, ¿en el tiempo futuro no se prohibirán del todo las relaciones sexuales, puesto que la presencia de Dios morará continuamente en Israel?” (Midrash al salmo 146,7). Y Rab (+ h.247), uno de los sabios de Israel, solía decir: “No como este mundo es el mundo futuro, en el mundo futuro no se come ni se bebe, no hay reproducción de la especie, no hay intercambios (de productos), ni envidia, ni odios, ni disputas, sino que los justos están sentados y sus coronas descansan en sus cabezas y gozan del esplendor de la majestad divina, según lo que está dicho (éx 24,11): Contemplaron a Dios, comieron y bebieron” (Talmud babilónico, Berakot 17ª; cf ICor 7, 29-31).
      Los Esenios son una excepción del todo singular muy conocida.

      • Esenios significa probablemente justos, santos. Constituían un movimiento ascético – espiritual bastante difundido en el judaísmo del tiempo de Jesús, especialmente en Judéa. Ellos practicaban el celibato. En Plinio el Viejo Naturalis historia V, 15.73 dice: “Es un pueblo único en su género y admirable en el mundo entero más que ningún otro: no tiene mujeres, ha renunciado enteramente al amor, carece de dinero, es amigo de las palmeras. Día tras día renace en número igual, gracias a la multitud de los recién llegados. En efecto, afluyen en gran número los que, cansados de las vicisitudes de la fortuna, orientan su vida a la adopción de sus costumbres. Y así, durante miles de siglos, hay un pueblo eterno en el cual no nace nadie: tan fecundo es para ellos el arrepentimiento que tienen los otros de la vida pasada …”.
      • De una obra de Filón titulada Apología de los judíos que se ha perdido, Eusebio de Cesárea extractó algunos pasajes y en uno de ellos se lee: “Habiendo previsto con perspicacia el obstáculo que crearía tanto al individuo como, de forma mucho más grave, a la vida comunitaria, han eliminado el matrimonio y han deliberado practicar una continencia perfecta. Por eso ningún Esenio toma mujer, ya que la mujer es egoísta, excesivamente celosa, astuta para tender engaños a las costumbres de su marido y para seducirlo con sortilegios continuos”.

      • Flavio Josefo ofrece informaciones de este género: “éstos rechazan los place= res como un mal, mientras que miran como virtud la templanza y el no ceder a las pasiones. Para sí mismos desdeñan el matrimonio, pero adoptan los hijos ajenos mientras pueden amoldarse aún a sus enseñanzas: los consideran como parientes y los modelan según sus costumbres. Pero ellos no rechazan el matrimonio y la propagación de la especie que de él se deriva, sino que se guardan de las mujeres lascivas y están persuadidos de que ninguna sirve con fidelidad a un solo hombre… Existe también otro grupo de Esenios que, por género de vida, por costumbres y por legislación, siguen a los otros, pero disienten de ellos en la cuestión del matrimonio. Consideran, en efecto, que los que no se casan amputan una parte importantísima de la vida, a saber: la propagación de la especie, de forma que si todos adoptasen la misma opinión, muy pronto desaparecería el género humano.
      • Reflexionando sobre los testimonios aquí aducidos, se ve que los motivos del celibato Esenio no están exentos de misoginia. No obstante, se recuerdan también otras razones más elevadas que están en el origen del mismo.
      • Filón en una obra que se difundió mucho entre los Esenios atestigua que su continencia se inspiraba en el amor de Dios (Quad omnis probus sit liber 84).
      • Existe cierta propensión a incluir en el movimiento Esenio, a los terapeutas, una secta de solitarios, hombres y mujeres separados entre sí por un muro que se habían retirado fuera de Alejandría, a una colina de altura media sobre el lago Mareotis. De ellos nos transmite abundantes noticias Filón (en De Vita Contemplativa), quién los conociera personalmente. Describiendo sus costumbres, afirma que la mayor parte de las mujeres adheridas al grupo “son vírgenes de edad avanzada, que no han observado la castidad por imposición, como cierto número de sacerdotisas griegas, sino por libre elección, atraídas por un deseo vehemente de la sabiduría, según la cual intentan modelar su vida, renunciando a los placeres del cuerpo, han perseguido no el deseo de una descendencia mortal, sino el de otra inmortal, solamente el alma amada por Dios puede engendrar” (De vita contemplativa 68).
      • Se debe mencionar a los ascetas de Qumran el monasterio judío. Que floreció alrededordel S. I D.C., situado en la orilla occidental del mar Muerto respecto a la pertenencia de estos a la corriente Esenia. Si la secta vivía en celibato, es una cuestión debatida. Algunos piensan que confluyeron allí dos grupos, uno de casados y otro de célibes, otros suponen que el celibato representa un estadio primitivo o tardío de su evolución. Pero el hecho es que no se lo recuerda nunca en los textos encontrados hasta ahora. Quizá se lo sobreentienda en la Regla de la comunidad, en cuanto que no contempla en absoluto reglas para el matrimonio y parece destinada a una asamblea masculina. Otros textos aluden al matrimonio, a las mujeres y a los niños (CD IV, 20-V, 6; VIl, 6-8; IQSa 1, 9-10; IQM V11, 3-4). Y en el cementerio de la comunidad se han encontrado esqueletos femeninos. Moraldi concluye: “El problema de principio brota de la probabilidad de que los miembros de la comunidad se considerasen en pleno ejercicio de las funciones sacerdotales en el templo, que, por motivos contingentes, era constituido por la misma comunidad; en estas condiciones estaba, evidentemente, excluida toda relación sexual; y en tal caso no se puede hablar de verdadero y auténtico celibato, sino de continencia por razones culturales”. Se posee entonces una cierta luz para entender mejor la vida célibe de Juan Bautista que algunos creen de procedencia Esenia, aunque resulta bastante dudoso y del mismo Jesús. Los adversarios de Cristo, aunque tan severos con él, no parece que le hayan reprochado no tener mujer.

      En los testimonios hasta aquí citados, ciertamente no hay traza de matrimonios vividos en castidad perfecta, excepto el del de José y María, Este era el clima de ardiente expectación en que se desarrolló la encarnación del Verbo. Su hijo Jesús hablaría de no tener relaciones como algo que algunos hacían por causa del Reino de los cielos (Mateo 19, 12).

    • Matrimonio. Los rabinos interpretaban rígidamente el mandato del Creador. El matrimonio es llamado Kiddushin, que quiere decir santificación. El celibato, en consecuencia, era un impedimento para la santidad. Es bien sabido que los rabinos hablaron concerniente a la obligación de los hombres de contraer matrimonio y de procrear: Aquel que se abstenga de procrear es considerado como si hubiese derramado sangre. He aquí algunos testimonios codificados en el Talmud babilónio. Citando Génesis 5, 2 dice: Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día que fueron creados. El ideal dominante “Creced y multiplicaos” del Génesis 1, 28, Es la bendición primigenia dada por el Creador que permanece profundamente arraigada en la religiosidad del AT. En Génesis 3, 15; 12, 1; La sexualidad fecunda es don de Dios y con ella está íntimamente ligada la historia de la salvación. A la descendencia de la mujer, a la estirpe de Adán, está ligada la promesa de la redención universal. Un hombre que a los veinte años no se había casado aún era considerado maldito de Dios. No poder casarse es una desgracia (cf Jer 7,34; 16,9; 25,10); señal de desgracia ante Dios es la esterilidad (Gén 15,2, 16,2; 30,1-2, ISam 1,4-11; Lc 1,25…). Renunciar al matrimonio, se decía, es un crimen semejante a derramar sangre; es un delito que merece la muerte. La falta de cumplimiento de este precepto reduce la imagen de Dios, imagen que el Creador imprimió en el hombre. Una transgresión así induce al Señor a retirar su presencia de en medio de Israel. Un hombre sólo es medio hombre sin una mujer. El que no tiene mujer es un ser carente de alegría, de bendición, de prosperidad; es una persona sin paz, ni siquiera es hombre. Solamente por un breve periodo puede el marido negar a la mujer el débito conyugal, aunque haya de por medio un voto: Por una semana; por dos semanas. La tradición judaica menciona al célibe Zenu’ im (lit. “castos”) a quien fue confiado el secreto del Nombre de Dios, y así poder preservar el Santo Nombre en perfecta pureza. Aquellos con la esperanza de una revelación divina consecuentemente se abstuvieron de tener relaciones sexuales y fueron estrictos en materia de pureza (Enoc 83, 2; Ap14, 2-5).

La Virginidad Después Del Parto. Todos saben que la Escritura calla sobre esta tercera dimensión de la virginidad de María: ni la afirma ni la niega. Los textos bíblicos, leídos al menos superficialmente, no parecen prestarse a otra conclusión. Existe, sin embargo, una objeción clásica: la relativa a los hermanos de Jesús. Es una dificultad formulada desde la antigüedad cristiana, y que no cesa de resurgir siempre que se vuelve a plantear el debate sobre este asunto. En los evangelios y en los Hechos se mencionan varias veces de forma genérica, “los hermanos” de Jesús (MC 3,31.32 y paralelos de Mt 12,46.47, Lc 8,19.20, y luego He 1,14; Jn 2,12; 7,3.5.10, ICor 9,5), o bien “las hermanas” de él (MC 6,3b y paralelo de Mt 13,56). Dos pasajes (MC 6,3 y Mt 13,55) nos transmiten el nombre de cuatro de ellos que se llaman Santiago, Josés (MC) o José (Mt), Simón y Judas. Quiénes son? La respuesta es doble. La opinión más difundida y defendida siempre por el magisterio de la iglesia ve en ellos parientes de Jesús en sentido lato (p. ej., primos). Otros (los disidentes de la cristiandad antigua y gran parte de las confesiones protestantes estiman que se trata de verdaderos y auténticos hermanos del Señor, hijos de María. Veamos las razones aducidas en favor de una y otra posición.

  • “Hermanos” en sentido lato, es decir, parientes, pero no hermanos uterinos. Las pruebas o indicios que apoyan esta identificación son en sustancia las siguientes:
    “Hermanos – hermanas” de Jesús, no “hijos de María”.
    Si algunos autores del N.T. hablan de hermanos y hermanas de Jesús, nunca los presentan como “hijos de María”. De la Virgen se dice sólo que es la “madre de Jesús”.
    Semántica ampliada de los términos “hermano – hermana” en el mundo semita. Es universalmente sabido que, en los textos semitas o de influencia semita, la acepción de los términos hermano o hermana es mucho más amplia que en nuestras lenguas modernas. Además de significar hijos o hijas que tienen los mismos padres, pueden designar grados de parentesco más lejano. En particular, como el hebreo y el Arameo no tienen un término específico para expresar la idea de “primo – sobrino – cuñado”, no raras veces se recurría a la palabra hermano a menos que se hiciese uso de circunlocuciones prolijas y complicadas, como “hijo del hermano del padre” (cf, p. ej., el Targum de Est 2,7.15). El A.T. ofrece abundantes testimonios sobre el uso amplio del sustantivo hermano. Lot y Jacob son nietos, respectivamente, de Abrahán (Gén 11,27; 14,12) y de Labán (Gén 29,12); sin embargo, se los llama hermanos (Abrahán-Lot: Gén 13 8 14,14.16; Labán-Jacob: Gén 29,15).
    Las hijas de Selofjad llaman hermanos suyos a personas que solamente eran “hermanos de su padre” (Jos 17,4), es decir, parientes próximos de sexo masculino; en efecto, Selofjad había muerto sin tener hijos varones (v. 3).
    Según ICrón 23,22, los hijos de Quis son llamados hermanos de las hijas de Eleazar, cuando solamente son primos, puesto que Quis y Eleazar eran hermanos, hijos de Majlí (v. 21).
    Otros ejemplos de esa semántica ampliada pueden verse en Gén 31,23.32; Lv 10,4; Jue 9,3.18; ISam 20,6.29; 2Re 10,13 (cf 2Crón 22,1); ICrón 9,6; 15,5.6.7.8.9.10.12.16. 17.18…
    Santiago, Josés, Simón y Judas. Santiago y Josés “los dos primeros hermanos de Jesús mencionados en MC 6,3 y Mt 13,55” y eran hijos de una María diversa de la madre de Jesús. Lo atestigua MC 15,40: “Había también algunas mujeres mirando desde lejos. Entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Josés, y Salomé…” Más adelante se la llama “María la (madre) de Josés” (15,47), “María la [madre] de Santiago” (16,1).
    Mt 27,56 la recuerda igualmente como la “madre de Santiago y Josés”, y luego como “la otra María (27,61, 28,1).
    Lc 24,10 hace mención de “María, la de Santiago” (verosímilmente la misma persona). A propósito de estas noticias de Marcos y Mateo, hemos de notar que ya anteriormente los dos evangelistas habían dado los nombres de los dos mencionados hermanos del Señor (MC 6,3 y Mt 13,55). Esta María, por tanto, que hace su primera aparición en escena, es así mejor identificada porque se la pone en relación con dos personas (Santiago y Josés) ya conocidas por el lector. Además, Marcos conserva en los tres pasajes la forma “Josés” (6,3; 15,40.47), mientras que en el mismo cap. 15, en los versículos. 43.45 vuelve a la fórmula acostumbrada de Joséf para José de Arimatea. La variante “Josés” no aparece para las otras ocho personas del NT que llevan el nombre de José. También esto es un indicio no despreciable para la equiparación de Josés en MC 6,3 y 15,40. 47. (En resumen; José de Arimatéa no es hijo de La Virgen María con San José ni de San José en su anterior matrimonio. Solo es un excelente amigo de Jesús o como decimos en el año 2008 “El parche, el parcero, el lanza, el brother, el mano, el hermano, la fecha y no se cuantos más …”)
    Después de los autores del NT, el primer escritor eclesiástico que habla de los hermanos de Jesús es Hegesipo, originario de oriente, probablemente de Palestina. En la segunda mitad del s. II escribió una obra contra las herejías gnósticas, titulada Ypomnémata (“Memorias”), para la cual se sirvió de tradiciones judías no escritas. De la compilación de Hegesipo nos han llegado diversos párrafos a través de Eusebio de Cesaréa. Algunos de ellos recuerdan por su nombre a los hermanos de Jesús: Santiago, Simeón y Judas. Santiago es mencionado como “hermano del Señor, por todos llamado el Justo, desde el tiempo de Jesús hasta el presente. Con tal apelativo aparece su nombre hasta once veces en las memorias de Hegesipo. Entre otras cosas, se dice de él que fue el primer obispo de Jerusalén y que fue martirizado por los judíos antes del asedio de la ciudad santa por Vespasiano. La noticia del martirio de Santiago, “el hermano de Jesús, el llamado Cristo”, es transmitida también por F. Josefo (Ant. Jud. 20,9.1).
    De Simón, Hegesipo nos hace saber que era “hijo de un tío del Señor…, hijo de Cleofás”. A la muerte de Santiago, la elección de obispo de Jerusalén recayó preferencialmente sobre él “porque era primo segundo del Señor” segundo, es de creer, en relación a Santiago, que debía ser el primo primero de Jesús.
    Y Eusebio, basándose en la autoridad de Hegesipo, afirma que Cleofás era hermano de san José.
    A la edad de ciento veinte años, prosigue Hegesipo, durante el imperio de Trajano, Simón fue denunciado como descendiente de David y de profesión cristiana; fue llevado a juicio ante el gobernador ático y crucificado. En cuanto a Judas, Hegesipo escribe que “era llamado hermano suyo [de Jesús] según la carne”, y que descendía de David. La especificación “según la carne” quiere decir que Judas no era hermano de Jesús en sentido puramente espiritual, como los apóstoles y discípulos (cf Mt 28,10; Jn 20,17). En cuanto a ser descendiente de David, hace pensar que también él era hijo de Cleofás, el cual pertenecía a la estirpe davídica. Con toda verosimilitud es éste el “Judas, hermano de Santiago, autor de la carta homónima del NT (Jds I, 1).
  • “Hermanos” de Jesús en sentido estricto, es decir, hijos de María. éstos son los motivos en virtud de los cuales se cree poder establecer la ecuación mencionada: La voz griega “anépsios” (primo). El N.T. conoce el término anépsios; se usa, en efecto, en Col 4,10 para decir que Marcos es primo de Bernabé. Por tanto, se deduce, los autores del N.T. habrían empleado el mismo término si los hermanos del Señor no hubieran sido verdaderamente tales. La objeción no es concluyente. Los Setenta, p. ej., conocían tanto el hebreo como el griego, no obstante, tradujeron servilmente el original hebreo incluso donde el término hermano indica una relación de parentesco bastante más amplia. Hay además otro motivo por el cual en griego se conservaba el término original semita. Como se desprende de He 1,14 y ICor 9,5, los “hermanos del Señor”, es decir, sus parientes varones, formaban un grupo aparte junto a los apóstoles. Gozaban, pues, de especial reputación, por lo cual ser llamados “hermanos del Señor” era un titulo honorífico dentro de la iglesia primitiva.
    Las comunidades de lengua griega no se atrevieron a cambiarlo.
    Dificultades inherentes a Mt 1,25 y Lc 2,7. Dos pasajes evangélicos en particular parecen comprobar que los hermanos de Jesús son hijos de María. Se citan Mt 1,25 y Lc 2,7. /Mt/01/25 suena literalmente así: “Y él [José] no la conocía, hasta que no (éos oú) dio a luz un hijo…” Habría que concluir que, después del nacimiento de Jesús, José consumó el matrimonio con María, la cual por tanto habría tenido otra prole. Kramer supone que a la partícula conjuntiva griega éos oú de Mt 1,25 le corresponde la aramea ád dî, que puede significar “he aquí que”, como, p. ej., en Dan 2,34; 6,25; 7,4.9.11, y en el Talmud de Jerusalén Berakot 14b: “Rabbi Akiba no había ultimado aún el “Shemá”, y he aquí que (“ad dî) murió”. Podríamos, pues, traducir de la manera siguiente Mt 1,25: “… Y aunque no la había conocido, he aquí que ella dio a luz un hijo…”.
    Sin embargo, antes de recurrir a otros intentos, convendrá tener presente (como ya hacían los padres) que en la Biblia se encuentran numerosos ejemplos de frases regidas por la expresión “hasta que”, las cuales no se pueden entender a la letra. Basten algunas referencias: Gén 8,7 (LXX): “Y cuando salió [el cuervo enviado por Noé] no volvió atrás hasta que el agua no se había retirado de la tierra, dejándola seca”. Evidentemente, el cuervo no volvió ni siquiera después.
    Gén 28,15: “No te abandonaré hasta que no haya realizado todo lo que te he dicho”, se entiende que Dios protegerá a Jacob también después del cumplimiento de la promesa.
    2 Sam 6,23: “Mical hija de Saúl, no tuvo hijos hasta que murió”. Seria ridículo creer que una vez muerta, Mical tuvo luego hijos.
    Sal 110, 1: “Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies”. Pero el rey al que va dirigido este oráculo se sentará a la diestra de Dios también después de la victoria sobre los enemigos.
    Mt 28,20: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Pero también después Cristo estará con los suyos más aún, en una medida mayor que antes, puesto que el reino se realizará plenamente.
    Análogamente, el hasta que de Mt 1,25 no implica que José tuviese relaciones carnales con María después del nacimiento de Jesús. El propósito del evangelista es demostrar que Jesús es hijo de David (1,1), a pesar de tener un padre humano (1,18-25). En cambio, queda fuera de su óptica la cuestión de la virginidad de María después del parto. Mateo no ofrece argumentos ni en pro ni en contra.
    El otro pasaje, decíamos, es Lc/02/07: “Dio a luz a su hijo primogénito” Si Jesús era el primogénito de María, razonan algunos, quiere decir que no era el único de ella. A decir verdad, por la literatura hebrea conocemos varios ejemplos en los cuales un hijo primogénito es también unigénito. Véase el paralelismo de Zac 12,10: “Harán luto por él como se hace luto por un hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito”.
    En las Antigüedades bíblicas del pseudo Filón (s. I D.C.), la hija de Jefté es llamada tanto primogénita como unigénita (39,11).
    Y un epitafio sepulcral, de fecha 28 de enero del 5 a.C., descubierto en 1922 en la necrópolis judía de Tell el Yehudieh, hace decir a la muchacha difunta (Arsinoe): “Pero la suerte, en los dolores del parto de mi hijo primogénito, me condujo al término de la vida”. Aunque esta joven madre murió en el primer parto, a su hijo se le llama igualmente primogénito. Pero se puede retroceder aún más, si tenemos en cuenta el genio propio de la cultura hebrea. Según la Biblia, el primer hijo, aunque sea único, es calificado como primogénito por estar sujeto a la obligación del rescate (éx 13,2.12; Núm. 18,1516). Por tanto, también Jesús, siendo el primogénito de su madre (Lc 2 7), será luego presentado en el templo para este rito (Lc 2,22-24).

El Sentido Del Hecho. El silencio de la Escritura al respecto es sólo aparente. En efecto, es la maternidad divina de María (profesada unánimemente por el NT) lo que nos pone indirectamente en el camino para intuir que la Virgen, después de Jesús, no tuvo otros hijos. A este respecto resulta iluminador un pasaje de Filón de Alejandría (+ h.45 D.C.). Estrictamente hablando, él pertenece aún al AT; La reflexión que vamos a citar de sus escritos anticipa los tiempos del NT, y justamente en lo que toca a la “virginitas post partum” de la madre de Jesús. Discurriendo sobre Judá, Filón dice que es el fruto perfecto (De Somniis 1, 37: tòn téleion karpón). En hebreo, en efecto, Judá (Yehudah) significa “confesar al Señor” (De Plantatione, 134); como tal, él es la acción de gracias en persona (De Somniis 1, 37; Legum Allegoriae lll, 26.146). Y no hay duda, comenta Filón, de que cuando el alma llega a celebrar a Dios y reconocerlo como creador de todo, no puede expresar nada mejor (Legum Allegoriae, 95). Esto es lo más grande para una criatura. He ahí por qué Lía, como dice la Escritura, después de haber engendrado a Judá, su cuarto hijo, “cesó de tener hijos” (Gén 29,35). La razón es evidente. Judá, que quiere decir “alabar a Dios”, es el vértice de la perfección. Celebrar al padre de todas las cosas es el mejor y el más perfecto (áriston kaì teleiótaton) de los frutos que jamás hayan salido del seno de una gestante (De Plantatione, 135). Por eso Lía no da más a luz. Ella no sabia a qué otra cosa dirigirse, al haber alcanzado el limite supremo de la perfección (ib). Después de aquel nacimiento, Lía puso fin o, mejor, se puso un término a su prole. En efecto —así piensa Filón—, ella advirtió que los órganos de su potencia generadora se habían vuelto áridos y estériles, porque en ella había florecido el fruto perfecto, Judá, la acción de gracias (De Somniis 1, 37). Haciendo la transposición cristológica de esta página filoniana, preguntemos ¿por qué María no llevó en su seno otra prole que a Cristo? No ciertamente porque la generación tenga un no sé qué de impuro, sino porque acogió en su seno a aquel Hijo, el cual, siendo Dios, era el ésjaton, la perfección, el absoluto. Al convertirse en morada viviente del Verbo encarnado, realmente María (para usar las palabras de Filón) no sabía ya a qué dirigirse, por haber alcanzado el ápice de la perfección. Como las tinajas de Caná, así el seno de María con la encarnación se llenó “hasta los bordes” (cf Jn 2,7). Dicho sin metáforas: si a comunión con Dios es la finalidad suprema de la creación y de la alianza (cf Jn 17,21-24), ¿podría la Virgen desear algo más, algo mejor, un todavía, un después en otros hijos? Ciertamente que no. En virtud de la maternidad divina, en efecto, Ella quedó tan llena de Dios en el cuerpo y el espíritu, que su existencia alcanzó la finalidad suprema. Jesús escuchó plenamente sus expectativas de criatura. Aquel Hijo (su persona, su obra, el servicio a él ofrecido por la fe) lo era Todo para María, como el Padre lo era para Jesús. Justamente; se diría que también en su virginidad después del parto María sirve de prefacio a Cristo. Jesús tiene antepasados que engendraron según la carne pero él no se casa, no engendra, no tiene un futuro en la prole (cf Mt 1,1-16). Después de él no hay sucesión; él es la “Omega”, el último, porque en su persona Dios y el hombre se han unido en un abrazo indisoluble. En el Verbo encarnado Dios está realmente en el hombre y el hombre en Dios. En él la historia humana, que es una historia de alianza alcanza su meta definitiva, la que el Creador le había señalado antes de que el mundo existiese. El reino, en cuanto comunión entre Dios y el hombre, se identifica con la persona misma de Cristo. Aquí está el núcleo de los temas elaborados por la tradición viva de la iglesia cuando parte de la sagrada Escritura para deducir de ella los motivos de conveniencia en favor del estado virginal de María también después del parto.
Conclusión. El discurso relativo a la virginidad de María ya en su base bíblica, toca esencialmente los datos supremos de la fe: la persona de Cristo como Unigénito del Padre; luego el Espíritu Santo, la iglesia, el mundo, el hombre… Desde cualquier punto que se lo aborde el problema remite indefectiblemente a la figura de Cristo salvador en lo que tiene de absolutamente original, a saber: su divinidad, con todas las proyecciones escatológicas que comporta: celibato evangélico, resurrección, vida eterna… La comprobación histórica de este aserto la tenemos en el hecho de que los debates sobre la virginidad de la Virgen no surgen por generación espontánea, sino siempre en estrecha dependencia de las cuestiones cristológicas capitales. Y, viceversa, debemos admitir consecuentemente que la confesión católica, es decir, plena e integra de Cristo Señor (“¿Vosotros, quién decís que soy?”, Mt 16,14), es inseparable del reconocimiento de las “grandes cosas” que el Poderoso obró en María, la Virgen santa: en orden a Cristo y en orden al hombre. SERRA DICC-DE-MARIOLO= GIA. Pág. 1999-2016. Dicha por la Virgen María. “Dentro del Altísimo, mi alma florece, se regocija ante la vista del sendero ascendente. Lo que está arriba se une con lo que está abajo y el Altísimo ha impregnado mi alma con su radiante mirada. De todas las generaciones, la mía ha sido bendecida, porque el Todopoderoso hizo grandes cosas por mí, impregnó mi alma con su rayo. Sagrado es su nombre, a través de los siglos su bendición se extiende a todos aquellos que, por amor, siguen siéndole fieles. Sublime e intocable es el Altísimo, Todopoderosa es la fuerza de su brazo”. Son palabras antiguas, una oración dicha por la Virgen María y por todas las mujeres encinta de la comunidad Esenia. Actualmente, debemos estar conscientes de que la comunidad nazarena y Esenia tenían enseñanzas comunales, enseñanzas para toda la humanidad y que a La Virgen María no se le contemplaba como una mujer superior. Ella tenía responsabilidades importantes, pero no era considerada como una mujer distinta de las otras. Todas las mujeres gestantes eran respetadas y practicaban las mismas enseñanzas que La Virgen María.

“Nazareno” significa “consagrado a Dios”, y también “el que conoce las cosas ocultas”. Esta fraternidad universal, que no es característica del pueblo judío, conocía los secretos de la impregnación del alma, y contemplaba el hecho de que una mujer estuviera embarazada como algo profundamente místico. No fijaban su atención en el hecho de que la mujer estuviera encinta; para ellos, la mujer representaba un secreto mucho más elevado como ser humano. Representaba el alma, el alma oculta, pura, virginal, y también a la tierra que es como un alma, reflejo del alma universal, en la cual todas las almas (por ejemplo, el alma de las flores, de los árboles, de los animales, todas las almas, incluso las almas de los Ángeles) pueden aparecer como una unidad hecha de una misma sustancia, que es el alma universal. Esta sustancia está impregnada por los rayos del Altísimo, como los rayos del sol. El alma era llamada “Ma” en los antiguos misterios, y le dieron el nombre de “Maya” es decir, de la gran ilusión; también le dieron el nombre de “María”: “Ri”, “Ra”, o “Re” es el rayo de la madre universal. Así, en esta fraternidad Esenia de hermanos y hermanas, la mujer y principalmente la gestante, no sólo contemplada como una mujer encinta, sino como todo un símbolo, escritura y jeroglífico de los misterios del cosmos entero, e incluso de los misterios del Universo y de la evolución. Todos los secretos, los secretos de Isis y de la mujer estaban contenidos en una mujer en estado de gravidez.
San Juan, quien era el esenio Lázaro, revela estos secretos en el Libro de las Revelaciones, cuando un ser se le acerca y le dice: “Te mostraré los misterios de la mujer. Entonces le habla de la gran prostituta y de la esposa de las bodas del cordero. La gran prostituta es el alma, que ha dado a luz a la personalidad, el ego, separado del Altísimo, y hace lo que le place. Ven así que se trataba de un universo entero, no solamente formado por palabras, sino más bien por realidades. No se necesita hablar de ello, ven a una mujer encinta y de pronto todos los misterios del cosmos están ante sí. De la misma forma, uno ahora solamente necesita ver las letras del alfabeto para conocer las palabras, no es necesario hablar de ellas, esto es algo que vive en el alma. Esta oración Esenia es de la mayor importancia en nuestro tiempo, debido a las cosas que están aconteciendo en la Tierra. Y uno debe saber que “quien está prevenido vale por dos”, como dice el refrán. Las cosas ocurren, cosas que están conectadas con esta oración, con los misterios de la mujer, que conciernen también al hombre, por supuesto. “Dentro del Altísimo, mi alma florece, se regocija ante la vista del sendero que asciende. Lo que está arriba se une con lo que está abajo, y el Altísimo ha impregnado mi alma con su radiante mirada.” Vean, esto es tan hermoso… “De todas las generaciones, la mía ha sido bendecida, porque el Todopoderoso hizo grandes cosas por mí, impregnó mi alma con su rayo.” La pregunta es: “¿Quién puede decir esto en nuestro tiempo?” Por supuesto, una mujer para quedar encinta tiene que ser impregnada por un rayo, pero aquí la oración habla del alma que mora en las profundidades; todas las cosas consideradas sobre nuestra alma, la cual vuelta hacia el Altísimo, salta de regocijo y ve el sendero ascendente. Esto no es una ilusión, es el sendero del despertar, del ennoblecimiento, de la transformación, no una ilusión. Lo ven o no lo ven, pero no es una ilusión, no es una creencia, es una experiencia del alma que dice lo que vive. “Sagrado es Su nombre, a través de los siglos su bendición llega a todos aquellos que, por amor, siguen fieles a él.”
Aquí, la comunidad Esenia dice: “A través de los siglos, incesantemente encarnamos, no como una filiación mortal, sino porque somos fieles al Altísimo, y porque dedicamos nuestras vidas a él. Dedicamos nuestras vidas no para hallar algo, sino porque no podemos hacerlo de otra manera, porque vemos la realidad: el Altísimo, el Amor, la Sabiduría y la Inteligencia llenando el cosmos. él es la fuente de la existencia, Yo soy dentro de él, por mi vida. Yo no soy el maestro de mi vida, no soy quien ha creado mi vida”.
PROCLAMA. La Voluntad del Padre es que todos vosotros seáis transformados, ascendidos y lleguéis en el Conocimiento de la Verdad a la liberación de la forma física. No hay humano ni suprahumano poder por sobre la Voluntad de DIOS manifestada por intermedio del Padre. Por lo tanto estáis capacitados para despertar y mediante el correcto pensar vencer al mundano poder de las tinieblas. Lograrlo es privativo de vuestro libre albedrío. Se os dice, a quien desee ser Libre, que ya le llegó la hora señalada para dar el grito de Libertad. Habéis nacido para saber y ser libres y no para vivir como esclavos de la ignorancia o de otros seres. Habéis nacido para recibir y aceptar la Verdad que os será dada. Es vuestro deber despertar, mirar, escuchar y hablar. Debéis examinar todo y de ello retener lo bueno. Nada debéis aceptar sin antes discernir y por propio discernimiento debéis decidir si eso es válido o no. Vuestro grito de Libertad iniciará en el Cosmos un estruendo que no será posible silenciar. Oh hombre, despierta y enfrenta tu glorioso destino; has nacido para triunfar y triunfarás. Descorre los velos que bloquean tu entendimiento, busca dentro de ti y allí encontrarás las respuestas. No temas, puedes liberarte si esa es tu voluntad y tu voluntad será respetada. Si estás confundido por lo que has leído, Sonríe… Piensa que todos los libros Sagrados hablan de los Ángeles y que ellos fueron creados en el laboratorio genético igual que ustedes y que pronto ustedes evolucionarán llegando al nivel de Ángeles y entonces colaborarán en la creación de la vida en otros planetas, cumpliendo con los propósitos del Plan Divino. ….. Os recomiendo meditar tres versículos dejados por Jesucristo para estos tiempos: “;Algún día veréis abierto el cielo, y a los Ángeles de DIOS subir y bajar, sirviendo al Hijo del Hombre.”; Juan 1:51. Los cielos ya están abiertos en los polos por el debilitamiento de la capa de ozono. Los Ángeles de DIOS suben y bajan sirviendo a Jesucristo. Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”; Juan 8:32. La Verdad pronto será entregada para quien quiera recibirla. Esa Verdad os liberará. “;Yo dije: Dioses sois.”; Juan 10:34. Alegraos. Sois dioses en potencia, descendientes de dioses y pronto podréis todos asumir vuestro rol de tales. …. engan Fe. Esperanza. Valor. Paciencia. Pronto serán Un Hombre Nuevo.
PALABRAS FINALES. Existe una misteriosa Conspiración del Silencio con un amplio dominio en todas las formas de información, que pasan a ser medios de desinformación. Se ignoran sus reales razones y quién está detrás de ella. En esta lucha desigual en muchos sentidos, somos minoría y carecemos de las armas del poder temporal de los siervos de los señores del caduco nuevo orden. Ignoran que tenemos la más poderosa arma que refuerza la mente, como lo es la siguiente afirmación positiva: Si DIOS está conmigo ¿quién puede estar contra mí? Siento en este instante, dar a conocer a quien la ignore, lo siguiente: La Gran Invocación o Plegaria Desde el punto de Luz en la Mente de Dios, Que afluya Luz a las mentes de los hombres. Que la Luz descienda a la Tierra. Desde el punto de Amor en el Corazón de Dios, Que afluya Amor a los corazones de los hombres, Que Cristo retorna la Tierra. Desde el Centro donde la Voluntad de Dios es conocida, Que el propósito guíe a las pequeñas voluntades de los hombres, El propósito que los Maestros conocen y sirven. Desde el Centro que llamamos la raza de los hombres, Que se realice el Plan de Amor y de Luz, Y selle la puerta donde se halla el mal. Que la Luz, el Amor y el Poder, Restablezcan el Plan en la Tierra. Estamos dotados de la mente y somos los únicos responsables de los propios pensamientos. Si intentamos con el Arte del Buen Pensar tener una Actitud Mental Positiva, se hiere a ese poder de las tinieblas, por decirlo de alguna manera. Cada uno puede derrotar dicho poder, que es negativo. Cada uno es el propio responsable de lo que haga con sus pensamientos.
Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que estoy convencido que entre los Nefilim hay una pugna “;legal”; entre dos bandos, en relación con el futuro del ser humano, ser en lo físico creado por ellos en la Tierra hace miles de años a su imagen y semejanza.
Un bando con argumentos opina que no debe el hombre ahora Despertar, ser Transfigurado y Ascendido. No creo que ellos sean parte de la Conspiración del Silencio. Sin embargo, y con pena lo digo, veo que el precio de muchos humanos por traicionar a su especie, está dado por miserables prebendas mundanas que con el brillo del oro los hizo olvidar quienes ello son, traicionándose a ellos mismos y a toda la raza humana.
El otro bando, también con argumentos, considera que ya le llegó al hombre la hora de ser despertado, Transfigurado y Ascendido. Nosotros tenemos sólo dos opciones. Una nos señala que no debemos hablar, mirar, escuchar y sí permanecer dormidos. La otra opción nos dice habla, mira, escucha y despierta. No podemos permanecer neutrales. ¿A qué bando seguir? Esa es una personal decisión que cada uno en conciencia debe escoger y asumir. Que DIOS te bendiga e ilumine en tú decisión.

1 comentario (+add yours?)

  1. north face uk
    Dic 14, 2013 @ 18:39:42

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