Jesús y Lázaro


INFANCIA Y JUVENTUD DE JESÚS.Transcurrió en la Galilea formadora de hombres nada conformistas. Tal vez las peores tempestades no hayan llegado a la pequeña Nazaret, pero sí sus espantosos ecos, como la destrucción de Séforis a sólo 4 Km. de distancia. En el año 4 a.C., el gobernador romano de Siria había reprimido violentamente el levantamiento de la ciudad: “Varo envió una parte de su ejército a Galilea, situada cerca de Ptolemaida, y a Cayo, uno de sus amigos, como capitán. Cayo derrotó a las tropas que enviaron contra él, tomó Séforis, la incendió y redujo a esclavitud a sus habitantes” (Guerra Judía II, 68). La reiteración de episodios como estos y la carga de pesados tributos habían ido llenando la región de viudas despojadas, niños huérfanos, enfermos y enloquecidos, campos abandonados y multitud de pobres. La mayoría soportaba en silencio la pesada carga sin más consuelo que el advenimiento del poderoso Mesías davídico, que restablecería definitivamente a Israel como Reino de Dios, poniendo fin a todas las tristezas y dolores. Jesús no pudo desconocer esta mentalidad, porque sin duda debió haber escuchado en más de una oportunidad en la sinagoga las profecías mesiánicas leídas y explicadas durante el culto sabático: “¡Qué hermoso es el rey Mesías que ha de levantarse de entre los de la casa de Judá! Ciñe sus riñones y parte al combate contra sus enemigos y mata a reyes con príncipes. Tiñe de rojo las montañas con la sangre de sus víctimas y blanquea las colinas con la grasa de sus guerreros. Sus vestidos están empapados de sangre; se parece al que está pisando racimos” (Targúm de Jerusalén de Gen 49,11). Tales expectativas serían, muy posiblemente, las que poseían los que se agruparon alrededor suyo, como bien lo evidencian las palabras de los decepcionados discípulos de Emaús después de su crucifixión: “Nosotros esperábamos que sería él el que iba a liberar a Israel” (LC. 24,21). Sería, tal vez, la esperanza de Simón al proclamar ante Jesús: “Tú eres el Mesías” (MC 8,29). Sería, en fin, la tentación que tuvo que resistir Jesús a lo largo de su vida: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (MC 8,33).

JESÚS LÁZARO Y MARÍA MAGDALENA. Y ellos habían llegado de Betania y una mujer cuyo hermano había muerto estaba allí. Y viene ella, se postra ante Jesús y le dice: El hijo de David tiene misericordia de mí. Pero los discípulos la empujaron. Y Jesús, entrando con cólera, fue con ella hasta el jardín donde estaba la tumba. E inmediatamente, un gran grito fue oído en la tumba. E inmediatamente, entrando en la gruta de donde estaba el joven, amplió su mano y la levantó, llevándola por la mano. Pero el joven, mirándola, la amó y comenzó la petición ese él podría seguir él. Y que dejaba a la tumba los habían estado para la casa de los jóvenes, por lo tanto era rica. Después de 6 días, Jesús dijo a ella qué hacer y a la noche los jóvenes que debía tener con él, usando cáñamo arropan en su cuerpo descubierto. E seguía siendo con él que noche, por lo tanto Jesús le enseñó el misterio del reino del Dios. (Según este relato, desde un inicio Magalena y Jesucrito se aman y además el empieza el proceso de instrucción a María Magdalena). Entonces, se levantó, volvió a la otra cara del Jordán. Aunque este episodio no está en señales, él es suficientemente familiar, en la curación de Lázaro en el cuarto de Evangelio Juan. Sin embargo, algunas variaciones significativas existen. En el primer lugar, un “gran grito” en la tumba existe antes de que Jesús separe la roca o mande a su inquilino presentarse él. Esto sugiere que el inquilino no fuera difunto, así negar cualquier elemento del milagro. En según lugar, en el episodio de Lázaro, se parece tener algo más el que están ese las narrativas validadas en toma ellos a creer. Pues el profesor discute a Smith, él está en la realidad mucho más probable que todo el episodio si se relaciona con un conjunto, una muerte simbólica y renacimiento, los rituales y, de un muy común pulsa adentro al Oriente Medio en ese entonces. En la realidad, las únicas referencias el Lázaro están en el Evangelio de Juan. Si el Evangelio de Marcos fue expurgado tan dramáticamente, también fue cargado con adiciones falsas. En su versión original acaba con la crucifixión, el entierro y la tumba vacía. La escena de la resurrección y la reunión con los discípulos no existe. Más las Biblias modernas la resurrección contienen un extremo más convencional para el Evangelio de Marcos incluyendo La resurrección. Pero prácticamente todos los eruditos de la Biblia convienen donde está una adición este extremo ampliado posterior, fechado del final del siglo anexado II y al documento original. (Según el códice Vaticanus y el códice Sinaiticus, los finales de Evangelio de Marcos en 16,8). Si manejaron el Evangelio de Marcos tan fácilmente, es razonable asumir que los otros Evangelios fueron tratados de forma similar. De acuerdo con la tradición la madre de Jesús vino vivir exiliada en Éfeso, donde habría aparecido el cuarto Evangelio más adelante. No tiene ninguna indicación de ese “discípulo amado” que tiene al cuidado a La madre de Jesús durante la porción restante de la vida. Según el profesor de Schonfield, el cuarto de Evangelio probablemente no fue compuesto en Éfeso, sino solamente el retrabajado, revisado y corregido en griego envejecido, según quien trabajó ideas apropiadas.
El Ruego De Lázaro. El monte Nebo, estaba inmóvil, sólido cual zafiro ondulando entre viñedos y olivares camino de Jericó. Desde el morro en que estaba asentada la alquería, columbrábase en la penumbra temblorosa del amanecer. ; Sobre su cima, fulguraba el lucero rodeado de estrellas, que se iban apagando en la claridad cada vez más esplendente de la aurora; a sus pies, un poco hacia el austro, la vislumbre de las aguas del Mar Muerto encendía fugaces reflejos en las laderas y canchales de las montañas de Moab que comenzaban a diseñarse sobre el fondo dorado del cielo. Una paz infinita descendía del firmamento sobre la tierra soñolienta aún en el silencio del alba. Comenzaba el mes de Nizam, y el aire se henchía con el aroma del romero, madreselva y verbena y el olor a tierra mojada que exhalaban los campos recién arados. Abriose una puerta en la alquería y una joven apareció bajo el dintel. Era alta, esbelta, garbosa; miró a su alrededor con sus ojos negros y brillantes; atravesó luego lentamente el soportal, y tomando hacia su izquierda, comenzó a descender la pequeña altura en que se levantaba la casa; a poco andar se le reunió, siguiéndola unos pasos atrás, un muchacho que llevaba un cántaro sobre el hombro. En el bajo, a poca distancia, remontando hacia el norte surgía del flanco de una barranca un manantial que caía sobre el estanque de forma circular, en donde se reflejaban, trémulos e invertidos, cipreses de follaje denso y oscuro, cedros azulados y terebintos de hojas menudas y trémulas. A pocos pasos de la fuente se encontraba el establo; las vacas, que echadas sobre la paja, rumiaban apaciblemente, levantaron sus cabezas y mugieron suavemente al sentir entrar a la joven. ¡Arriba, perezosa! Exclamó la muchacha, acariciando el ancho lomo de una castaña; el animal se incorporó pesadamente, y adelantó su hocico húmedo en dirección a la recién llegada mirándola con sus grandes ojos mansos. ¡Suelta el becerro Goliat! Ordenó ésta al muchacho; fue atado el ternero a una pata delantera de la vaca, y la joven comenzó a ordeñar; pronto coló una artesa de leche blanca y espumosa que olía vagamente a pasto e hinojo. ¿Tan temprano ordeñando, Marta? Preguntó una voz muy dulce en la puerta del establo, y añadió: ¡Y a buen seguro que ya habrás encendido el fuego, barrido la casa, y alimentado a las gallinas! Eres incansable como la hormiga y solícita como la abeja, hermana. Eres muy bondadosa, María; tus palabras regocijan mis oídos y alegran mi corazón. No hago sino reconocer tus virtudes. Tal vez no lo sean; me ocupo de demasiadas cosas, hermana; bien dice el Maestro que tú has elegido la mejor parte. Al oír recordar al Rabí, los ojos violetas de María se humedecieron de ternura y miraron, extáticos, al cielo. Vamos dijo Marta, es hora de preparar el desayuno. Tomadas por la cintura, echaron a andar hacia la casa; pero no subieron hasta ella; cuando llegaron al estanque sentáronse en un banco de piedra que había en su orilla, y allí permanecieron pensativas. Cada una de ellas sabía lo que la otra pensaba. La preocupación era demasiado habitual y triste para que la ignorasen aunque guardaran silencio; la sentían presente, dolorosa y tenaz como una espina clavada en la carne. ¿No te encontraste aún con nuestro hermano? Preguntó María. Cuando me levanté, lo oí andar en el huerto. ¡Pobre Lázaro! ¡Lázaro! Era su suerte lo que atormentaba a sus hermanas. Mucho mayor que ellas, les había servido de padre durante los tristes años de una orfandad que había comenzado casi en la infancia. Ambas sentían por el hermano hondo cariño y se desvivían por endulzarle la vida. Sabían que Lázaro era desventurado, y esto era para ellas causa perpetua de pensar y amargura.
El Matrimonio de Lázaro. Todo empezó cinco años atrás con su casamiento. Lázaro, hasta el día de su boda, había sido un hombre de carácter apacible, y aunque algo reservado, optimista y alegre; el cultivo de su huerto, y el cuidado de sus animales y sembradíos, llenaban su pensamiento y sus horas. En un viaje que hizo a Jerusalén con motivo de la Pascua, conoció a Tamar. Su sola vista provocó en su corazón incontenible pasión. La pobreza de la moza, huérfana de padre, facilitó el matrimonio y abrevió el noviazgo. La madre, codiciosa, incitó a su hija a no dejar pasar una oportunidad que las libraba para siempre de la miseria o de cosas peores. La vieja creía rico a Lázaro porque sabía que era propietario de un fundo en Betania, lugar famoso por la feracidad de sus tierras, la dulzura de sus frutos, la buena calidad de sus aceites y la excelencia de sus mostos. Los recién casados se instalaron en la alquería, la suegra se quedó en Jerusalén, en donde murió un año después. La pareja fue desgraciada. La vida del campo aburría a Tamar. Era ambiciosa y aficionada al lujo. Hubiera deseado habitar en un palacio rodeado de jardines. Amaba con delirio las joyas; los rubíes color de sangre, las esmeraldas glaucas y misteriosas como los mares a la luz matinal; los berilos fulgentes como estrellas; los zafiros azules como las montañas lejanas; las amatistas que curan la embriaguez y ahuyentan los malos espíritus. Gustaba de los perfumes que turban los sentidos e incitan al amor, los ungüentos de nardo de Asiria y los aceites de Partía que traen los ismaelitas en sus camellos, el ámbar gris recogido en océanos misteriosos e introducido por los mercaderes de Diceápolis y Cesárea, las telas suntuosas de Tiro fabricadas por los tejedores fenicios del lago Tiberíades, las túnicas de lino de Egipto, las sedas de Shiva transparentes y casi impalpables… y luego, la vida amplia y fastuosa, los festines, las danzas, los viajes. ¿Y en qué habían parado sus ensueños? Habían sido aplastados por la realidad sórdida y brutal. Una vida opaca y ruin de campesina, un esposo ahorrativo, que se acostaba al anochecer y se levantaba con los pájaros; rudo en los modales, que sólo hablaba de bestias y labranzas, olía a veces a establo y atesoraba los ochavos con pertinacia y ardides de avaro. Tamar reconocía que la amaba y la trataba con bondad, pero jamás puede llenar nuestra vida un amor no compartido. No lo odiaba; se conformaba con despreciarlo; reservaba un odio ardiente, mudo, disimulado, feroz para María —a quien acusaba de holgazana, taimada, hipócrita; irritable su inalterable serenidad; su plácida belleza; sus ojos pensativos y dolorosos; su adhesión al Rabí, según ella un santurrón vagabundo, compinche de publicanos y prostitutas—. A Marta, sin quererla, la toleraba porque a menudo le era útil, la peinaba, le lavaba la ropa, le cocinaba sus manjares favoritos. En estas cosas pensaban Marta y María cuando oyeron un tropel en el camino. Subieron a la casa con el fin de cerciorarse de lo que ocurría; cuando llegaban al soportal se encontraron con Lázaro. ¡Los romanos! Exclamó éste encolerizado. ¡Es lo único que me faltaba! Y continuó, dirigiéndose a Marta, enumerando sus sinsabores de labriego: el burro de Simón el leproso, un vecino, había abierto un portillo en el cerco divisorio y estropeado los cebadales; los pájaros y las avispas dañaban los higos y racimos; uno de los corderos reservados para la ofrenda pascual había desaparecido; la acequia del alto se había desbordado e inundado los trigos; y ahora los romanos. ….. No se entendían éstos con los judíos. Ningún conquistador es amado y el desprecio es siempre gaje del vencido. El estacionamiento de una legión en tierras hebraicas era considerado como un castigo divino, enviado por Jehová a su pueblo empedernido en el pecado y reincidente perpetuo en la infidelidad. La soldadesca hurtaba melones y sandías, hartábase de higos, dátiles y uvas, apoderábase de huevos, gallinas y patos, robaban corderos y cabritos, maltrataban a los campesinos que osaban quejarse o reclamar, y lo que era peor, cortejaban a las mujeres casadas y requebraban a las mozas; no eran raros los estupros y violaciones y todos estos desmanes contaban con la impunidad; el pretorio estaba cerrado a los judíos. Según las apariencias, César había reemplazado a Jehová. No te atormentes, hermano dijo Marta y entró en la casa. El Señor te ayudará, apoyó María, que la aflicción no inquiete tu corazón. Las cohortes romanas fueron alineándose a lo largo del camino desde la frontera de la Idumea hasta las cercanías de Jericó. Con ocasión de la Pascua temíanse disturbios y hasta corrían rumores de sedición. Decíase que cierto profeta oriundo de Galilea se había proclamado como el Mesías prometido por los libros sagrados e intentaba coronarse rey de los judíos. Variadas tendencias, turbios intereses y solapados propósitos, coligábanse para causar la confusión y la inquietud, valiéndose de todos los medios, entre los pobladores de Judea. Los saduceos, nacionalistas exaltados, consideraban favorables a sus fines todo desorden, motín o tumulto tendiente a menoscabar la autoridad extranjera; los fariseos, adversarios de todo cambio que pudiese lesionar sus intereses, odiaban de muerte a Jesús que con su prédica hacía peligrar sus propiedades, sus negocios y usuras; Herodes, egoísta y ambicioso, veía la revuelta como ocasión propicia para ostentar su lealtad ante César y lograr, por ese medio, mano libre para sus desmanes y rapiñas. Poncio Pilatos no veía con malos ojos un conato de sedición que le permitiera saciar su odio a los judíos, ahogándolos en sangre. La legión acampó en el bajo de la alquería; con pasmosa prontitud eleváronse las tiendas y comenzaron los soldados a cavar trincheras y levantar palizadas de circunvalación, de acuerdo a la costumbre romana. Algunos se dispersaron por los campos vecinos; otros recogían ramas caídas y formaban haces que depositaban junto a las tiendas; varios hacían hervir agua sobre grandes calderos colocados sobre trébedes de hierro o sobre piedras; o bien, llevando sus cascos colgados del barboquejo, a guisa de cubos, alzaban agua de las acequias; y no faltaban quienes vagaban sin rumbo contemplando con ojos indiferentes el maravilloso paisaje que los rodeaba o dormían tendidos a las sombras de los árboles. Lázaro recordó que conocía a un centurión llamado Gallus y decidió visitarlo; congraciándose con él tal vez pudiese evitar las depredaciones de la tropa. Mientras se entretenía en mirar las idas y venidas de los legionarios desde el soportal, Marta le llevó el desayuno: un cuenco de leche humeante, manteca rubia y tierna, miel, higos y almendras, y algunos bollos de centeno. ¿Tamar aún no se ha levantado? Preguntó Lázaro, sintiéndose cohibido sin saber porqué. No la he visto respondió Marta. No te aflijas por ella; le serviré el desayuno en el lecho. Hazlo; mi corazón te lo agradecerá. ¡Es tan delicada la pobrecilla! Marta cambió una rápida mirada con María, que acababa de aparecer bajo el dintel; una sonrisa casi imperceptible vagó en los labios de las hermanas: ¡delicada la pobrecilla! Era la más fuerte y la más sana de todos. Lázaro trataba, ante sí mismo y ante sus hermanas, de disimular la holgazanería de su esposa. Siempre tratamos de engañarnos para excusar las faltas de las personas queridas… Tal vez sin esto no sea posible amar y vivir. Un romano parece acercarse a nuestra casa dijo de pronto María. Marta y Lázaro volvieron sus ojos hacia el camino. Un hombre alto miraba desde el bajo, como si vacilara, a la alquería; llevaba el manto rojo de los centuriones, la espada y el casco, como si fuese a concurrir a un desfile. Es Gallus dijo Lázaro; un romano que conocí en Cesárea; voy a su encuentro. Sus hermanas se retiraron. Lázaro y Gallus se saludaron a la entrada como buenos amigos. Que la paz sea contigo, Gallus. Ave, Lázaro Una vez en la casa, el huésped ofreció a su visitante, leche, fruta y vino. El centurión devoró, saboreándola, una gran fuente de higos y apuró un vaso de vino del tipo de los claretes de Engaddi. Puedes congratularte, Lázaro; tu vino es exquisito, pero tus higos superan a los famosos del Ática o a los no menos célebres de Bethfagé; se ve que cuidas con esmero de tu huerto. Mi corazón se regocija al oírte; que Dios te otorgue pródigamente sus favores. Recorrieron el fundo, Gallus elogiaba cuanto veía y aseguraba que la finca de Lázaro le recordaba a los vergeles del Tíber. Lázaro, halagado y feliz, agradecía conmovido. Se despidieron; Lázaro entró en la alquería y el romano se encaminó a su tienda. Esperaba la visita de un compañero de infancia que viajaba por Oriente. Gallus anhelaba ardientemente oír hablar de la urbe lejana, en la que le era imposible pensar sin que su corazón se llenara de nostalgia y tristeza, a la que, hacía ya cinco años, había abandonado a causa de… Hizo un movimiento con un brazo, como quien se espanta un insecto. Un legionario le informó que alguien lo buscaba. ¿Por asuntos de servicio? ¿Ha ocurrido algo durante mi ausencia? Nada ha ocurrido; la persona que pregunta por ti viene de Jerusalén y no pertenece a la legión. ¿Sabes en dónde se encuentra? En tu tienda. Cayo Licinius Verus era el más íntimo amigo de Gallus. Ambos habían nacido en la verde Umbría; juntos habían ido a Roma en busca de honores; después la vida los había separado para reunirlos de nuevo bajo la tienda de campaña de una legión, acampada bajo el inclemente sol de Judea. El centurión encontró a Licinius entretenido en curiosear los objetos que había en la tienda; eran cacharros vulgares y sin valor; sin embargo, algunas colgaduras de Tiro y una mullida alfombra de Gadara, daban al interior un viso de elegancia y suntuosidad. Licinius y Gallus se abrazaron con efusión; después se miraron en silencio. Por íntima que sea una amistad, después de una larga separación, el reencuentro produce cierta cortedad y embarazo; es necesario que transcurran algunos instantes para que se restablezca la antigua familiaridad. Veo que te tratas como un sibarita observó el recién llegado. O como un filósofo cínico; poco me falta para emular a Diógenes en su tonel. Sin proponérselo la conversación derivó hacia Roma. Gallus se había visto precisado a huir de ella, acosado por sus acreedores y perseguido por haber herido a un mercader en un tumulto callejero; suspiró al recordar su juventud fracasada a causa del juego, los festines, los turbios amoríos. Licinius le aseguró que ya nadie recordaba sus calaveradas juveniles. Hoy las faltas que tanto te afligen dijo Licinius serían consideradas niñerías. El viajero habló de los cambios ocurridos en las costumbres. No eran agradables ni tranquilizadoras sus noticias. Una corrupción incontenible socavaba las bases mismas de la sociedad. Las viejas virtudes romanas, no solamente estaban muertas, sino que su mero recuerdo servía de mofa y escarnio a las nuevas generaciones afeminadas y escépticas. En Roma sólo interesaba el dinero, que era buscado y adquirido por los medios más indecorosos y viles. Tiberio había tratado de poner límite al lujo, pero el desenfreno de las costumbres venció a la ley. Todo se depravaba, se pudría. Mujeres patricias cometían toda clase de adulterios y se prostituían sin pudor ni recato; algunas, para eludir los deberes que impone la dignidad, se hacían inscribir como cortesanas. Jóvenes de buena estirpe conseguían de algún tribunal una declaración de infamia para poder, contra las prohibiciones del Senado, exhibirse en un teatro o en el circo. Los ritos judaicos y egipcios amenazaban acabar con la religión del Estado… El mundo romano se agrietaba, crujía, como si estuviera próximo a derrumbarse. Cuanto me dices me llena de tristeza murmuró Gallus. No son nuevos estos males; vienen de lejos; pero ahora crecen con tal rapidez que sólo los dioses podrán remediarlos. ¿Los dioses? Si es que existen. Y ahora háblame de Judea y los judíos, ¿te entiendes con ellos? Me hablas de algo imposible; para nosotros, hijos del Lacio y herederos de la cultura griega, los judíos no pueden ser sino bárbaros. Ellos por su parte nos desprecian y nos llaman go Krim. ¿Go Krim? El término significa muchas cosas; extranjero, enemigo, despreciable, ¡qué sé yo! Ni siquiera nos consideran seres humanos; los únicos dignos de ese nombre, según su convicción, son los judíos. Se enorgullecen de ser los elegidos de un dios vengativo, celoso, sanguinario, único, que llaman Jehová; él les entregó el país en que viven en épocas pasadas y les librará algún día el dominio de la tierra. Son huraños, vanidosos, jactase de venerar lo que otros desprecian y blasfemar de lo que el resto de los hombres reverencian; viven solitarios, hoscos, rencorosos, odiando a la humanidad en general y a los romanos en particular; tienen la rebelión y la ferocidad en la masa de la sangre. ¡Ay de nosotros el día en que confiemos en ellos! ¿Los temes? Personalmente, no, pero son peligrosos porque son fanáticos. Mal haría Roma si descuida un instante su vigilancia. ¿Conoces tú a ese Mesías que según dicen anda ya en este mundo y pretende el reino de Judea? Sólo una vez lo vi. De lejos. Vamos, cuéntame. Gallus pensó unos instantes; después dijo: Fue a orillas del Tiberíades. Una gran muchedumbre rodeaba al Mesías, una turba sucia y andrajosa, en nada superior a la hez de nuestra plebe. Jesús, así se llama el Mesías, subió por la falda de una montaña hasta un sitio desde el cual dominaba a la multitud. Comenzó a hablar; su voz era musical, suave, armónica, a pesar del idioma, más áspero y rechinante que el de los galos que el divino Julio tenía en su guardia. No me fue posible entender por completo lo que decía; hablaba de un reino de los cielos que aseguraba sería dado a los pobres de espíritu. Es decir, a los tontos. Así parece. Después llamó bienaventurados a quienes mejor sentaría el nombre de desventurados; añadió que no es necesario que el hombre se afane en ganarse la vida, porque Dios alimenta a los pájaros y viste a los lirios silvestres con más suntuosidad de la que pudo usar Salomón… ¿Salomón? El rey que construyó el templo. No demostró un gusto muy refinado. Ni, a pesar de ser riquísimo, pudo vestir como los lirios del campo. Pero, si el Mesías no predica y no dice sino estas simplezas, no veo motivo para alarmarse, ni comprendo la inquietud de nuestro Poncio. Si sólo se trata del reino de los cielos… Eso es justamente lo que los romanos no podemos saber. Los judíos son disimulados, mañosos, arteros. Sólo los dioses podrían llegar a enterarse de lo que realmente ocurre y de lo que se trama. No se puede confiar en los judíos. Tarde o temprano Roma se verá obligada a exterminarlos. ¿Exterminarlos? ¡Sí, exterminarlos! ¿Y qué piensas de las judías? ¡Oh, las judías!… Los amigos almorzaron en la quinta; al promediar la tarde, Gallus salió por menesteres de la legión. Espérame aquí dijo a su amigo al marcharse si no prefieres dar un paseo por los alrededores; pero cuida de no alejarte mucho, es fácil extraviarse. Licinius leyó un rato; después salió de la tienda, caminó sin rumbo, y sin saber cómo fue a dar al estanque del fundo de Lázaro. El sitio le pareció ameno y acogedor. Se sentó en el banco de la orilla y se entretuvo observando los animalitos, que atraídos por el agua y la frescura de la sombra abundaban en aquel lugar. Trataba de no pensar en nada; sentía su espíritu confundido con la serena quietud del crepúsculo. Un vago murmullo hacia la izquierda le hizo volver la cabeza en esa dirección. Por el sendero que conducía al estanque, avanzaba una mujer morena de sorprendente hermosura; sobre la frente algo estrecha, dividíase en dos crenchas la cabellera endrina, que parecía ondular y retorcerse como las sierpes que coronan las testas de las medusas; sus ojos negros, húmedos, insondables, lucían con intermitente fulgor bajo los párpados pesados, lentos, sombreados por largas pestañas crespas, bajo el cinto violeta que ceñía la túnica, ensanchábanse las caderas en línea opulenta y firme de ánfora, como las de esas afroditas esculpidas por los eximios artífices de la Hélade divina. Licinius creyó sufrir una alucinación; se restregó los ojos y concentró sus miradas en la aparición; tuvo una inmediata y compleja sensación de realidad; el agua brillaba en la fuente y las libélulas rozaban la superficie del estanque; chillaban los grillos; una lagartija se refugió bajo una piedra, y la mujer continuaba acercándose lentamente por la senda, cimbreante, fascinadora. El romano no podía apartar los ojos de ella. Su cuerpo adivinábase perfecto bajo la túnica sin mangas que dejábala desnuda hasta el arranque del surco que divide los pechos pequeños y erguidos; hasta los círculos más oscuros de los pezones entreveíanse bajo la vestimenta sutil de color verde pálido, hecha de esa seda de Shiba llamada impúdica por su transparencia. Cuando la joven estuvo a pocos pasos de él, Licinius se puso de pie, y levantando la diestra, saludó: ¡Ave pulquérrima! Tamar lo envolvió en mirada lánguida y por sus labios gruesos y sanguíneos pasó una sonrisa fugaz. Pocos días después la esposa de Lázaro desapareció de su casa. Nadie la vio partir. Cuando a la hora de la cena fue notada su ausencia, y se trató de reconstruir sus idas y venidas, averiguase que diariamente al atardecer bajaba al estanque, en donde solía permanecer hasta ya entrada la noche. Lázaro creyó en un accidente. Tal vez la joven había sido mordida por uno de esos escorpiones tan abundantes en la Palestina, y al sentirse emponzoñada, se había arrastrado al bosque en procura de refugio. Y allí estaría privada de sus sentidos, indefensa entre chacales y víboras. Si un escorpión la hubiese picado dijo Marta a su hermano, Tamar habría venido aquí en busca de amparo y remedios. Olvidas, hermana, que la picadura de la alimaña ofusca el entendimiento lo mismo que el vino. El veneno del escorpión enloquece a los hombres… Voy a buscarla; envíame a Goliat y a los dos esclavos; que traigan antorchas. Y partió a la carrera. Nadie durmió esa noche en la alquería. Lázaro, sus dos esclavos y Goliat recorrieron palmo a palmo el fundo; escudriñaron uno a uno todos los rincones; recorrieron minuciosamente las acequias, cercos y tapias; indagaron entre los propietarios vecinos; interrogaron a los legionarios que velaban junto a las hogueras del campamento. No encontraron, a pesar de sus esfuerzos, rastros ni noticias de la desaparecida. Y, sin embargo, Goliat algo había visto; pero reservado por naturaleza, y dudando que la escena por él sorprendida tuviese alguna relación con la ausencia del ama, resolvió callar, hasta pedir consejo a la amita Marta, quien sin duda resolvería lo mejor. Lázaro, rendido y desesperado, se desplomó sobre el lecho cuando amanecía y se sumió en un pesado letargo interrumpido por sueños terríficos. Cuando se levantó su rostro estaba irreconocible. Una palidez de muerte le cubría el semblante en el que brillaban los ojos, fijos, sin expresión, afiebrados; parecía envejecido, como si largos años hubieran pasado sobre su vida; sus manos temblaban; su torso se encorvaba bajo el agobio de una carga inmensa; caminaba vacilante, inseguro, como los ciegos. Rechazó el desayuno; tampoco quiso probar el almuerzo. No puedes continuar de esta manera díjole Marta, es imposible vivir sin comer. No quiero vivir. Vamos, no te pongas así; toma un bocado de esta sopa de natas que hice para ti. ¿No probarás estos bollos con anís que tanto suelen gustarte? Déjame respondió Lázaro malhumorado y rompió en sollozos. Sus hermanas, acongojadas, lloraban en silencio. ¿Por qué no buscas al Maestro? Insinuó María. Él, que puede tantas cosas, te devolverá a tu esposa, y en todo caso, infundirá consuelo en tu corazón. ¡Eso nunca! Jamás me consolaré de la ausencia de Tamar; pero tienes razón María, buscaré a Jesús. ¿Cómo no lo pensé antes? Marta, sofocada por la angustia, abandonó el comedor. Goliat, que la había estado esperando, le susurró: —Quisiera hablarte, amita. Habla, pues. Yo he visto algo… ¿Has visto al ama? La vi., pero no ahora. Hace dos días, la señora bajó al estanque; un romano se llegó a ella… El muchacho vacilaba, parecía avergonzado. Continúa, Goliat; tus interrupciones me enfadan. Se sentaron en el banco. ¿Andabas tú espiándolos? No, amita, yo estaba sobre la barranca, buscando un lechón que se había escapado de la pocilga. Acaba. Se abrazaban y Se besaban… en la boca. ¿Se fue con él? No, cuando oscureció el ama volvió a la casa. ¿Por qué no me lo dijiste inmediatamente? No sé… me daba vergüenza… temía a la señora. ¿Por qué no lo hiciste anoche? No pude encontrarla sola, amita. ¿Has dicho algo a Lázaro? No, a nadie. Has procedido bien, Goliat. Guarda silencio. Lo guardaré. Marta volvió al comedor. Lázaro, algo animado, hablaba de su viaje en busca del Rabí. Partiré esta misma tarde, cuando se oculte el sol. La madrugada me encontrará en Galilea. Jesús debe andar por ahí. Las hermanas asintieron.
La Agonía. Lázaro no pudo partir esa tarde. En el momento en que se disponía a ensillar su mula, sintió calofríos tan intensos que su cuerpo se sacudía como el de un endemoniado; era tal el ímpetu de su temblor que tartamudeaba al hablar y se le escapaban de las manos los objetos, por ligeros que fuesen. Trató de disimular; quería marcharse de inmediato como si la mera realización de ese hecho fuese, por arte de encantamiento, a concluir de una vez por todas con su angustia y su dolor. Tal vez, sin tener conciencia de ello, deseaba aturdirse con el trajín del camino y las ocurrencias del viaje; pero le fue imposible continuar por mucho tiempo el engaño. Una fiebre tan alta que le hacía zumbar los oídos y le confundía las ideas se presentó junto con repentinas punzadas al costado izquierdo, tan dolorosas que le cortaban la respiración; como no pudiera tenerse en pie sin ayuda, fue conducido a la cama por sus esclavos. La enfermedad se presentó muy grave desde el comienzo. Una fiebre violenta y continua le causó delirio y alucinaciones; accesos de frío le hacían castañear los dientes y una tos ronca y seca no le daba reposo ni lo dejaba dormir. En su delirio llamaba a Tamar, le decía ternezas como cuando eran novios o pedía a Jesús que se apresurase a llegar; su voz parecía impregnada de amargura, de inconsolable desolación, de infinita soledad; cuando recobraba la lucidez, lloraba. Sus hermanas velaban a su cabecera. A media noche el enfermo se durmió. Marta y María salieron en puntillas de la habitación. Vamos hasta el estanque a respirar buen aire propuso Marta. Vamos; Lázaro parece descansar muy tranquilo. La luna iluminaba los campos con azulado resplandor; trémulos reflejos llegaban desde el estanque; una serenidad de ensueño se cernía sobre la noche maravillosa. Marta refirió a su hermana cuanto Goliat le había revelado. Mientras lo hacía, pudo ver su rostro contraerse en un gesto doloroso y agrandarse sus ojos con el asombro. María no pronunció ni una palabra. ¿En qué piensas? Le preguntó Marta. No acabo de creerlo; parece imposible. Eres tan buena que te resistes a creer el mal de los demás. ¿No se habrá equivocado Goliat? Imposible, yo también advertí las sospechosas ausencias de Tamar y las idas y venidas del nokrin. ¿Era Gallus, el amigo de Lázaro? No, el que rondaba la casa era el que vino de Jerusalén y se hospedaba en la tienda del centurión. No tuve valor para decírselo a Lázaro. Tal vez procedí mal. Procediste bien, Marta. ¿Quiénes somos nosotras para acusar ni juzgar al prójimo? El Maestro aprobará tu conducta.
Aviso a Jesús. Es necesario hacerle saber la enfermedad de Lázaro y rogarle que venga. Enviaremos a Goliat. Espérame aquí, voy a ver a nuestro hermano dijo Marta y se dirigió a la casa. Lázaro continuaba durmiendo pero su sueño no era tranquilo, revolvíase en la cama y balbuceaba palabras incomprensibles. Marta, después de un rato, volvió a reunirse con su hermana; la encontró paseándose al frente de la casa. Goliat, acicalado con sus mejores ropas, y provisto de buena cantidad de hogazas y harina, partió al mediodía en busca de Jesús; lo encontró al siguiente día en Gilboé, rodeado de sus discípulos. Señor le dijo Goliat prosternándose ante él, Lázaro tu amigo, está muy enfermo y clama por verte; sus hermanas te ruegan que vayas. Su enfermedad contestó Jesús no servirá a la muerte, sino a la mayor gloria de Dios y para que su hijo sea glorificado por ella. Puedes regresar. La respuesta desconcertó a las hermanas. Marta, sin ocultar su decepción, murmuró: Hubiera preferido que venga. Lázaro espera a cada instante su llegada. ¿Nos habrá abandonado el Maestro? ¡Calla, hermana, Que tus labios no vuelvan a pronunciar esas palabras, Que no se cierre tu corazón a la esperanza! Perdona, María. Mi alma está tan triste que mi boca pronuncia palabras necias. ¿No ha dicho el Rabí que la enfermedad de Lázaro no servirá a la muerte, sino a la glorificación del Padre y del Hijo? Lázaro vivirá, pues. No le digas que Goliat ha regresado.
La Muerte de Lázaro. Ya lo había decidido así. Ambas se dirigieron al aposento del enfermo. Era indudable que el mal se agravaba. La desfiguración del rostro se pronunciaba; la piel se pegaba a los pómulos; el pelo, húmedo de sudor, adhería a las sienes hundidas, sombras trágicas cruzaban por la frente atormentada; jadeaba continuamente; pasaba la mayor parte del tiempo amodorrado; cuando despertaba, preguntaba, lleno de angustia por Jesús; con frecuencia, lloraba. Vecinos y conocidos comenzaron a llegar. Las desgracias y el escándalo despiertan malsanas curiosidades en el alma del hombre y excitan, bajo formas hipócritas, murmuraciones envenenadas y conjeturas perversas. Vinieron personas nunca vistas en la alquería, que se decían deudos del enfermo, oscuros personajes que presumían de sabios en el arte de curar; viejas que aseguraban conocer yerbas y triacas de efecto infalible; una de estas brujas recetó una pócima preparada con hojas de amapola maceradas en el famoso vino de pasas de Shiló; Lázaro se interesó en el remedio; se lo dieron; no lo probó bien ni mal, sólo aumentó su somnolencia y la nebulosidad de su entendimiento. Pasaron cuatro días con sus noches sin que llegara ni se supiera nada de Jesús. Marta no podía ocultar su ansiedad; le era imposible estarse quieta; corría una y otra vez a atisbar el camino y volvía siempre triste y desalentada. Lázaro no mejoraba; cada vez más extenuado, parecía próximo a expirar. María, soñadora, esperaba… Al quinto día Lázaro mejoró. La fiebre fue menos violenta; su mente se mantuvo lúcida; la fatiga fue menor; hasta tomó una taza de caldo; el rostro, aunque enflaquecido, iba recobrando su expresión habitual; hizo que Goliat lo informara de cuánto había ocurrido en el cortijo en esos días; después se durmió apaciblemente. Todos se regocijaron con la esperanza de verlo restablecido en poco tiempo. Pero no duró mucho el contento; pronto se hizo patente que el alivio era pasajero; volvió la fiebre con redoblada furia; aumentaron la fatiga, el delirio, los accesos de tos. A medida que se acercaba la noche, el enfermo desfallecía; sus fuerzas menguaban; su resistencia se quebraba. Murió al amanecer. No bien se supo el deceso la alquería se llenó de gente. La muerte es siempre pretexto de reunión para los vivos. Creíanse éstos obligados a presentar sus más o menos sinceras condolencias a los deudos y a prodigarles inútiles consuelos. Uno de los primeros en llegar fue Joas, el maestro de escuela de Betania; lo siguieron labriegos amigos de Lázaro, viejos holgazanes, jóvenes conocidas y relaciones de las hermanas, visitantes anónimos y mendigos. Gallus, el centurión, dio su pésame a Marta, la única que conocía personalmente, le ofreció sus servicios y se retiró. Los concurrentes, según era costumbre, se reunieron en el comedor; en la larga mesa que ocupaba por completo uno de sus costados se sirvieron frutas, vino y confituras. Joas con gesto majestuoso y voz solemne, como si dijera algo muy nuevo afirmó: Todos vamos a morir. Sin duda apoyó la voz trémula de un viejo. La esencia de la vida humana, continuó Joas, es su fugacidad. Pasamos como las nubes, como los vientos, como los pájaros por el aire, sin dejar detrás de nosotros más que un puñado de polvo y cenizas. Tosió cavernosamente para dar mayor importancia a sus palabras. ¿No creéis en la inmortalidad del alma? Preguntó un joven que vestía la blanca túnica de los Esenios. ¿La inmortalidad del alma? Vana y ridícula presunción de este ser abyecta y miserable que llamamos hombre. La inmortalidad sólo a Dios pertenece. El joven calló. Zacarías el fariseo, el propietario más rico de Betania que acababa de entrar, respondió con voz altanera: Precisamente, porque el hombre es abyecto y su vida terrena miserable es necesario que su alma sobreviva, a fin de que se purifique y alcance la bienaventuranza. Joas, que respetaba más a la fortuna ajena que a las creencias propias, guardó silencio. Se oyó el murmullo de las conversaciones. ¡Sacan al muerto! Dijo alguien. Los concurrentes se pusieron en pie. Lázaro fue llevado a una cueva abierta en la barranca de una loma e introducido en ella; una enorme piedra se colocó para cerrar la entrada. El cadáver reposó allí cuatro días; entonces llegó Jesús. Cuando Marta se enteró de la presencia del Maestro, corrió en su busca; María permaneció en la casa. Jesús estaba inmóvil, en pie junto al estanque; su actitud demostraba su congoja. La cabeza inclinada hacia delante; la barbilla sobre el pecho, cruzado de brazos, parecía meditar. Maestro dijo Marta prosternándose ante él. Jesús la miró con sus grandes ojos claros, anegados de ternura infinita, cargados de dolor y fatalidad. Si hubieses llegado antes prosiguió la joven, mi hermano no habría muerto, pero yo sé que cuanto pidas al Padre, te será acordado. Tu hermano resucitará. Lo sé; el día de la resurrección de los muertos. Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí vivirá eternamente; ¿lo crees tú? Lo creo, y sé que tú eres el Cristo, el hijo de Dios que debía descender a este mundo y fue a llamar a María. El Maestro ha llegado y desea verte le dijo. María corrió hasta el sitio en donde permanecía el Rabí. Los judíos que estaban en la casa la siguieron, en la creencia de que iba a llorar junto a la tumba del hermano. Apenas María vio al Maestro, cayó a sus plantas y le dijo: Señor, si hubieses venido Lázaro estaría vivo.
La Resurrección de Lázaro. Jesús, al verla llorar, preguntó conmovido: ¿En dónde lo habéis puesto? Señor le respondieron ven y ve. Jesús lloró. ¡Ved cuánto lo amaba! Dijo uno de los presentes. Tú que haces recobrar la vista a los ciegos —dijo otro dirigiéndose al Rabí— ¿no podrías restituir la vida a Lázaro? El Maestro se aproximó a la sepultura. ¡Quitad esa piedra! Ordenó. Jesús levantó sus ojos al cielo como si rezara después gritó: ¡Lázaro, sal! Y el muerto salió; caminaba lentamente, ligado por las vendas fúnebres; tenía el rostro desencajado y verdoso, mancillado por las inmundicias de la descomposición; su cuerpo exhalaba la fetidez horrible del sepulcro; cerraba los ojos, como encandilado. Quitadle esas ligaduras y dejadle solo conmigo dijo Jesús. Los judíos obedecieron presurosos. Zacarías el fariseo murmuró para sí: Esto lo sabrá el Sanedrín. Ni Lázaro ni Jesús hablaron durante algún tiempo, por fin éste preguntó: ¿Te sientes bien, Lázaro? ¿Puedes hablar? Sí. Habla, pues. Desearía hacerte un pedido. Puedes hacerlo. Temo que te enfades. Bien sabes que no me enfado jamás. ¿Por qué me has vuelto a la vida? ¡Era tan dulce no pensar, no sentir en el seno de la nada! Dormir… dormir… ¡y qué triste en cambio es la vida! El sólo respirar cuesta un esfuerzo, un afán, un sufrimiento. ¡Y cómo tortura el deseo y engaña la esperanza! ¡Vuélveme, Jesús, a la nada, a la nada clemente y eterna; te lo ruego, Maestro! ¿A la nada dices? Sí; a la nada. ¿No existe, entonces, una vida más allá de la muerte? No; la muerte es el acabamiento definitivo, el anonadamiento absoluto. ¿Estás seguro de lo que dices, Lázaro? Si no lo estuviera, nada te diría; jamás me atrevería a engañarte. Jesús calló largo tiempo; de pronto dijo: Perdóname, Lázaro, que la paz sea contigo. Y se alejó pensativo por el camino a Jerusalén.

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