La Resurrección de Jesús


La Ascensión de Jesús. Según Bernabé, después de la supuesta muerte de Jesús, Éste se presentó ante María y algunos de los discípulos informándoles de lo que realmente había sucedido: “Jesús vino, envuelto en un gran resplandor a la habitación donde estaban María la Virgen con sus dos hermanas, y Marta, María Magdalena y Lázaro; el que esto escribe, Juan, Santiago y Pedro. Cuando lo vieron les atenazó el miedo y cayeron al suelo como muertos. Jesús levantó del suelo a su madre y a los demás y dijo: ‘No temáis pues soy Jesús; y no lloréis puesto que no estoy muerto sino vivo. Todos los presentes permanecieron en silencio durante largo tiempo sin dar crédito a lo que veían puesto que todos creían que Jesús estaba muerto. Entonces la Virgen llorando, dijo: ‘Dime hijo mío. ¿Cómo es posible que Dios que te había dado el poder de resucitar a los muertos haya hecho que tú mueras avergonzando así a tus parientes y amigos y a tu propia doctrina? Puesto que todos los que te aman han estado como muertos’. Y Jesús, abrazando a su madre contestó: ‘Créeme madre, puesto que en verdad te digo que no he muerto en absoluto; Dios me ha protegido hasta que el fin del mundo esté cercano’. Y dicho esto pidió a los cuatro ángeles que aparecieran ante todos y dieran testimonio de lo ocurrido. Y los ángeles se manifestaron como 4 soles radiantes y los presentes atemorizados de nuevo, cayeron al suelo desvanecidos. Y entonces Jesús dio a cada uno de los ángeles 4 lienzos de lino para que se cubrieran y así poder ser vistos y oídos por su madre y sus compañeros. Y tras haber levantado del suelo a cada uno de ellos los tranquilizó diciendo: ‘Estos son los ministros de Dios: Gabriel, el que anuncia los secretos de Dios. Miguel, el que lucha contra los enemigos de Dios. Rafael, el que recibe las almas de los que mueren. Y Uriel, el que ha de llamar a todos al Juicio de Dios en el Ultimo Día’. Y entonces los 4 ángeles relataron a la Virgen cómo Dios había enviado por Jesús y cómo había transformado a Judas para que sufriera el castigo al que había vendido a otro”. Evangelio de Bernabé: 2 19-220.
Según Bernabé, Jesús se quedó durante 3 días con su madre y sus discípulos más cercanos para darles a ellos y a algunos pocos discípulos más, la oportunidad de estar con él más tiempo: “Y entonces Jesús nos ordenó llamar a sus discípulos más leales para que pudieran verlo. Santiago y Juan reunieron a los 7 discípulos, a Nicodemo y José, y a muchos otros de los 72; y todos comieron con Jesús. El tercer día dijo Jesús: ‘Id al Monte de los Olivos con mi madre puesto que allí es donde ascenderé a los cielos y podréis ver quién me ha de ayudar’. Y todos fueron excepto veinticinco de los setenta y dos discípulos que habían huido a Damasco atemorizados. Y cuando estaban reunidos orando, a eso del mediodía apareció Jesús rodeado de una gran multitud de ángeles que alababan a Dios. Y el resplandor de su rostro les atemorizó enormemente cayendo al suelo con sus rostros contra la tierra. Pero Jesús los levantó y tranquilizó diciendo: ‘No temáis, yo soy vuestro maestro. Y reprendió a los que habían creído su muerte y posterior resurrección diciendo: ‘¿acaso me tomáis a mí y a Dios por mentirosos? Dios me ha concedido vivir hasta que el fin del mundo esté cercano. Y en verdad os digo que no fui yo quien murió sino Judas el traidor. Pero tened cuidado porque Satán hará todo lo posible por engañaros; pero vosotros seréis testigos ante todo Israel y ante el mundo entero de todo lo que habéis visto y oído’. Dichas estas palabras, Jesús pidió a Dios por la salvación de los creyentes y la conversión de los pecadores. Acabada la oración abrazó a su madre diciendo: ‘La paz sea contigo, madre mía, descansa en el Dios que nos ha creado a ti y a mí. Y luego se volvió a sus discípulos y dijo: ‘Que la bendición y la misericordia de Dios sean con vosotros’. Y fue entonces cuando ante los ojos de todos, los 4 ángeles lo alzaron a los cielos. Cuando Jesús se hubo ido, los discípulos se desperdigaron por las diferentes partes de Israel y del resto del mundo y la verdad tan odiada por Satán, fue perseguida como siempre lo ha sido por la falsedad. Puesto que algunos hombres perversos haciéndose pasar por discípulos dijeron que Jesús había muerto pero no había resucitado. Otros dijeron que Jesús había muerto pero sí había resucitado. Y otros dijeron y todavía lo dicen que Jesús es el Hijo de Dios y entre ellos está Pablo el engañado. Pero nosotros, como se ve en todo lo que he escrito, esto es lo que enseñamos a los que temen a Dios, para que así se salven en el Último Día del Juicio de Dios. Amen”. Evangelio de Bernabé: 221-222.
A pesar de que como ocurre con todos los Evangelios es imposible verificar con absoluta certeza el contenido del Evangelio de Bernabé al no existir un manuscrito anterior original y auténtico, su narración de lo ocurrido tiene sentido y explica la confusión que rodea los acontecimientos sucedidos en la detención y posterior crucifixión. Explica también por qué algunas narraciones, escritas por personas que no estaban presentes en estos sucesos dan validez a la creencia de que Jesús fue realmente crucificado. Lo más importante quizás es que la versión de Bernabé no contradice lo contenido en el Corán, que es la única declaración al respecto que puede considerarse cierta en nuestros días. Existen también varias fuentes históricas aparte de la Biblia y el Corán que confirman el hecho de que muchos de los primeros cristianos no creían que Jesús había muerto en la cruz; donde no parece haber total acuerdo es sobre si fue o no el que iba a traicionar a Jesús quien fue finalmente crucificado. Los Cerinthias y luego los Basilidianos, por ejemplo, ambos grupos pertenecientes a las primeras comunidades cristianas, negaban que Jesús fuera crucificado y que fue Simón de Cirenea el que ocupó su lugar. Cerinthus, un contemporáneo de Pedro, Pablo y Juan, negaba también la resurrección de Jesús. Los Carpocratianos, otra de las primeras sectas cristianas, creían que el crucificado no había sido Jesús sino uno de sus seguidores que se parecía mucho a él. Plotinus, que vivió en el siglo IV, narra que había leído un libro titulado Los Viajes de los Apóstoles en el que se narran los hechos de Pedro, Juan, Andrés, Tomás y Pablo. Entre otras cosas, el libro afirma que Jesús no fue el crucificado sino otro en su lugar, riéndose en consecuencia de los que creían haberlo hecho. Así pues, a pesar de que está claro que Jesús no fue crucificado, las fuentes difieren o no especifican quien ocupó su lugar; otras opiniones, por el contrario, emitidas dos mil años después, dudan del acontecimiento: Cuando se comprueba que la lista de ultrajes atribuidos a los soldados romanos repite casi verbalmente algunos pasajes del Antiguo Testamento es cuando se empieza a sospechar que el episodio descrito no es más que una mera invención. No hay ninguna otra descripción histórica conocida que describa lo ocurrido con Jesús después de la crucifixión excepto las contenidas en el Evangelio de Bernabé y en el Corán. Ambas describen el episodio conocido como la Ascensión cuando Jesús es sacado de este mundo suceso que también está descrito en el Evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles pero que como se puede señalar no es mencionado en los otros tres Evangelios oficialmente aceptados. Los Evangelios de Mateo y Juan no hablan de la Ascensión de Jesús. El de Lucas la sitúa en el día de la Resurrección cuarenta días después en los Hechos de los Apóstoles de los que se afirma que Lucas es el autor. Marcos menciona el suceso sin darle fecha en una declaración que hoy no se considera auténtica. En consecuencia la Ascensión carece de base sólida en lo que a las Escrituras se refiere. Sin embargo los comentaristas tratan esta importante cuestión con increíble ligereza. Por último y ya que Jesús aún no ha vuelto a este mundo, como él mismo prometió y como predijo el Profeta Muhammad, que Allah bendiga y conceda paz a ambos, es evidente que la vida de Jesús en este mundo aún no ha concluido y en consecuencia la narración histórica de las misma debe permanecer inconclusa a pesar de que, como veremos existen ya algunas descripciones de sucesos de la vida de Jesús que tendrán lugar a su regreso.
Resurrección Del Divino Ungido. Después de las infamias que ha relatado la historia en cuanto a la captura, encarcelamiento, torturas y muerte del Divino Redentor, los Archivos de la Luz Akashica nos permiten verlo triunfador ante la vida y la muerte presentarse ante sus seguidores que sumidos en indescriptible dolor se encontraban. Se sentían huérfanos y sabedores de la terrible persecución que se desataba en su contra. Habían quedado enmudecidos por el llanto y la pena y no acertaban qué camino tomar, carecían de toda fuerza de actuar. Se habían dispersado en diferentes grupos y El Maestro Divino hizo su radiante aparición a ellos y les indicó salir de inmediato hacia Galilea adonde volverían a encontrarse. Al llegar a la casita, María se dirigió a su pequeña habitación esperando encontrar la muerte de un momento a otro, pero al abrir la puerta, un enorme resplandor que casi la cegó, envolvía como una nube de fuego la figura de los dos seres que más había amado: a JOSE y a JESUS, quienes sonrientes dijeron: “Mujer Bienaventurada… No estás sola en el mundo, porque el Amor Eterno unió nuestras vidas a la tuya, y unidos estaremos por toda la eternidad. Lo que Dios ha unido, nadie podrá separarlo”… Estas radiantes apariciones se repitieron diariamente a unos, y a otros; de todos aquellos en cuyas almas ardía como una llamarada viva el amor puro y desinteresado al Cristo Mártir. Y cuando se cumplían los cuarenta días del domingo de Pascua, en que comenzaron las apariciones, los mandó reunirse todos en la solitaria orilla del mar, al sur de Tiberios, a la hora en que se confunden las últimas claridades del ocaso con las sombras primeras de la noche. Allí acudieron también los solitarios del Tabor y del Carmelo (Los Esenios) y en pocas palabras al aparecer el Maestro, se hizo una síntesis de cuanto les había enseñado en los días de su predicación. “Yo vuelvo a mi Padre, y vosotros como aves viajeras iréis por todos los países de la tierra donde viven seres humanos que son hermanos vuestros a enseñar mi doctrina del amor fraterno, confirmada por todas las obras de amor que me habéis visto realizar. Desde mi Reino de luz y de amor, seguiré vuestros pasos, como el padre que envía a sus hijos a la conquista del mundo, y espera verles volver triunfantes a recibir la corona de herederos legítimos, de verdaderos continuadores de mi doctrina sostenida al precio de vida. Como Yo lo hice, lo podéis hacer vosotros, porque todas mis obras están al alcance de vuestra capacidad, si hay en vosotros amor a Dios sobre todas las cosas y el prójimo como a vosotros mismos”. Y extendiendo sus manos radiantes de luz sobre todos sus amados, puestos de rodillas sobre la arena de la playa, les bendijo diciéndoles: “Voy al Padre, pero mi amor unido al vuestro, no me dejará separado de vosotros… La esplendorosa visión final se esfumó como el sol entre las primeras sombras de la noche, que continuó avanzando lentamente como fina hada sigilosa que tendiera sus velos negros salpicados de estrellas… Nadie se movía en aquella playa silenciosa, y todos los ojos estaban Fijos en el sitio donde la visión amada había desaparecido. No había en ellos tristeza, ni dolor, y no obstante lloraban con esa emoción íntima y profunda, sólo conocida de las almas de oración y recogimiento, que conocen la suavidad infinita del Amor Divino que se desborda como un manantial de luz y de dicha, sobre aquellos que se le entregan sin reservas.
Los ancianos solitarios del Tabor y del Carmelo, fueron los primeros en reaccionar de aquel estado semiestático en que todos estaban, y el más anciano de entre ellos les dijo: “Ya sabéis que ocultos en nuestros santuarios de roca vivimos para El y para vosotros, en cuanto podáis necesitar de nuestra ayuda espiritual y material. Lejos de las miradas del mundo que no le ha comprendido, abriremos horizontes a nuestras vidas, para que seamos un reflejo de lo que fue nuestro excelso Maestro en medio de la humanidad. El Cristo martirizado y muerto sosteniendo su doctrina, será siempre la estrella polar que marcará nuestra ruta entre las tinieblas y la incer­tidumbre de la vida terrestre. ¡Todos somos viajeros eternos! Y una sola luz alumbra nuestro camino: “EL CRISTO DEL AMOR, DE LA FRATERNIDAD Y DE LA PAZ. ¡SIGÁMOSLA! “Sigamos también nosotros LOS PASOS DEL AVATAR”.
La Resurrección. Cuando se acabó el sábado, Juan fue con las santas mujeres, las consoló. Pero no podía contener sus propias lágrimas por lo que se quedó con ellas solo un corto espacio de tiempo. Entonces, Pedro y Santiago el menor fueron también a verlas con el mismo propósito de confortarlas. Ellas prosiguieron con su pena después de que ellos se fueran.
Vi el alma de Nuestro Señor entre dos ángeles ataviados de guerreros; era luminosa, resplandeciente como el sol del mediodía, la vi atravesar la piedra y unirse con el Sagrado Cuerpo. Vi moverse sus miembros, y el Cuerpo del Señor, unido con su alma y con su divinidad, salir de su mortaja brillante de luz. En ese mismo instante me pareció que una forma monstruosa, con cola de serpiente y una cola de dragón salía de la tierra debajo de la peña, y que se levantaba contra Jesús. Creo que también tenía una cabeza humana. Vi que en la mano del Resucitado ondeaba un estandarte. Jesús pisó la cabeza del dragón y pegó tres golpes en la cola con el palo de su bandera. Desapareció primero el cuerpo, después la cabeza del dragón y quedó solo la cabeza humana. Yo había visto muchas veces esta misma visión antes de la Resurrección y una serpiente igual a la que estaba emboscada en la concepción de Jesús. Me recordó también la serpiente del paraíso, pero esta todavía era más horrorosa. Creo que era una alegoría de la profecía: “El hijo de la mujer romperá la cabeza de la serpiente” y me pareció un símbolo de la victoria sobre la muerte, pues cuando Nuestro Señor aplastó la cabeza del dragón, ya no vi el sepulcro. Jesús resplandeciente, se elevó por medio de la peña. La tierra tembló. No de los ángeles guerreros, se precipitó del cielo al sepulcro como un rayo, apartó la piedra que cubría la entrada y se sentó sobre ella. Los soldados cayeron como muertos y permanecieron en el suelo sin dar señales de vida. Casio, viendo la luz brillar en el sepulcro se acercó, tocó los lienzos vacíos y se fue con la intención de anunciar a Pilato lo sucedido. Sin embargo aguardó un poco porque había sentido el terremoto y había visto al ángel apartar la piedra a un lado y el sepulcro vacío. Más no había visto a Jesús. Mientras la Santísima Virgen oraba interiormente llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirle que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque Nuestro Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo; se envolvió en su manto y se fue, dejando allí alas santas mujeres sin decir nada a nadie. Le vi encaminarse deprisa hacia la pequeña puerta de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro. Caminaba con pasos apresurados, cuando la vi detenerse de pronto en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad y el alma de Nuestro Señor, resplandeciente, bajó hasta su Madre acompañada de una multitud de almas y patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos dijo: “He aquí a María, he aquí a mi Madre”. Pareció darle un beso y luego desapareció. En el mismo instante en que un ángel entraba en el sepulcro y la tierra temblaba vi a Nuestro Señor resucitado apareciéndose a su Madre en el Calvario; estaba hermoso y radiante. Su vestido que parecía una copa, flotaba tras Él, era de un blanco azulado, como el humo visto a la luz del sol. Sus heridas resplandecían, y se podían ver a través de los agujeros de las manos. Rayos luminosos salían de las puntas de sus dedos. Las almas de los patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre, que se posternó para besar sus pies, mas Él la levantó y desapareció. Se veían luces de antorchas a lo lejos cerca del sepulcro, y el horizonte se esclarecía hacia el oriente, encima de Jerusalén. La Santa Virgen cayó de rodillas y besó el lugar donde había aparecido su Hijo. Debían ser las nueve de la noche. Sus rodillas y sus pies quedaron marcados sobre la piedra. La visión que había tenido la había llenado de un gozo indecible. Y regresó confortada junto a las santas mujeres, a quienes halló ocupadas en preparar ungüentos y perfumes. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado, consoló a las demás y las fortaleció en su fe.
Las Santas Mujeres. La Santa Virgen se unió a la preparación de los bálsamos que las santas mujeres habían empezado a elaborar en su ausencia. La intención de ellas era ir al sepulcro antes del amanecer del día siguiente, y verter esos perfumes en el Cuerpo de nuestro Señor. Estaban cerca de la pequeña puerta de Nicodemus cuando Nuestro Señor resucitó pero no vieron nada de los prodigios que habían acontecido en el sepulcro. Tampoco sabían que habían puesto allí una guardia, porque no habían ido la víspera a causa del sábado. Mientras se acercaban se preguntaban entre sí con inquietud: “¿Quién nos apartará la piedra de la entrada?” Querían echar agua de nardo y aceite aromatizado con flores sobre el Cuerpo de Jesús. Querían ofrecer a Nuestro Señor lo más precioso que pudieran encontrar para honrar su sepultura. La que había llevado más cosas era Salomé, no la madre de Juan, sino una mujer rica de Jerusalén, pariente de san José. Decidieron que, cuando llegaran, dejarían sus perfumes sobre la piedra y esperarían a que alguien pasara para apartarla. Los guardias seguían tendidos en el suelo y las fuertes convulsiones que los sacudían, demostraban cuán grande había sido su terror. La piedra estaba corrida hacia la derecha de la entrada, de modo que se podía penetrar en el sepulcro sin dificultad. Los lienzos que habían servido para envolver a Jesús estaban sobre el sepulcro. La gran sábana estaba en su sitio pero sin su Cuerpo. Las vendas habían quedado sobre el borde anterior del sepulcro, las telas con que María Santísima había envuelto la cabeza de su Hijo estaban en donde había reposado esta. Vi a las santas mujeres acercarse al jardín, pero, cuando vieron las luces y los soldados tendidos alrededor del sepulcro, tuvieron miedo y se alejaron un poco. Pero Magdalena, sin pensar en el peligro, entró precipitadamente en el huerto y Salomé la siguió a cierta distancia. Otras dos, menos osadas se quedaron en la puerta. Magdalena, al acercarse a los guardias, se sintió sobrecogida y esperó a Salomé; las dos juntas pasaron entre los soldados caídos en el suelo y entraron en la gruta del sepulcro. Vieron la puerta apartada de la entrada y cuando, llenas de emoción penetraron en el sepulcro, encontraron los lienzos vacíos. El sepulcro resplandecía y un ángel estaba sentado a la derecha sobre la piedra. No sé si Magdalena oyó las palabras del ángel, mas salió perturbada del jardín y corrió rápidamente a la ciudad, donde se hallaban reunidos los discípulos. No sé tampoco si el ángel habló a María Salomé, que había quedado en la entrada del sepulcro, pero la vi salir también muy deprisa del jardín, detrás de Magdalena, y reunirse con las otras dos mujeres anunciándoles lo que había sucedido. Se llenaron de sobresalto y de alegría al mismo tiempo, y no se atrevieron a entrar.
Casio que había esperado un rato, pensando quizá que podía ver a Jesús, fue a contárselo todo a Pilato. Al salir se encontró con las santas mujeres, les contó lo que había visto y las exhortó a que fueran a asegurarse por sus propios ojos. Ellas se animaron y entraron en el huerto. A la entrada del sepulcro vieron a dos ángeles vestidos de blanco. Se asustaron y se cubrieron los ojos con las manos y se postraron en el suelo; pero uno de los ángeles les dijo que no tuvieran miedo y que no buscaran allí al crucificado porque había resucitado y estaba vivo. Les mostró el sudario vacío y les mandó decir a los discípulos lo que habían visto y oído añadiendo que Jesús les predeciría en Galilea y que recordaran sus palabras: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores que lo crucificarán pero Él resucitará al tercer día. Entonces los ángeles desaparecieron. Las santas mujeres temblando pero llenas de gozo se volvieron hacia la ciudad. Estaban sobrecogidas y emocionadas; no se apresuraban sino que se paraban de vez en cuando para mirar a ver si veían a Nuestro Señor o si volvía Magdalena. Mientras tanto Magdalena había ya llegado al cenáculo, estaba fuera de sí y llamó a la puerta con fuerza. Algunos discípulos estaban todavía acostados. Pedro y Juan le abrieron. Magdalena les dijo desde fuera: “Se han llevado el Cuerpo del Señor y no sabemos a dónde lo han llevado”. Después de estas palabras se volvió corriendo al huerto. Pedro y Juan entraron alarmados en la casa y dijeron algunas palabras a los otros discípulos. Después la siguieron corriendo; Juan más deprisa que Pedro. Magdalena entró en el jardín y se dirigió al sepulcro. Llegaba trastornada por su dolor y sus carreras, cubierta de rocío con el manto caído y sus hombros descubiertos al igual que sus largos cabellos. Como estaba sola no se atrevió a bajar a la gruta y se detuvo un instante en la entrada. Se arrodilló para mirar adentro del sepulcro y al echar hacia atrás sus cabellos que caían por su cara vio dos ángeles vestidos de blanco sentados a ambos extremos del sepulcro. Oyó la voz de uno de ellos que decía: “Mujer, ¿por qué lloras?” Ella gritó en medio de su dolor, pues no repetía más que una cosa y no tenía más que un pensamiento al saber que el Cuerpo de Jesús no estaba allí: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Después de estas palabras se puso a buscar frenéticamente aquí y allá pareciéndole que iba a encontrar al Salvador, presintiendo confusamente que iba a encontrarlo y que estaba cerca de ella. Ni la aparición de los ángeles podía distraerla de este pensamiento. Parecía que no se diera cuenta de que eran ángeles y no podía pensar más que en su Maestro: “Jesús no está ahí, ¿dónde está Jesús?”. La vi moverse de un lado a otro como el que ha perdido la razón. El cabello le caía sobre amos lados sobre la cara, se lo recogió con las manos echándoselo hacia atrás y entonces, a diez pasos del sepulcro, en el oriente, donde el jardín sube hacia la ciudad vio aparecer una figura vestida de blanco, entre los arbustos a la luz del sepulcro y corriendo hacia él oyó que le dirigía estas palabras: “Mujer ¿por qué lloras?” Creyó que era el huertano porque llevaba una azada en la mano y sobre la cabeza un sombrero ancho, que parecía hecho de corteza de árbol. Yo había visto bajo esta forma al jardinero de la parábola de Jesús que contara en Betania a las santas mujeres poco antes de su Pasión. No resplandecía sino que era como un simple hombre vestido de blanco a la luz del crepúsculo. Él le preguntó de nuevo: “¿Por qué lloras?” Entonces ella en medio de sus lágrimas respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé a dónde. Si lo has visto dime dónde está y yo iré a por Él.” Y volvió a dirigir la vista frenéticamente a su alrededor. Entonces Jesús le dijo con su voz de siempre: “¡Magdalena!” Ella reconociendo su voz y olvidando crucifixión, muerte y sepultura, como si siguiera vivo dijo volviéndose repentinamente hacia Él: “¡Rabí!” postrándose de rodillas ante Él, con sus brazos extendidos hacia los pies del Resucitado. Pero Él la detuvo diciéndole: “No me toques, pues aún no he subido hacia mi Padre. Ve a decirles a mis hermanos que subo hacia mi Padre y Vuestro Padre, hacia mi Dios y Vuestro Dios” y desapareció. Jesús le dijo que no le tocara a causa de la impetuosidad de ella, que pensaba que Él vivía la misma vida que antes. En cuanto a las palabras de “aún no he subido a mi Padre” quería expresar que aún no había dado las gracias al Padre por la obra de la Redención, a quién pertenecen las primicias de la alegría. Pero ella en el ímpetu de su amor, ni siquiera se daba cuenta de las cosas grandes que habían pasado. Lo único que quería era poder besar sus pies como antes. Después de un momento de perturbación Magdalena corrió al sepulcro, donde seguían los ángeles, que le repitieron las mismas palabras que habían dicho alas otras mujeres, que no buscaran allí al Crucificado porque había resucitado como había predicho. Segura entonces del milagro salió a buscar a las santas mujeres encontrándolas en el camino que conduce al Gólgota. Toda esta escena no duró más de tres minutos. Eran las dos y media cuando Nuestro Señor se había aparecido a Magdalena y Juan y Pedro llegaban al jardín justo cuando ella acababa de irse. Juan entró el primero deteniéndose a la entrada del sepulcro. Miró por la piedra apartada y vio que estaba vacío. Después llegó Pedro y entró en la gruta donde vio los lienzos doblados. Juan le siguió e inmediatamente creyó que había resucitado y ambos comprendieron claramente todas las palabras que les había dicho. Pedro escondió los lienzos bajo su manto y volvieron corriendo. Los ángeles seguían allí pero creo que Pedro no los vio. Juan dijo más tarde a los discípulos de Emaús que había visto desde fuera a un ángel. En ese momento los guardias revivieron, se levantaron y recogieron sus picas y faroles. Estaban aterrorizados. Yo los vi correr hasta llegar a las puertas de la ciudad. Mientras tanto Magdalena contó a las santas mujeres que había visto a Nuestro Señor y lo que los ángeles le habían dicho; luego se volvió a Jerusalén y las mujeres al jardín creyendo que allí encontrarían a los dos Apóstoles. Cuando ya estaban cerca Jesús se les apareció vestido de blanco y les dijo: “Yo os saludo”. Ellas se echaron a sus pies anonadadas. Él les dijo algunas palabras y parecía indicarles algo con la mano. Luego desapareció. Entonces las santas mujeres corrieron al cenáculo y contaron a los discípulos que quedaran allí, lo que habían visto. Ellos no querían creerlas ni a ellas ni a Magdalena, calificando todo lo que les decían de sueños de mujeres, hasta que volvieron Pedro y Juan. Al regresar estos se habían encontrado también con Tadeo y Santiago el menor, que los habían seguido y estaban muy conmovidos, ya que Nuestro Señor se les había aparecido a ellos también cerca del cenáculo. Yo había visto a Jesús pasar delante de Pedro y de Juan y me pareció que Pedro lo vio porque lo vi sobrecogerse súbitamente. No sé si Juan lo reconoció.
Los Guardias. Casio fue a ver a Pilato una hora tras la Resurrección cuando aún el Gobernador romano estaba durmiendo. Le contó emocionado cuanto había visto en el huerto. Le relató sobre el temblor de la peña y cómo un ángel había apartado la piedra del sepulcro y que los lienzos quedaran vacíos. Le dijo que Jesús de Nazaret era efectivamente el Mesías, el Hijo de Dios y que, verdaderamente había resucitado. Pilato escuchó todo el relato con terror escondido y sin querer demostrarlo dijo a Casio: “Eso son supersticiones, has cometido una necedad acercándote tanto al sepulcro del Galileo, sus dioses se han apoderado de ti y te han hecho ver todas esas visiones fantásticas que ahora me cuentas. Te aconsejo que no digas nada de esto a los sacerdotes, porque ellos podrían perjudicarte”. Hizo como si creyera que los discípulos hubieran robado y escondido el Cuerpo de Jesús mientras los guardias se habían dormido borrachos y que contaban esas supercherías para no declarar y reconocer su negligencia. Cuando Pilato hubo dicho todo esto y Casio se fue, él corrió a ofrecer sacrificios a sus dioses. Los cuatro soldados que habían estado custodiando el sepulcro llegaron a continuación y relataron a Pilato lo mismo que Casio, pero él no queriendo escucharles más, los envió a Caifás. Los demás soldados estaban ya en el templo donde se habían reunido muchos ancianos judíos, ante los que narraban lo que había ocurrido en el huerto del sepulcro. Después de las deliberaciones, los ancianos cogieron a los soldados uno a uno y a fuerza de dinero o amenazas, los fueron convenciendo para que contaran que los discípulos se habían llevado el Cuerpo de Jesús mientras ellos dormían. Los soldados dijeron que sus compañeros habían ido a casa de Pilato a contarles lo mismo y que les iban a contradecir, pero los fariseos les prometieron que lo amañarían todo con el gobernador. En esto llegaron los soldados que habían ido a casa de Pilato y se negaron a rectificar lo que le habían contado a este.
Se había ido corriendo el rumor de que José de Arimatéa se había librado milagrosamente de la prisión. Así que cuando los soldados fueron acusados por los fariseos de haberse dejado sobornar por los discípulos de Cristo para dejarles llevarse el Cuerpo y amenazados con fuertes castigos por no presentar el cadáver de Jesús, los soldados dijeron que cómo era que no castigaran también a los que no habían podido custodiar y presentar el de José. Algunos que se mantuvieron firmes en lo que habían dicho y hablaron libremente del juicio inicuo de la antevíspera y del modo en que se había interrumpido la Pascua, fueron enviados a la cárcel. Los demás difundieron el embuste que fue extendido por los saduceos, herodianos y fariseos, esparciéndolo por todas las sinagogas y acompañándolo de injurias contra Jesús. Sin embargo todas esas calumnias no consiguieron lo que pretendían, porque tras la Resurrección de Jesús, muchos de los judíos de la ley antigua se aparecieron a muchos de sus descendientes que eran capaces de recibir la gracia, exhortándolos a que se convirtiesen. Muchos discípulos dispersados por el país y atemorizados, vieron también apariciones semejantes que los consolaron y afirmaron en la Fe. La aparición de los muertos que salieron de sus sepulcros no tenían el aspecto de Jesús Resucitado, renovado y con su Cuerpo glorificado, no sujeto a la muerte, con el que subió al cielo ante sus discípulos; sino que esos cuerpos que habían salido del sepulcro para dar testimonio de Cristo, eran simples cadáveres, prestados como vestiduras a las almas que los habían habitado, para luego volver a dejarlos nuevamente en la tierra, hasta que resuciten como todos nosotros el día del Juicio Final. Ninguno resucitó como Lázaro, que realmente volvió a la vida y luego murió por segunda vez.
Final De Las Visiones De La Pasión, Muerte Y Resurrección De Jesús. El domingo siguiente, si mal no recuerdo, vi a los judíos lavar y purificar el Templo ofreciendo sacrificios expiatorios, escondiendo las señales del terremoto con tablas y alfombras y continuaron las celebraciones de la Pascua que se habían interrumpido. Dijeron que no se habían podido terminar aquel mismo día por la presencia de impuros al Templo y aplicaron no sé de qué modo, una visión de Ezequiel sobre la resurrección de los muertos. Amenazaron con graves castigos a los que murmuraran o hablaran; sin embargo no calmaron sino a la parte del pueblo más ignorante e inmoral. Los mejores se convirtieron primero en secreto y después de Pentecostés, abiertamente. El Sumo Sacerdote y sus acólitos perdieron una gran parte de su osadía al ver que la doctrina de Jesús se propagaba tan rápidamente. En el tiempo del diaconado de San Esteban, Ofel y la parte oriental del Sión no podían contener la comunidad cristiana y fueron ocupando el espacio que se extiende desde la ciudad hasta Betania. Vi a Anás como poseído por el demonio y al final fue confinado para no volver a ser visto nunca más públicamente. La locura de Caifás era menos evidente exteriormente, en cambio era tal la violencia de la rabia secreta que lo devoraba, que acabó perturbado en su raciocinio. El jueves después de la Pascua, vi a Pilato hacer buscar a su mujer inútilmente por la ciudad. Estaba escondida en casa de Lázaro, en Jerusalén. No podían adivinarlo, pues ninguna mujer habitaba en aquella casa. Esteban, que era primo de San Pablo, le llevaba comida y le contaba lo que sucedía en la ciudad. También vi a Simón el Cirineo el día después de la Pascua; fue a ver a los Apóstoles y les pidió ser instruido y bautizado por ellos. Casio dejó la milicia y se juntó con los discípulos. Fue uno de los primeros que recibieron el bautismo, después de Pentecostés, junto con otros soldados convertidos al pie de la Cruz.

EN BETANIA. El Maestro tendría su residencia en Betania en la casa de Marta y Lázaro. Ahí le esperaba su madre ansiosa de estrecharle entre sus brazos y una gran cantidad de amigos y aliados que desde lejanas tierras habían venido para ponerse de acuerdo en la realización de sus planes. El príncipe Melchor de Oreb, ya con 90 años de vida, Filón de Alejandría, y muchos más celebraban una asamblea con JESÚS para poner a su disposición sus fortunas y miles de soldados armados. Dicha reunión fue celebrada y a todos los ofrecimientos solo iba anotando en silencio las cifras que indicaban los hombres de armas que cada jefe de estado le ofrecía. Sumaban 4600 hombres. Al terminar las lecturas se puso de pie y así les habló: *Cuatrocientas mil seiscientas vidas humanas que representan otros hogares, exponéis a morir para que yo sea Rey de Israel. Y os llamáis hijos del Dios de Moisés, cuya Ley dice: «NO MATARAS». ¿0 creéis que las legiones del César os esperaran con los brazos cruzados o tocando cítaras y laúdes? El Rey David del cual decís que desciendo, devastó y asoló los países desde el Éufrates al Mar Rojo para ensanchar sus dominios y colmar sus ambiciones de poder y riquezas. El Supremo Señor a quien yo represento, no es el Jehová de los ejércitos que los doctores y principales de Israel vislumbraron, a la luz de relámpagos y entre el brillar de las lanzas y el silbido de las flechas.” Es el Dios que dijo a Moisés desde la cumbre del Sinaí: «Ámame sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. «Ámame sobre la luz del sol que vigoriza toda vida y cuya fuerza de atracción mantiene el equilibrio de los mundos de este sistema. Ámame sobre el agua de las lluvias con que fecundo tus campos, para que tengas Aceite y trigo en tus bodegas y vino en tus lagares, ámame sobre el aire que respiras, la luz que te alumbra, la tierra que te sostiene, los bosques que te dan fuego, los huertos que te ofrecen sus frutos y los jardines que te coronan de mirtos y rosas; ámame sobre todas las cosas, porque soy tu creador y tu dueño, y ama a todos los seres semejantes a ti, porque soy el padre de todos, y todos salisteis de mi seno para ser justos y felices en la posesión eterna de mi amor». “Si el concepto que tenéis del Dios a quien adoráis, es diferente del que acabo de esbozar, creedme que estáis engañados. “Mi reinado no se impondrá con las armas, ni con el exterminio, he dicho y añado aún mas: Mi manto blanco de Maestro de Divina Sabiduría, no se manchará con sangre de hermanos, ni se mojará en el llanto de ancianos desolados, de viudas desamparadas, y de huérfanos ambulantes por los caminos. “¿El Eterno Dador de la vida, me habría ungido acaso para levantare un trono de oro a costa de innumerables vidas y de infinito dolor humano? ¿Creéis que Dios Omnipotente que hizo surgir millones de mundos de sí mismo, necesita que mueran asesinados en los campos de batalla multitud de criaturas, para levantar un enviado suyo, como rey de una nación determinada? “Mi reinado es eterno sobre este mundo, que el Padre Celestial me dio en heredad desde inmensas edades, y yo sabré mantener este divino legado por los siglos de los siglos… “Mi trono estará formado de corazones amantes, *amigos míos… mi corona real será forjada en diamante, por todos los que habrán triunfado de la mentira y la ignorancia, y vendrán a mí con sus manos puras y sus frentes coronados de rosas. “Mi túnica de lino y mi manto de púrpura, serán tejidos por las manos que visten al desnudo y secan el llanto de los doloridos. “Esperad en paz y alegría de espíritu, que cuando el Padre me haya levantado a donde debo subir, lo que ahora no comprendéis será claro para vosotros como la luz del medio día”. Las frentes se habían inclinado pensativas, las palabras de JESUS con sus irresistible lógica, no admitían réplica alguna. Se había reconocido Él mismo, como el Mesías anunciado por los profetas, y Ungido del Eterno para la salvación de la humanidad. ¡Había aclarado eterno su reinado sobre la tierra, que era la heredad que el Padre le dio, y había añadido que Él sabría mantener ese divino legado por los siglos de los siglos! Luego entonces, JESUS era mucho más grande en su misión y en su capacidad de lo que ellos se habían figurado. A través de sus palabras podía comprenderse que había venido con potestad divina sobre todo este mundo, y que era demasiado mezquino el nombre asignado por ellos: “Rey de Israel”. Así pues, les desarmó de inmediato hasta el punto de sentirse avergonzados. Esperarían del Padre Eterno su Divina Bondad y de su amado Hijo el hecho maravilloso que seguramente se realizaría en el momento más inesperado para beneficio de todos.

CONSAGRACIÓN DE JESÚS COMO MAESTRO DE ALMAS EN MOAB. Después de siete asambleas en las que Jesús dio pruebas de haber superado la alta ciencia a que las escuelas de conocimiento superior estaban dedicadas, se procedió a consagrarlo como Maestro de Almas con una ceremonia plena de símbolos en extremo emotivos. Revestidos todos con sencillas túnicas de un violeta casi negro, sujeta la cintura por un cordel de cáñamo, todo ello símbolo de penitencia y humillación, cantaron al compás de salterios el Salmo 57, en que el alma se abandona plenamente en la inmensidad del amor misericordioso a la espera de la Luz, de la Fuerza, de la Esperanza y del consuelo que solo de Dios puede venir. Entonces Jesús tuvo la más tremenda visión que le dio a conocer claramente su camino en medio de la humanidad. Lentamente fue cayendo en ese estado extático, en que el eterno amor sumerge a las almas que se les entregan plenamente en un total abandono, en completo olvido de sí mismos para no buscar ni querer sino la divina voluntad. Se vio a sí mismo de pie al borde de un abismo inconmensurable y tan oscuro, que sólo con grandes esfuerzos pudo ver lo que allí acontecía. Como repugnantes larvas, como menudos gusanos, cual sucios animales revueltos en un charco nauseabundo formado de lodo y sangre, de piltrafas putrefactas, vio a la humanidad terrestre con ansias de muerte y entre estertores de una agonía lenta y cruel, donde los padecimientos llegaban al paroxismo, y el egoísmo y la ambición se tornaban en la locura fatal del crimen. Una décima parte de la humanidad eran verdugos vestidos de púrpura, oro y piedras, que entre el inmundo charco se divertían en aplastar como hormigas, a las nueve partes restantes, sometiéndolas a las torturas del hambre, la fatiga, de las epidemias, de la desnudez, del frío, del fuego, de la horca, de las mutilaciones, de la esclavitud y de la miseria en sus variadísimas formas. Acto seguido, vio levantarse del fondo mismo de aquel negro abismo, una blanca claridad como una luna de plato que subía y subía. Aquel disco luminoso se ensanchó de pronto, disipando las tinieblas, y en el centro de ese disco se dibujó un negro madero con un travesaño en su parte superior. Era una cruz en la forma usada para ajusticiar a los esclavos que huían de sus amos, a los bandoleros asaltantes de las caravanas y a los piratas bandoleros del mar. En aquel madero aparecía un hombre ensangrentado y moribundo cuyos ojos llenos de llanto miraban con piedad a la muchedumbre inconsciente y bárbara, que aullaba como una manada de lobos hambrientos. Jesús espantado se reconoció a sí mismo en el hombre que agonizaba en aquel madero de infamia. Una, divina claridad apareció sobre El y la voz dulcísima de uno de sus guías le dijo: Ese es el altar de tu sublime holocausto en favor de la humanidad que perece. Eres libre aún de tomarlo para ti o dejarlo. Ninguna ley te obliga. Tu libre albedrío es señor de ti mismo. El amor es quien decide. Elige. ¡Elige, insistió la voz. Es el momento decisivo de tu glorificación final. Es el triunfo del amor sobre el egoísmo. De la verdad sobre la mentira; del bien sobre el mapa. ¡Lo quiero para mí, lo elijo para mí!… Yo soy ese hombre que muere en la infamia para salvar de la infamia a toda la humanidad gritó Jesús con un formidable grito que oyeron todos los que estaban presentes y hubiera rodado como una masa inerte sobre las esteras del pavimento, si los ancianos que le rodeaban no se hubieran precipitado a levantarlo en sus brazos. Al siguiente día y cuando el sol estaba en el cenit, todos los moradores del gran santuario de Moab, vestían túnicas de lino y coronas de mirtos y de olivo. Y el Gran Servidor después de quemar incienso en la hoguera del altar, donde estaban los Tablas de la Ley y los Libros de Moisés y de los profetas, hizo a Jesús este interrogatorio:
Jesús De Nazaret hijo de María y José, de la descendencia real de David, ¿quieres ser consagrado Maestro de Almas en medio de la humanidad? Quiero! fue la contestación del interrogado. ¿Aceptas los Diez Mandatos de la Ley inspirada por Dios a Moisés y la reconoces como la única eficiente para conducir a la humanidad al amor fraternal que la salvará? Acepto esa Ley en todas sus partes y reconozco su origen divino y capacidad para salvar a los hombres. ¿Aceptas voluntariamente todos los sacrificios que tu misión divina, de Maestro te impondrá en adelante? Los acepto, incluyendo hasta el de la vida misma. Entonces todos los ancianos levantaron su diestra sobre la cabeza inclinada de Jesús y pronunciaron voz en alto las solemnes palabras de la Bendición de Moisés, por la cual pedían para Él su dominio de todas las fuerzas corrientes y elementos de la Naturaleza, obra magnífica de Dios. Un formidable: Dios Te Salve Ungido, Sacerdote Eterno, Salvador De Los Hombres.

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