Jesús en la India


JESÚS EN LA INDIA. Por Hazrat Mirza Ghulam Ahmad Comunidad Musulmana Ahmadía.

Cómo Jesús escapó de la muerte en la cruz y viajó a la India.

INTRODUCCIÓN.

He escrito este libro para que, presentando pruebas de hechos establecidos, de la evidencia histórica definitiva de valor, demostrado y de antiguos documentos de no musulmanes, pueda refutar las graves ideas falsas corrientes entre musulmanes y entre la mayoría de sectas cristianas sobre la vida anterior y posterior de Jesús (la paz sea con él), falsas ideas cuyas peligrosas implicaciones no sólo han lesionado y destruido la concepción de la Unidad Divina, sino cuya influencia malsana y perniciosa se ha sentido durante mucho tiempo en la moralidad de los musulmanes de este país. Entre la mayoría de sectas islámicas se extienden las enfermedades espirituales, por ejemplo, falta de buenas costumbres, malos pensamientos, insensibilidad, falta de comprensión, que son el resultado de la creencia en historias y anécdotas infundadas de este tipo. La compasión humana, la miseri­cordia y el amor a la justicia, y la humildad y la sencillez, todas ellas buenas cualidades, están desapareciendo día a día, como si muy pronto fueran a dar su adiós definitivo a esta comunidad. Esta insensibilidad e inmoralidad hacen que más de un musulmán aparezca peor que las fieras de la jungla. Un jain o un budista podrá aterrorizarse ante la simple idea de matar a un mosquito o una mosca, y evita hacerlo, pero ¡ay! muchos de nosotros, musulmanes, al asesinar a un hombre inocente o cometer asesinatos inhumanos, no temen al Dios Poderoso, que tiene la vida humana en mayor estima que la de todos los animales juntos.
¿A qué se debe esta insensibilidad, crueldad y falta de compasión? Se debe a que, ya desde su niñez, se vierten en sus oídos e inculcan en sus corazones historias, anécdotas y opiniones falsas sobre la doctrina de la Yihad*, con el resultado de que, poco a poco, van muriendo moralmente y dejan de sentir la atrocidad de sus odiosas acciones; el hombre que asesina a otro hombre desprevenido trayendo la ruina a la familia del hombre asesinado piensa que ha ejecutado una acción meritoria, o bien que ha aprovechado muy bien la oportunidad para conseguir el favor de su comunidad. Dado que, en nuestro país, no se dan conferencias ni sermones para detener tanta maldad -y si hay conferencias, tienen siempre en su seno un fuerte elemento de hipocresía- la gente ordinaria piensa positivamente respecto a tales maldades.
En consecuencia, sintiendo piedad por mi propio pueblo, he preparado varios libros en urdu, persa y árabe, en los que he expuesto que la opinión popular de la Yihad prevalente entre los musulmanes, esto es, la esperanza de la venida de un Imam sanguinario, lleno de rencor y hostilidad hacia los demás pueblos, es una mezcla de falsas creencias inculcadas por Ulemas miopes. Por otra parte, el Islam no permite el uso de la espada a causa de la Fe, excepto en caso de guerras defensivas o de guerras emprendidas para castigar a un tirano o defender la libertad. La necesidad de una guerra defensiva surge cuando la agresión del adversario amenaza nuestra propia vida. Estos son los tres tipos de Yihad que permite la Shariat y, aparte de estas tres clases, no hay ninguna otra especie de guerra que permita el Islam para la propagación de la Fe.
En una palabra, he empleado una elevada suma de dinero en esos libros, y los he publicado en este país y en Arabia, Siria y Khurasan, etc. Pero, por la gracia de Dios, he descubierto ahora poderosos argumentos dirigidos a erradicar esas creencias infundadas de los corazones del pueblo. Tengo pruebas claras, evidencias circunstan­ciales de carácter definitivo y pruebas históricas y la luz de su verdad sostiene la promesa de que, pronto después de su publicación, se producirá contra tales creencias un maravilloso cambio en los cora­zones de los musulmanes. Espero – y estoy seguro – que, después de comprendidas estas verdades, brotarán de los corazones de los hijos justos del Islam las fuentes dulces y maravillosas de la modestia, la humildad y la misericordia, y que surgirá un cambio espiritual que tendrá una influencia saludable y benéfica sobre el país. Estoy también seguro de que los investigadores cristianos y todas las demás personas que persiguen la verdad y están sedientos de ella, se beneficiarán de mis libros. Y el hecho que acabo de expresar, el de que el objeto real de este libro es corregir las creencias erróneas que se han convertido en parte y patrimonio del credo de musulmanes y cristianos, exige un poco de explicación que paso a presentar a continuación.
Es un hecho que la mayoría de musulmanes y cristianos creen que Jesús (la paz sea con él) subió vivo a los cielos; ambos grupos han creído durante mucho tiempo que Jesús (la paz sea con él) sigue vivo en el cielo y en los últimos días bajará a la tierra. La diferencia en sus opiniones, esto es, la opinión de los seguidores del Islam y la de los cristianos, sólo está en que los cristianos creen que Jesús (la paz sea con él) murió en la cruz, resucitó y subió a los cielos con su cuerpo material, se sentó a la derecha del Padre y vendrá a la tierra en los últimos días para el Juicio Final; dicen también que el Creador y el Maestro del mundo es este Jesús, el Mesías, y no hay otro; él es quien, en los últimos días del mundo, bajará a la tierra con toda su gloria para imponer el castigo y dar la recompensa; entonces, todos los que no crean en él o en su madre como Dios serán arrastrados y arrojados al infierno, en donde su suerte será el llanto y el crujir de dientes. Pero las sectas citadas de musulmanes dicen que Jesús (la paz sea con él) no fue crucificado, ni murió en la cruz, sino que, cuando los judíos lo arrestaron para crucificarlo, un ángel de Dios se lo llevó a los cielos en su cuerpo terrenal, y sigue vivo en los cielos… tratándose, dicen ellos, del segundo cielo donde está también el profeta Yahya, es decir, Juan. Además, los musulmanes dicen también que Jesús (la paz sea con él) es un profeta eminente de Dios, pero no Dios, ni el hijo de Dios, y creen que en los últimos días bajará a la tierra, cerca del Minarete de Damasco o cerca de algún otro lugar, apoyado en los hombros de dos ángeles, y que él y el Imam Mohammad, el Mehdi, que estará ya en el mundo, y que será un fatimita, matará a todos los no musulmanes, sin dejar a nadie vivo excepto a los que inmediatamente y sin retraso se hagan musulmanes.
En una palabra, el objeto real de la bajada de Jesús (la paz sea con él) a la tierra, tal como expresan las sectas musulmanas conocidas como los Ahl-i-Sunnat o Ahl-i-Hadiz, llamados Wahabis por el pueblo común, es el de destruir, como el Mahadev de los hindúes, a todo el mundo; que en primer lugar instará a las gentes para que se hagan musulmanes y después, si persisten en la incredulidad los matará a todos con la espada. Dicen además que está vivo en los cielos en su cuerpo terrenal de forma que, cuando se debilite el poder de los musulmanes, bajará y matará a los no musulmanes o los obligará bajo pena de muerte en convertirse a musulmanes.
En relación especialmente con los cristianos, los santones de dichas sectas afirman que cuando Jesús (la paz sea con él) baje de los cielos, romperá todas las cruces del mundo, ejecutará las más crueles acciones con la espada e inundará el mundo de sangre. Y, como acabo de indicar, estas personas, es decir, los Ahl-i-Hadiz, etc., de entre los musulmanes, se sienten entusiasmados por su creencia de que poco tiempo antes de la venida del Mesías aparecerá un Imam de la Bani Fatima cuyo nombre será Mohammad, el Mehdi. Él será el Califa y Rey de su época y, como quiera que pertenecerá a los quraish, su objeto real será el de matar a todos los no musulmanes excepto los que reciten fácilmente el Kalima. Jesús (la paz sea con él) bajará para ayudarle en su tarea; y aunque el mismo Jesús (la paz sea con él) será un Mehdi -no sólo eso, sino un Mehdi más grande- no obstante, dado que es esencial que el Califa de esa época sea un quraish, Jesús (la paz sea con él) no será el Califa de entonces; el Califa será el mismo Mohammad, el Mehdi. Los musulmanes dicen que estos dos cubrirán juntos la tierra con la sangre del hombre, y derramarán más sangre de la que no se haya derramado nunca antes en la historia del mundo. En cuanto aparezcan empezarán su campaña sangrienta, sin predicar ni pedir, y sin mostrar signo alguno. También afirman que aunque Jesús (la paz sea con él) será como un asesor o ayudante del Imam Mohammad, el Mehdi, y aunque las riendas del poder estarán sólo en manos del Mehdi, Jesús (la paz sea con él) instigará a Hazrat Imam Mohammad, el Mehdi, para que masacre el mundo entero y le aconsejará que adopte medidas extremas, es decir, que modificará las enseñanzas humanas que había impartido antes al mundo, es decir, “no resistir al mal” y “si eres golpeado en una mejilla, presenta también la otra”.
Esto es lo que creen musulmanes y cristianos sobre Jesús (la paz sea con él) y aunque es un gran error llamar, como hacen los cristianos, Dios, a un sencillo hombre, las creencias de algunos de los seguidores del Islam, entre los que está la secta llamada Ahl-i-Hadiz, conocidos también como los Wahabis, en relación con un Mehdi sanguinario y un Mesías sangriento, afectan tanto a su moralidad que, debido a su influencia perniciosa, sus relaciones con otros pueblos no se basan en la honradez y la buena voluntad, ni pueden ser verdadera y totalmente leales a un gobierno no musulmán. Todos los hombres razonables se dan cuenta de que esta creencia, es decir, que los no musulmanes deben ser sometidos a coerción, que o se deben convertir inmediatamente o morir, está sujeta a las más serias objeciones. Cualquier persona consciente admite fácilmente que antes de que un hombre conozca adecuadamente la verdad de una fe y antes de que haya comprendido su belleza y sus maravillosas enseñanzas, es sumamente inconveniente coartarlo, so pena de muerte, para que adopte esa fe. Lejos de contribuir al desarrollo de esa fe, esto proporcionaría a sus contrarios la oportunidad de encontrarle fallos profundos. El resultado último de un principio como éste es que los corazones quedan desprovistos de la calidad de la comprensión humana y que la misericordia y la justicia, cualidades morales humanas tan importantes, abandonan al hombre, tendiendo a crecer en su lugar el desprecio y la enemistad. Detrás sólo quedan las pasiones animales, que barren la totalidad de las más altas cualidades morales. Pero hay que saber que esa enseñanza no puede haber procedido de Dios, que sólo envía su castigo después de haber completado su argumentación.
Consideremos esto: si hay un hombre que no acepta la verdadera fe porque todavía ignora y desconoce la verdad, sus enseñanzas y su belleza, ¿sería razonable matar de inmediato a ese hombre? No, ese hombre merece piedad; merece que se le instruya amable y cortés­mente en la verdad, belleza y beneficio espiritual de esa fe; no que su negativa sea respondida de inmediato con la espada o la pistola.
Así pues, la doctrina de la Yihad propuesta por esta secta del Islam, así como la creencia de que está cerca el momento en que surgirá un Mehdi sangriento cuyo nombre será el de Imam Mohammad, que el Mesías bajará de los cielos en su ayuda y que ambos unidos matarán a todos los no musulmanes si niegan el Islam, se opone totalmente a nuestro sentido moral. ¿Acaso esta creencia no elimina todas las buenas cualidades y la moralidad humana y fomenta las de la vida en la jungla? Quienes sostienen tales opiniones llevan una vida de hipocresía en relación con los demás, hasta el punto de que no pueden ser auténticamente leales a las autoridades civiles de otra fe, sino que profesan fraudulentamente el sometimiento a ellos, lo que es erróneo. Esta es la razón de que algunas de las sectas Ahl-i-Hadiz que acabo de mencionar estén llevando ahora una doble vida bajo el Gobierno británico en la India británica. Sostienen en secreto la esperanza de las gentes sencillas de la venida de los días sangrientos de un Mehdi y un Mesías sanguinarios, y los instruyen en consecuencia, pero cuando van a las autoridades se jactan ante ellas, asegurándoles que no aprueban tales ideas. No obstante, si realmente se oponen a ellas ¿por qué no lo propagan por escrito y por qué tienen que esperar la venida de ese sanguinario Mehdi y del Mesías, por así decirlo, con las armas en la mano, preparados para unirse a ellos en su campaña?
En una palabra, estas opiniones han desmoralizado tanto a estos Molvis que son incapaces de enseñar al pueblo la decencia y la paz. Por otro lado, asesinar a otros sin ton ni son es para ellos una importante obligación religiosa. Me gustaría que algunas de las sectas de los Ahl-i-Hadiz se opusiera a estas creencias, pero no puedo dejar de observar con tristeza que, entre las sectas de los Ahl-i-Hadiz (1), están quienes creen en secreto en un Mehdi sanguinario y en las nociones populares de la Yihad. Se oponen a las nociones correctas y piensan que es un acto de gran mérito asesinar, cuando tengan la oportunidad de hacerlo, a todas las personas que profesen otra fe, cuando las creencias en el asesinato de otros en nombre del Islam, o el creer en profecías como la de un Mesías sanguinario y el deseo de avanzar la causa del Islam por la sangre o por amenazas, se oponen totalmente al Santo Corán y al Hadiz fidedigno.
Nuestro Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) sufrió una gran persecución en manos de los incrédulos de la Meca y posteriormente. Los trece años que pasó en la Meca fueron años de gran aflicción y sufrimiento de todo tipo: su solo pensamiento nos trae lágrimas a los ojos. Pero no levantó la espada contra sus enemigos ni respondió a sus insultos hasta que muchos de sus Compañeros y queridos amigos hubieron sido asesinados sin piedad; hasta que él mismo hubo sufrido vejaciones de todo tipo, como las de ser envenenado varias veces, y hasta que se hubo preparado planes secretos destinados al fracaso para asesinarlo. No obstante, cuando llegó la venganza de Dios, sucedió que los más ancianos de la Meca y los jefes de las tribus decidieron por unanimidad que este hombre debía ser en cualquier caso llevado a la muerte. En aquel momento, Dios, que es el Apoyo de sus amados y de los veraces y justos, le informó que en la ciudad sólo quedaba el mal, que la gente de la ciudad iban a matarlo y que, por tanto, debía abandonarla inmediatamente Fue entonces cuando, de acuerdo con el mandato divino, emigró a Medina. Pero ni siquiera entonces sus enemigos lo dejaron en paz; lo persiguieron hasta allí e intentaron destruir el Islam de todas las maneras posibles.
Cuando sus excesos llegaron a un extremo, y cuando se habían hecho merecedores del castigo por el asesinato de muchos inocentes, se dio el permiso para combatir en defensa propia, para luchar con el fin de repeler su ataque. Y aquellas personas y quienes los ayudaron se habían hecho merecedores de dicho tratamiento por haber asesinado a tantas personas inocentes, a quienes mataron no en lucha ni en combate sino simplemente por maldad desenfrenada y para robarles sus bienes. Pero, a pesar de todo ello, cuando se apoderó de la Meca, nuestro Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) los perdonó a todos. Es, pues, completamente erróneo e injusto suponer que el Santo Profeta (p.b.D.) o sus Compañeros lucharan alguna vez para extender la Fe o que obligaran a nadie a unirse a las filas del Islam.
Merece la pena señalar también que, dado que en aquel momento todas las gentes tenían prejuicios contra el Islam y sus enemigos estaban planeando destruirlo, pensando que era una nueva religión cuyos seguidores no eran más que una pequeña comunidad, y dado que todo el mundo deseaba ardientemente ver destruidos pronto los musulmanes o desmembrados de manera que no les quedara proba­bilidad alguna de seguir creciendo y desarrollándose, los musulmanes en aquella época se sentían impedidos y estorbados en los asuntos más pequeños, y cualquiera de una tribu que aceptara el Islam y se hiciera musulmán o era asesinado inmediatamente por su tribu o vivía en peligro perpetuo.
En una época como ésa, Dios Todopoderoso, apiadado de los conversos musulmanes, había impuesto a los gobernantes más faná­ticos un castigo, a saber, que se sometieran al Islam y abrieran así la puerta de la libertad para la religión. Con esto se pretendía retirar los obstáculos en el camino de los que desearan aceptar la Fe: fue la compasión de Dios por el mundo y no perjudicó a nadie.

Es evidente, empero, que los gobernantes no musulmanes de la actualidad no impiden el desarrollo del Islam; no prohiben las prácticas islámicas esenciales. No matan a los nuevos musulmanes ni los encarcelan o torturan. ¿Por qué, pues, debe el Islam levantar su espada contra ellos? Es evidente que el Islam nunca ha defendido la coacción: si se examina atentamente el Santo Corán, los libros del Hadiz y los registros históricos y, en la medida de lo posible, se estudian o escuchan seriamente, se comprenderá con certeza que la acusación de que el Islam empuñó la espada para propagar la Fe con la fuerza es una acusación totalmente infundada y vergonzosa contra el Islam. Esta acusación la presentan personas que no han leído el Corán, el Hadiz y las historias fiables del Islam con un espíritu limpio sino que han utilizado libremente la falsedad y han presentado falsas acusaciones contra él. Sé, sin embargo, que está cerca el momento en el que quienes están sedientos por la Verdad comprenderán claramente qué verdad hay en estas acusaciones. ¿Podemos acaso describir la Fe como una fe de coacción, si el Santo Libro, el Corán, ordena claramente que no haya coacción en la religión, que no se permite utilizar la coacción en la religión, que no se permite usar la fuerza para conseguir que alguien se una al Islam? ¿Podemos acusar al gran Profeta de usar la fuerza contra otros si él, día y noche durante trece años, exhortó a todos sus Compañeros en la Meca a que no devolvieran mal por mal del enemigo, sino que olvidaran y perdonaran? Sin embargo, cuando la maldad del enemigo llegó a un extremo y todo el mundo empezó a prepararse para borrar el Islam de la faz de la tierra, el Dios Celoso creyó que había llegado el momento de que fueran aniquiladas por la espada las personas que la habían sacado por primera vez. Si se exceptúa esto, el Santo Corán no ha aprobado la coacción. Si el Islam hubiese aprobado la coacción, los Compañeros de nuestro Santo Profeta (la paz sea con él), en momentos de tribulación, no se habrían comportado como personas de fe sincera y auténtica. No obstante, creo que no hace falta mencionar la lealtad y la fidelidad de los Compañeros de nuestro Maestro, el Santo Profeta (la paz sea con él). No es un secreto que entre ellos hay ejemplos de lealtad y fidelidad sin paralelismo en los anales de otras naciones; este grupo de fieles no cedió en su lealtad y perseverancia ni siquiera bajo la sombra de la espada, sino que, al contrario, en la compañía de su Gran y Santo Profeta, dieron pruebas de una perseverancia que ningún hombre podría dar a no ser que su corazón y todo su ser estuviesen encendidos con la luz de la verdadera fe.
Resumiendo, en el Islam no hay coacción. Las guerras del Islam pertenecen a tres categorías:
(1) Guerras defensivas, es decir, la guerra para la propia pro­tección;
(2) Las guerras punitivas, esto es, sangre por sangre, y
(3) La guerra para conseguir la libertad, por ejemplo, para derrocar el poder de quienes matan a los que aceptan el Islam.

Por tanto, si no hay en el Islam instrucción alguna para que se obligue a alguien a unirse a él por coacción o por amenaza de muerte, es totalmente absurdo esperar la venida de cualquier Mehdi sangui­nario o de un Mesías sangriento. No puede ser que deba aparecer en este mundo, contra las enseñanzas coránicas, un hombre que utilizaría la espada para convertir a las gentes en musulmanes. Es algo enormemente difícil de comprender o que está por encima del entendimiento de cualquier persona. Sólo los insensatos han asumido esta creencia por su propia arrogancia, y es que la mayoría de nuestros Molvis trabajan con la idea errónea de que las guerras lanzadas por el Mehdi les proporcionarán una gran cantidad de riquezas, hasta el punto de que no podrán ni siquiera sostenerlas y, como la mayoría de los Molvis de la actualidad son muy pobres, esperan día y noche la aparición de un Mehdi que, piensan, atenderá sus deseos interesados. Por tanto, estas personas se rebelan contra quien no cree en la aparición de un Mehdi de ese tipo, declarándolo inmediatamente kafir (incrédulo) y fuera del Islam. En consecuencia, yo soy también un kafir a los ojos de esas personas, y por esas mismas razones. Y es que no creo en la aparición de un Mehdi sangriento ni de un Mesías sanguinario. No, odio ideas tan absurdas y las desprecio. He sido declarado kafir no sólo por mi negativa a la aparición de este supuesto Mehdi y Mesías en el que creen, sino también porque he anunciado públicamente, por habérmelo informado Dios a través de su revelación, que yo soy el auténtico y verdadero Mesías Prometido, que es también el Mehdi real, cuya aparición anuncian la Biblia y el Corán y cuya venida se promete también en el Hadiz; pero soy alguien que, sin embargo, no tiene espadas ni cañones. Dios me ha ordenado que invite a las personas con humildad y amabilidad hacia Dios, que es el verdadero Dios, Eterno e Inmutable, que tiene la Santidad perfecta, el Conocimiento perfecto, la Misericordia perfecta y la Justicia perfecta.
Soy la luz de esta época de tinieblas; quien me sigue se salvará de caer en el pozo preparado por el Diablo para quienes andan en la oscuridad. He sido enviado por Dios para guiar a la humanidad hacia el verdadero Dios con paz y humildad, y para restablecer los valores morales en el Islam. Dios me ha proporcionado signos celestiales para satisfacer a quienes buscan la verdad. Ha hecho cosas maravillosas en mi apoyo, me ha revelado los secretos de lo desconocido y del futuro, lo cual, según los libros santos, es el signo de quien reivindica con toda verdad una misión divina, y me ha otorgado el Conocimiento santo y puro. Por tanto, las almas que odian la verdad y se complacen en la oscuridad se han levantado contra mí. Pero he decidido ser compasivo con la humanidad hasta los límites de mis fuerzas. Así pues, en esta era, la mayor compasión por los cristianos está en llamar su atención hacia el verdadero Dios, libre de defectos tales como haber nacido y tener que sufrir la muerte y padecer, el Dios que ha hecho los cuerpos celestes de forma esférica y, en Su ley de la naturaleza, ha fijado este punto de guía espiritual que, como una esfera, es Su Unidad y falta de dirección. Esta es la razón de que las cosas que ocupan el espacio no se hayan hecho triangulares, es decir, las cosas que Dios creó primero (la tierra, el cielo, el sol y la luna y todas las estrellas y elementos) todas sean esféricas, cuya naturaleza esférica apunta hacia la Unidad. Por tanto, no puede haber mayor compasión para los cristianos que la de que sean guiados hacia el Dios cuyas creaciones lo declaran libre de la idea de trinidad.

La mayor compasión hacia los musulmanes está en su reforma moral y en el esfuerzo que ha de hacerse para deshacer las falsas esperanzas que sostienen en relación con la aparición de un Mehdi y Mesías sanguinarios, algo que está totalmente contra las enseñanzas islámicas. He dicho anteriormente que las ideas de algunos de los Ulemas sobre el día en que aparecerá un Mehdi sanguinario que extenderá el Islam con la punta de la espada son totalmente opuestas a las enseñanzas coránicas y son el resultado de la avaricia y la codicia. Para que un musulmán recto y amante de la verdad abandone tales creencias e ideas, le bastaría estudiar atentamente el Corán y detenerse a considerar que la Palabra Santa de Dios está totalmente contra la amenaza de muerte para forzar a alguien a las filas del Islam. En una palabra, este mismo argumento basta para refutar esas falsas ideas. Sin embargo, por compasión, he decidido refutar dichas ideas con pruebas positivas y claras tomadas de la historia, etc.

En consecuencia, intentaré demostrar en este libro que Jesús (la paz sea con él) no murió en la cruz; tampoco subió al cielo ni ha de suponerse que volverá del cielo a la tierra, sino que, por el contrario, murió a los 120 años de edad en Sirinagar, Cachemira, y que su tumba puede encontrarse en el barrio Khan Yar de esa ciudad.
He dividido esta investigación en diez capítulos y un epílogo, que incluyen los testimonios de la Biblia, los testimonios del Santo Corán y del Hadiz, el testimonio de libros de medicina, de registros históricos, el testimonio de las tradiciones orales que han sido transmitidas de generación en generación, pruebas circunstanciales varias, el testi­monio del argumento racional y el de la nueva revelación que Dios me ha hecho. Esto representa ocho capítulos. En el 9, haré una breve comparación del Cristianismo y el Islam y presentaré argumentos a favor de la verdad del Islam. En el capítulo 10 habrá una exposición algo detallada sobre los objetivos, para cuya realización he sido nombrado por voluntad divina; presentaré pruebas de que soy el Mesías Prometido y de que vengo de Dios; y, al final, habrá un epílogo en el que se expondrán ciertas instrucciones.
Espero que los lectores de este libro lo lean atentamente y que no rechacen, movidos por el prejuicio, la verdad que en él se contiene. Me gustaría recordarles que no se trata aquí de una investigación superficial, pues las pruebas que se contienen en este libro se han obtenido después de una investigación profunda e inquisitiva. Ruego a Dios que me ayude en esta empresa y me lleve, con su revelación e inspiración especial a la luz perfecta de la Verdad, porque todo el verdadero Conocimiento y la clara Comprensión descienden de Él y sólo con Su permiso puedo guiar los corazones humanos a la verdad. Amén.
Mirza Ghulam Ahmad
Qadian, 25 de abril de 1899
(*) Guerra Santa.

Algunos de los Ahl-i-Hadiz afirman de forma incorrecta e injusta en sus libros que la venida del Mehdi es inminente: que será encarcelado por los gobernantes británicos de la India y que el rey cristiano será arrestado y llevado ante él. Estos libros pueden encontrarse todavía en las casas de estos Ahl-i-Hadiz, uno de los cuales es Igtarab-us-Saat, de un conocido Ahl-i-Hadiz, en cuya página 64 puede encontrarse dicha exposición.
En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso

CAPÍTULO I

Hay que decir que aunque los cristianos creen que Jesús (la paz sea con él) después de su detención por la traición de Judas Iscariote y su crucifixión -y resurrección- subió a los cielos, no obstante, precisamente en la Santa Biblia se comprueba que su creencia es totalmente errónea. Mateo (capítulo 12, versículo 40) dice que, al igual que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en las entrañas de la tierra. Ahora bien, es evidente que Jonás no murió en el vientre de la ballena; lo que sucedió más probablemente es que estuviese desvane­cido o inconsciente. Los libros santos de Dios son testigos de que Jonás, por la gracia de Dios, permaneció vivo en el vientre de la ballena, y salió vivo, y su pueblo al final lo aceptó. Si Jesús (la paz sea con él) hubiese muerto en el vientre de la “ballena”, ¿qué parecido habría entre un hombre muerto y otro que vivió y cómo podría compararse a un vivo con un muerto?
La verdad es más bien que, dado que Jesús era un verdadero profeta y sabía que Dios, del que era amado profundamente, lo salvaría de una muerte maldita, hizo una profecía en forma de parábola que Dios le había revelado en la que señaló que no moriría en la cruz ni entregaría el alma en el maldito madero sino que, por el contrario, como el profeta Jonás, sólo pasaría a través de un estado de inconsciencia. En la parábola apuntó también que saldría del seno de la tierra y se uniría al pueblo y, como Jonás, sería honrado por él.
Esta profecía se cumplió también. Jesús, después de salir de las entrañas de la tierra, se dirigió a sus tribus que vivían en los países de oriente, Cachemira, Tibet, etc., es decir, las diez tribus de los israelitas que 721 años (1) antes de Jesús habían sido hechos prisioneros desde Samaria por Shalmaneser, Rey de Assur V habían sido llevados por él. En última instancia, estas tribus llegaron a la India y se instalaron en diversas partes del país. Jesús en cualquier caso debió efectuar el viaje, pues el objeto divino que subyacía a su aparición era la de reunirse con los judíos perdidos que se habían instalado en distintas partes de la India que, en realidad, eran las ovejas perdidas de Israel que habían abandonado su fe ancestral en esos países, la mayoría de los cuales había adoptado el budismo, cayendo gradualmente en la idolatría: El Dr. Bernier, basándose en la autoridad de una serie de personas sabias, afirma en sus Viajes que los cachemires son en realidad judíos que, en el momento de la diáspora de la época del Rey de Assur, habían emigrado a este país (2).
En cualquier caso, era necesario que Jesús (la paz sea con él) encontrara a esas ovejas perdidas que al llegar a este país, la India, se habían mezclado con las otras gentes. Presentaré ahora pruebas de que Jesús (la paz sea con él) llegó de hecho a la India y después, por etapas, viajó hasta Cachemira, descubriendo a las ovejas perdidas de Israel entre el pueblo que profesaba la fe budista, y que estas personas al final lo aceptaron al igual que el pueblo del profeta Jonás aceptó a Jonás. Esto era inevitable, ya que Jesús dijo de muchas maneras que había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel.
Aparte de esto, era necesario que escapara a la muerte en la cruz ya que en el Libro Santo se afirmaba que quien colgara del madero sería maldito. Es una blasfemia cruel e injusta atribuir una maldición a una persona tan eminente como Jesús, el Mesías, ya que según la opinión concorde de todos los que conocen el idioma, la’nat o maldición hace referencia al estado del corazón de una persona. A un hombre se le diría maldito cuando su corazón, habiéndose apartado de Dios, se oscurece totalmente; cuando, privado de la misericordia divina y del amor divino, desprovisto totalmente de Su conocimiento y ciego como el mal, quedara invadido por el veneno de la incredulidad; cuando no permaneciera en él ni un solo rayo de amor y conoci­miento divino; cuando se rompe el lazo de la lealtad y entre él y Dios surge el odio, el desprecio, el rencor y la hostilidad, hasta el punto de que Dios y él se hacen enemigos mutuos; y cuando Dios se cansa de él y él se cansa de Dios: en una palabra, cuando se convierte en heredero de todos los atributos del Maligno. Y ésa es la razón de que el mismo Diablo se llame maldito (3).

Es evidente que el significado de la palabra Mal’un, es decir, maldito, es tan vil que nunca puede aplicarse a cualquier persona justa que tiene el amor de Dios en su corazón. ¡Ay! Los cristianos no reflexionaron en el significado de una maldición cuando inventaron esta creencia; de otro modo, hubiese sido imposible que utilizaran una palabra tan perniciosa para un hombre tan justo como Jesús. ¿Podemos decir acaso que el corazón de Jesús estuvo alguna vez realmente separado de Dios; que hubiese negado a Dios, que lo hubiese odiado y se hubiera convertido en Su enemigo? ¿Podemos pensar acaso que Jesús sintiera alguna vez en su corazón estar separado de Dios, que fuese enemigo de Dios y que estuviese sumergido en la oscuridad de la incredulidad y la negación? Así pues, si Jesús nunca estuvo en ese estado, si su corazón se mantuvo siempre repleto de amor y de la luz del Divino Conocimiento, a vosotros, los hombres prudentes, corresponde ponderar si podemos afirmar alguna vez que no una, sino millares de maldiciones de Dios hubiesen bajado sobre el corazón de Jesús con todo su nefasto significado. Nunca. Entonces, ¿cómo podemos decir que fue (que Dios nos perdone) maldito? Es una pena que una vez que un hombre haya creído algo, cuando ha tomado posición sobre una creencia concreta, no se sienta inclinado a abandonar esa creencia, por muy claro que se exponga lo absurdo de la misma. El deseo de alcanzar la salvación, si está apoyado en una base auténtica, es algo loable, pero ¿qué sentido tiene mantener el deseo de salvación que suprime la verdad y que sostiene, en relación con un santo profeta y un hombre perfecto, la creencia de que hubiese pasado por algo similar a un estado en el que se hubiera separado de Dios y en el cual, en lugar de la unidad de corazones y unidad de inclinación, se hubiese producido un extrañamiento y un distancia­miento, enemistad y odio, y en lugar de luz, la oscuridad hubiese cubierto su corazón?

Debemos tener en cuenta igualmente que esto quita méritos no sólo al profetazgo y apostolado de Jesús (la paz de Dios sea con él) sino que ataca también su afirmación de eminencia espiritual, santidad, amor y conocimiento de Dios, que ha expresado tantas veces en los Evangelios. Simplemente repasemos la Biblia: en ella Jesús afirma claramente que es la Luz del mundo; que es la Guía; que se encuentra en relación de gran amor hacia Dios, que ha sido honrado por un nacimiento limpio y que es el Hijo amado de Dios. ¿Cómo, pues, a pesar de estas relaciones puras y santas podría atribuirse a Jesús una maldición, con todo su significado? No es posible.
Por tanto, no hay duda de que Jesús no fue crucificado, esto es, de que no murió en la cruz, ya que su personalidad no merecía la consecuencia que acarreaba la muerte en la cruz. Al no haber sido crucificado, quedó libre de las implicaciones impuras de una maldición y sin duda demuestra también que no subió al cielo, ya que la subida al cielo formaba parte de todo el plan y hubiera sido consecuencia de la idea de que hubiese sido crucificado. Por tanto, cuando se demuestra que ni fue maldito ni estuvo en el infierno durante tres días ni sufrió la muerte, la otra parte del plan, es decir, que subió al cielo, resulta ser errónea.
Sobre este punto, la Biblia presenta más pruebas que procedo a indicar a continuación. Está la afirmación de Jesús: “Mas después de haber resucitado, os precederé en Galilea” (Mateo, C. 26, V. 32). Este versículo muestra claramente que Jesús, después de haber salido de la tumba, fue a Galilea y no al cielo. Las palabras de Jesús “después de que haya resucitado” no significan la vida después de la muerte; más bien, dado que a ojos de los judíos y de las personas sencillas había muerto en la cruz, usó palabras previamente coherentes con lo que irían a pensar de él en el futuro y, de hecho, el hombre que fue colocado en la cruz, en cuyas manos y pies habían sido introducidos clavos hasta que desvaneciera de dolor, había quedado prácticamente muerto. Si ese hombre se salvaba de tal calamidad y recuperaba el conocimiento, no sería una exageración por su parte decir que había resucitado. No hay duda de que, después de sufrir tanto, el escape de Jesús de la muerte fue un milagro; no fue un acontecimiento ordinario, pero pensar que había muerto es erróneo. Es cierto que en los libros del Nuevo Testamento existen palabras de este tipo, pero es un error de los escritores de esos libros, al igual que cometieron errores en el registro de algunos otros acontecimientos históricos. Los comenta­ristas que han investigado estos libros admiten que los libros del Nuevo Testamento tienen dos partes:
(1) La instrucción espiritual recibida por. los discípulos de Jesús (la paz sea con él) que es la esencia de las enseñanzas del Evangelio.
(2) Los acontecimientos históricos, como la genealogía de Jesús, su captura y azotes, la existencia en su época de una balsa milagrosa, etc.
Estas cosas fueron registradas por los mismos autores. No fueron reveladas sino expuestas más bien de acuerdo con las opiniones propias del autor. En algunos lugares se encuentran exageraciones indebidas, como cuando se afirma que si todos los milagros y obras de Jesús se registraran en libros, la tierra no tendría espacio para contenerlos. ¡Qué exagerada es esta afirmación!

Aparte de esto es un uso común en el habla describir la gran calamidad que cayó sobre Jesús como una muerte. Cuando un hombre que ha pasado a través de una experiencia de vida y muerte se salva en última instancia de ella, el comentario general de las personas expresa la idea con la frase idiomática: “ha resucitado” y ningún pueblo, sea cual fuere el país a que pertenezca, dudaría en expresar la idea de ese modo.
Después de lo que se ha mencionado, había que tener presente que en el Evangelio de Bernabé, que puede encontrarse en el Museo Británico, se afirma que Jesús no fue crucificado ni murió en la cruz.
Podemos muy bien decir que aunque este libro no esté incluido en los Evangelios y ha sido rechazado simplemente, no hay duda alguna de que es un libro antiguo y pertenece al período en el que se escribieron los otros Evangelios. ¿No podríamos acaso considerar este antiguo libro como un libro de historia de los tiempos antiguos y utilizarlo como libro de historia? ¿No se deduce de este libro que, al menos en la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos de la cruz, algunas personas no aceptaban la idea de que Jesús muriera en la cruz?
Una vez más, aparte de esto, cuando en los mismos cuatro Evangelios hay metáforas tales como las que se refieren a una persona muerta, que no está muerta sino que duerme, no es irrazonable suponer que un estado de desvanecimiento pueda describirse como estado de muerte. He dicho ya que un profeta no puede mentir. Jesús comparó sus tres días en la tumba con los tres días de Jonás en el vientre de la ballena. Esto sólo demuestra que, al igual que Jonás permaneció vivo en el vientre de la ballena, así Jesús permaneció vivo durante tres días en la tumba. Las tumbas de los judíos de aquella época no eran como las tumbas actuales, sino que tenían espacio suficiente y una abertura en un lado, que se cubría con una gran piedra. Más adelante demostraré a su debido tiempo que la tumba de Jesús, que se ha descubierto recientemente en Sirinagar, Cachemira, es del mismo tipo que aquélla en la que fue colocado Jesús en estado inconsciente.
En una palabra, el versículo que acabo de citar demuestra que Jesús, después de salir de la tumba, se dirigió a Galilea. El Evangelio de San Marcos dice que, después de salir de la tumba, se le vio andando por el camino que iba a Galilea, y al final se reunió con los once discípulos cuando estaban comiendo; les mostró sus manos y pies, que estaban heridos, y pensaron que era un espíritu. Entonces él les dijo:
“Mirar mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene ni carne ni huesos, como veis que yo tengo” (4).
“Le dieron un trozo de pez asado y un trozo de panal. Lo tomó y se lo comió a la vista de ellos” (5).
Estos versículos demuestran que ciertamente Jesús nunca subió a los cielos; por el contrario, al salir de la tumba, se dirigió a Galilea, como un hombre ordinario, con su vestido normal y con su cuerpo humano. Si hubiese resucitado después de la muerte ¿cómo iba a llevar ese cuerpo espiritual las heridas que le infligieron en la cruz? ¿Qué necesidad tenía de comer? Y si hubiese necesitado comida entonces, seguiría necesitando comida incluso ahora.
Los lectores no deben tener ideas erróneas: la cruz de los judíos no era como el patíbulo de los ahorcados actuales, del que salir vivo es prácticamente imposible; y es que la cruz de aquella época no tenía ninguna cuerda para colocar alrededor del cuello de la víctima, ni el condenado podía caer de una plancha de madera quedando colgado; por el contrario, era simplemente puesto en la cruz, clavándose a ella sus manos y pies; y era muy posible que si, después de crucificar a una persona y clavarle clavos, se decidiera -en un plazo de uno o dos días- perdonarle la vida, fuese bajado vivo antes de que se hubiesen roto los huesos, ya que se consideraba suficiente para él el castigo sufrido. Si se decidía matarlo, era mantenido en la cruz durante al menos tres días. No se permitía que se le diera alimento ni bebida, y era dejado en este estado, al sol, durante tres o más días, rompién­dosele los huesos y muriendo al final, como resultado de esta tortura.
Pero la gracia del Dios Todopoderoso rescató a Jesús de esta tortura que habría puesto fin a su vida. La lectura atenta del Evangelio demuestra que Jesús (la paz sea con él) no estuvo en la cruz durante tres días; tampoco tuvo que sufrir hambre o sed durante tres días, ni se le rompieron los huesos. Por el contrario, sólo permaneció en la cruz durante dos horas, y la gracia y la misericordia de Dios hicieron que la crucifixión tuviera lugar en la última parte del día, que era Viernes, sólo unas horas antes de la puesta del sol, ya que el día siguiente era Sábado, la gran fiesta de los judíos. Según la costumbre judía, era ilícito y un crimen espantoso dejar a alguien que permaneciera en la cruz en el día del sábado, o durante la noche anterior a él. Los judíos, como los musulmanes, observaban el calendario lunar, considerándose la puesta del sol como el comienzo del día. Así, por una parte, estuvo esta circunstancia que surgió por causas terrenas y, por otra, el Dios Todopoderoso creó circunstancias extraordinarias, a saber, que cuan­do fue la hora sexta, hubiese una fuerte tormenta de polvo que oscureció la tierra durante tres horas (6). Esta hora sexta era después de las doce, es decir, cerca del atardecer. Pues bien, los judíos se espantaron por esta horrible oscuridad, por temor a que los sorpren­diera la noche del Sábado y porque, por haber violado la santidad del Sábado merecerían ser castigados. Por lo tanto, bajaron apresurada­mente a Jesús y a los dos ladrones de sus cruces. Además de todo esto, habría otra causa celestial, a saber, cuando Pilato presidía su tribunal, su mujer le envió el mensaje de que no hiciera nada con aquel hombre justo (es decir, que no intentara castigarlo con la muerte) ya que, dijo ella, había tenido un sueño por la noche que la había perturbado mucho (7). Así pues, el ángel que vio la esposa de Pilato en sueños nos aseguraría a nosotros y a cualquier persona de mente recta, con toda certeza, que Dios nunca pretendió que Jesús muriera en la cruz. Desde el día de la creación de este mundo, no ha ocurrido nunca que Dios sugiriera a una persona en un sueño que sucedería una cosa concreta de un modo determinado, y sin embargo esa cosa dejara de suceder. Por ejemplo, el Evangelio de Mateo dice que un ángel del Señor llegó a José en sueños y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, donde permanecerás, hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (8). ¿Quién puede decir que Jesús podría ser matado en Egipto? De la misma manera, el sueño que tuvo la mujer de Pilatos era parte del designio de Dios y no podría ocurrir nunca que fallara en su objeto. Y al igual que la posibilidad de que Jesús fuese muerto durante el viaje a Egipto era contraria a una promesa específica de Dios, igualmente de impensable, es que el ángel del Dios Todopoderoso apareciera a la mujer de Pilato y le ordenara decir que si Jesús moría en la cruz no sería bueno para ella, y sin embargo la aparición del ángel fuese en vano y se permitiera que Jesús sufriera la muerte en la cruz. ¿Hay algún ejemplo de esto en el mundo? Ninguno. La conciencia pura de todos los hombres buenos; cuando son informados del sueño de la mujer de Pilato, testificaría sin duda que, en realidad, el objetivo de ese sueño era establecer la base para el rescate de Jesús.

Naturalmente, cualquier persona tiene siempre la posibilidad de negar la verdad más clara; puede negarse a aceptarla por prejuicios nacidos de su credo, pero la honradez nos obligaría a creer que el sueño de la mujer de Pilato es una prueba de peso en apoyo de la escapatoria de Jesús de la cruz. El que ocupa el primer lugar de los Evangelios, es decir, el de Mateo, ha registrado esta prueba. Por tanto, aunque las pruebas evidentes que presentaré en este libro invalidan la divinidad de Jesús y la doctrina de la Expiación, la honradez y el amor a la justicia nos exige sin embargo no ser parciales en un credo común o habitual sobre una cuestión de hecho. Desde el día de la creación del hombre hasta la actualidad, el intelecto limitado del hombre ha investido de divinidad a miles de cosas, hasta el punto de adorar incluso a gatos y serpientes. No obstante, las personas prudentes, con ayuda del cielo, han permanecido a salvo de la maldad de esas creencias politeístas.
Entre los testimonios de la Biblia en apoyo del escape de Jesús de la muerte en la cruz está su viaje a un lugar alejado, al que se dirigió después de salir de la tumba. La mañana del domingo vio por primera vez a María Magdalena, la cual informó inmediatamente a los discípulos que Jesús estaba vivo, pero ellos no la creyeron. Después fue visto por dos de los discípulos cuando salían al campo; y al final se apareció a los once cuando estaban comiendo y les censuró su insensibilidad y su falta de fe (9). Cuando dos discípulos de Jesús se dirigían a la aldea llamada Emaús, que se encontraba a una distancia de 3,75 millas de Jerusalén, Jesús se unió a ellos, y cuando se aproximaron a la misma, Jesús se adelantó para apartarse de ellos, pero no le dejaron que se fuera, diciendo que esa noche estarían juntos. Entonces cenó con ellos y todos, junto con Jesús, pasaron la noche en el pueblo llamado Emaús (10).
Ahora bien, decir que Jesús hizo todo esto con un cuerpo espiritual (que se supone que es, la naturaleza del cuerpo después de la muerte), algo que sólo un cuerpo físico era capaz de hacer, como, por ejemplo, comer y beber, dormir y efectuar un largo viaje a Galilea que se encontraba a 70 millas de Jerusalén, es decir algo imposible y contrario a la razón. A pesar del hecho de que, debido a las inclinaciones individuales, las narraciones de los Evangelios han diferido, los textos tal como están demuestran claramente, sin em­bargo, que Jesús se unió a sus discípulos con su cuerpo humano mortal ordinario, y realizó un largo viaje a pie a Galilea; mostró sus heridas a los discípulos, cenó con ellos al atardecer y durmió en su compañía.
Ahora debemos considerar si después de adquirir un cuerpo espiritual y eterno, es decir, después de obtener ese cuerpo inmortal que le daba derecho, por quedar libre de la necesidad de comer y beber, a sentarse a la derecha de Dios y a estar libre de toda herida, dolor y enfermedad, podía seguir sufriendo un defecto – aunque tuviese la gloria del Dios Eterno y Sempiterno – que su cuerpo tuviese heridas recientes de la cruz y los clavos, que sangrara y le produjera dolor (y para el que se había preparado un ungüento), y que, después de recibir ese cuerpo glorioso e inmortal, eternamente sano, sin tacha, perfecto e inmutable, ese mismo cuerpo continuara sufriendo otros defectos de muchos tipos: el mismo Jesús mostró a sus discípulos la carne y huesos de su cuerpo y sufrió también la miseria del hambre y la sed, necesidades del cuerpo mortal. Por otra parte, ¿necesitaba acaso, durante el viaje a Galilea, hacer cosas tan inútiles como comer y beber agua, descansar y dormir? Indudablemente, el hambre y la sed, en este, mundo, son dolorosos para el cuerpo mortal, y pueden resultar incluso fatales si se hacen extremos.
No hay pues duda de que Jesús no murió en la cruz ni adquirió un nuevo cuerpo espiritual. Más bien se encontró en un estado de desvanecimiento similar a la muerte. Por la gracia de Dios, sucedió que la tumba en que fue colocado no era como las tumbas de este país. Era un lugar espacioso. En aquellos días era costumbre de los judíos hacer que la tumba fuera espaciosa, como una habitación amplia, dejando en ella una abertura. Esas tumbas se mantenían preparadas y, cuando lo exigía la ocasión, se enterraba en ellas los cuerpos muertos. Los Evangelios dan un testimonio claro de esto. Lucas dice: “Pero el primer día de la semana, muy de mañana (es decir, cuando estaba todavía oscuro), ellas (es decir, las mujeres) volvieron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado y algunos otros con ellas. Y hallaron la piedra separada del sepulcro (¡vean simplemente esto!). Habiendo entrado, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús” (11). Consideremos ahora por un momento las palabras “habiendo entrado”. Es evidente que un hombre sólo puede entrar en una tumba que sea como una habitación y tenga una abertura. En el lugar apropiado, expondré en este libro que la tumba de Jesús (la paz sea con él), que ha sido descubierta recientemente en Sirinagar, Cachemira, tiene una abertura como esta tumba. Es un punto de gran valor que, cuando sea ponderado, llevará a los investigadores en este campo a una conclusión grande e importante.
Entre los testimonios de los Evangelios están las palabras de Pilato, registradas por San Marcos: “Llegada ya la tarde, como era día de Preparación, es decir, vísperas del día Sábado, vino José el de Arimatea, noble consejero, el cual también estaba esperando el reino de Dios. Este se atrevió a ir a Pilato, y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que estuviera muerto” (12). Esto demostraría que, en el momento de la misma crucifixión, existía ya la duda de que Jesús hubiese muerto realmente, y la duda surgía nada menos que en una persona como aquélla, que conocía por experiencia cuánto tiempo tardaba una persona en morir en la cruz.
Entre los testimonios de los Evangelios está el versículo: “Como era la preparación a la Pascua, para que los cuerpos no quedasen en la cruz durante el Sábado (porque era un día grande el de aquel Sábado) los judíos pidieron a Pilato que se les quebrasen las piernas y los retirasen. Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y luego del otro que había sido crucificado con él. Mas llegando a Jesús y viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua” (13). Estos versículos muestran clara­mente que, para poner fin a la vida de una persona crucificada, era práctica habitual en aquellos días mantenerlo en la cruz durante varios días y romperle después las piernas, pero las piernas de Jesús no fueron rotas a propósito y fue bajado vivo de la cruz, al igual que los dos ladrones. Esta fue la razón de que saliera sangre cuando le penetraron el costado. La sangre, sin embargo, se coagula después de la muerte. Aquí se observa igualmente que todo esto fue el resultado de una conspiración. Pilato era temeroso de Dios y un hombre de buen corazón, pero no podía mostrarse abiertamente a favor de Jesús por temor al César, pues los judíos habían declarado a Jesús rebelde. De cualquier modo, Pilato tuvo la suerte de haber visto a Jesús, suerte que no tuvo César, y el primero no sólo vio a Jesús, sino que también le hizo un gran favor: no deseaba que Jesús sufriera la crucifixión.
Los Evangelios señalan claramente que Pilato había decidido varias veces dejar libre a Jesús, pero los judíos le dijeron que si así lo hacía, sería desleal al César, afirmando asimismo que Jesús era un rebelde que quería ser rey (14). El sueño que tuvo la mujer de Pilato lo impulsó aún más a dejar libre a Jesús, pues de lo contrario, él y su esposa se hubieran expuesto al desastre. Pero, dado que los judíos eran un pueblo malvado, dispuestos incluso a informar secretamente al César de las acciones de Pilato, éste utilizó una estratagema para rescatar a Jesús: en primer lugar, fijó el viernes para la crucifixión, sólo pocas horas antes de la puesta del sol, y a punto de empezar el Gran Sábado, pues Pilato sabía muy bien que los judíos, de acuerdo con los mandamientos de su ley, sólo podían mantener a Jesús en la cruz hasta el atardecer, ya que después era ilícito mantener a nadie en ella. En consecuencia, todo sucedió de esta manera y Jesús fue bajado de la cruz antes de que oscureciera. Es improbable que hubiesen permanecido vivos los ladrones que fueron crucificados al mismo tiempo que Jesús y sin embargo Jesús hubiera muerto en el plazo de dos horas. Fue una excusa para salvar a Jesús del proceso de la rotura de las piernas. El hecho de que ambos ladrones fuesen bajados vivos de la cruz es prueba suficiente para una persona inteligente. La costumbre habitual era bajar a las víctimas vivas. Sólo morían cuando se les rompían los huesos o cuando se les dejaba en la cruz sin alimento ni bebida durante algunos días. Pero Jesús no tuvo ninguna de estas experiencias: Ni permaneció durante días en la cruz ni se le rompieron los huesos, y haciéndoles creer que estaba muerto, se consiguió que los judíos olvidaran todo el asunto. Los ladrones, sin embargo, fueron matados inmediatamente, al rompérseles los huesos. Habría sido diferente si se hubiera dicho también respecto a uno de los ladrones que había muerto y que no había necesidad de romperle los huesos.
Entonces, un hombre llamado José, un amigo honrado de Pilato y una persona notable en la localidad y discípulo en secreto de Jesús ­se presentó en el momento justo. Sospecho que fue también llamado por una sugerencia de Pilato. Al haber sido dado por muerto Jesús, se le entregó su cuerpo, ya que era un hombre importante con quien los judíos no podían tener disputas. Al llegar al escenario, se llevó a Jesús como si fuese un cadáver, aunque en realidad estaba desvanecido. Había una casa espaciosa en las cercanías, construida según la costumbre de la época como una tumba, con una abertura en ella y situada en un lugar con el que los judíos no tenían relación alguna. Jesús fue colocado en esta casa siguiendo la sugerencia de Pilato.
Estos acontecimientos sucedieron el siglo decimocuarto después de la muerte de Moisés, y Jesús era el Restaurador de la ley israelita en el siglo decimocuarto. Aunque los judíos esperaban en este mismo siglo al Mesías Prometido, y las profecías de los profetas anteriores señalaban también justo a esta época para su aparición, no obstante, ¡ay! los indignos sacerdotes de los judíos no reconocieron ni la época ni el momento, y rechazaron al Mesías Prometido como un impostor. No sólo esto, sino que lo declararon kafir (incrédulo), lo llamaron apóstata, dictaron sentencia de muerte contra él y lo arrastraron al tribunal. Esto demostró que Dios había reunido en el siglo decimo­cuarto las influencias que hicieron duros los corazones del pueblo, y a los sacerdotes, mundanos, ciegos y enemigos de la verdad. Sin embargo, una comparación entre el siglo decimocuarto después de Moisés y el decimocuarto después del “igual” a Moisés – nuestro Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) – mostrará, en primer lugar, que en cada uno de estos siglos había un hombre que reclamaba ser el Mesías Prometido, una afirmación verídica apoyada en la autoridad de Dios. Después sucedería que los sacerdotes del pueblo los declaraban a ambos incrédulos, llamándolos a ambos infieles y Dayal (engañadores), pronunciando fatwas (sentencia) de muerte contra ellos y arrastrándolos al tribunal – un tribunal romano en un caso y británico en el otro- siendo finalmente rescatados ambos y quedando los sacerdotes – judíos y musulmanes – frustrados en sus designios. Dios había pretendido suscitar grandes comunidades para ambos Mesías y anular así los planes de sus enemigos. En una palabra, el siglo decimocuarto después de Moisés y el siglo decimocuarto después de nuestro Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) son para sus Mesías respectivos una prueba, así como, a largo plazo, una bendición.
Entre los testimonios que muestran que Jesús (la paz sea con él) se salvó de la cruz está en el que se narra en Mateo, capítulo 26, vs. 36 – 46, donde se relata que, después de haberse informado, por revelación, de su detención inminente, Jesús oró a Dios durante toda la noche, postrado y con el rostro inundado de lágrimas, y esa oración ofrecida con tal humildad, y para la que Jesús tuvo tiempo más que suficiente, no podía quedar desoída; y es que el grito de un elegido de Dios, dirigido en un momento de amargura, nunca es rechazado. ¿Por qué iba, pues, a ser desoída la oración de Jesús, que había implorado a Dios durante toda la noche con corazón dolorido y en estado de profundo desconsuelo? Jesús había dicho: El Padre que está en los cielos me escucha. Por tanto, si no iba a ser oída su oración, dirigida en estado tan profundo de aflicción, ¿cómo podría decir que Dios escuchaba sus oraciones? Los Evangelios muestran también que Jesús (la paz sea con él) tenía en su corazón la certeza de que su plegaria iba a ser aceptada: tenía una gran confianza en esa oración. Esta es la razón de que, al ser arrestado y crucificado, al ver que las circuns­tancias no coincidían con lo que había esperado, gritara involuntaria­mente: “Eli, Eli, lamma sabachtani“, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, es decir, no esperaba que le sucediera eso, que pudiera morir en la cruz, pues creía que su oración sería oída.
Por tanto, las dos referencias al Evangelio demuestran que Jesús estaba firmemente convencido de que su oración sería oída y aceptada, que sus súplicas lagrimosas dirigidas durante toda la noche no se perderían, dado que él mismo había enseñado a sus discípulos, con la autoridad divina: “Cuando oréis, la oración será escuchada”. Además, también narró la palabra del juez que no temía ni al hombre ni a Dios. La finalidad de esta parábola era la de que los discípulos cayeran en la cuenta de que Dios escuchaba indudablemente las oraciones. Aunque Jesús sabía directamente de Dios que le esperaba una gran aflicción, no obstante, como todas las personas justas, oraba a Dios creyendo que no había nada imposible para Dios y que Él era el que determinaba si un acontecimiento debía o no suceder. En conse­cuencia, el rechazo de la propia oración de Jesús habría conmovido la fe de sus discípulos. ¿Cómo era posible presentar ante los discípulos un ejemplo destructor de su fe? Si hubieran visto con sus propios ojos que la oración de un gran profeta como Jesús, dirigida durante toda la noche con pasión ardiente, no era aceptada, ese desafortunado ejemplo habría sido una prueba excesiva para su fe. Por lo tanto, el Dios Misericordioso no podía menos que aceptar su oración. Y es ciertamente la oración ofrecida de Getsemaní la que fue aceptada.
Existe otro punto a este respecto. Al igual que existía una conspiración para asesinar a Jesús y, con este propósito, los jefes de los sacerdotes y los escribas se reunieron en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás para urdir un plan para matar a Jesús, así también hubo una conspiración para asesinar a Moisés y, de igual manera, hubo una consulta secreta en la Meca, en el lugar llamado Dar-ul-Nadwa, para asesinar al Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él). Pero el Dios Poderoso salvó a estos dos grandes profetas de los designios malvados. La conspiración contra Jesús estuvo, cronológicamente, entre las otras dos. Entonces, ¿por qué no iba a ser Jesús salvado si había orado con mayor vehemencia que ninguno de los otros dos? ¿Por qué no iba a ser oída la oración de Jesús si Dios escucha las oraciones de Sus amados siervos y frustra los planes de los malvados?
Todos los justos saben por experiencia que la oración del humillado y el afligido es aceptada; en efecto, para una persona justa, la hora de la aflicción es la hora del signo. Yo he tenido una experiencia personal en este sentido. Hace dos años, un tal Dr. Martin Clark, cristiano residente en Amristar, en el Punjab, me acusó falsamente de intento de asesinato ante un tribunal del Distrito de Gurdaspur, alegando que había enviado a una persona llamada Abdul Hamid a asesinar a dicho doctor. Sucedió que, en esta causa, testificaron contra mí varias personas intrigantes pertenecientes a las tres comunidades, es decir, cristianos, hindúes y musulmanes; hicieron lo posible por demostrar la acusación de intento de asesinato contra mí. Los cristianos me reprochaban el que estuviera intentando -como sigo intentando en la actualidad- rescatar a la humanidad de las falsas ideas que sostienen los cristianos respecto a Jesús, y ésta fue la primera prueba del tratamiento que había recibido de ellos. Los hindúes se sentían disgustados conmigo porque hice una profecía en relación con la muerte de uno de ellos, Lekh Ram, que era pandit, con su consen­timiento, y la profecía se cumplió dentro del plazo señalado: un signo terrible de Dios. De la misma manera, los Molvis musulmanes estaban encolerizados porque me oponía a la idea de un Mesías sanguinario y a la doctrina de la Yihad tal como ellos la entendían. Por lo tanto, algunos personajes importantes de las tres comunidades se reunieron en secreto con el fin de demostrar la acusación de asesinato contra mí, a fin de que fuera ahorcado o al menos encarcelado. Fueron, pues, personas injustas a los ojos de Dios. Dios me informó de esto antes de la hora de sus consultas secretas y me dio la buena nueva de la absolución final. Estas revelaciones puras de Dios fueron anun­ciadas previamente a centenares de personas y cuando, después de la revelación, yo oré: “¡Señor! Sálvame de esta aflicción”, se me reveló que Dios me salvaría y me libraría de la acusación presentada contra mí. Esta revelación fue comunicada verbalmente a más de trescientas personas, muchas de las cuales siguen vivas. Ocurrió que mis enemigos presentaron testigos falsos en el tribunal y casi “probaron” su acusación; declararon contra mí testigos de las tres comunidades antes citadas. Entonces sucedió que los hechos de esa causa fueron revelados de diversas maneras por Dios al magistrado encargado de la causa, cuyo nombre era Capitán W. Douglas, Comisionado Adjunto de Gurdaspur. Este comprobó a su plena satisfacción- que la acusación era falsa. Así pues, sin preocuparse de lo que pensara el doctor, que era también misionero, su sentido de justicia lo hizo absolverme, por lo que todo lo qué había proclamado sobre mi absolución por la autoridad de la revelación divina a centenares de personas y en reuniones públicas, resultó verdadero a pesar de la peligrosa inclinación de las circunstancias que rodeaban el caso, lo que sirvió para fortalecer la fe de mucha gente. Y no sólo esto, sino que, basándose en tales razones, se presentaron contra mí más cargos de este tipo y acusaciones de carácter penal, y todas las causas fueron llevadas al tribunal, pero, antes de que recibiera notificación del tribunal, Dios me informó del origen y del final de todo el asunto, y en todas las causas serias recibí la buena noticia de la absolución.
La cuestión que podemos deducir de aquí es que Dios Todopo­deroso acepta indudablemente las oraciones, sobre todo cuando Sus siervos más fieles acuden a su puerta oprimidos; El escucha sus quejas y les ayuda de la forma más curiosa. De esto yo mismo soy testigo. ¿Por qué, pues, no iba a ser aceptada la oración de Jesús realizada en una agonía tal? Sin duda, fue aceptada. Dios lo salvó, creando circunstancias en la tierra y en el cielo para rescatarlo. Juan, el profeta Yahya, no había tenido tiempo para rezar, ya que su fin había llegado, pero Jesús tuvo toda la noche para la oración y la empleó en oración, de pie y postrado ante Dios, pues Dios había querido que diera expresión a su aflicción y le pidiera ser liberado por Él, para Quien nada era imposible. Así pues, el Señor, de acuerdo con su práctica eterna, escuchó su oración. Los judíos profirieron una falsedad cuando, mientras crucificaban a Jesús, se burlaban de él porque confiaba en Dios: ¿por qué Dios no lo salvaba? Y es que Dios echó por tierra los designios de los judíos y salvó a su amado Mesías de la cruz y de la maldición que ella suponía. Los judíos habían fracasado.
Entre los testimonios del Evangelio que han llegado a nosotros está el versículo de Mateo: “Caiga sobre vosotros la sangre de los justos derramada en la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar. En verdad os digo, todas estas cosas ocurrirán en esta generación” (15). Ahora bien, si pensáis en estos versículos, com­probaréis que Jesús (la paz sea con él) afirma claramente que el asesinato de los profetas por los judíos cesó con el profeta Zacarías y que, a partir de ese momento, los judíos no tendrían ya poder alguno para matar a ningún profeta. Esta es una gran profecía que señala claramente que Jesús (la paz sea con él) no murió como resultado de la crucifixión; por el contrario, fue salvado de la cruz, muriendo al final de muerte natural. Y es que si Jesús (la paz sea con él) debía sufrir también la muerte por asesinato como Zacarías, de mano de los judíos, habría indicado en estos versículos su propia muerte. Si se afirma que Jesús (la paz sea con él) fue también muerto por los judíos pero que su muerte de Jesús no fue un pecado por parte de éstos, ya que la muerte de Jesús tuvo la naturaleza de una expiación, esta afirmación es difícilmente sostenible, ya que en Juan, capítulo 19, versículo 11, Jesús afirma claramente que los judíos han sido culpables de un gran pecado por haber decidido matar a Jesús; y de la misma manera, en otros muchos lugares se habla claramente de que, como pena por el delito de que habían sido culpables contra Jesús, habían merecido el castigo a los ojos de Dios (16).
Entre los testimonios del Evangelio que nos han llegado está el versículo de Mateo que dice: “En verdad, os digo, algunos de los que están aquí no gustarán la muerte sin que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino” (17). De igual manera, está el versículo de Juan: “Jesús le respondió: “Si me place que él (el discípulo) se quede (es decir, en Jerusalén) hasta mi vuelta” (18). Esto significa: “Si quiero, Juan no morirá hasta que yo regrese”. Estos versículos muestran con toda claridad que Jesús (la paz sea con él) había prometido que algunas personas continuarían viviendo hasta su regreso; y entre ellas nombró a Juan. Así pues, el cumplimiento de esta promesa era inevitable. En consecuencia, incluso los cristianos han admitido que para que la profecía pueda considerarse como cumplida, era inevitable la venida de Jesús en un momento en que algunas de las personas de aquella época siguieran aún vivas, a fin de que la profecía se cumpliera de acuerdo con su promesa. Esta es la base de la declaración del sacerdote de que Jesús, de acuerdo con su promesa, había venido a Jerusalén en el momento de su destrucción y de que Juan lo había visto, ya que estaba vivo en aquel momento. Pero señalemos igualmente que los cristianos no dicen que Jesús bajara realmente del cielo acompañado por los signos anunciados, sino que afirman más bien que se apareció a Juan como en una visión para poder cumplir su profecía que se contiene en el versículo 28 del capítulo 16 de Mateo. Pero yo digo que una venida de este tipo no cumple la profecía. Se trata de una interpretación poco sólida que sólo evita con dificultad las críticas planteadas contra esta posición. Esta interpretación es evidentemente insostenible y errónea, hasta el punto de que no hay necesidad de refutarla, ya que si Jesús hubiese tenido que aparecer a alguien en un sueño o visión, una profecía de este tipo sería ridícula (19).
De esta manera, Jesús se había aparecido también a Pablo mucho antes de esto. Parece ser que la profecía que se contenía en el versículo 28 del capítulo 16 de Mateo hizo que cundiera el pánico entre los sacerdotes, ya que no pudieron darle una explicación racional de acuerdo con sus propias creencias, pues les era difícil decir que, en el momento de Jerusalén, Jesús había descendido de los cielos con toda su gloria y que todos lo verían como ven el rayo que ilumina la tierra desde el cielo; tampoco les era fácil ignorar la afirmación: “Algunos de los que estarán aquí no gustarán la muerte sin que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su Reino”. Por tanto, como resultado de una interpretación laboriosa, creían en el cumplimiento de la profecía en forma de visión. Pero no es cierto, pues los siervos justos de Dios aparecen siempre en visiones a los elegidos y para que haya una visión no es ni siquiera necesario que aparezcan únicamente en sueños; no; pueden incluso verse en estado de vigilia; yo mismo he experimentado esos fenómenos.
He visto muchas veces a Jesús (la paz sea con él) en Kashf (visión en estado de vigilia) y he conocido a algunos de los profetas mientras estaba totalmente despierto; he visto asimismo a nuestro Jefe, Maestro y Caudillo, el Profeta Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) muchas veces en estado despierto, y he hablado con él, en un estado tan claro de vigilia que el sueño o la somnolencia no tenían nada que ver con él. He conocido también a algunos de los muertos en sus tumbas o en otros lugares, estando despierto, y he hablado con ellos. Sé perfectamente que hablar con los muertos en estado de vigilia es posible; no sólo nos reunimos, sino que podemos hablar e incluso darnos la mano. Entre este estado y el ordinario de vigilia no hay diferencia alguna en dicha experiencia; uno se da cuenta de que se está en este mundo: tiene los mismos oídos, los mismos ojos y la misma lengua, pero la reflexión en profundidad revela un universo diferente. El mundo no conoce este tipo de experiencia, ya que el mundo lleva una vida de indiferencia. Esta experiencia es un don de los cielos y es para los que están dotados de nuevos sentidos. Es un hecho real y cierto.
En consecuencia, cuando Jesús se le apareció a Juan después de la destrucción de Jerusalén, aunque fue visto por este último en estado de vigilia -tal vez incluso hablaran y se dieran la mano- el incidente no tiene, sin embargo, nada que ver con la profecía. Estos fenómenos ocurren frecuentemente en el mundo; e incluso ahora, si le dedico alguna atención, en estado de vigilia puedo, con la gracia de Dios, ver a Jesús o a algunos otros santos profetas. Estas reuniones no cumplen la profecía (que se contiene en Mateo, capítulo 16, versículo 28).
Por lo tanto, lo que sucedió realmente fue que Jesús sabía que sería salvado de la cruz y que se trasladaría a otra región, que Dios nunca permitiría que muriera ni se lo llevaría de este mundo mientras no hubiese visto la destrucción de los judíos con sus propios ojos, y que no moriría mientras no hubiese obtenido los frutos del Reino, que los cielos dan a los que sobresalen espiritualmente. Jesús hizo esta profecía a fin de poder dar a sus discípulos la seguridad de que, en ese momento, verían los signos de que morirían por la espada, durante su propia vida y en su misma presencia, aquellos que habían levantado la espada contra él. Por tanto, si se quiere que la prueba tenga algún valor, no hay evidencia mayor para los cristianos que ésta: que Jesús, con su propia lengua, hace la profecía de que algunos de ellos seguirían vivos cuando regresara.
Hay que señalar también que los Evangelios contienen dos tipos de profecía sobre la venida de Jesús: (1) La promesa de su venida en los últimos días; su venida es de carácter espiritual y se asemeja a la segunda venida del profeta Elías, en la época de Jesús. Así pues, como Elías, ha aparecido ya en esta época; y soy yo, el autor de este libro, un siervo de la humanidad, el que he venido como Mesías Prometido en nombre de Jesús (la paz sea con él). Jesús había anunciado ya mi venida en los Evangelios. Bendito sea aquél que, por respeto a Jesús, reflexiona con honestidad y verdad sobre mi venida y se salva del error. (2) El otro tipo de profecías sobre la segunda venida de Jesús que se mencionan en los Evangelios se señalan, en realidad, como prueba de la vida que, por la gracia de Dios, permaneció intacta durante la experiencia de la cruz. Dios salvó a su siervo eminente de la muerte en la cruz, como implica la profecía que acabamos de mencionar. Los cristianos se equivocan al mezclar estos dos con­textos: por esta razón, se confunden y tienen que enfrentarse a muchas dificultades. En una palabra, el versículo del capítulo 16 de Mateo es una prueba realmente importante en apoyo de la escapatoria de Jesús de la cruz.
Entre los testimonios de los Evangelios que nos han llegado, está el siguiente versículo de Mateo: “Y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre, y entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gloria grande”. (ver Mateo, capítulo 24, versículo 30). El significado de este versículo es: Jesús (la paz sea con él) dice que vendrá un momento en el que, desde los cielos, esto es, como resultado del poder de la intervención divina, aparecerían el cono­cimiento, argumentos y pruebas que invalidarían la creencia en la divinidad de Jesús, su muerte en la cruz y su subida a los cielos y venida posterior; y que el Cielo será testigo contra las mentiras de quienes negaron que fuese un verdadero profeta, como los judíos, y quienes, por otra parte, lo consideraron, debido a su crucifixión, como un hombre maldito, ya que quedaría claramente demostrado el hecho de no haber sufrido la muerte en la cruz y, por tanto, de no ser maldito; que entonces todas las naciones de la tierra, que habían exagerado o se habían apartado del camino recto, quedarían total­mente avergonzadas por su error; que, en esa misma época, cuando se demostrara este hecho, las gentes verían la bajada metafórica de Jesús a la tierra, es decir, en aquellos días el Mesías Prometido, que vendría con el poder y el espíritu de Jesús, aparecería con todos los signos brillantes, el apoyo del cielo y el poder y la gloria que serían reconocidos. El versículo -explicado con más detalle- significa que el designio de Dios creó la personalidad de Jesús y modeló los aconte­cimientos de su vida de manera que hiciera que algunas personas exageraran y otras minimizaran su condición, es decir, que hay personas que lo exaltan por encima de la categoría de los seres humanos, hasta el punto de decir que aún no ha muerto y que sigue vivo en los cielos, y hay otras que, superando a éstas, dicen que, habiendo muerto en la cruz y resucitado, ha subido al cielo y ha quedado investido de todos los poderes de la divinidad; más aún, es el mismo Dios. Otras personas son los judíos, que afirman que murió en la cruz y, en consecuencia (que Dios me perdone por decir esto), ha quedado maldito para siempre; su destino es ser objeto de la cólera divina perpetua; Dios lo aborrece y lo mira como enemigo odiado; es un mentiroso, un impostor y (que Dios nos perdone) un Kafir (incrédulo), un incrédulo de primera fila y que no procede de Dios. Esta exageración y detracción fueron tan injustas que Dios no podía menos que dejar libre a Su verdadero profeta de estas acusaciones.
El versículo del Evangelio que acabamos de mencionar señala este hecho. La afirmación de que todas las tribus de la tierra se lamen­tarían sugiere que todas aquellas tribus a las que se aplica la descripción que subyace a la palabra “nación” se lamentarían en ese día, que se golpearían los pechos y llorarían y grande sería su aflicción. Aquí los cristianos deberían seguir el versículo en cuestión con alguna atención; deberían considerar que cuando el versículo contiene la profecía de que todas las naciones se golpearían el pecho, ¿cómo es que ellos no tendrían nada que ver con esta lamentación? ¿Acaso no son una nación? Cuando, según este versículo, se encuentran in­cluidos entre los que se golpean el pecho, ¿por qué no atienden a su salvación? El versículo afirma claramente que al aparecer el signo de Jesús en los cielos se lamentarían todas las naciones que ocupan la tierra. Así pues, el hombre que dice que su tribu no se lamentaría niega a Jesús. Sin embargo, un pueblo en número reducido no puede ser descrito como las personas señaladas en la profecía; no es adecuado describirlo como una “nación”; y este pueblo o tribu somos nosotros. En efecto, la nuestra es la única comunidad que está fuera del significado y ámbito de esta profecía, ya que esta comunidad tiene sólo unos pocos miembros, a los que no puede aplicarse la palabra “nación” o “tribu”. Jesús, basándose en la inspiración divina, afirma que cuando aparezca un signo en los cielos todos los pueblos del mundo que, debido a su número, merecen ser descritos como “tribu” o “nación” se golpearían sus pechos arrepentidos, y que no habría excepción salvó la de un pueblo en número reducido a los que no se aplicaría la palabra “nación”. Ni los cristianos, ni los musulmanes ni los judíos, ni ningún otro incrédulo, podrán salvarse de esta profecía. Sólo nuestra Comunidad está fuera de su ámbito porque acaba de ser sembrada por la mano de Dios. La palabra de un profeta no puede fallar nunca. Cuando las palabras contienen la clara indicación de que todas las naciones que pueblan el mundo se lamentarán, ¿cuál de estos pueblos puede afirmar quedar fuera de este ámbito? Jesús no admite excepción alguna en este versículo. No obstante, el grupo que aún no haya alcanzado el tamaño de una “tribu” o “nación” es en cualquier caso una excepción: a saber, nuestra Comunidad.
Esta profecía se ha cumplido claramente en nuestra época, ya que la verdad que se ha descubierto ahora sobre Jesús es indudablemente la causa de lamentación de todas estas tribus, por haber expuesto los errores de todas. El clamor y los gritos de los cristianos a favor de la divinidad de Jesús se cambian en sollozos de tristeza; la insistencia de los musulmanes día y noche de que Jesús ha subido vivo a los cielos, se cambia en llanto y duelo, y, en lo que se refiere a los judíos, lo pierden todo.
Aquí es preciso mencionar que en la afirmación que se contiene en dicho versículo, a saber, que en esa época todas las naciones contiene la tierra se golpearían los pechos, el término “tierra” significa Balad-i­-Sham (Palestina y Siria) países con los que estaban relacionados estos tres pueblos: los judíos por ser su lugar de origen y su lugar de culto; los cristianos porque Jesús apareció en ese lugar y la primera comunidad de la religión cristiana surgió en él, y los musulmanes porque serán los herederos de esta tierra en el Ultimo Día. Si se toma la palabra “tierra” de manera que abarque todos los países, aún cuando no hay ninguna dificultad, porque la verdad se afirma senci­llamente, todos los incrédulos quedarían avergonzados.
Entre los testimonios que nos han llegado a través de los Evangelios, está la siguiente afirmación que aparece en el Evangelio de Mateo: “Y se abrieron los sepulcros, y los cuerpos de muchos santos difuntos resucitaron y, saliendo del sepulcro después de la resurrec­ción de El (es decir, Jesús), entraron en la Ciudad Santa, y se aparecieron a muchos” (20). No hay la más ligera duda de que la historia que se menciona en el Evangelio, es decir, que después de la resurrección de Jesús los santos salieron de las tumbas y se aparecieron vivos a muchos, no se basa en un hecho histórico, ya que, de haber sido así, el Día del Juicio habría sido fijado en este mismo mundo, y lo que había sido mantenido secreto como prueba de fe- y sinceridad se haría manifiesto ante todos; la fe no habría sido fe y, ante todos los creyentes e incrédulos, habría quedado evidente como hecho patente la naturaleza del mundo futuro, al igual que es evidente la existencia de la luna, el sol y la sucesión del día y la noche. En ese caso, la fe no habría sido algo valioso y apreciado hasta el punto de haber merecido cualquier tipo de recompensa.
Si el pueblo y los profetas antiguos de Israel, cuyo número se cuenta en millones, hubiesen sido realmente resucitados en el mo­mento de la crucifixión y hubiesen acudido a la ciudad vivos, y este milagro -el de que centenares de profetas y muchos cientos de miles de santos resucitaran al mismo tiempo- hubiese aparecido realmente como prueba de la verdad y divinidad de Jesús, los judíos habrían tenido una excelente oportunidad de consultar a los profetas resuci­tados y a los demás santos, así como a sus propios antecesores fallecidos, sobre si Jesús, que afirmaba ser Dios, era realmente Dios, o si sólo había mentido. Probablemente no hubieran desaprovechado esta oportunidad. Debieron consultar sobre Jesús, ya que estaban inclinados a consultar a los muertos si podían ser devueltos a la vida. En consecuencia, cuando centenares de millares de muertos fuesen resucitados y llegaran a la ciudad, y millares de ellos acudieran a cada barrio y rincón de la misma, ¿cómo iban los judíos a desaprovechar una oportunidad como ésta? Debieron consultar, no a uno o dos, sino a millares; cuando los muertos entraran en sus casas respectivas habría un asombro y emoción incontenibles en cada casa, ya que muchos millares de ellos habrían sido devueltos al mundo. En cada casa se habría hablado largo y tendido, y todo el mundo habría preguntado a los muertos si el hombre que se llamaba Jesús, el Mesías, era realmente Dios. Pero, dado que los judíos no creyeron en Jesús, como era de esperar, ni se ablandaron sus corazones, sino más bien se confirmaron en su dureza de corazón, parece más probable que los muertos no dijeran una palabra favorable respecto a él. Debieron responder sin dudar un momento que este hombre afirmaba falsa­mente ser Dios, y profería una mentira contra Dios.
Esta es la razón de que los judíos no desistieran de su error, a pesar de la resurrección de centenares de millares de profetas y apóstoles. Después de haber “matado” a Jesús, intentarían matar a los demás. ¿Cómo podemos creer que centenares de millares de santos que, desde la época de Adán hasta la de Juan el Bautista, habían estado reposando en sus tumbas en esa tierra bendita, iban a ser todos devueltos a la vida?: que acudirían todos a la ciudad a predicar, y cada uno de ellos se levantaría como testigo ante millares de personas de que Jesús, el Mesías, era realmente el Hijo de Dios: más bien el mismo Dios y que sólo él debía ser adorado; que las personas debían renunciar a sus anteriores creencias o en caso contrario irían al infierno (que estos santos habían visto por sí mismos), y sin embargo, a pesar de pruebas tan evidentes y las explicaciones de tantos testigos oculares procedentes de las bocas de centenares de millares de santos muertos, los judíos no desistieran de su negativa. Yo personalmente no estoy dispuesto a creer en esto. Por tanto, si realmente hubiesen resucitado centenares de millares de santos, profetas y apóstoles, que habían muerto, y hubiesen acudido a la ciudad para presentar la prueba, ésta habría sido realmente desfavorable; no hubieran podido presentarse nunca como testigos de la divinidad de Jesús. Esta parece ser la razón por la que los judíos, una vez oída la prueba de los muertos, quedaron confirmados en su incredulidad. Jesús quería que creyeran en su divinidad, pero ellos, como resultado de esta prueba, negaron incluso que fuese un profeta.
En una palabra, estas creencias -que estos centenares de millares de personas muertas o cualquier persona muerta antes de esa época hubiesen sido resucitadas por Jesús- tienen un efecto enormemente perjudicial y malsano, ya que la resurrección de los muertos no servía para ningún fin útil. Una persona que haya visitado un país lejano y regrese a su propia ciudad después de varios años de ausencia se siente naturalmente inclinada a contar a las personas sus experiencias curiosas y relatarles las maravillosas historias de la tierra que ha visitado. Esta persona no quedaría muda ni silenciosa al reunirse con sus amigos y familiares tras un largo período de separación, pues en estas ocasiones se produce un entusiasmo en la demás gente por acudir a él y preguntarle sobre esa tierra. Si, por casualidad, acudiera allí una persona pobre y de baja condición y de aspecto humilde que afirmara sin embargo ser el rey del país cuya ciudad principal hubiera sido visitada por aquella otra persona, y que afirmara que es superior a su rango real incluso a todos los demás reyes, las personas preguntarían sin duda al viajero si aquel hombre, que en ese momento visita su país, era realmente el rey de aquel país lejano y los viajeros, según lo que hubieran observado, responderían a esas preguntas. Siendo así, la resurrección de los muertos por Jesús era algo que debía ser creído, en caso de que las pruebas sobre las que habrían sido consultados los muertos -preguntas que eran naturales- hubiesen terminado en algún resultado útil. Pero no es aquí el caso. Por lo tanto, junto con la suposición de que los muertos fueron resucitados, nos sentimos impulsados igualmente a suponer que los muertos no presentaron ninguna prueba favorable a Jesús, que pudiera llevarnos a creer en su verdad; más bien presentaron pruebas que aumentaron la confusión. Hubiese sido distinto si, en lugar de la resurrección de seres humanos, se hubiese declarado que algunos animales habían sido devueltos a la vida. Esto habría resuelto muchas dificultades. Por ejemplo, si se hubiese dicho que Jesús había devuelto a la vida a varios millares de bueyes, esto habría sido suficientemente “razonable”, pues si en este caso se hubiese planteado la objeción en cuanto a las pruebas que representaban estos animales muertos, se podría alegar inmediatamente que no eran más que bueyes. ¡No tenían lengua que diese un testimonio favorable o desfavorable! Los muertos, sin embargo, que Jesús devolvió a la vida eran seres humanos. Supon­gamos que se preguntara actualmente a algunos hindúes si, en caso de que fueran resucitados y devueltos a este mundo diez o veinte de sus antecesores muertos, y afirmaran que determinada religión es la verdadera ¿seguirían dudando de la verdad de esa religión? En absoluto. Por lo tanto, tengamos la certeza de que no hay nadie en el mundo entero que persistiría en su incredulidad y negativa después de una revelación de este tipo.
Es una lástima que, al inventar tales historias, los sikhs de nuestro país no hayan llegado tan lejos como los cristianos. Los sikhs han dado pruebas de su astucia en el arte de inventar historias, ya que afirman que su Guru, Bawa Nanak, resucitó una vez a un elefante muerto, y éste es un “milagro” que no admitiría la objeción anteriormente señalada, pues éstos podrían decir: el elefante no tenía lengua para explicar que es testigo a favor o en contra de Bawa Nanak. En una palabra, las personas corrientes, dotadas de poco intelecto, se sienten encantadas con estos “milagros”, pero las personas inteligentes se convierten en objeto de las críticas ajenas, que les hacen perturbarse, sintiéndose avergonzados ante aquéllos a quienes se relata todavía historias tan insensatas.
Ahora bien, como yo tengo los mismos sentimientos de amor y sinceridad hacia Jesús que los cristianos – más bien tengo un afecto más profundo por él ya que los cristianos no conocen al hombre al que alaban; mas yo sí conozco a quien alabo, pues lo he visto muchas veces-, en consecuencia, procedo ahora a revelar la verdadera naturaleza de las narraciones de los Evangelios, como por ejemplo la narración de que, en el momento de la crucifixión, habían sido resucitados los santos muertos y habían ido a la ciudad.
Entiéndase claramente que narraciones como éstas son de la naturaleza de un Kashf o visión vista después de la crucifixión por algunas personas santas: los santos muertos habían sido resucitados y habían llegado a la ciudad en donde visitaron a las personas. Al igual que los sueños tienen su interpretación mencionada incluso en el Libro Santo de Dios – por ejemplo, el sueño de José había tenido su interpretación – esta visión debía tener también una interpretación propia; ésta era que Jesús no había muerto en la cruz sino que Dios lo rescató de esta muerte. Si se plantea la pregunta sobre de dónde he obtenido esta interpretación, la respuesta es que las principales autoridades en el arte de la interpretación así lo afirman y todos los intérpretes son testigos por su propia experiencia. Cito aquí la interpretación de una importante autoridad antigua en el arte de la interpretación, a saber, el autor de T’atirul-Anam.
Ver Kitab T’atirul Anam fi T’abirul-Manam de Qubutz-Zaman Shaij Abdul Ghani Al-Nablisi, página 289, cuya traducción es que si alguien ve un sueño o una visión de la naturaleza de un Kashf en el que los muertos salen de las tumbas y van a sus casas, la interpretación es que un prisionero quedaría libre de sus cadenas y sería rescatado de las manos de sus enemigos. El contexto demuestra que este pri­sionero sería un personaje importante y de posición elevada. Pues bien, véase cómo esta interpretación se aplica con toda razón a Jesús. Podemos entender fácilmente que los santos muertos resucitados aparecieran dirigiéndose a la ciudad para señalar este hecho, de manera que los sabios y prudentes supieran que Jesús había sido salvado de la muerte en la cruz.
De la misma manera, muchas otras referencias en los Evangelios señalan claramente al hecho de que Jesús no murió en la cruz sino que se salvó de ella y se trasladó a otras tierras. Pero en mi opinión, lo que he expuesto es suficiente para los que carecen de prejuicios.
Es posible que algunos mantengan aún en sus corazones la objeción de que los Evangelios afirman repetidas veces que Jesús murió en la cruz y después fue devuelto a la vida y subió a los cielos. Ese tipo de objeción ha sido ya contestada brevemente por mí, pero permí­tanme decir de nuevo que Jesús (la paz sea con él) se reunió con sus discípulos después de la crucifixión; fue a Galilea; comió pan y carne; mostró las heridas de su cuerpo; permaneció una noche con los discípulos de Emaús; se escapó en secreto de la jurisdicción de Pilato; emigró de aquel lugar, como era habitual en los profetas, y viajó bajo las sombras del temor. Todos estos son acontecimientos evi­dentes que indican que no murió en la cruz, que su cuerpo retuvo su carácter mortal y que no sufrió ningún cambio.
En los Evangelios no hay prueba alguna de que alguien viera a Jesús subir al cielo; mas si hubiese existido esa prueba, no hubiese sido digna de crédito ya que convertir pequeñas colinas en montañas y hacer grandes las cosas pequeñas parece haber sido una costumbre en los escritores de los Evangelios. Por ejemplo, si alguien dice que Jesús es el Hijo de Dios, otro se dispone a convertirlo en el verdadero Dios, el tercero le concede el poder sobre todo el universo y el cuarto afirma atrevidamente que él lo es todo, y que no hay ningún otro Dios aparte de él. En una palabra, las exageraciones los llevan cada vez más lejos. Si consideramos la visión en la que se vio a los muertos salir de sus tumbas y dirigirse a la ciudad, comprobaremos que a esta visión se le ha dado su interpretación, lisa y evidente hasta el punto de decir que los muertos habían literalmente salido de sus tumbas y acudido a la ciudad de Jerusalén, donde visitaron a sus gentes. Ahora bien, fíjense cómo una “pluma” ha sido convertida en una “multitud”; y más tarde no es ya una multitud sino muchos millones. Cuando las cosas se exageran así, no tenemos medios para descubrir la verdad; merece además la pena que consideremos que estos Evangelios, llamados los Libros de Dios, contienen afirmaciones atrevidas, como por ejemplo, que si todas las obras de Jesús hubiese que ponerlas por escrito ¡estos escritos no habrían cabido en todo el mundo! ¿Es esta exageración el camino de la honradez y la verdad? Si las obras de Jesús fuesen tan ilimitadas, y si no pudieran ser circunscritas a un número determinado de libros, ¿cómo es que se limitaron a un período de tres años?
Otra dificultad sobre estos Evangelios es que presentan referencias erróneas a algunos de los libros anteriores. Ni siquiera contienen con exactitud la genealogía de Jesús. En los Evangelios aparece que estas personas eran de escasa inteligencia, hasta el punto de que algunas de ellas tomaron a Jesús por un fantasma. Estos Evangelios, desde los primeros tiempos, han sido acusados de no haber preservado la pureza de sus textos, y habiendo existido otros muchos libros llamados Evangelios, no hay razones firmes para pensar que deban rechazarse todas las afirmaciones de estos otros libros, y admitirse como ciertas únicamente las que se contienen en los Evangelios que suelen llamarse así habitualmente. Tampoco puede afirmar nadie que los otros Evangelios contengan exageraciones infundadas superiores a las de estos cuatro Evangelios. Es sorprendente que, si bien afirman, por una parte, que Jesús era una persona justa y que su conducta no tenía tacha, por otra parte se presentan contra él acusaciones inconcebibles para una persona justa. Por ejemplo, los profetas israelíes, de acuerdo con las enseñanzas de la Torah, tuvieron indudablemente centenares de esposas en un momento determinado a fin de poder de ese modo multiplicar una generación de personas justas, pero nunca hemos oído que cualquier profeta diese un ejemplo semejante de libertad hasta el punto de permitir que una mujer impura y adúltera, una pecadora conocida en la ciudad, tocara su cuerpo con sus manos, le frotara la cabeza con el bálsamo -el arte de sus ganancias inmorales- y le secara los pies con su cabello; que permitiera que todo esto lo hiciera una joven impura y no le dijera: “no lo hagas”. Se puede evitar la aceptación de la sospecha que surge naturalmente al ver una cosa así sólo pensando en la bondad de Jesús. No obstante, el ejemplo no es bueno para otros.
En una palabra, estos Evangelios contienen muchas cosas que demuestran que no han sido conservados en su forma original, o que sus autores eran algunas otras personas, no los discípulos. Por ejemplo, ¿puede adscribirse adecuadamente a Mateo la afirmación del Evangelio según Mateo: “Y esto es perfectamente conocido de entre los judíos hasta el día de hoy”? ¿No demuestra que el autor del Evangelio de Mateo era alguna otra persona que vivía en un momento en el que Mateo había muerto ya? Está después el mismo Evangelio de Mateo (21) que dice: “Estos, reunidos con los ancianos, deliberaron y resolvieron dar mucho dinero a los soldados, diciéndoles: “Habéis de decir: “Sus discípulos vinieron de noche y los robaron mientras nosotros dormíamos”. Es fácil comprobar lo poco convincente e irracional de estas afirmaciones. Si el significado de esta declaración es que Jesús quería ocultar su resurrección de los muertos, que habían sobornado a los soldados para que este gran milagro no fuese conocido generalmente ¿por qué Jesús, cuyo deber era proclamar este milagro entre los judíos, lo mantuvo en secreto; aún más, prohibió incluso a otros revelarlo? Si se afirma que temía ser atrapado, yo diría que cuando el designio de Dios había descendido sobre él y, después de sufrir la muerte, había sido resucitado, asumiendo un cuerpo espiritual y glorioso, ¿qué temor podía tener ahora a los judíos si ciertamente éstos no tenían poder alguno sobre él por encontrarse más allá y por encima de la existencia mortal?
Observamos con gran pena que si bien, por una parte, se dice que fue resucitado y asumió un cuerpo espiritual, que se reunió con los discípulos, fue a Galilea y de allí subió a los cielos, tenía sin embargo temor a los judíos por cosas tan triviales y, a pesar de su cuerpo glorioso, huyó secretamente del país, por temor a que los judíos lo descubrieran; hizo un viaje de setenta millas hasta Galilea para salvar la vida y pidió de nuevo a las gentes que no lo mencionaran a otros. ¿Son éstos los signos y la manera de comportarse de un cuerpo glorioso? No, la verdad es que no se trataba de un cuerpo nuevo y glorioso, sino que era el mismo cuerpo, con sus heridas, que había sido salvado de la muerte; y, como temía aún a los judíos, Jesús, tomando toda clase de precauciones, abandonó el país. Afirmar cualquier cosa que contraríe esta explicación es absurdo, como la de que los judíos hubiesen sobornado a los soldados para que afirmaran que los discípulos habían robado el cuerpo mientras ellos (los soldados) dormían. Si éstos estuvieran dormidos podría habérseles preguntado fácilmente cómo supieron en su sueño que el cadáver de Jesús había sido robado. ¿Puede alguien pensar razonablemente que Jesús había subido al cielo por el simple hecho de que no estuviese en la tumba? ¿No podrían existir otras causas como resultado de las cuales las tumbas quedaran vacías? En el momento de subir al cielo, corres­pondía a Jesús reunirse con algunos centenares de judíos y también con Pilatos. ¿A quién temía en su cuerpo glorioso? No sólo no proporcionó a sus enemigos la más ligera prueba sino que, por el contrario, se apresuró a huir a Galilea.
Esta es la razón de que creamos positivamente que, aunque es cierto que salió de la tumba -una cámara con una abertura-, y aunque es verdad que se reunió en secreto con los discípulos, no lo es que recibiera ningún cuerpo nuevo y glorioso; era el mismo cuerpo, con las mismas heridas, y con el mismo temor en su corazón de que los judíos malditos lo arrestaran de nuevo. Léase atentamente Mateo, capítulo 28, versículos 7 a 10. Estos versículos afirman claramente que las mujeres que habían recibido noticias de alguien de que Jesús estaba vivo y se dirigía a Galilea y que se les había dicho también en secreto que lo comunicaran a los discípulos, se sintieron sin duda encantadas de oír esta noticia, pero acudieron con el corazón aterrorizado, pues seguían con el temor de que Jesús pudiera ser atrapado de nuevo por algún judío malvado. El versículo noveno dice que cuando estas mujeres estaban en camino para informar a los discípulos, Jesús se acercó a ellas y las saludó. El décimo afirma que Jesús les pidió que no tuviesen miedo (de que fuese atrapado); les pidió que informaran a sus hermanos de que debían ir todos a Galilea (22); que lo verían allí, es decir, que no podía permanecer en Jerusalén por temor a sus enemigos.
En una palabra, si Jesús había resucitado realmente después de su muerte y había asumido un cuerpo glorioso, a él le correspondía proporcionar a los judíos la prueba de esa vida. Pero nosotros sabemos que no hizo nada de ello. Es pues absurdo acusar a los judíos de intentar negar la prueba de que Jesús resucitó. No, ni el mismo Jesús ha­bía dado la más ligera prueba de su resurección. Por el contrario, con su huida secreta, el hecho de tomar comida, dormir y mostrar sus heridas, demostró él mismo que no murió en la cruz.

NOTAS
(1) Además de éstos, otros judíos se exiliaron a países orientales como resultado de la persecución babilónica.
(2) Dr. Bernier, Viajes, Vol. Q (página 99).
(3) Ver los diccionarios: Lisan-ul-Arab, Sihah Jauhar, Qamus, Muhit, Taj-ul-Arus, etc.
(4) Lucas 24:39.
(5) Lucas 24:42-43.
(6) Marcos, 15:33.
(7) Mateo, 27:19.
(8) Mateo, 2:13.
(9) Mateo 16:9-14.
(10) Lucas 24:13-31.
(11) Lucas 24:1-3.
(12) Marcos 15:42-44.
(13) Juan 19:31-34.
(14) Juan 19:12.
(15) Mateo 23:35-36.
(16) Mateo 26:24.
(17) Mateo 16:28.
(18) Juan 21:22.
(19) He visto en ciertos libros interpretaciones de Mateo 16:28 por Molvis, que son incluso más elaboradas que las de los cristianos. Dicen que cuando Jesús declaró que un signo de su venida sería que alguna gente de su generación aún seguiría viva y que un discípulo estaría vivo a la aparición del Mesías, es necesario que ese discípulo viviese hasta ahora, pues el Mesías aún no ha venido. ¡Piensan que ese discípulo está oculto en alguna parte de alguna montaña, esperando al Mesías!
(20) Mateo, 27:52.
(21) Mateo 28:12-13.
(22) En este caso, Jesús no consoló a las mujeres con las palabras de que había resucitado con un cuerpo nuevo y glorioso, y de que nadie podía ahora poner sus manos sobre él. En una palabra, no dio prueba alguna de su cuerpo glorioso, sino más bien mostró su carne y sus huesos y demostró así ser un cuerpo mortal ordinario.
pobres. ¿Son las personas que, como Jesús el Mesías, huyeron de su país con su fe?

NOTAS
(*) Capítulo 3, V. 56.
(1) Volumen 2, página 71.
(2) Volumen 6, página 51.

CAPÍTULO II SOBRE LA PRUEBA DEL SANTO CORÁN Y TRADICIONES AUTÉNTICAS A FAVOR DE LA SUPERVIVENCIA DE JESÚS

Los argumentos que voy a presentar ahora podrían parecer inútiles, ya que no se dirigen a los cristianos, pues estas personas no están sujetas a lo que el Santo Corán o el Hadiz afirman al respecto; pero las presento porque quiero que los cristianos conozcan un milagro de nuestro Santo Corán y del Santo Profeta y para que conozcan que la verdad que se ha descubierto después de centenares de años ha sido ya proclamada por nuestro Santo Profeta y el Santo Corán. En consecuencia, presento a continuación algunas de ellas.
El Dios Todopoderoso dice en el Santo Corán: Los judíos no mataron a Jesús ni lo colgaron de la cruz; no, sólo sospecharon que Jesús había muerto en la cruz; no tenían pruebas que les hubiese convencido y satisfecho de que Jesús (la paz sea con él) hubiese muerto realmente en la cruz.
En estos versículos, el Dios Todopoderoso afirma que, si bien es cierto que Jesús fue puesto al parecer en la cruz, y que estaban decididos a matarlo, es sin embargo erróneo que los judíos y cristianos supongan que murió realmente en la cruz. No; Dios creó circuns­tancias que salvaron a Jesús de la muerte en la cruz. Pues bien, si queremos ser justos, tendremos que decir que lo que el Santo Corán dijo contra los judíos y los cristianos resultó ser en última instancia cierto. Las investigaciones actuales más avanzadas han demostrado que Jesús se libró realmente de la muerte en la cruz. Un estudio de los datos demuestra que los judíos nunca han podido responder a la pregunta: ¿cómo es que Jesús muriera en un plazo de dos o tres horas si no se le rompieron los huesos?
Esto ha llevado a los judíos a presentar otra alegación: que mataron a Jesús por la espada, mientras que la historia antigua de los judíos no dice nada de que Jesús fuese muerto por la espada. La majestad y el poder de la Divinidad oscurecieron la tierra para que Jesús pudiera salvarse. Hubo un terremoto. La mujer de Pilato vio una visión. La noche del Sabbath estaba a punto de caer, y no podía permitirse que un cuerpo crucificado permaneciera en la cruz. El magistrado romano, debido al terrible sueño, se dispuso a favor de la liberación de Jesús.
Todo esto fue preparado simultáneamente por Dios para salvar a Jesús. El mismo Jesús pasó por un momento de angustia por temor a que lo dieran por muerto. A través de signos terribles como el terremoto, etc., se despertó en los judíos la cobardía y el temor, así como el miedo al castigo divino. Existía igualmente el temor de que los cadáveres permanecieran en la cruz durante la noche del Sabbath. Por otra parte, los judíos, viendo a Jesús desmayado, pensaron que había muerto. En medio de la oscuridad, el terremoto y de tanta agitación, los judíos estaban preocupados por sus mismas casas pensando cómo estarían los niños en estas condiciones. Sentían igualmente en sus corazones el temor de que si este hombre era falso, y kafir, como pensaban que era, ¿cómo era posible que se manifestaran signos tan poderosos en el momento de su sufrimiento, signos que no se habían manifestado antes? Estaban tan alterados que no estaban ya en situación de comprobar si Jesús había muerto realmente o cuál era exactamente su estado. Lo que ocurrió, sin embargo, fue el designio divino de salvar a Jesús. Esto es lo que se apunta en el versículo, es decir, que los judíos no mataron a Jesús, sino que Dios les hizo creer que lo habían matado. Esta circunstancia anima al justo a confiar del todo en Dios, puesto que Dios puede salvar a sus siervos si le place.
El Santo Corán contiene también el versículo: “Su nombre será el Mesías, Jesús, hijo de María, honrado en este mundo y en el futuro, y por todos aquellos que reciban la cercanía a Dios”.
Esto significa que no sólo aquí tendrá Jesús honor y eminencia y disfrutará de grandeza a la vista de las personas ordinarias, sino también en el futuro. Ahora bien, es evidente que Jesús no fue honrado en la tierra de Herodes y Pilatos sino que, por el contrario, fue humillado y escarnecido. La sugerencia de que sería honrado durante su segunda venida a la tierra carece de fundamento, y se opone a los libros divinos y a la ley divina eterna de la naturaleza. Además, no hay prueba alguna de ella. Sin embargo, lo cierto es que al acudir Jesús, después de librarse de aquel pueblo maldito, a la tierra del Punjab y honrarla con su visita, Dios le concedió una gran eminencia: aquí es donde encontró a las diez tribus perdidas de Israel. Parece que la mayoría de aquellos israelitas habían adoptado el budismo y otros habían terminado siendo idólatras de la más baja estofa. Pero con la venida de Jesús, la mayoría de ellos volvieron al camino recto. Dado que en las enseñanzas de Jesús se incluía la exhortación a creer en el futuro Profeta, las diez tribus que llegaron a ser conocidas en esta tierra como afganos y cachemires en última instancia se convirtieron al islamismo.
Jesús, pues, vino con gran honor a esta tierra. Recientemente se ha descubierto una moneda en está misma tierra del Punjab en la que aparece escrito el nombre de Jesús (la paz sea con él) en caracteres pali. Esta moneda pertenece a la época de Jesús. Esto demuestra que Jesús vino a esta tierra y recibió honores reales; la moneda debe haber sido acuñada por un rey convertido en seguidor de Jesús. Se ha encontrado otra moneda con la figura de un israelita. Parece que ésta es también la figura de Jesús. El Santo Corán tiene igualmente un versículo que afirma que Jesús fue bendecido por Dios a donde fuera*. Por tanto, estas monedas demuestran que recibió un gran honor de Dios y que no murió hasta que no tuvo honores reales.
El Santo Corán contiene igualmente el versículo siguiente: “¡Oh Jesús! Te libraré de estas acusaciones; demostraré tu inocencia y retiraré las acusaciones dirigidas contra ti por judíos y cristianos”.
Es una gran profecía, que significa que los judíos alegaron que Jesús, por haber sido crucificado, se convirtió (que Dios me perdone) en maldito y perdió por tanto el amor de Dios; que el corazón de Jesús, como implica la palabra “maldito”, se apartó de Dios hasta llegar a odiarlo; se hundió en un mar de tinieblas; comenzó a amar el mal y a odiar el bien; rompió sus vínculos con Dios para someterse al poder de Satanás y se creó enemistad entre él y Dios. Esta misma acusación -la de ser maldito- fue presentada por los cristianos, pero éstos, además, combinan dos posiciones contrarias y opuestas. Dicen que Jesús era el Hijo de Dios, pero le llaman también maldito y, lo que es más, admiten que alguien que sea maldito es Hijo de la Oscuridad y del Diablo o el mismo Diablo. Estas fueron las sucias acusaciones dirigidas contra Jesús. Sin embargo, la profecía que se contiene en el Corán señala que habría una época en la que Dios libraría a Jesús de estos cargos. Esta es esa época.
La inocencia de Jesús ha quedado demostrada sin lugar a dudas ante la opinión de las personas más conscientes por la evidencia de nuestro Santo Profeta, ya que él, así como el Santo Corán, han sido testigos de que las acusaciones dirigidas contra Jesús (la paz sea con él) son todas infundadas. Pero esta prueba era demasiado sutil y demasiado parecida a un argumento para convencer a las personas corrientes. La justicia divina exigía, pues, que al igual que la crucifixión de Jesús fue un acontecimiento visible y perfectamente conocido, así debería quedar demostrada su pureza de manera visible ante todos y llegaría a quedar establecida. La inocencia de Jesús no se funda en un simple argumento, sino que ha quedado demostrada de la manera más palpable. Y es que centenares de millares de personas han visto, con sus ojos físicos, que la tumba de Jesús (la paz sea con él) existe en Sirinagar, Cachemira. Al igual que fue crucificado en el Gólgota, es decir, en el lugar de sri, así se ha encontrado su tumba en el lugar de sri, es decir, Srinagar. La palabra sri que existe en los nombres de ambos lugares es realmente notable. El lugar en el que fue crucificado Jesús se llama Gilgit o sri, y el lugar en el que se ha descubierto su tumba a finales del siglo diecinueve se llama también Gilgit, o sri. Parece que el lugar llamado Gilgit, en Cachemira, sugiere la palabra sri. Esta ciudad fue probablemente fundada en la época de Jesús y como recordatorio local al acontecimiento de la cruz, fue llamada Gilgit, es decir, sri; como Lhasa, que significa “ciudad de alguien que merece culto”; esta palabra es de origen hebreo y sugiere la ciudad fundada en la época de Jesús.
Algunos datos fiables del Hadiz demuestran que el Santo Profeta dijo que Jesús alcanzó los 125 años de edad. Además, todas las sectas del Islam creen que Jesús poseyó dos cosas excepcionales, cosas que no se encontrarían en ningún otro profeta, a saber: (1) Vivió hasta una edad muy avanzada, es decir, los 125 años; (2) viajó a muchas partes del mundo, por lo que fue llamado el “profeta viajero”. Es evidente que de haber sido elevado a los cielos cuando sólo tenía 33 años, el dato de los “125 años” no podría haber sido cierto, ni hubiera podido viajar tanto si sólo cumplió los 33 años de edad. Estos datos no sólo se encuentran en los fiables Libros del Hadiz, sino que son también muy conocidos entre todas las sectas musulmanas, hasta el punto de que es difícil pensar en algo que sea más ampliamente aceptado entre ellas.
Kanz-ul-Ummal (Volumen 2) que es un Libro del Hadiz completo, tiene en su página 34 un Hadiz de Abu Huraira que dice: “Dios ordenó a Jesús (la paz sea con él): “¡Oh Jesús! Pasa de un lugar a otro”, es decir, ve de un país a otro para que no seas reconocido y perseguido.
En el mismo Libro, en la narración de Jabar, está también el Hadiz (1) de que Jesús solía viajar; fue de un país a otro y a la caída de la noche, en cualquier lugar en que se encontrara, solía comer la vegetación de la jungla y beber agua pura.
En ese mismo libro está también una narración de Abdul-lah bin Umar (2). El Santo Profeta declaró que los más favorecidos a la vista de Dios son los pobres. Se le preguntó qué había que entender por pobres. ¿Son las personas que, como Jesús el Mesías, huyeron de su país con su fe?
NOTAS
(*) Capítulo 3, V. 56.
(1) Volumen 2, página 71.
(2) Volumen 6, página 51.

CAPÍTULO III SOBRE LAS PRUEBAS OBTENIDAS DE LOS LIBROS DE MEDICINA

Una prueba de gran valor con relación a la escapatoria de Jesús de la cruz, y que nadie puede dejar de admitir, es un preparado médico conocido como Marham-i-Isa, es decir, el “Ungüento de Jesús” registrado en centenares de libros de medicina. Algunos de estos libros fueron preparados por cristianos, otros por magistas o judíos, y algunos por musulmanes. La mayoría de ellos son muy antiguos. Las investigaciones demuestran que, al principio, el preparado llegó a ser conocido como tradición oral entre centenares de millares de per­sonas. Más tarde lo registraron. Al principio, en la misma época de Jesús, poco después del acontecimiento de la cruz, se preparó una obra farmacéutica en latín en la que se mencionaba este preparado, junto con la afirmación de que había sido preparado para las heridas de Jesús. Posteriormente, esta obra fue traducida a varios idiomas hasta que, en la época de Mamun-al-Rashid, fue traducida al árabe. Además, es un extraño resultado de la intervención divina el hecho de que eminentes médicos de todas las religiones -cristianos, judíos, magistas o musulmanes- lo hayan mencionado todos en sus libros y hayan afirmado que fue preparado para Jesús por los discípulos.
Un estudio de libros sobre farmacología demuestra que este preparado es muy útil en caso de lesiones debidas a golpes o caídas, deteniendo inmediatamente la hemorragia; contiene también “mirra”, por lo que la herida permanece aséptica. El ungüento es también útil en caso de y es bueno para quemaduras y úlceras de todo tipo.
No obstante, no es del todo claro si el ungüento fue preparado, como resultado de revelación divina, por el mismo Jesús después de haber sufrido los padecimientos de la cruz, o si lo fue después de consultados algunos médicos. Algunos de sus ingredientes son como específicos, especialmente la mirra, que se menciona igualmente en la Torah. En cualquier caso, las heridas de Jesús curaron en pocos días con el uso de este ungüento. A los tres días estaba recuperado lo suficiente como para poder andar setenta millas a pie de Jerusalén a Galilea. Por tanto, en cuanto a la eficacia de este preparado, baste con decir que mientras Jesús curó a otros, este preparado curó a Jesús.
Los libros que registran este hecho son más de un millar. Mencionarlos todos sería demasiado prolijo. Además, dado que la prescripción es célebre entre los médicos Yunani (es decir, los versados en la antigua medicina griega), no veo la necesidad de indicar los títulos de todos esos libros. Doy a continuación los títulos de sólo unos pocos que pueden obtenerse aquí.
Lista de libros que contienen una mención del Marham-i-Isa, y una declaración de que el ungüento fue preparado para Jesús, es decir, para las heridas de su cuerpo.

Qanun, de Shaijul Rais Bu Ali Sina, Vol. III, pág. 133.

Sharah Qanun, de Alama Qutbuddin Shirazi, Vol. III.

Kamilus Sanaat, de Ah Bin Al Abbas Al Mallusi, Vol. III, pág. 602.

Kitab Mallmua-i-Bagai, Muhammad Ismail, Mukhatif az Khaqan, de Khitab pidar Mohammad Baqa Khan, Vol. II, pág. 497.

Kitab Tazkara-i-Ulul Albab, de Shaikh Daud-ul-Zareer-ul-Antaki, pág. 303.

Qarabadini Rumi, recopilado hacia la época de Jesús y traducido al árabe durante el reinado de Mamun al-Rashid (ver Enfermedades de la Piel).

Umdat-ul-Muhtay, de Ahmad Bin Hasan al-Rashidi al Hakim. En este libro, se señala la existencia del Marham-i-Isa y otros preparados en un centenar, y tal vez incluso más de un centenar de libros, todos ellos en francés.

Qarabadin, en persa, de Hakim Muhammad Akbar Arzani, Enfer­medades de la Piel.

Shifa-ul-Asqam, Vol. II, pág. 230.

Miratush-Shafa, de Hakim Natho Shah (manuscrito), Enfermedades de la Piel.

Zakhira-i-Jawarazm Shahi, Enfermedades de la Piel.

Sharah Qanun Qarshi, Vol. III.

Qarabadin, de Ulwi Khan, Enfermedades de la Piel.

Ilallul Amraz, de Hakim Muhammad Sharif Khan Sahib, pág. 893.

Qarabadin, Unani, Enfermedades de la Piel.

Tuhfatul Mominin, al margen de Makhzan-ul.Adwiya, pág. 713.

Muhi Fi-Tibb, pág. 367.

Aksiri Azam, Vol. IV, de Hakim Muhammad Azam Khan Sahib, Al Mukhatab ba Nazim-i-Jahan, pág. 331.

Qarabadin, de Masumi-ul.Masum bin Karam-ud-Din Al Shustri Shi­razi.

lllala-i-Nafíah, de Muhammad Sharíf Dehlavi, pág. 410.

Tibb-i-Shibri, conocido también como Lawami Shibriyya, Syed Hussain Shibr Kazimi, pág. 471.

Makhzan-i-Sulaimani, traducción de Aksir Arabi, pág. 599, de Muhammad Shams-ud-Din Sahib de Bahawalpur.

Shifa-ul-Arnraz, traducido por Maulana Al-Hakim Muhammad Noor Karim, pág. 282.

Kitab Al-Tibb Dara Shakoni, de Nurud-Din-Muhammad Abdul Hakim, Ain-ul-Mulk Al Shirazi, pág. 360.

Minhay-ud-Dukan ba Dastur-ul-Aayan fi Aamal wa Tarkib al­-Nafiah lil-Abdan, de Aflatoon-i-Zamana wa Rais-i-Awana Abdul Mina Ibn Abi Nasrul Atta Al Israili Al-Harooni (es decir, judío), pág. 86.

Zubdat-ul-Tabb, de Syed-ul-Imam Abu Ibrahim Ismail bin Hasan-ul­Husaini AI-Jarjani, pág. 182.

Tibb-i-Akbar, de Muhammad Akbar Arzani, pág. 242.

Mizan-ul-Tibb, de Muhammad Akbar Arzani, pág. 152.

Sadidi de Rais-ul-Mutakalimin Imamul Mohagq-i-gin Al-Sadid-ul­Kazrooni, Vol. II, pág. 283.

Hadi Kabir, de Ibn-i-Zakariya, Enfermedades de la Piel.

Qarabadin, de Ibn-i-Talmiz, Enfermedades de la Piel.

Qarabadin, de Ibn-i-Abi Sadiq, Enfermedades de la Piel.
Estos libros se han mencionado aquí a título de ilustración. Las personas más ilustradas, especialmente los médicos, saben que la mayoría de estos libros, en tiempos pasados, eran enseñados en lugares importantes de docencia bajó dominación musulmana; incluso sabios de Europa los estudiaron. Es un hecho, y no hay en ello la más ligera exageración, que en todos los siglos ha habido millones de personas que han conocido estos libros; millares de ellas los han estudiado del principio al final. Yo puedo afirmar que ni una sola persona de entre los sabios de Europa y Asia han ignorado los nombres de al menos algunos de los libros de esta lista.
Cuando España, Qastmonia y Shantrin tenían universidades, la gran Qanun (Ley) de Abisinia, una gran obra de medicina en la que se incluye la prescripción del Marham-i-Isa y otros libros como el Shifa, Isharat y Basharat pertenecientes a la ciencia, la astronomía y la filosofía, eran estudiados con gran interés y aprendidos por los europeos. De igual manera, se enseñaban también obras de Abu Nasr Farabi, Abu Raihan Israil, Thabit bin Qurrah, Hunain bin Ishaq, Ishaq, etc. -todos ellos luminarias de enseñanza- y sus traducciones realizadas por ellos del griego. Incluso en la actualidad se pueden encontrar en Europa traducciones de sus obras. Dado que los gobernantes musulmanes eran defensores acérrimos de la medicina, prepararon traducciones de las mejores obras griegas. La suprema autoridad del califato correspondió durante mucho tiempo a reyes que deseaban la ampliación de los conocimientos más que la de sus dominios. Esta fue la razón de que no sólo tradujeran al árabe libros griegos sino que invitaran también a sabios pandits de la India y les hicieran traducir libros de medicina y otros, pagándoles una compen­sación elevada. Una de las mayores deudas que les deben los que buscan el verdadero conocimiento es, por tanto, la de que prepararan traducciones de los libros de medicina en latín y griego que contenían una mención del “Ungüento de Jesús” y que, como si fuera una inscripción, registraban el hecho de que el ungüento había sido preparado para las heridas de Jesús.
Cuando los hombres más instruidos de la época islámica, como Thabit bin Qurrah y Hunain bin Ishaq quienes, aparte de la medicina, eran versados en los conocimientos más profundos de las ciencias y la filosofía, tradujeron el Qarabadin, en el que se mencionaba el Marham-i-Isa, conservaron sabiamente, en caracteres árabes, la pa­labra Shailija, que es una palabra griega, a fin de perpetuar la sugerencia de que el libro había sido traducido de una obra farma­céutica griega. Esta es la razón de que en casi todos los libros se presente la palabra Shailija.
Además, conviene señalar que aunque las monedas antiguas son de gran valor, ya que aclaran grandes misterios de la historia, los libros antiguos que en todo momento han sido conocidos de millones de personas y que han sido enseñados como libros de texto en los grandes centros del saber y aún sirven para ello, son mil veces más valiosos que las monedas y las inscripciones. Y es que, en el caso de las monedas e inscripciones, existe la posibilidad de fraude. Los libros aprendidos que, desde el momento de su redacción, han sido conocidos de millones de personas y han sido preservados y guar­dados por todas las naciones y se siguen conservando incluso en la actualidad, son pruebas tan valiosas, que las monedas y las inscrip­ciones no pueden compararse con ellos. ¿Puede alguien, acaso, nombrar una moneda o inscripción que haya alcanzado una difusión tan general como el Qanun de Abisinia?
En una palabra, el “Ungüento de Jesús” constituye para los que buscan la verdad una prueba realmente importante. Si no se creyera en esta prueba, habría que rechazar todo testimonio histórico ya que, aparte del hecho del número de estos libros que contienen una mención del Marham-i-lsa, que son alrededor de un millar e incluso más, ellos y sus autores son conocidos por millones de personas. Quien no acepte esta prueba patente, clara y firme, debe rechazar cualquier prueba de la historia. ¿Podría acaso ignorar una evidencia tan convincente? ¿Podemos dudar de un testimonio de tanto peso que se ha extendido por Europa y Asia y que es resultado de las afirmaciones de filósofos conocidos, judíos, cristianos, magistas y musulmanes?
Los investigadores de mente recta deberían estudiarla, acercarse a esta excelente prueba y reflexionar. ¿Merece ser ignorada una prueba tan evidente? ¿Podríamos privarnos de la Luz de este Sol de la Verdad? La sugerencia de que Jesús pudiera haber recibido algunas heridas antes de la época de su Llamada o que recibiera heridas en algún momento durante su ministerio, pero no como resultado de la crucifixión; que sus manos y pies pudieran haberse herido por cualquier otra causa; que se hubiera caído de un techo, y se hubiese preparado el ungüento para la lesión producida por esta caída, es absurda. Es absurda porque antes del momento de su Llamada no tenía discípulos mientras que, junto con la mención del ungüento se menciona igualmente a los discípulos. La palabra Shailija, que es una palabra griega y que significa “doce”, se sigue conteniendo en estos libros. Además, antes del momento de su Llamada, Jesús no era considerado un hombre tan importante como para que se registraran los acontecimientos de su vida. Su ministerio sólo duró tres años y medio y, durante este tiempo, no hay nada escrito sobre accidente o lesión alguna suya, exceptuada la cruz. No obstante, si alguien piensa que Jesús recibió estas heridas por alguna otra causa, que presente las pruebas; y es que el acontecimiento al que hemos hecho referencia, esto es, el, de la cruz, está demostrado y admitido de manera que ni los judíos ni los cristianos lo niegan. Sin embargo, la idea de que Jesús sufriese heridas por alguna otra causa no se basa en ningún dato histórico. Mantener, pues, esta idea es desviarse de manera cons­ciente y a sabiendas del camino de la verdad. La prueba que ha sido aducida no puede rechazarse basándose en una sugerencia tan absurda.
Incluso actualmente existen manuscritos; yo también poseo una copia antigua del Qanun de Abisinia, manuscrita, de aquella época. Por tanto, sería totalmente injusto -equivaldría a matar simplemente la verdad- desechar una prueba tan transparente como ésta.
Deberíamos reflexionar en profundidad acerca del hecho de que estos libros siguen todavía en manos de judíos, magistas, cristianos, árabes, persas, griegos, romanos, así como de alemanes y franceses y en las bibliotecas antiguas de otros países de Europa y Asia. ¿Es adecuado apartarse de una prueba como ésta, cuyo brillo deslumbra la mirada de la incredulidad? Si estos libros hubiesen sido preparados únicamente por musulmanes y si hubiesen estado sólo en manos de los seguidores del Islam, tal vez hubiera habido personas que llegaran rápidamente a la conclusión de que los musulmanes habían regis­trado falsamente estos hechos en sus libros con el fin de atacar a la fe cristiana. Pero ésta, aparte de las razones que expondré en breve, es una sugerencia sin fundamento, debido igualmente al hecho de que los musulmanes no han podido ser nunca culpables de una falsificación de esta especie, pues los musulmanes, como los cristianos, creen también que, después de la crucifixión, Jesús subió inmediatamente a los cielos. Además, los musulmanes no creen que Jesús fuese crucificado en absoluto o que recibiera herida alguna como resultado de la crucifixión. ¿Cómo habrían pues podido falsificar una afirmación contradictoria con su propia creencia? Aparte de esto, el Islam no existía en el mundo cuando se redactaron estos libros sobre medicina, en latín y griego, y se dieron a conocer entre centenares de millones de personas; libros que contenían la prescripción del “Ungüento de Jesús” así como la explicación de que este ungüento fue preparado por los discípulos para Jesús (la paz sea con él). Por otro lado, estos pueblos, es decir, los judíos, cristianos, musulmanes y magistas eran opuestos entre sí en materia religiosa. Por ello, el hecho de que mencionaran este ungüento en sus libros, o más bien, el hecho de que no tuviesen en cuenta ni siquiera sus creencias respectivas, es una prueba evidente de que la preparación del ungüento era un hecho tan conocido que no podía ser negado por ninguna comunidad o nación. No obstante, es cierto que, hasta el momento de la aparición del Mesías Prometido, a ninguna de estas personas ocurrió aprovecharse de esta prescripción que había sido incluida en centenares de libros y conocida de millones de personas de naciones diferentes.
No tenemos, pues, alternativa alguna sino la de reconocer a este respecto que Dios había querido -ése era el destino fijado por Él­- que esta arma brillante y su prueba reveladora de la verdad que destruye la creencia sobre la cruz, fuese expuesta al mundo por el Mesías Prometido. Y es que el Santo Profeta había profetizado que la fe en la cruz no disminuiría ni se detendría su progreso mientras no apareciera en el mundo el Mesías Prometido. Era el Mesías Prometido en cuyas manos debía producirse la “Rotura de la cruz”. El núcleo fundamental de la profecía era que, en la época del Mesías Prometido, Dios prepararía circunstancias que harían patentes la verdad sobre la crucifixión. Después vendría el final, y el credo de la cruz completaría su período de vida, pero no mediante la guerra o la violencia, sino sólo a través de medios celestes, que se manifestarían en el mundo en forma de argumento y descubrimiento. Este es el significado del Hadiz mencionado por Bujari y otros.
Era pues inevitable que el cielo no revelara estas pruebas y estos elementos conclusivos de evidencia hasta que no apareciera el Mesías Prometido. Y así ha sucedido. Desde el tiempo del Prometido en adelante los ojos se abrirán y las personas de mentes más despiertas ponderarán la cuestión. Y es que el Mesías de Dios ha aparecido. Los intelectos deben ahora agudizarse; los corazones, estar atentos; las plumas han de manejarse con energía y todos deberán prepararse para la lucha; las almas de los justos recibirán el conocimiento y las personas dispuestas tendrán la razón. Y es que todo lo que brille en el cielo reluce también en la tierra. ¡Bendito y afortunado sea aquel que comparta esta luz! Al igual que el fruto aparece a su sazón, así la luz desciende en el momento señalado; nadie puede obtenerla antes de que descienda ni detenerla una vez que haya bajado. Habrán dife­rencias y controversias, pero al final prevalecerá la verdad, ya que no es el trabajo del hombre; el hijo del hombre no tiene poder alguno en ella sino que es obra de Dios, que cambia las estaciones, mueve las horas y convierte la noche en día y el día en noche. El ha creado la oscuridad pero ama la luz. Permite que en el mundo se extienda el Shirk (creencia politeísta) pero ama el Tauhid, es decir, su Unicidad; no Le agrada que Su gloria se entregue a ningún otro. Desde el nacimiento del hombre hasta que el último de ellos desaparezca del mundo, la ley divina ha sido la de que Dios apoya-. Su Tauhid o Unicidad. El objeto de todos los profetas enviados por Él fue el de acabar con la adoración del hombre y otras criaturas y establecer la adoración a Dios. El servicio que prestaron al mundo fue el de hacer que brillara en la tierra la fórmula “No hay nadie que merezca adoración sino Al-lah”, al igual que brilla en el cielo. El mayor de ellos es quien ha hecho más para que esta fórmula brille con todo su esplendor; quien expuso en primer lugar la impotencia de los falsos dioses y demostró su insignificancia, basándose en la razón y el poder y más tarde, una vez demostrado todo, dejó el recuerdo de su victoria decisiva con la fórmula: “No hay más Dios que Al-lah, y Mohammad es el Apóstol de Al-lah”. No profirió la fórmula: “No hay ningún Dios sino Al-lah” como una jactancia vacía, sino que proporcionó más bien las pruebas y expuso los errores de las falsas creencias, convocando después a la gente para que comprobara que no había otro dios aparte de Aquél que había destruido todo su poder y reducido a pedazos todo su orgullo. Como recordatorio, pues, de este hecho demostrado, enseñó la fórmula bendita: “No hay más Dios que Al-lah y Mohammad es el Apóstol de Al-lah”.

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CAPÍTULO IV. PRUEBAS DE LOS LIBROS DE HISTORIA

 Dado que el capítulo siguiente contiene pruebas de diversas clases, para mayor claridad se divide en varias secciones, que son las siguientes.

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Sección I

Pruebas de los libros islámicos que contienen una mención del viaje de Jesús

 En Rouzat-us-Safa, un conocido libro de historia, puede verse en las páginas 130-135 una narración que, traducida brevemente, es como sigue.

“Jesús (la paz sea con él) fue llamado Mesías porque fue un gran viajero. Llevaba una bufanda de lana en la cabeza y una túnica de lana sobre el cuerpo. Llevaba un bastón en la mano; solía viajar de un país a otro y de una ciudad a otra y, al caer la noche permanecía donde estuviera. Comía verduras silvestres, bebía agua del bosque y efec­tuaba sus viajes a pie. En uno de sus viajes, sus compañeros le compraron una vez un caballo; montó en él durante un día pero, al no poder obtener provisión alguna para alimentarle, lo devolvió. Viajando desde su país, llegó a Nasibain, que se encontraba a una distancia de varios centenares de millas de su hogar. Con él estaban algunos pocos de sus discípulos que fueron enviados a la ciudad a predicar. En la ciudad, empero, circulaban rumores erróneos e infundados sobre Jesús (la paz sea con él) y su madre. En consecuencia, el gobernador de la ciudad arrestó a los discípulos y después requirió la presencia de Jesús. Jesús curó milagrosamente a algunas personas y realizó otros milagros. Viendo esto, el rey del territorio de Nasibain con todo su ejército y su pueblo, se convirtió en seguidor suyo. La leyenda de la “bajada de los alimentos” que se contiene en el Santo Corán pertenece a los días de sus viajes”.
Esta es, resumida, la afirmación que se contiene en Rauzat-us-Safa. El autor del libro, sin embargo, ha achacado milagros absurdos e irracionales a Jesús, que no mencionaré aquí y, conservando mi exposición libre de falsedades y exageraciones absurdas, trataré del punto real que nos ocupa y que lleva a la conclusión de que Jesús (la paz sea con él) en el curso de sus viajes, llegó a Nasibain. Este es un lugar situado entre Mosul y Siria que, en los mapas ingleses, ha sido llamado Nasibus. Si se viaja de Siria a Persia, hay que pasar por Nasibain, que se encuentra a 450 millas de Jerusalén. Mosul se halla a unas 48 millas de Nasibain y a 500 de Jerusalén y la frontera de Persia está sólo a 100 millas de distancia de Mosul. Esto significa que Nasibain está a 150 millas de la frontera persa. La frontera oriental de Persia roza la ciudad de Herat, en Afganistan, es decir, que Herat está en la frontera occidental de Afganistán en dirección al territorio persa y a unas 900 millas de límite occidental de Persia. De Herat al Paso de Jaibar la distancia es de unas 500 millas. Véase el mapa que muestra la ruta seguida por Jesús.
El mapa indica la ruta que adoptó Jesús en su viaje a Cachemira. El objeto de su viaje fue el de reunirse con los israelitas, cuyo rey, Shalmaneser, había sido llevado prisionero a Media. Puede verse que en los mapas publicados por los cristianos, Media aparece hacia el sur del Mar de Khizar (Azov) en lo que actualmente es Persia. Esto significa que Media era de cualquier modo parte del terreno que constituye en la actualidad Persia. La frontera oriental de Persia está adyacente a Afganistán; al sur está el mar y al oeste, el Imperio Turco. Si los informes de Rauzat-us-Safa son correctos se comprueba que, dirigiéndose a Nasibain,   Jesús pretendía llegar a Afganistán a través de Persia e invitar a la verdad a los judíos perdidos que llegaron a ser conocidos como afganos. La palabra “afgano” parece ser de origen hebreo; es un nombre derivado que significa “valiente”. Parece que, en la época de sus victorias, adoptaron para sí mismos ese nombre (1).
En una palabra, Jesús llegó al Punjab después de pasar por Afganistán, con la intención última de dirigirse a Cachemira después de ver el Punjab y el Indostán. Debemos señalar que Chitral y una parte del Punjab separan a Cachemira de Afganistán. Si viajamos de Afganistán a Cachemira, a través del Punjab, hay que recorrer una distancia de 80 millas, unos 135 kilómetros.
Sin embargo, Jesús tomó prudentemente la ruta que atraviesa Afganistán, para que pudieran sacar provecho de él las tribus perdidas de Israel, conocidas como afganos. La frontera oriental de Cachemira limita con el Tíbet. De Cachemira podría pasar fácilmente al Tíbet. Una vez llegado al Punjab, no tendría dificultades para recorrer los lugares más importantes del Indostán antes de dirigirse a Cachemira o al Tíbet. Es, pues, muy posible que, como demuestran algunos registros históricos antiguos de este país, Jesús haya visitado Nepal, Benarés y otros lugares. Después se dirigiría a Cachemira a través de Jammu o Rawalpindi. Dado que pertenecía a un país frío, es seguro que sólo permaneció en estos territorios durante el invierno y, hacia finales de marzo o comienzos de abril, se pondría en marcha en dirección a Cachemira. Como quiera que Cachemira se asemeja a Sham (Siria y su territorio circundante) habría adoptado su domicilio permanente en esta tierra. Además, es posible que permaneciera algún tiempo en Afganistán y tampoco es imposible que hubiera contraído matrimonio en ese país.
Una de las tribus de los afganos es conocida como “Isa Jel” y no sería sorprendente que se tratara de descendientes de Jesús. No obstante, es lamentable que la historia de los afganos sea tan confusa; es, pues, dificil llegar a nada definitivo estudiando sus narraciones tribales. Sin embargo, es indudable que los afganos son israelitas, como los cachemires. Los que opinan contrariamente en sus libros han cometido un grave error por no haber estudiado a fondo la cuestión. Los afganos admiten que son descendientes de los qais, y éstos pertenecen a Israel. No es, sin embargo, necesario prolongar aquí esta discusión. La he expuesto ya con detalle en uno de mis libros; aquí me limito a exponer el viaje de Jesús a través de Nasibain, Afganistán y el Punjab hasta Cachemira y el Tibet. Fue llamado el “profeta viajero” e incluso el “jefe de los viajeros” en razón de este largo viaje. Un sabio musulmán, Ibn-al-Walid Al-Fahri Al-Tartushi Al-Maliki, célebre por sus enseñanzas, dice sobre Jesús en la página 6 de su libro Sirall-ul-Maluk, publicado por el Matba Jairiya de Egipto en 1306: “¿Dónde está Isa, el Ruhul-lah y el Kalimatul-lah, que fue el líder de los justos y el jefe de los viajeros?” queriendo decir que había muerto y que, incluso un gran hombre como él había tenido que abandonar este mundo. Conviene señalar que este hombre ilustrado no llama a Jesús simplemente “viajero”, sino “el jefe de los viajeros”.
De la misma manera, en la página 431 de Lisan-ul-Arab se dice: “Jesús fue llamado el “Mesías”, porque recorrió muchos países y no permaneció en ningún lugar”. Lo mismo aparece en Tajul-Urus-Sharah Qamus. Allí se afirma igualmente que el Mesías es quien ha recibido el bien y las bendiciones, es decir, que ha recibido estas cualidades en tal medida que incluso su tacto está bendito; y que este nombre fue dado a Jesús porque Dios da este nombre a quien Le place. En contra­posición a esto hay otro Mesías, que posee el mal y la maldición, es decir, que su naturaleza está compuesta de maldición y maldad, hasta el punto de que su tacto da origen a la oscuridad del mal y de la maldición. Este nombre fue dado al Mesías del Dallal (Engaño) y a todos los que lo siguen. Además, los dos nombres, es decir, el de Mesías el Viajero y Mesías el Bendecido, no son antagonistas entre sí. Uno no invalida al otro. Y es que es práctica divina que Dios dé a una persona un nombre con distintos significados y que todos éstos se apliquen a él. En una palabra, el hecho de que Jesús fuese viajero ha quedado tan perfectamente demostrado por la historia islámica que si se copiaran todas las referencias de esos libros, se convertirían en un gran volumen. Por ello, lo que he mencionado es suficiente.

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Sección 2

Pruebas de los libros sobre el budismo

 Dejemos bien claro que las escrituras budistas nos han propor­cionado pruebas de varios tipos que, globalmente consideradas, bastan para demostrar que Jesús (la paz sea con él) debe haber venido al Punjab y a Cachemira, etc. Presento aquí estas pruebas de manera que cualquier persona imparcial pueda en primer lugar estudiarlas y después disponerlas en una narración relacionada en sus propias mentes, pudiendo llegar así a esa misma conclusión. He aquí la prueba:

Primero: los títulos dados a Buda son similares a los dados a Jesús. De igual manera, los acontecimientos de la vida de Buda se asemejan a los de la vida de Jesús. Sin embargo, lo que aquí nos interesa respecto al budismo son los lugares dentro de las fronteras del Tibet, como i.e., Lhasa, Gilgit y Hams, etc., que son aquellos que está demostrado que fueron visitados por Jesús. Con referencia a la semejanza de títulos, baste con señalar que si, por ejemplo, Jesús (la paz sea con él) se llama a sí mismo la Luz en sus enseñanzas, de la misma forma, Gautama ha sido nombrado Buda, que en sánscrito significa Luz (2). En el Evangelio Jesús también ha sido llamado Maestro (2) y, de la misma forma, Buda ha sido también llamado Sasta o Maestro; así como Jesús ha sido llamado Bendito en los Evangelios, Buda ha sido denominado Sugt, es decir, el Bendito; si Jesús ha sido llamado Príncipe, así lo ha-sido también Buda. Jesús ha sido igualmente descrito por los Evangelios como alguien que cumple el objeto de su venida, y Buda ha sido llamado en las escrituras budistas Siddhartha, esto es, el que cumple el objeto de su venida. Los Evangelios han llamado también a Jesús el Refugio del Cansado, y Buda es nombrado en las escrituras budistas Asarn Sarn, es decir, el refugio del que no tiene refugio. Asimismo, los Evangelios han llamado a Jesús Rey, aunque él lo interpreta como Rey del Reino de los Cielos, y Buda ha sido también llamado Rey. La semejanza de acontecimientos se demuestra por acontecimientos como éste: al igual que Jesús fue tentado por el Diablo con las riquezas y los reinos del mundo a condición de que se postrara ante él, Buda fue también tentado cuando el Diablo le dijo que le entregaría la pompa y el esplendor de los reyes si abandonaba la severidad de su vida y volvía a casa. Pero, al igual que Jesús no obedeció al Diablo, tampoco Buda, según está escrito, siguió sus insinuaciones. Ver Budismo de T.W. Davids (3), y Budismo de Sir Monier Monier Williams (4).
Esto demuestra que los mismos títulos que Jesús se adscribe a sí mismo en los Evangelios han sido también dados a Buda en los libros budistas, que fueron recopilados mucho más tarde; y, al igual que Jesús fue tentado por el Diablo, así estos libros afirman que Buda fue también tentado por el Diablo; aún más, la narración de la tentación de Buda que aparece en estos libros es más larga que la de la tentación de Jesús en los Evangelios cristianos. Está escrito que cuando el Diablo le ofreció la tentación de la riqueza y los honores reales, Buda se inclinó por volver a casa, pero no obedeció a este deseo. Mas el mismo Diablo volvió a reunirse con él una noche, llevando consigo a toda su progenie y lo aterrorizó con apariencias espantosas. Para Buda, esos Diablos aparecían como serpientes que echaban fuego por sus bocas. Las serpientes empezaron a lanzar fuego y veneno hacia él pero su veneno se convertía en flores y el fuego se dispuso en un halo alrededor de Buda.
Habiendo fracasado el Diablo, llamó a dieciséis de sus hijas y les pidió que mostraran su belleza a Buda, pero éste permaneció inmutable. El Diablo quedó frustrado en sus designios. Adoptó otros medios, pero no pudo hacer nada contra la firmeza de Buda, que continuó escalando etapas cada vez más altas de espiritualidad hasta que después de una larga noche, esto es, después de pruebas severas y prolongadas, superó a su enemigo Satanás; entonces la luz del Verdadero Conocimiento brilló sobre él y, al amanecer, es decir, en cuanto sus pruebas terminaron, llegó a conocerlo todo. El día en que terminó esta gran batalla fue el día del nacimiento del budismo. Gautama tenía entonces 35 años de edad y fue entonces cuando se le denominó Buda o la Luz, y el Árbol bajo el cual estaba sentado en ese momento llegó a ser conocido como el Árbol de la Luz.
Si abrimos la Biblia, encontraremos que la Tentación de Buda se asemeja a la tentación de Jesús, hasta el punto de que la edad de Buda era aproximadamente la misma que la de Jesús en aquel momento. Como puede verse en la literatura budista, el Diablo no se apareció a Buda en forma visible corporal, sino que fue un espectáculo que sólo contempló Buda, y la conversación del Diablo fue una inspiración del maligno, esto es, el Diablo, tal como se le apareció, sugirió a Buda que abandonara su camino y lo siguiera a él (el Diablo) pues le daría todas las riquezas de este mundo. De igual manera, la opinión de los doctores cristianos es que el Diablo que se apareció a Jesús no lo hizo en forma corporal -no se acercó a Jesús como ser humano- ante los mismos ojos de los judíos, atravesando las calles en su cuerpo físico y hablando a Jesús de manera que pudieran oírlo los presentes, sino que, por el contrario, la aparición tuvo la naturaleza de una visión que sólo podía contemplar Jesús; la conversación fue también del tipo de la inspiración, esto es, el Diablo, como es su costumbre, susurró en su corazón sugerencias malignas. Pero Jesús no aceptó y, al igual que Buda, rechazó la inspiración de Satanás.
También merece la pena ponderar por qué ha habido tanto parecido entre Buda y Jesús. Los arias dicen a este respecto que Jesús conoció el budismo en su viaje a la India y, habiéndose informado de los acontecimientos de la vida de Buda, adaptó su Evangelio a todo ello al volver a su país de origen; que Jesús compuso sus preceptos morales plagiando las enseñanzas morales de Buda y que al igual que Buda se llamó la Luz y el Conocimiento, y adoptó otros títulos, así Jesús se adscribió todos esos títulos a sí mismo, hasta el punto de apropiarse incluso de la larga historia de la Tentación de Buda. Sin embargo, esto es una invención de los arias. Es incierto que Jesús llegara a la India antes del acontecimiento de la cruz pues no tenía necesidad de efectuar dicho viaje en aquella época; lo necesitó cuando los judíos de Judea lo rechazaron y creyeron haberlo crucificado, siendo, sin embargo, salvado por un maravilloso designio divino.
Habiendo agotado así su simpatía por los judíos y su solicitud para predicarles, y habiéndose hecho los judíos, en razón de su naturaleza malvada, tan duros de corazón que llegaron a ser totalmente inca­paces de aceptar la verdad, Jesús, al ser informado por Dios de que las diez tribus de los judíos habían emigrado hacia la India, partió para esas regiones. Dado que algunos de los judíos habían aceptado el budismo, no había alternativa para este verdadero profeta sino la de dirigir su atención a los seguidores del budismo. Los sacerdotes budistas de aquel país esperaban la aparición del “Mesías” Buda. Por tanto, debido a los títulos de Jesús, así como a algunas de sus enseñanzas morales como las de amar al enemigo o no resistir al mal (y, según había profetizado Gautama Buda, por la piel clara de Jesús), por todos estos signos, los sacerdotes lo consideraron como el Buda. Es igualmente posible que algunos de sus títulos y enseñanzas y los mismos hechos de la vida de Jesús hayan podido adscribirse, consciente o inconscientemente, en aquella época a Buda, y es que los hindúes nunca han demostrado mucha aptitud para registrar la historia. Los acontecimientos de la vida de Buda no fueron registrados hasta la época de Jesús. Los sacerdotes budistas tuvieron, pues, la oportunidad de adscribir a Buda cualquier cosa que desearan atri­buirle. Es pues muy probable que, al conocer los hechos de la vida de Jesús y sus enseñanzas morales, los mezclaran con otras – muchas cosas introducidas por ellos mismos y los atribuyeran a Buda (5). Demostraré aquí que las enseñanzas morales de la Biblia -los títulos de Luz, etc., que, en el caso de Jesús, se encontrarían registrados respecto a Buda, como también la historia de la Tentación del Diablo­ han sido escritas en los libros budistas en la época en que Jesús llegó a este país después de la crucifixión.
Además, hay otro parecido entre Buda y Jesús: el budismo tiene registrado que Buda, durante la Tentación, ayunó y que el ayuno duró cuarenta días. Los lectores del Evangelio saben que Jesús observó también un ayuno de cuarenta días.
Cómo acabo de indicar, hay un parecido tan notable entre las enseñanzas morales de Buda y las de Jesús que, para los que conocen a ambos, resulta ser algo sorprendente. Por ejemplo, los Evangelios dicen: no resistas al mal, ama a tu enemigo, vive en la pobreza y huye del orgullo, la falsedad y la avaricia; e iguales son las enseñanzas de Buda (6). Más aún, las enseñanzas budistas insisten aún más sobre ello, hasta el punto de que se declara como pecado el matar incluso a hormigas o insectos. El principio fundamental del budismo es simpatía por todo el mundo, buscar el bienestar de toda la humanidad y de todos los animales y promover un espíritu de unidad y amor mutuo. Y lo mismo ocurre con las enseñanzas del Evangelio.
Por otra parte, al igual que Jesús envió a sus discípulos a distintos países -viajando él mismo a uno- así ocurrió con Buda. El libro Budismo de Sir Monier Monier Williams afirma que Buda envió a sus discípulos a predicar, hablándoles de este modo: “Id y recorred todos los lugares, llenos de compasión por el mundo y por el bienestar de dioses y hombres. Id en direcciones diferentes. Predicad la doctrina (Dharham) saludable (Kalayana) en su comienzo, su mitad y final, en su espíritu (artha) y en su letra (vyanjana). Proclamad una vida de contención perfecta, castidad y celibato (Drahmacariyam). Yo iré también a predicar esta doctrina” (Mahavagga 1.111) (7). Buda fue a Benarés. Allí realizó muchos milagros y pronunció un impresionante sermón desde una colina, al igual que Jesús pronunció el sermón de la montaña. El mismo libro afirma también que Buda predicaba casi siempre con parábolas, explicando los asuntos espirituales por medio de analogías físicas.
Recuérdese que esta enseñanza moral y este modo de predicar -es decir, hablar en parábolas- era el método de Jesús. Este modo de predicar y estas enseñanzas morales, junto con otras circunstan­cias, sugieren de inmediato que se trataba de una imitación de Jesús. Jesús estuvo aquí, en la India; fue a predicar a todas partes; los seguidores de la fe budista lo conocieron y, viendo en él a una persona santa que hacía milagros, registraron estas cosas en sus libros y lo declararon como Buda, ya que es propio de la naturaleza humana intentar adquirir una cosa buena en donde se encuentre, de manera que las personas intentan registrar y recordar cualquier observación inteligente realizada por cualquier persona ante ellas.
Es, pues, muy probable que los seguidores de la fe budista hayan reproducido todo el cuadro de los Evangelios en sus libros; como por ejemplo, el ayuno durante cuarenta días tanto de Jesús como de Buda; la tentación de ambos; el nacimiento de los dos sin intervención de padre alguno (8), las enseñanzas morales de ambos; el hecho de llamarse ambos la Luz, “Maestro”, y sus Compañeros, discípulos; la afirmación de Mateo, en el capítulo 10, versículos 8 y 9: “No llevad oro, plata ni latón en vuestras bolsas”, semejante a la que dio Buda a sus discípulos; el hecho de que el Evangelio anime al celibato, que también hacen las enseñanzas de Buda; el suceso del terremoto cuando Jesús fue colgado de la cruz, que también está registrado que ocurrió cuando murió Buda. Todos estos puntos de semejanza se derivan del hecho de la visita de Jesús a la India -que fue una auténtica suerte para los seguidores de la fe budista-, que permaneciera entre ellos durante un período de tiempo considerable y que éstos adquirieran un buen conocimiento de los datos de su vida y de sus nobles enseñanzas. En consecuencia, era inevitable que una gran parte de esa enseñanza y ceremonial se abriera camino en los escritos budistas porque Jesús era respetado y fue tomado por Buda por los budistas. Estas personas, por consiguiente, registraron sus dichos en sus libros y los achacaron a Buda.
Es realmente sorprendente que Buda, al igual que Jesús, hubiera enseñado a sus discípulos en parábolas, especialmente en las mismas que se encuentran en los Evangelios. En una de estas parábolas, Buda dice:
Al igual que el campesino siembra la semilla pero no puede decir: el grano se hinchará hoy, mañana germinará, así también ocurre con el discípulo, que debe obedecer los preceptos, practicar la meditación, estudiar la doctrina; no puede decir hoy o mañana seré liberado (9).
Como se observará, ésta es la misma parábola que ha existido en los Evangelios hasta el día de hoy. Buda vuelve a narrar otra parábola:
De la misma manera que cuando un rebaño de ciervos vive en un bosque y llega un hombre que abre para ellos un camino falso, y los ciervos se lastiman, y llega otro que abre un camino seguro y los ciervos medran, así cuando los hombres viven entre placeres el maligno viene y abre el camino ocho veces falso que les extravía… (P. Oldenberg, 191-192).
Buda enseñó también:
La rectitud es un tesoro seguro que nadie puede robar. Es un Tesoro que acompaña al hombre incluso después de la muerte. Es un Tesoro que es la Fuente de todo Conocimiento y toda la Perfección (9).
Como puede observarse, las enseñanzas del Evangelio son muy similares. Los antiguos libros budistas que contienen estas enseñanzas pertenecen a un período no alejado de la época de Jesús; se trata incluso del mismo período. De nuevo, en la página 135 de ese mismo libro hay una narración en la que Buda habla de su irreprochabilidad, por el hecho de que nadie podría echar una mancha sobre su conducta. Esto guarda también parecido con un dicho de Jesús. El libro Budismo, en la página 45, afirma:
La enseñanza moral de Buda tiene una notable semejanza con las cristianas.
Estoy de acuerdo, e incluso lo reconozco. Ambos dicen: No améis al mundo, ni la riqueza; no odiéis a vuestros enemigos; no hagáis el mal; conquistad el mal con el bien; haced a los demás lo que deseáis que os hagan… todos estos puntos tienen un parecido tan notable entre el Evangelio y las enseñanzas de Buda que es innecesario mencionar aquí más detalles.
Los libros budistas muestran igualmente que Gautama Buda profetizó el advenimiento de un segundo Buda llamado Matiya. Esta profecía se contiene en Laggawati Sutatta, un libro budista, y se menciona en la página 142 del libro de Oldenberg. La profecía dice (10):
El será el líder de un grupo de discípulos en número de cente­nares de millares, como ahora soy yo el líder de grupos de discípulos en número de centenares.
Podría señalarse aquí que la palabra hebrea Masiha equivale a Matiya en pali. Es sabido que cuando una palabra se transfiere de un idioma a otro, a menudo sufre un cambio y lo mismo ocurre con las palabras inglesas, que sufren un cambio al ser traducidas a otros idiomas. Por ejemplo, Max Muller, en una lista que da en la página 318 del Volumen 11 de la obra Libros Sagrados de Oriente, dice que la th del alfabeto inglés se convierte en S en persa y árabe. Teniendo presente estos cambios, es fácil entender cómo la palabra Messiah se convirtió en Matiya en el lenguaje pali, que significa que el futuro Matiya profetizado por Buda es en realidad el Mesías y ningún otro. Esto se confirma también por el hecho de que Buda había profetizado que la Fe que había fundado no permanecería en el mundo más de quinientos años; que en el momento de la decadencia de sus principios y enseñanzas, el Matiya vendría a esta tierra y los restablecería en el mundo. Como sabemos, Jesús apareció quinientos años después de Buda y según el límite de tiempo fijado por Buda para la decadencia de su Fe, el budismo entró en un estado de decadencia en la hora señalada. Fue entonces cuando Jesús, después de librarse de la cruz, viajó a esta tierra y los budistas lo reconocieron y trataron con gran reverencia.
Sin duda alguna, las enseñanzas morales y los ejercicios espiri­tuales enseñados por Buda fueron resucitados por Jesús. Los cris­tianos admiten que el Sermón de la Montaña de los Evangelios y las demás enseñanzas morales son las mismas que fueron predicadas por Buda quinientos años antes. Afirman también que Buda no sólo enseñó preceptos morales sino también otras grandes verdades. En su opinión el título de Luz de Asia aplicado a Buda es muy apropiado. Así pues, de acuerdo con la profecía de Buda, Jesús apareció quinientos años más tarde y, como admiten la mayoría de estudiosos cristianos, sus enseñanzas fueron las mismas que las de Buda. No cabe duda, pues, de que apareció en el “espíritu de Buda”. En el libro de Oldenberg, basándose en la autoridad de Laggawati Sutatta se afirma que los seguidores de Buda, mirando al futuro, se consolaban con la idea de que, como discípulos del Matiya, alcanzarían la dicha de la salvación, es decir, tenían la seguridad de que el Matiya acudiría a ellos y que a través de él se salvarían, ya que las palabras en las que Buda había presentado la espera del Matiya implicaban que sus discípulos lo conocerían.
La afirmación del libro arriba mencionado refuerza la convicción de que, para guiar a esos pueblos, Dios había creado dos series de circunstancias. En primer lugar, que en razón del título de Asif, mencionado en el Génesis, capítulo 3, versículo 10, que significa “el que une a un pueblo”, Jesús no podría dejar de visitar la tierra en la que los judíos llegaron a establecerse; en segundo lugar, que, de acuerdo con la profecía de Buda, era esencial que los seguidores de Buda lo conocieran y se beneficiaran espiritualmente de él. Teniendo en cuenta estos dos puntos, es fácil comprender que Jesús visitara el Tibet. El hecho de que las enseñanzas y ritos cristianos afectaran profundamente al budismo tibetano lleva a la creencia de que Jesús debió visitar el pueblo del Tibet. Además, el hecho de que los fervientes seguidores del budismo, como se afirma en sus libros, hubiesen esperado siempre conocerlo en una muestra palpable de su ardiente deseo por su visita anunciada a este país. Frente a estos dos hechos, una persona imparcial no necesita investigar a fondo los registros budistas para convencerse de que Jesús vino al Tibet. Y es que, según la profecía de Buda, al ser tan intenso el deseo del segundo advenimiento de Buda, esa misma profecía, debió atraer a Jesús al Tibet.
Hay que señalar también que la palabra “Matiya”, que se menciona frecuentemente en los libros budistas, es indudablemente la palabra “Mesías”. En el libro Tibet, Tartaria, Mongolia, de H.T. Prinsep, que trata del Matiya Buda, que es en realidad el Mesías, se afirma en su página 14 (11) que los primeros misioneros (predicadores cristianos), habiendo oído y visto las condiciones existentes en el Tíbet, llegaron a la conclusión de que, en los antiguos libros de los Lamas, debían encontrarse trazas de la religión cristiana. En esa misma página se afirma que, sin lugar a dudas, esas antiguas autoridades creían que los discípulos de Jesús seguían vivos cuando llegaron a este lugar las enseñanzas cristianas. En la página 171 se indica que, sin lugar a dudas, en aquella época existía la creencia general de que aparecería un gran Salvador sobre cuya aparición Tácito dice que no sólo los judíos eran responsables de dicha creencia, sino que el mismo budismo había establecido una base para ella, esto es, que profetizó la venida del Matiya. El autor de esta obra en inglés dice en una nota:
“Los libros Pitakkatayan y Atha Katha contienen una clara profecía sobre la aparición de otro Buda, que ocurrirá mil años después de la época de Gautama o “Sakhiya Muni”. Gautama afirma que es el 254 Buda y que aún queda por aparecer el “Bagawa Matiya”, esto es, que después de irse aparecería aquél cuyo nombre sería Matiya, de piel clara.” El autor inglés continúa diciendo que la palabra Matiya tiene un notable parecido con Mesías. Resumiendo, Gautama Buda afirma claramente en esta profecía que aparecería un Mesías en su país, entre su pueblo y sus seguidores. Esa fue la base de la creencia persistente sobre la aparición de un Mesías entre sus seguidores. En su profecía, Buda lo denomina su “Bagwa Matiya” porque “Bagwa” en sánscrito significa “blanco” y Jesús, por ser habitante de los territorios sirios, era de piel clara. Los pueblos de la tierra de esta profecía, es decir, el pueblo de Magadh, donde estaba situada Bajagriha, eran de piel oscura. El mismo Gautama Buda era moreno. Había expuesto a sus seguidores dos signos conclusivos en relación con el futuro Buda: (1) que sería “Bagwa” o de piel blanca y (2) que sería Matiya, esto es, viajero, y procedería de, un país extranjero. Por tanto, esos pueblos habían observado siempre esos signos hasta que vieron realmente a Jesús.
Cualquier budista debía profesar necesariamente la creencia de que, quinientos años después de Buda, el Matiya Buda (blanco) aparecería en su país. No hay, pues, que sorprenderse de que los libros de la fe budista mencionen la venida del Matiya, esto es, del Masiha, a su tierra y del cumplimiento de su profecía. Suponiendo que no existiera dicha mención, incluso entonces, debido a esta revelación divina, Buda habría presentado a sus discípulos la esperanza de que el Bagwa Matiya llegaría a su país, y ningún budista que conociera esta profecía podría negar la venida a esta región del Bagwa Matiya, cuyo otro nombre era Masiha; y es que el incumplimiento de la profecía habría demostrado la falsedad de su fe. Si no se hubiese cumplido en la plenitud de los tiempos esa profecía para cuyo cumplimiento había sido fijado un plazo y que Gautama Buda había narrado a sus discípulos repetidas veces, los seguidores de Buda habrían dudado de su verdad y en los libros se habría afirmado que la profecía no se había cumplido.
Otro argumento en apoyo del cumplimiento de esta profecía es que en el Tíbet, en el siglo séptimo d. C., aparecieron libros que contenían la palabra Mesías, esto es, que mencionaban el nombre de Jesús (la paz sea con él) registrado como Mi-Shi-Hu. El recopilador de la lista que contenía la palabra Mi-Shi-Hu es budista. Véase Un Registro de la Religión Budista de I. Tsing, traducido por G. Takakusu. Este Takakusu es un japonés que había traducido el libro de I. Tsing, que era un viajero chino. Al margen y en el apéndice de su libro, Takakusu afirma que un libro antiguo contiene el nombre de Mi-Shi-Hu (Masih). Este libro pertenece aproximadamente al siglo séptimo y ha sido traducido recientemente por un japonés, de nombre G. Takakusu, y publicado por Clarendon Press, Oxford (12). En cualquier caso, el libro contiene la palabra Masih, lo que demuestra claramente que esta palabra no ha sido importada por los miembros de la religión de Buda desde el exterior, sino más bien tomada de la profecía de Buda, escribiéndose a veces como Masih y otras como Bagwa Matiya.
Entre los testimonios que encontramos en los libros budistas, está el de Sir Monier Wíliiams, que escribe en la página 45 de su libro Budismo que el sexto discípulo de Buda sería un hombre llamadó “Tasa”. Esta palabra parece ser una forma abreviada de “Yasu”. Ya que Jesús (la paz sea con él) apareció quinientos años después de la muerte de Buda, esto es, en el siglo sexto, fue llamado el sexto discípulo. Obsérvese que el profesor Max Muller, en la página 517 del número de Octubre de 1894 de The Ninettenth Century (13), apoya la afirmación anterior diciendo que los escritores célebres habían seña­lado en varias ocasiones que Jesús recibió influencia de los principios del budismo, e incluso hoy se está haciendo lo posible por descubrir alguna base histórica que pueda demostrar que los principios de la fe budista hubieran llegado a Palestina en la época de Jesús. Esto apoya los libros de la fe budista en los que está escrito que Yasa fue discípulo de Buda, pues si autores cristianos de la celebridad del Profesor Max Muller han admitido que los principios del budismo tuvieron influencia sobre Jesús, no sería erróneo afirmar que esto equivale a ser discípulo de Buda. Sin embargo, yo considero el uso de estas palabras irrespetuoso e impertinente respecto a Jesús (la paz sea con él). La afirmación de los libros budistas que Yasu fue discípulo de Buda, es sólo un ejemplo de la costumbre arraigada de los sacerdotes de este pueblo de considerar a los grandes personajes de épocas posteriores como discípulos de los que aparecieron antes. Aparte de esto, por existir una gran semejanza entre las enseñanzas de Jesús y las de Buda, no sería incorrecto del todo hablar de una relación de maestro y discípulo entre Buda y Jesús, aunque pueda suponer una falta de respeto. Sin embargo, no apruebo el modo en que los investigadores europeos quieren demostrar que los principios del budismo llegaron a Palestina en la época de Jesús. Es lamentable que estos investigadores adopten el torpe camino de intentar encontrar trazas de la fe budista en Palestina siempre que el nombre y la mención de Jesús aparecen en los antiguos libros de budismo. ¿Por qué no buscan las huellas benditas de Jesús en la zona montañosa de Nepal, Tíbet y Cachemira?
Sé, sin embargo, que no correspondía a estos investigadores descubrir la verdad que se hallaba oculta tras miles de velos de oscuridad, sino que era la obra de Dios, que vio que la adoración al hombre se había extendido por la tierra excediendo todos los límites y que la adoración de la cruz y el supuesto sacrificio de un ser humano había alejado los corazones de muchos millones de gente del verdadero Dios, Quien para destruir el credo de la cruz, ha enviado al mundo un siervo suyo llamado Jesús de Nazaret que, de acuerdo con antiguas profecías apareció como el Mesías Prometido. Este sería el tiempo de la destrucción del credo de la cruz, es decir, un tiempo en que el error del credo de la cruz se haría patente como el hecho de partir un trozo de madera en dos.
Ahora es cuando el Cielo ha abierto el camino para la destrucción de la cruz, para que quien busque la verdad observe y lo encuentre. La idea de la ascensión de Jesús a los cielos en cuerpo físico, aunque era errónea, también tenía su significado: la Realidad Mesiánica había sido olvidada y había desaparecido como un cadáver que se consume en la tumba; se creía que esta Realidad Mesiánica se encontraba en el cielo en forma corpórea de ser humano. Era, pues, inevitable, que descendiera a la tierra en los últimos días. Y ha descendido en esta época como un ser humano. El ha destruido la cruz y los males de la falsedad y la adoración de la mentira, a los cuales nuestro Santo Profeta, en un Hadiz referente a la cruz, ha comparado con los cerdos. Estos, al romperse la cruz, también han sido despedazados como se despedaza a un cerdo.
Este Hadiz no significa que el Mesías Prometido mataría a los Kafirs (incrédulos) y rompería las cruces; la derrota de la cruz significa más bien que, en esa época, el Dios del cielo y la tierra sacaría a la luz la Realidad oculta que, de repente, echaría por tierra toda la estructura de la cruz. La muerte del cerdo no significa la muerte de los hombres ni del cerdo sino la de las cualidades porcinas, como la persistencia en la falsedad y la insistencia en presentarla a los demás, que es como comer suciedad. Por tanto, al igual que un cerdo muerto no puede comer porquería, llegaría un tiempo -más bien ha llegado ya- en el que a las naturalezas malvadas se les impediría comer suciedad de este tipo.
Los Ulemas musulmanes se han equivocado al interpretar esta profecía. El verdadero sentido de la destrucción de la cruz y de la muerte del cerdo es el que acabo de indicar. Además, en la época del Mesías Prometido, terminarían las guerras religiosas; el cielo reflejaría así la Verdad resplandeciendo a fin de exponer a la vista de todos la radiante diferencia entre verdad y falsedad. No creáis, por tanto, que he venido con la espada. Más bien he venido para que todas las espadas vuelvan a envainarse. El mundo ha estado luchando durante mucho tiempo en las tinieblas. Muchos hombres han atacado a quienes los querían bien, han reído los corazones de sus mejores amigos y han insultado a sus seres queridos. Pero ahora, las tinieblas han desa­parecido. Ha pasado la noche y es de día. ¡Bendito sea quien no permanezca ya en la privación!
Entre los testimonios que se contienen en los libros budistas está la prueba que Oldenberg menciona en la página 419 de Budismo (14). En este libro, basándose en la autoridad del libro llamado Mahawaga, página 54, sección I, está escrito que un sucesor de Buda sería llamado “Rahula”, y descrito también como discípulo; más bien como hijo suyo. Ahora bien, insisto aquí en que el “Rahula” de los libros budistas es la forma corrompida de “Ruhul-lah”, que es uno de los títulos de Jesús. La historia de que este “Rahula” era el hijo de Buda, el cual, habiendo abandonado al Hijo en su infancia, había sido exiliado y, con intención de separarse de su esposa, la había dejado dormida sin informarla ni despedirse de ella, y se había ido a otro país, es totalmente absurda, sin sentido y afrentosa para la grandeza de Buda. Un hombre tan cruel e insensible, que no tenía compasión por su propia esposa, que la dejó dormida y, sin decirle una palabra de consuelo, se fue como un ladrón; que ignoró totalmente las obligaciones que le debía como esposo -sin divorciarse de ella ni pedirle permiso- para irse a un viaje sin fin; que le causó un profundo dolor al desaparecer repentinamente, que la apenó y no le envió ni siquiera una carta, hasta que su hijo se convirtiera en hombre, y que no tuvo piedad del pequeño… un hombre así, que no tenía respeto por las enseñanzas morales inculcadas por él mismo, nunca podría ser una persona justa. Mi conciencia se niega a aceptar esto, al igual que se niega a aceptar la historia de los Evangelios de que Jesús en una ocasión no mostró respeto por su madre, no la cuidó cuando acudió y lo llamó, sino que le dirigió palabras insultantes.
Por ello, aunque las historias respecto a la herida de los senti­mientos de esposa y madre tienen un cierto parecido mutuo, no puedo adscribir historias que supongan una pérdida de su nivel moral ni a Jesús ni a Gautama Buda. Si Buda no quería a su esposa ¿no habría sentido piedad por esta pobre mujer y por su hijo que sufría? Esto equivale a una grave falta moral, tan grave que yo mismo me he entristecido al pensar en ella después de transcurridos cientos de años. No podemos entender por qué hizo todo esto. Para ser un hombre malvado, basta con descuidar los deberes hacia la propia esposa, salvo que fuera inmoral, desobediente, incrédula u hostil hacia su marido. Por tanto, no podemos achacar una conducta tan degradada a Buda, la cual iría contra sus propias enseñanzas.
Estas circunstancias demuestran, pues, que la historia es falsa. De hecho, “Rahula” se refiere a Jesús, cuyo otro nombre es “Ruhul-lah”. La palabra “Ruhul-lah” del hebreo es similar a “Rahula”, y “Rahula” (es decir, “Ruhul-lah”) ha sido llamado el discípulo de Buda porque, como he dicho anteriormente, Jesús vendría después de él con enseñanzas similares a las de Buda y porque los seguidores de la fe budista declararon que la fuente de esa enseñanza era Buda y que Jesús fue uno de sus discípulos. No sería pues sorprendente que Buda, basán­dose en la revelación de Dios, declarara a Jesús como su “hijo”. Otra prueba circunstancial es que, en el mismo libro, está escrito que cuando “Rahula” fue separado de su madre, una mujer que fue seguidora de Buda y cuyo nombre era Magdaliyana, actuó de mensajero. Es fácil comprobar que el nombre Magdaliyana es, en realidad, una forma corrompida de Magdalena, una mujer seguidora de Jesús mencionada en los Evangelios.
Todas estas pruebas, que han sido brevemente presentadas, llevan a las personas imparciales a la conclusión de que Jesús tuvo que venir a este país y, aparte de pruebas tan claras, ningún hombre prudente se puede permitir despreciar la semejanza, que se encuentra especialmente en el Tíbet, entre las enseñanzas y los ritos del budismo y el cristianismo. Más aún, existe un parecido tan notable entre ellos que la mayoría de los pensadores cristianos consideran que el budismo es el cristianismo de oriente y el cristianismo el budismo de occi­dente (15).
En efecto, es curioso que al igual que Jesús dijo: “Soy la Luz y el Camino”, lo mismo dijera Buda; que al igual que los Evangelios llaman a Jesús el Salvador, Buda se llamara a sí mismo el Salvador (ver Lalta Wasattara). En los Evangelios se afirma que Jesús no tuvo padre y, en cuanto a Buda, se afirma que, en realidad, nació sin padre (16) aunque aparentemente, al igual que Jesús tuvo un padre, José, Buda tuvo igualmente un padre. Se afirma asimismo que en el momento del nacimiento de Buda nació una estrella; está igualmente la historia de Salomón, ordenando cortar al niño en dos mitades y darlas a cada una de las dos mujeres, que se encuentra en el libro Jataka de Buda. Esto, aparte de demostrar que Jesús vino a este país, muestra igualmente que los judíos de ese país, que habían venido a esta tierra, habían desarrollado ciertas conexiones con el budismo.
La historia del Génesis tal como se contiene en los libros de la fe budista tiene un notable parecido con la misma historia de la Torah. Al igual que, según la Torah, el hombre se considera superior a la mujer, así en la religión de Buda un monje es considerado superior a una monja. Hay que observar, sin embargo, que Buda creía en la trasmigración de las almas, pero esta trasmigración no se opone a las enseñanzas de los Evangelios. Según Buda, la trasmigración es de tres tipos: (1) Las acciones y esfuerzos del hombre moribundo exigen que se transforme en otro cuerpo; (2) el tipo de trasmigración que los tibetanos consideran que ocurre entre los Lamas, es decir, que alguna parte del espíritu de algún Buda o Buda Satwa transmigra al Lama de cada momento, lo que significa que su poder, su temperamento y cualidades espirituales se transfieren a ese Lama y que su espíritu empieza a animarlo; (3) que en esta misma vida el hombre pasa por diferentes creaciones: llega un momento en el cual es, por ejemplo, un toro; cuando crece en avaricia y maldad, se convierte en perro, desapareciendo la primera existencia y dando origen a otra corres­pondiente a la calidad de sus acciones; todos estos cambios, sin embargo, ocurren en esta misma vida. Estas creencias no se oponen a las enseñanzas de los Evangelios.
He dicho ya que Buda cree también en la existencia del Diablo, y que cree igualmente en el cielo y el infierno, en los ángeles y en el Día del Juicio. La acusación de que Buda no creía en Dios es una pura invención. Buda no creía en Vedanta ni en los dioses corpóreos de los hindúes. Critica profundamente los Vedas y no cree en los Vedas existentes, pues los considera corrompidos e interpolados. El período durante el cual fue hindú y seguidor de los Vedas es considerado por él como un período de nacimiento al mal. Señala, por ejemplo, que durante un tiempo fue un simio; después, fue durante una época elefante; más tarde, ciervo, perro y cuatro veces serpiente; más tarde gorrión; después, rana; dos veces pez; diez, tigre; cuatro, ave de corral; dos veces cerdo y una vez liebre, y que, cuando era liebre, solía enseñar a los monos, los chacales y los perros de aguas; dice igualmente que fue espíritu; una vez mujer, bailarín y el Diablo. Todos estos datos intentan señalar las fases de una vida llena de cobardía, de conducta afeminada, impureza y salvajismo, de libertinaje, gula y superstición. Parece que, de este modo, señala la época en que era seguidor de los Vedas ya que, una vez abandonados estos últimos, no da señal alguna de ningún tipo de vida malvada que persistiera en él.
Realiza, por el contrario importantes afirmaciones; dice que se había convertido en una manifestación de Dios y que había alcanzado el Nirwana. Buda declara igualmente que el hombre que abandona el mundo llevándose con él acciones malvadas es lanzado al infierno, y que los centinelas del infierno lo arrastran hacia el Dios del Infierno, llamado Yamah, preguntándose entonces al condenado si no había visto a los Cinco Mensajeros que habían sido enviados para advertirle: la Niñez, la Edad Adulta, la Enfermedad, el Castigo por los propios pecados en esta misma vida, una prueba del castigo en el más allá, y los Cuerpos Muertos que apuntan a la destructibilidad del universo. El condenado contesta entonces que fue un necio por no haber pensado en ninguna de estas cosas. Entonces los Guardianes del Infierno lo arrastran al lugar del castigo y lo sujetan con cadenas de hierro al rojo vivo. Buda, además, afirma que el infierno tiene varias regiones en las que serían lanzados por pecadores de diferentes categorías. En una palabra, toda esta enseñanza es un claro exponente de que la religión budista debe mucho a la influencia personal de Jesús.
No obstante, no me propongo continuar con esta exposición. Termino aquí esta sección ya que, cuando hay una profecía clara, incluida en los libros de la fe budista, sobre la venida de Jesús a este país -una profecía que nadie puede negar-, cuando las parábolas y enseñanzas morales de los Evangelios se encuentran en los libros de la fe budista recopilados en la época de Jesús, ambas consideraciones juntas no dejan duda alguna sobre la venida de Jesús a este país. Por tanto, la prueba en cuya búsqueda iniciamos la investigación de los libros budistas ha quedado totalmente demostrada, gracias al Dios Todopoderoso.

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Sección 3

 Sobre la prueba de los libros de historia que muestran que era inevitable la venida de Jesús al Punjab y a los territorios vecinos

 Surge naturalmente la pregunta de que por qué Jesús, después de escapar de la cruz, vino a este país y qué le indujo a realizar un viaje tan largo. Es necesario responder a esta pregunta con algún detalle. Aunque ya he expuesto algo al respecto, creo que sería conveniente incluir en este libro todo el tema.

Señalemos, por tanto, que era sumamente necesario, en razón de su misión de mensajero divino, que Jesús (la paz sea con él) viajara hacia el Punjab y sus cercanías ya que las diez tribus de Israel, que habían sido llamadas en los Evangelios las Ovejas Perdidas de Israel, habían emigrado a este país, un hecho que no niegan los historiadores. Era, pues, preciso que Jesús (la paz sea con él) viajara a este país y, después de halladas las Ovejas Perdidas, les transmitiera su mensaje divino.
De no haberlo hecho, su objetivo hubiese quedado sin cumplir, ya que su misión era la de predicar a las Ovejas Perdidas de Israel; su salida de este mundo sin buscar a esas ovejas perdidas y sin enseñarles -después de halladas- la salvación, habría sido como el caso de un hombre encargado por su rey de acudir a una tribu salvaje para perforar un pozo y proporcionarles agua, pero que en su lugar se dirigiera a otro lugar, empleando allí tres o cuatro años sin tomar medida alguna para buscar la tribu. ¿Hubiera cumplido ese hombre la orden de su rey? No, en absoluto; más bien, en aras de su comodidad, se hubiera despreocupado totalmente de esa tribu.
No obstante, si nos preguntamos cómo y por qué debe suponerse que las diez tribus de Israel llegaron a este país, la respuesta es que hay claras pruebas en ese sentido, sobre las que ni siquiera una persona de poco intelecto puede tener duda alguna. Y es que es perfectamente sabido que pueblos como los afganos y los habitantes originales de Cachemira son de origen israelita. Por ejemplo, los pueblos de la cadena montañosa de Alai, que está a dos o tres días de viaje del distrito de Hazara, se denominan a sí mismos Bani Israel desde tiempo inmemorial; también los habitantes de Kala Dakah, otra cadena montañosa de esta región, se enorgullecen de ser de origen israelita. Hay además una tribu en el mismo distrito de Hazara que atribuye su origen a Israel. De la misma manera, los pueblos de la región montañosa entre Chalas y Kabul se denominan israelitas. En cuanto al pueblo de Cachemira, la opinión expresada por el Dr. Ber­nier basándose en la autoridad de algunos intelectuales ingleses, en la segunda parte de su libro Viajes por el Imperio Mogol (17), está bien fundada. Su opinión es que el pueblo de Cachemira es descendiente de Israel; sus trajes, sus rasgos y algunas de sus costumbres señalan decididamente el hecho de que son de origen israelita. Un inglés llamado Georges Foster, afirma en su libro (18) que, durante su estancia en Cachemira, pensó encontrarse en medio de una tribu de judíos. En el libro llamado Las Razas de Afganistán (19) de H.W. Bellews C.S.I. (Thacker Spink & Coi, Calcutta) se menciona que los afganos procedían de Siria. Nabucodonosor los hizo prisioneros y los asentó en Persia y Media, desde donde más tarde se dirigieron a oriente y se establecieron en las colinas de Ghaur, donde fueron conocidos como Bani Israel. Como evidencia de esto está la profecía del profeta Idris (Henoc) que afirmaba que las diez tribus de Israel que fueron hechas prisioneras escaparon de la esclavitud y se refugiaron en el territorio llamado Arsartat, que al parecer es el nombre de la parte conocida como Hazara, perteneciente a la región llamada Ghaur. En Tabagat-i-Nasri, en donde hay una narración de la conquista de Afganistán por Gengis Khan, se afirma que, en la época de la dinastía Shabnisi, vivía allí una tribu llamada Bani Israel, entre la que había buenos comerciantes. El año 622 d.C., cerca de la época en la que nuestro Santo Profeta Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) anunció su llamada, estos pueblos se encontraban establecidos en el territorio cercano al Este de Herat. Un jefe quraish, de nombre Jalid Bin Walid, les llevó la buena nueva de la aparición del Santo Profeta con el fin de colocarlos bajo el estandarte del Mensajero Divino (p.b.D.). Se le unieron cinco o seis jefes, de los que el principal era Qais, cuyo otro nombre era Kish. Después de aceptar el Islam, estos pueblos combatieron valientemente por el Islam y realizaron muchas conquistas, recibiendo del Santo Profeta (p.b.D.) muchos presentes a su regreso, que les bendijo profetizando que aquellos pueblos conse­guirían un gran dominio. El Santo Profeta dijo que los jefes de estas tribus serían siempre conocidos como Maliks. Qais, al que él llamó Abdul Rashid, recibió el título de “Pathan”. Algunos escritores afganos dicen que es una palabra siria que significa timón. Dado que el Qais recién convertido era guía de su tribu, actuando como el timón de un buque, se le otorgó el título de “Pathan”.
No es posible afirmar en qué momento los afganos de Ghaur avanzaron más y se instalaron en el territorio que rodeaba Kandhar, que es actualmente su morada. Esto sucedió probablemente en el primer siglo del calendario islámico. Los afganos mantienen que Qais contrajo matrimonio con la hija de Jalid Bin Walid, de quien tuvo tres hijos cuyos nombres fueron Saraban, Patan y Gurgasht. Saraban tuvo dos hijos, llamados Sacharj Yun y Karsh Yun, cuyos descendientes son afganos, es decir, los Bani Israel. El pueblo de Asia Menor y los historiadores musulmanes de occidente llaman a los afganos “sulai­manis”. En La Enciclopedia de la India y el Asia Oriental y del Sur (20), se afirma que el pueblo judío se extiende por las regiones central, sur y oriental de Asia. En épocas antiguas estos pueblos se habían establecido en gran número en China; tenían un templo en Yih Chu, la capital del distrito de Shu. El Dr. Wolf (21) que vagó durante mucho tiempo en busca de las Ovejas Perdidas de Bani Israel, es de la opinión de que los afganos son de la progrenie de Jacob que proceden de las tribus de Yahuda y Bin Yamin.
Otros datos señalan que los judíos se exiliaron a territorio de los tártaros; se encontraban en gran número en los territorios que rodeaban Bujara, Merv y Jiva. Prester John, Emperador de Constan­tinopla, escribiendo sobre sus dominios, declara que más allá de este río (Amu) están las diez tribus de Israel que, aunque afirman que tienen su propio rey, son en realidad ciudadanos y vasallos suyos. Las investigaciones del Dr. Moor (22) muestran que las tribus tártaras llamadas Chosan son de origen judío y que, entre ellos, pueden encontrarse trazas de la antigua fe judía; por ejemplo, observan la costumbre de la circuncisión. Los afganos tienen la tradición de que son las diez tribus perdidas de Israel. Después del saqueo de Jerusalén, el rey, Nabucodonosor, los hizo prisioneros y los instaló en el país de Ghaur, cerca de Bamiyar. Antes de la venida de Jalid Bin Walid, habían mantenido continuamente la fe judía.
En su aspecto, los afganos se parecen a los judíos en muchas de sus características. Como ellos, el hermano más joven se casa con la viuda del mayor. Un viajero francés, de nombre L.P. Ferrier, que visitó Herat, afirma que, en este territorio, hay muchos israelitas que tienen plena libertad en la observación de las costumbres de su fe. El Rabino Bin Yamin de Toledo (España) en el siglo XII d.C. viajó a la búsqueda de las tribus perdidas. Afirma que estos judíos se encuentran estable­cidos en China, Irán y el Tíbet. Josefus (23), que escribió la antigua historia de los judíos en el año 93 d.C., al hablar, en su undécimo libro, de los judíos que escaparon de la esclavitud con el Profeta Ezra, afirma que las diez tribus se habían instalado más allá del Eúfrates incluso en aquella época, y que su número era incontable. Más allá del Eúfrates quiere decir Persia y los territorios orientales. San Jerónimo, que vivió en el siglo V d.C., escribiendo sobre el Profeta Oseas, en relación con este tema, afirma de pasada que, a partir de aquel día, las diez tribus (de los israelitas) habían estado bajo el rey Parthya, es decir, Paras, y no se habían librado de la esclavitud. En el primer número era incontable. Más allá del Eúfrates quiere decir Persia y los territorios orientales. San Jerónimo, que vivió en el siglo V d.C., escribiendo sobre el Profeta Oseas, en relación con este tema, afirma de pasada que, a partir de aquel día, las diez tribus (de los israelitas) habían estado bajo el rey Parthya, es decir, Paras, y no se habían librado de la esclavitud. En el primer volumen del mismo libro se afirma que el Conde Juan Steram escribe en la página 233-34 de su libro que los afganos admiten que Nabucodonosor, después de la destrucción del templo de Jerusalén, se exilió al territorio de Bamiyan (que se encuentra junto a Ghaur, en Afganistán).
En el libro Una Narración de una Visita a Ghazni, Kabul y Afganistán de G.T. Vigne, F.G.S. (1840) se afirma en la página 166 (24) que un tal Mullah Khuda Dad leyó en un libro llamado Mallma-ul-Ansab que el hijo mayor de Jacob era Yahuda, cuyo hijo era Usrak; el hijo de Usrak era Aknur; el hijo de Aknur era Maalib; el de Maalib, Ka-Farlai; el de Farlai, Qais; el de Qais, Talut; el de Talut, Armea y el hijo de Armea era Afghan, cuyos descendientes son el pueblo afgano que debe su nombre al mencionado en último lugar. Afghan era contemporáneo de Nabucodonosor; fue llamado descendiente de Israel y tuvo cuarenta hijos. En la trigesimocuarta generación, después de 2.000 años, nació Qais, que vivió en la época de Mohammad (el Santo Profeta, la paz y bendiciones de Dios sean con él). Sus descendientes se multiplicaron hasta 64 generaciones. El hijo mayor de Afghan, llamado Salm, emigró de su casa en Siria y se estableció en Ghaur Mashkoh, cerca de Herat. Sus descendientes se extendieron por Afganistán.
En la Enciclopedia de Geografía (25) de James Bryce, F.G.S. (Londres, 1856), se afirma en su página 11 que los afganos remontan su genealogía hasta Saúl, el rey israelita, y se llaman ellos mismos descendientes de Israel. Alexander Burns afirma que los afganos se consideran a sí mismos de origen judío; que el rey Babul los hizo prisioneros y los estableció en el territorio de Ghaur, que está al noroeste de Kabul; que hasta el 622 d. C. continuó con su propia fe judía pero que Jalid Bin Abdullah (escrito erróneamente en lugar de Walid) contrajo matrimonio con la hija de un jefe de esta tribu y les hizo aceptar el Islam ese mismo año.
En el libro Historia de Afganistán (26) del Coronel G.B. Malleson, publicado en Londres (1878) se dice en la página 39 que Abdullah Khan de Herat, el viajero francés Friar John y Sir William Jones (que fue un gran orientalista) están de acuerdo en que el pueblo afgano desciende de los Bani Israel; que son descendientes de las Diez Tribus Perdidas. El libro Historia de los Afganos de L.P. Ferrier, traducido por el Capitán W.M. Jasse y publicado en Londres (1958) (27), afirma en la primera página que la mayoría de los historiadores orientales son de la opinión de que el pueblo afgano desciende de las Diez Tribus de Israel y que ésta es la opinión de los mismos afganos. El mismo historiador afirma en la página 4 de su libro que los afganos poseen pruebas de que en Peshawar, durante su invasión de la India, Nadir Shah fue presentado por los jefes de la tribu Yusaf-Zai con una Biblia escrita en hebreo así como con algunos otros artículos preservados por sus familias para la celebración de las ceremonias religiosas de su antigua fe. Había también judíos en el campamento de Nadir Shah. Al ver los artículos, los reconocieron fácilmente. Este mismo historiador afirma también en la página 4 de su libro que, en su opinión, la teoría de Abdullah Khan de Herat es fiable. Brevemente expuesta, esta teoría es la siguiente:
Malik Talut (Saúl) tuvo dos hijos: Afghan y Jalut. Afghan fue el patriarca de este pueblo. Después de los reinados de David y Salomón, hubo una lucha mutua entre las tribus de Israel como resultado de la cual cada tribu se separó del resto, y este estado de cosas continuó hasta la época de Nabucodonosor. Este último los invadió y mató a 70.000 judíos. Saqueó la ciudad, llevándose a los judíos restantes con él a Babel como prisioneros. Después de la catástrofe, los hijos de Afghan huyeron aterrorizados de Judea a Arabia y vivieron allí durante mucho tiempo. Pero dado que el agua y la tierra eran escasas y los hombres y los animales sufrían graves dificultades, decidieron emigrar a la India. Una parte de los Abdalis permanecieron en Arabia y, durante el Califato de Hazrat Abu Bakr, uno de sus jefes estableció lazos por matrimonio entre ellos y Jalid Bin Walid… Cuando Pérsia pasó a Arabia, estos pueblos emigraron de Arabia y se establecieron en las provincias iraníes de Faras y Kirman. Allí permanecieron hasta la invasión de Gengis Khan. Los Abdalis se encontraron impotentes frente a las atrocidades de Gengis Khan. Llegaron a la India, pasando por Makran, Sind y Multan. Pero tampoco encontraron allí la paz. Por último llegaron a Koh Sulaiman y allí se establecieron. Los demás miembros de la tribu de Abdalis se unieron también a ellos en dicho lugar. Formaban 24 tribus: los descendientes de Afghan, que tuvo tres hijos, a saber, Saraband (Saraban), Arkash (Gargasht) y Karlan (Batan). Cada uno de ellos tuvo ocho hijos que se multiplicaron formando veinticuatro tribus, recibiendo cada tribu el nombre de cada hijo. Sus nombres, con los nombres de sus tribus, son los siguientes:

Abdal
Yusaf
Babur
Wazir
Lohan
Barch
Yugiyan
Sharan

Nombre de la tribu
Abdali
Yusafzai
Baburi
Waziri
Lohani
Barchi
Jugiyani
Sharani

Hijos de Gargasht (Arkasht)
Jilj
Kakar
Saturiyan
Pin
Kas
Takan
Nasar

Nombre de la tribu

Jilyi
Takari
Llamurini
Saturiyani
Pini
Kasi
Takani
Nasri

Hijos de Karlan    

Jatak

Sur

Afrid

Tur

Zaz

Bab

Banganesh

Landipur

Nombre de la tribu

Jatari

Suri

Afridi

Turi

Zazi

Babi
Banganeshi
Landipuri

El libro Majzan-i-Afghani, de Jawaja Nimatullah de Herat, escrito en 1018 de la Hégira, en la época del Rey Yahangir, traducción publicada por el Profesor Bernhard Doran de la Universidad de Kharqui (Londres, 1836), contiene en los capítulos que se mencionan a continuación las siguientes afirmaciones:
En el capítulo I está la historia de Jacob Israel con quien comienza la genealogía de su pueblo (los afganos).
En el capítulo II está la historia del Rey Talut, esto es, que la genealogía de los afganos se remonta hasta Talut.
En las páginas 22 y 23 se afirma: Talut tuvo dos hijos: Barkhiya y Armiyah. Barkhiya tuvo un hijo, Asaf, y Afghan tuvo 24 hijos y ninguno de entre los israelitas se pudo comparar con los descendientes de Afghan. En la página 65 se afirma que Nabucodonosor ocupó todo Sham (Siria), etc., exilió a las tribus israelitas y las envió para establecerse en Ghaur, Ghazni, Kabul, Kandhar y Koh Firoz, en donde los descendientes de Asaf y Afghan particularmente establecieron su morada.
En las páginas 37 y 38 de este libro, basándose en la autoridad del autor de Mallma-ul-Ansab y de Mastofi, el autor de Tarij Buzidah, se afirma que, en vida del Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), Jalid Bin Walid invitó al Islam a los afganos, los cuales, después del acontecimiento del reinado de Nabucodonosor, habían establecido su residencia en el territorio de Ghaur. Los jefes de los afganos, bajo el mando de Qais, que fue descendiente de Talut en trigésimo grado, acudieron al Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) (Aquí se da la genealogía de Abdul Rashid Qais hasta Talut-Saúl). El Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) concedió a los jefes el título de Pathan, cuyo significado es “timón de buque”. Después de algún tiempo, los jefes volvieron a su territorio y empezaron a predicar el Islam.
En ese mismo libro, Majzam-i-Afghan, se registra en la página 63 que Farid-ud-Din Ahmad realiza la siguiente afirmación en cuanto a los títulos de Beni Afghanah o Beni Afghan, en su libro Rasalah Ansab-i­Afghaniyah: “Después de Nabucodonosor, los magianos conquistaron a los israelitas y los territorios de Sham y, cuando saquearon Jerusalén se llevaron prisioneros a los israelitas y los exiliaron como esclavos. Se llevó con él varias de sus tribus que seguían la ley mosaica y les ordenó olvidar su fe ancestral y adorarlo a él en lugar de a Dios, lo que se negaron a hacer. En consecuencia, Nabucodonosor mató a dos mil de los más inteligentes y sabios de entre ellos y ordenó al resto que salieran de su reino y del territorio de Sham. Algunos de ellos abandonaron el territorio de Nabucodonosor bajo un jefe y se dirigieron a las colinas de Ghaur. Sus descendientes se instalaron en este lugar, se multiplicaron y empezaron a llamarse Bani Israel, Bani Asaf y Bani Afghan.”
En la página 64, dicho autor afirma que registros fidedignos como Tarij-i-Afhani, Tarij-i-Ghauri, etc., contenían la afirmación de que los afganos son en su mayoría Bani Israel, y algunos de ellos son de origen copto. Además, Abul Fazl declara que algunos afganos se conside­raban de origen egipcio, siendo la razón expuesta por ellos que, cuando los Bani Israel volvieron a Egipto desde Jerusalén, esta tribu (esto es, los afganos) emigró a la India. En la página 64, Farid-u-Din Ahmad declara sobre el título “afgano”: “En cuanto al título de afgano, algunos han escrito que, después del exilio (de Siria) solían siempre “lamentarse y llorar” (faghan) en recuerdo de su hogar. Fueron, pues, llamados afganos.” Sir John Malcolm es también de la misma opinión; ver Historia de Persia, Vol. I, página 101.
En la página 63 se contiene la afirmación de Mahabat Khan: “Dado que son los seguidores y familiares de Salomón (la paz sea con él) son, pues, llamados Sulaimanis por los árabes”.
En la página 65 está escrito que las investigaciones de casi todos los historiadores orientales muestran que la propia opinión del pueblo afgano es que son de origen judío. Algunos historiadores actuales han adoptado la misma opinión o, muy probablemente, la han considerado verdadera.
En cuanto al hecho de que la adopción de nombres judíos por los afganos se debe a que aceptaran el Islam, no hay nada en apoyo de la opinión del traductor Bernhard Doran. En el norte y el oeste del Punjab hay tribus de origen hindú que se han hecho musulmanes pero cuyos nombres no pertenecen a pueblos judíos, lo que demuestra claramente que por el hecho de hacerse musulmanes los pueblos no adoptan necesariamente nombres judíos.
En cuanto a sus rasgos faciales, los afganos tienen una notable semejanza con los judíos, un hecho admitido incluso por los estudiosos que no suscriben la opinión de que los afganos son de origen judío. Esta podría ser la única prueba disponible de su descendencia judía. A este respecto, las palabras de Sir John Malcolm son las siguientes:
“El origen de las tribus afganas que habitan la zona montañosa entre Khorasan y los hindúes lo exponen de muy diversas maneras los diferentes historiadores. Algunos afirman que descienden directamente de las tribus judías, hechas prisioneras por Nabucodonosor, y se dice que sus principales jefes reconocen que sus familias ascienden hasta David y Saúl. Aunque es muy dudoso su derecho a esta orgullosa ascendencia, por su aspecto personal y muchas de sus costumbres es evidente que son una raza distinta de los persas, tártaros e indios y sólo esto parece dar cierta credibilidad a una afirmación que se contradice por muchos datos firmes, y de la que no se ha presentado prueba directa.”
Si la semejanza de los rasgos étnicos entre un pueblo y otro pudiera indicar algo, se diría ciertamente que los habitantes de Cachemira son de origen judío. Esto no sólo lo ha mencionado Bernier, sino también Forster, y tal vez otros autores.
Aunque Forster no acepta la opinión de Bernier, admite que, cuando estuvo entre los habitantes de Cachemira, pensó que se encontraba en un pueblo judío.
En cuanto a la palabra “Kashmiri”, en la página 250 del Diccio­nario de geografía pueden encontrarse las palabras siguientes:
En la página 250, bajo el título CACHEMIRA:
“Los nativos tienen un cuerpo de gran talla y robusto, con rasgos muy salientes: las mujeres bien formadas y esbeltas, con nariz aquilina y rasgos similares a los de los judíos”.
En la Gaceta Civil y Militar (23 de noviembre de 1898, página 4), bajo el título “Sawati y Afridi”, se reproduce una conferencia muy valiosa e interesante presentada ante la Sección Antropológica de la Asociación Británica en una de sus recientes reuniones y que será leída en la sesión de invierno ante el Comité sobre Investigación Antropológica. La conferencia dice lo siguiente:
“A continuación podemos dar el texto completo de la conferencia muy valiosa e interesante entregada a la Sección Antropológica en la reciente reunión de la Asociación Británica y que será leída ante el Instituto Antropológico en una de sus reuniones de invierno.
Los Paktan o Pathan originales habitantes de estas puertas occidentales de la India, son reconocidos en su historia más antigua, siendo muchas de las tribus mencionadas por Heródoto y los historiadores de Alejandro. En tiempo medievales, sus montañas ásperas y sin cultivar eran denominadas Roh, y sus habitantes Rohilas, y es indudable que la mayoría de estas primeras tribus Rohila o Pathan estaban ya instaladas allí mucho antes de que se pensara en las tribus afganas que vinieron después. Todos los afganos se consideran ahora de cualquier modo Pathan, porque todos hablan el idioma pathan, pashto, pero no reconocen ninguna descendencia directa con los primeros, sino que afirman ser Bani Israel, es decir, descendientes de las tribus que fueron llevadas cautivas a Babilonia por Nabucodonosor. No obstante, todos ellos adoptaron la lengua pashto y reconocieron el mismo código de normas civiles llamado Paktanwali que, en muchas de sus disposiciones, sugiere curiosamente tanto la antigua ley mosaica como las más viejas tradiciones de las razas Rallput.
Teniendo en cuenta las trazas israelitas, los pathanes podrían ser divididos en dos grupos importantes; por un lado, las tribus y clanes de origen indio, como los Waziris, Afridis, Orakzais, etc. y, por otro, los que son afganos, que afirman ser semitas y representan la raza dominante a lo largo de nuestra frontera. Parece que es posible que el Paktanwali, un código no escrito reconocido por todos ellos pueda ser de origen mixto, pues podemos encontrar en él la ley mosaica enraizada con tradiciones de los Rallput y modificadas por las costumbres musulmanas. Los afganos, que se llaman a sí mismos Duranis -nombre que se atribuyen desde la fundación del Imperio Durani, hace alrededor de siglo y medio- afirman que descienden de las tribus israelitas a través de un antecesor llamado Qais, a quien el Profeta Mohammad dio el nombre de Pathan (que en sirio significa timón), porque debía dirigir a su pueblo a las filas del Islam.
Sin embargo, hemos señalado ya que la nación Paktan o Pathan es mucho más antigua que el Islam. Es difícil explicar la frecuencia universal de nombres israelitas entre los afganos sin admitir algunas antiguas relaciones con la nación israelita. Aún más difícil es explicar ciertas costumbres, como por ejemplo, la observación de la Fiesta del Paso (que, en el caso de la raza afgana, al menos es curiosamente muy bien imitada) o la persistencia con la que los afganos menos cultos mantienen la tradición, sin ninguna base original real para ello. Bellew considera que esta relación israelita podría ser auténtica; pero señala que al menos una de las tres grandes ramas de la familia afgana que se derivó tradicionalmente de Qais, tiene el nombre de Sarabaur, que no es más que la forma pashto del antiguo nombre aplicado a la raza solar de Rallput, cuyas colonias se sabe que emigraron a Afganistán después de su derrota por los Chandrabans, en la batalla de Mahabharat, por los primeros escritos indios. Por tanto, los afganos tal vez fuesen israelitas absorbidos en antiguas tribus de Rallput, y ésta me ha parecido siempre la solución más probable al problema de su origen. De cualquier modo, los afganos modernos consideran, basán­dose en la tradición, que son una de las razas elegidas, descendientes de Abraham, y sólo reconocen la afinidad con otros pathanes a través de un lenguaje común y un código común de costumbres tribales”.
Todas estas citas de libros de escritores muy conocidos, si se consideran globalmente, convencerán a una persona imparcial de que los afganos y habitantes de Cachemira, que pueden encontrarse en la India, en la frontera y en sus cercanías, son realmente Bani Israel. En la segunda parte de este libro, Dios mediante, demostraré con más detalle que el objeto final del largo viaje de Jesús a la India fue el de cumplir su tarea de predicar a todas las tribus israelitas, un hecho al que había aludido en los Evangelios. No es, pues, sorprendente, que llegara a la India y a Cachemira. Sería, por el contrario, sorprendente que, sin cumplir su tarea, hubiese subido a los cielos. Y aquí termino mi presente exposición.
La paz sea con aquellos que siguen el camino recto.
Mirza Ghulam Ahmad
Qadian, Distrito de Gurdaspur.

NOTAS

 (1) En la Torah se encuentra la promesa hecha a los judíos de que si creían en el “último” profeta se les concedería, después de padecer grandes sufrimientos, el trono y la soberanía. Esta promesa fue cumplida por las diez tribus de Israel que adoptaron el Islam. Por ello hubo grandes reyes entre los afganos así como entre los cachemires.

Existe una carta, que se halla en la sección 14ª del primer capítulo de la historia del “Credo de Eusebio” en griego, traducida en 1650 por un londinense llamado Heinmer, que demuestra que un rey llamado Abgerus invitó a Jesús a que acudiera desde la tierra al otro lado del Eufrates a su corte. La carta enviada por Abgerus a Jesús y su respuesta están repletas de falsedad y exageraciones. Sin embargo, parece ser cierto que el rey, habiendo sido informado de las crueldades de los judíos, invitó a Jesús a su corte para ofrecerle refugio. Probablemente el rey creyó en él como verdadero profeta.
(2) Budismo, de M.M. Williams, página 23.
(3) Apéndice página 88.
(4) Ver también Budismo Chino en Edkins; Buda, de Oldenberg,
traducido por W. Hoey, y Vida de Buda, traducido por Rickhill.
(5) No podemos negar que la fe budista, desde tiempos antiguos, haya contenido enseñanzas morales; pero al mismo tiempo sostengo que aquella parte, que constituye sólo las enseñanzas del Evangelio -las parábolas y otras reproducciones de la Biblia- fue sin lugar a dudas añadida a los libros budistas en la época en que Jesús estuvo en este país.
(6) Apéndice página 89
(7) Budismo de Sir Monier Monier Williams (John Murray, Londres, 1889), página 45.
(8) Apéndice página 88.
(9) Sir M.M. Williams, Budismo, pág. 51.
(10) Buda, de Dr. Herman Oldenberg. (11) Apéndice página 89.
(12) Ver páginas 169 y 223 del libro del Tsing (pág. 96).
(14) Apéndice página 92.
(15) Apéndice página 90.
(16) Apéndice págipa 88
(17) Apéndice página 92.
(18) Apéndice página 93.
(19) Apéndice página 93.
(20) Apéndice página 93.
(21) Apéndice página 94.
(22) Apéndice página 96.
(23) Apéndice página 97.
(24) Apéndice página 98.
(25) Apéndice página 98.
(26) Apéndice página 99.
(27) Apéndice página 99.

APÉNDICE

T.W. Rhys Davids, M.A Ph. D. Budismo (Sociedad para Promover el Conocimiento Cristiano, Londres, 1887).
Se dice que la madre de Buda era virgen. Página 183. Su madre era la más pura y mejor de las hijas de los hombres. Al pie de la página 183, David cita a San Jerónimo.
San Jerónimo dice (Contra Sovian bk. I): Entre los ginnosofistas de la India se conserva como tradición que Buda, el fundador de su sistema, nació de una virgen.

The Hibbert Lectures, 1831. Budismo Indio, por T. W. Rhys Davids, 2a Edición (the Hibbert Lectures, 1831), (Williams & Norgate, Londres, 1891).

Página 147. Todo esto es especialmente interesante desde el punto de vista comparativo. Es una expresión del punto de vista budista que excluye la teoría de una deidad suprema, de una idea muy similar a la que se expresa en los escritos de la civilización, cuando Cristo se representa como la Manifestación de Dios al hombre, el Logos, la palabra de Dios hecha carne, el Pan de Vida, y no es una simple casualidad que los seguidores heterodoxos de ambas religiones hayan utilizado posteriormente a Buda y las concepciones del Logos como base para sus teorías sobre la emanación. No es más que un nuevo ejemplo de la manera en que ideas similares en mentes constituidas de modo similar llegan a ser modificadas de maneras muy parecidas. El Chakka-Vatti Buda fue para los primeros budistas lo que el Mesías Logos sería para los primeros cristianos. En ambos casos, las dos ideas se superponen, se unen entre sí y se suplementan. En los dos casos, las dos combinadas cubren prácticamente el mismo terreno en la medida en que lo permiten las diferentes bases de las dos enseñanzas. Es el círculo de ideas de Chakka-Vatti Buda en un caso, y el del Mesías Logos en el otro, el que influye principalmente para determinar que la opinión de las primeras biografías cristianas de sus maestros respec­tivos fuese la misma y produjese los mismos resultados; aunque los detalles no sean totalmente idénticos en ambos casos.

Sir M.M. Williams, Budismo (John Murray, Londres 1889), pá­gina 135.

Dijo de sí mismo (Mahe-vagga 1.6.8): Soy el dominador de todo (Sabbabhibha) el omnisciente; no tengo mancha, a través de mí poseo el conocimiento; no tengo rival (Patipuggalo); soy el jefe Arhat, el mayor maestro. Soy el único absolutamente sabio (Sambuddha); soy el conquistador (Jina); todos los fuegos del deseo se apagan (Sitibhuto) en mí; tengo el Nirvana (Nibbuto). Página 126. “1. No matéis ninguna cosa viva. 2. No robéis. 3. No cometáis adulterio. 4. No mintáis. 5. No toméis bebidas demasiado fuertes. 6. No comer nada excepto en las horas indicadas. 7. No hagáis uso de juramentos, ornamentos ni perfumes. 8. No utilicéis una cama alta o ancha sino sólo una esterilla en el suelo. 9. Abstenéos del baile, el canto, la música o los espectáculos mundanos. 10. No poseáis oro o plata de ningún tipo ni aceptéis ninguno. (Haha-vagga 1.5.6). Este Decálogo Budista podría haber sido extraído del Decálogo Mosaico”.
H.T. Prinsep, 71bet, Tartaria y Mongolia.
Los primeros viajes al Tíbet propiamente dichos que nos han sido transmitidos son los de los Padres Jesuitas, Grueber y Dorville, que volvieron de China por esa ruta en el año 1661, cuatrocientos años justos después del viaje a oriente de Marco Polo. Fueron los primeros cristianos europeos que se sabe que penetraron en las partes más pobladas del Tíbet, ya que el viaje de Marco Polo se dirigió, como hemos indicado, al noroeste por las fuentes del Oxus. El Padre Grueber quedó profundamente impresionado por la extraordinaria similitud que encontró, tanto en la doctrina como en los ritos de los budistas de Lassa, con los de su propia fe romana. Observó: 1º , que la ropa de los Lamas correspondía a la que podemos ver en las pinturas antiguas como vestiduras de los apóstoles; 2.°, que la disciplina de los monasterios y de las diferentes órdenes de Lamas o sacerdotes tenían el mismo parecido con la de la Iglesia Romana; 3.°, que la noción de la encarnación era común a ambos, así como la creencia en el paraíso y el purgatorio; 4.º, observó que ofrecían sufragios, limosnas, oraciones y sacrificios por los muertos, como los católicos romanos; 5.°, que tenían conventos, llenos de monjes y frailes en número de 30.000, cerca de Lassa, que profesaban todos sus votos de pobreza, obe­diencia y castidad, como los monjes romanos, además de otros votos; y 6º, que tenían confesores, con licencia del Lama superior u obispo; y estaban así facultados para recibir confesiones, imponer peniten­cias y dar la absolución. Además de todo ello, encontró la práctica del uso del agua bendita, el servicio religioso con cantos alternados, la oración por los muertos y una perfecta semejanza en las costumbres de los grandes Lamas a los de las diferentes órdenes de la jerarquía romana. Estos primeros misioneros dedujeron por lo que pudieron ver y oír que los antiguos libros de los lamas contenían huellas de la religión cristiana que, en su opinión, debió haber sido predicada en el Tíbet en la época de los apóstoles. (Páginas 12-14).
Además, en relación con el advenimiento de un Salvador, el autor, H.T. Prinsep, escribe en el mismo libro (Tíbet, Tartaria y Mongolia) en la página 171:
La esperanza general del nacimiento de un gran profeta, resca­tador o Salvador, a la que incluso Tácito llega a aludir, como existente en el período en que apareció el fundador de la religión cristiana era, sin duda alguna, de origen budista, y no se limitaba en absoluto a los judíos ni se basaba únicamente en las profecías de sus escrituras.
Como nota a pie de página el autor escribe además en la página 171:
El advenimiento de otro Buda mil años después de Gotama o Sakhya Muni está claramente profetizado en el Pitakattayan y el Atha­Katha. El mismo Gotama declara ser el vigesimoquinto Buda y dice: “Aún tiene que venir Bagawa Matiya. El nombre Matiya guarda un parecido extraordinario con Mesías.”
Sir M. Monier Williams, El Misterio de las Edades (1887).
El budismo es el cristianismo de oriente y como tal, incluso mejor conservado que el cristianismo, el budismo de occidente. (Página 541, nota al pie).
I. Tsing, Registro de la Religión Budista Practicado en la India y en el Archipiélago Malayo, 671-695 d.C. Traducido por J. Takakusu, B.A., Ph. D. (Oxford, Clarendon Press, 1896).
En las páginas 223-224 se dice: Es efectivamente curioso encontrar el nombre de Mesías en un libro budista, aunque el nombre aparece accidentalmente. El libro se llama Nuevo Catálogo de los Libros Budistas, recopilado en el período Chiang Yuan (785-804 d.C.), en la nueva edición japonesa de los Libros Budistas Chinos (Biblioteca Bodleiam, Jap, 65 DD, p. 73. Este libro no está en el catálogo de Nanges).
Además, el Sanghayama de Sakya y el monasterio de Ta-Chin (Siria) difieren mucho en sus costumbres, y sus prácticas religiosas son totalmente opuestas entre sí. King-Ching (Adán) debió transmitir las enseñanzas del Mesías (Mi-Shi-ho) y Sakya Putiyiya Sramanas propa­garía los sutras de Buda.

El Siglo Diecinueve, Vol. 3, Julio-Diciembre (Londres, octubre 1894) Museo Británico wo p.p. 59, 39.

En la página 517: En un artículo de Max Muller titulado “La presunta estancia de Cristo en la India” en el que critica a Nicolas Notovich, que fue al Tíbet y vio algunos libros y manuscritos antiguos en el Monasterio Budista de Himis, que hablaban de la visita de Jesucristo al Tíbet y Cachemira, y quien a su regreso escribió un libro en francés “Vie Inconnue de Jésus-Christ”, París, 1894. Nicolas Notovich era de nacionalidad rusa.
Pero N. Notovich, aunque no se llevó los manuscritos a su país, en todo caso los vio y, por desconocer el idioma tibetano, hizo que el texto fuese traducido por un intérprete y publicó 70 páginas él mismo en francés en su “Vie Inconnue de Jésus-Christ”. Evidentemente estaba preparado para el descubrimiento de una vida de Cristo entre los budistas. Posteriormente se han señalado con frecuencia las semejanzas entre cristianismo y budismo y la idea de que Cristo estuviese influenciado por las doctrinas budistas ha sido planteada más de una vez por escritores populares. Hasta ahora, la dificultad era la de descubrir cualquier canal histórico real a través del cual el budismo hubiera podido alcanzar Palestina en la época de Cristo. N. Notovich piensa que el manuscrito que encontró en Himis explica la materia del modo más simple. Es indudable, afirma, la existencia de una laguna en la vida de Cristo, por ejemplo, desde los quince a los veintinueve años. Durante esa misma época, la nueva Vida de Cristo encontrada en el Tíbet afirma que Cristo estaba en la India, que estudió el sánscrito pali, que leyó los Vedas y el Canon Budista y volvió después a través de Persia hasta Palestina para predicar el Evangelio.
Si entendemos bien a N. Notovich, esta vida de Cristo fue tomada de las narraciones de algunos comerciantes judíos que llegaron a la India inmediatamente después de la crucifixión (p. 237). Estaba escrita en pali, el idioma sagrado del budismo meridional; los papiros fueron llevados posteriormente de la India al Nepal y Makhada (Quaere Mazadhe) hacia el 200 d.C. (p. 236) y de Nepal al Tíbet, y en la actualidad se conservan cuidadosamente en Lhassa. Según afirma, se encuentran traducciones tibetanas del pali en diversos monasterios budistas, y entre otros en Himis. Son estos manuscritos tibetanos los traducidos en Himis para N. Notovich mientras reposaba en el monasterio con una pierna rota, y de estos manuscritos tomó su nueva Vida de Jesucristo, que publicó en francés, con una narración de sus viajes. Este volumen, que ha pasado ya a través de diversas ediciones en francés, será muy pronto traducido al inglés.
Dr. Hermann Oldenberg, Buda; Su Vida, Su Doctrina, Su Orden. Traducido del alemán por William Hoey, M.A.D. Lit (William & Norgate, 1882).

Página 142. Con ocasión de una profecía de Buda en relación con Matiya, el siguiente Buda, que en un futuro lejano aparecerá en la tierra, se dice:
Será el jefe de un grupo de discípulos que se contarán por centenares de millares, al igual que yo soy ahora el jefe de grupos de discípulos que se cuentan por centenares. Cakkana Hisuttanta.

Página 149. En relación con la mujer y el hijo de Buda, el principal pasaje es “Mahauagga”, i. 54. Rahula es mencionado frecuentemente en los textos Sutta como hijo de Buda, sin adscribírsele ningún papel sobresaliente entre los círculos según la tradición antigua.

Página 103. Rahula es el hijo de Buda. El (Buda) dice que me ha nacido Rahula, me han sido forjados unos grilletes.

Al pie de la página 103. Parece que en el nombre Rahula hay una cierta alusión a Raha, el Sol y la Luna que someten (oscurecen) al demonio.
François Bernier, Viajes en el Imperio Mogol. (Constable, Londres, 1891).
Sin embargo, en este país se encuentran muchas señales del judaísmo. Al entrar en el Reino después de cruzar las montañas de Peer-Punchal, los habitantes de los pueblos fronterizos me llamaron la atención por su aspecto físico similar al de los judíos. Su porte y maneras, y esa peculiaridad indescriptible que permite a un viajero distinguir a los habitantes de diferentes naciones, todo ello parecía perteneciente a ese antiguo pueblo. Y no debéis achacar lo que digo a mera fantasía, ya que el aspecto judío de esos campesinos fue ya observado por nuestro Padre, el Jesuita, y algunos otros europeos que visitaron Cachemira mucho antes que yo. (Página 930-932).
George Forster, Cartas sobre un Viaje de Bengala a Inglaterra. (Faulder, Londes, 1808).
Al ver por primera vez a los habitantes de Cachemira en su propio país, imaginé por su garbo, por el estilo y manera, de aspecto largo y grave, y las formas de sus barbas, que había llegado a un pueblo judío. (Vol. II, página 20).
H.W. Bellews, C.S.I., Razas de Afganistán. (Thacker Spink & Co., 1884).
Las tradiciones del pueblo (afganos) los remontan a Siria como país de su residencia en la época en que fueron llevados a cautividad por Bukhtanasar (Nabucodonosor) e instalados como colonos en dife­rentes partes de Persia y media. Desde allí emigraron a oriente en algún período posterior hasta la región montañosa de Ghor, en donde fueron llamados por los pueblos vecinos “Bani Afgan” o “Bani Israel”, es decir, hijos de Afghan e hijos de Israel. En apoyo de esto contamos con el testimonio del profeta Esdras, en el sentido de que las diez tribus de Israel que fueron llevadas a cautividad se escaparon posteriormente y encontraron refugio en el país de Arsareth, que se supone que coincide con el país de Hazara de la actualidad y del que forma parte la región de Ghor. En el Tabcati Nasiri se afirma igualmente que, en la época de la dinastía Shan Sabi original, existía un pueblo llamado Bani Israel en ese país y que algunos de ellos estaban dedicados intensamente al comercio con las regiones vecinas.
Balfour, Edward, Jefe de los Servicios Médicos, La Enciclopedia de la India y del Asia Oriental y Meridional, Tercera Edición. (Bernard Quaritch, 1885).
Bajo el título de “Afganistán”, página 31. Pakhtun es el nombre nacional de los afganos propiamente dicho; pero afganos y pathanes se denominan también a sí mismos Bani-Israel. Pakhtun es la persona y pakhtuna el nombre colectivo de los afganos. Esta palabra se describe como de origen hebreo (ibrani), aunque algunos de ellos afirman que se deriva del sirio (suriani) y significa entregado y liberado. Se dice igualmente que el término de afgano tiene el mismo significado. Una tradición es que la madre de Afghan o Afghana, a su nacimiento, exclamó “Afghan”, soy libre y le daré este nombre. Otra tradición es que en los dolores del parto exclamó “Afghan, Afghan, o Fighan, Fighan”, palabras que en persa significan “¡Ay!”. Se dice que Afghan es únicamente el nombre de los descendientes de Qais.
Se dice que el término de Pathan procede de Pihtan, una denominación titular que al parecer fue impuesta por Mohammad a un afgano llamado Qais.
Su origen está envuelto en el misterio, pero algunos autores los consideran descendientes de una de las diez tribus de Israel y ésta es la opinión de incluso algunos afganos. Varios autores consideran que esta nación no es de origen judío, sino que los que introdujeron la religión mohammadía entre ellos eran judíos conversos.
Más tarde, en la página 34, basándose en la autoridad de la obra de Elphinstone “Reino de Caubul” (págs. 182-185) se escribe:
Entre los Yusufzai ningún hombre ve a su esposa mientras no han terminado las ceremonias del matrimonio, y en todos los Bardurani existe una gran reserva entre el momento en que las partes se prometen y el matrimonio. Algunos de ellos viven con su futuro suegro y se ganan el pan por sus servicios, como hizo Jacob cuando quiso casarse con Raquel, sin ver siquiera el objeto de sus deseos.
Entre los afganos, al igual que entre los judíos, se considera que corresponde al hermano del fallecido casarse con su viuda, y es una afrenta mortal para el hermano de cualquier otra persona contraer matrimonio con su viuda e igualmente para el hermano que cualquier otra persona se case con ella sin su consentimiento.

Narración de una Misión a Bojara en los Años 1843-1845, en dos volúmenes, Rev. Joseph Wolff, D.D.LL.D. (John W. Parker, Londres, 1845). Vol. 1 2ª Edición.

Página 9. En diversas conversaciones con afganos en Khorassaun y en otros lugares supe que algunos de ellos se sienten orgullosos por su origen como hijos de Israel, pero dudo de la verdad de esa tradición parcial.

Página 13. Todos los judíos del Turquestán afirman que los turcomanianos son descendientes de Torgamah, uno de los hijos de Gomar, mencionado en Génesis 10:3.
Página 14. Los judíos de Bojara son 10.000. El Jefe Rabbi me aseguró que Bojara es el Puerto y Balj el Halah del 2° Libro de los Reyes 18:6, pero que en el reinado de Gengis Khan perdieron todas sus narraciones escritas. En Balj, los mul-lahs musulmanes me ase­guraron que fue colistruido por un hijo de Adán, que su primer nombre había sido Hanakh y después Halah, aunque los escritores poste­riores le llamaron Balaj o Balj. Los judíos, tanto de Balj como de Samarcanda, afirman que Turquestán es la Tierra de Nod, y Balj, en donde tiempo atrás existió Nod.
Página 15. En Bojara se remonta a tiempos muy antiguos la tradición de que algunas de las Diez Tribus están en China. He preguntado a los judíos de aquí sobre diversos puntos de la interpre­tación de las escrituras, especialmente el más importante, que aparece en Isaías 7:14: virgen. Lo tradujeron como hacemos nosotros los cristianos e ignoran totalmente la importante controversia entre judíos y cristianos sobre este punto.
Página 16. Conseguí un pasaporte del Rey después de esta interesante estancia, y crucé después el Oxus llegando a los pocos días a Balj y, desde aquella ciudad, en donde me reuní también con los hijos de la diáspora de Israel, me dirigí a Muzaur.
Algunos afganos afirman descender de Israel. Según ellos, Afghana era sobrino de Asaf, hijo de Berachia, que construyó el templo de Salomón. Los descendientes de este Affghaun, judíos, fueron llevados a Babilonia por Nabucodonosor, desde donde se trasladaron a las montañas de Ghoree, en Afganistán, pero en la época de Mohammad se hicieron mahometanos. Muestran un libro, llamado Mallmua Alansab, o colección de genealogías, escrito en persa.
Página 17. A continuación me dirigí a Peshawar. Aquí me fue igualmente leído el libro singular sobre el origen de los afganos, el libro Pashto de Khan lehaun Loote. La narración de este libro está de acuerdo con la de MSS, Timur Nameh y Kitab Ansbi Mujakkek Tuse. Consideré que la fisonomía general no era judía, pero me maravilló la semejanza que dos de las tribus, los Yasufszai y los Jalibari, tienen con los judíos. Los Kafreshiah Push, aunque son afganos, se dife­rencian notablemente del resto de su país. Muchos viajeros los han considerado descendientes del ejército de Alejandro, pero ellos no aceptan esta opinión.
Página 18. He pensado siempre que los Kaffreshiah Push eran descendientes de Israel, y algunos de los más sabios judíos de Samarcanda son de mi opinión.
Páginas 19-20. Me sorprendió descubrir que el Capitán Riley consideraba a los afganos de descendencia judía.
Página 58. Pasé seis días con los hijos de Rachab (Bani Arbal). Con ellos vivían hijos de Israel de la tribu de Dan, que residen cerca de Terim, en Hattramawl, quienes esperan, al igual que los hijos de Rachab, la rápida llegada del Mesías en las nubes del cielo. Vol II.131. Es muy notable que el profeta Ezequiel, en el capítulo vigesimoséptimo, versículo decimocuarto, presente una descripción exacta del negocio que mantenían los turcomanianos con los habitantes de Bojara, Jiva y Jokand. El Profeta dice: “Ellos, los de la casa de Togarmah (es decir, los turcomanianos) comerciaban en sus ferias y mercados con caballos, caballeros y mulas”. Los turcomanianos actuales, como los guardias judíos, son mercenarios y se alquilan por pocos tengas al día. Es igualmente notable que oyera tan frecuente­mente a los turcomanianos llamarse Toghramah, y a los judíos llamarlos Togarmah.
Observé las caravanas de camellos que acudían con mercancía desde Cachemira, Kabul, Kokand, Kitay y Orenbough, como dice el pasaje de Isaías 9:6: “La multitud y los camellos te cubrirán, los dromedarios de Media y Efah, y todos los de Seba vendrán y te traerán oro e incienso”. Al mencionar el oro, no debo olvidar que cerca de Samarcanda hay minas de oro y turquesas.
Página 236. Unas palabras sobre los hijos de las montañas del Kurdistán. Estos hijos, como observó muy bien el tristemente fallecido Dr. Grant, son de origen judío, aunque no puedo llegar a afirmar que sean de las Diez Tribus, ya que desconocen su propia genealogía. En su mayoría son en la actualidad cristianos.
Se parecen sobre todo a los protestantes de Alemania e Inglaterra, ya que no tienen imágenes ni monasterios, y sus sacerdotes se casan. No obstante, la dignidad episcopal es hereditaria, así como la de Patriarca, y cuando la madre del Patriarca queda embarazada, se abstiene de beber vino y comer carne; y si le nace un hijo, es el Patriarca, y si es una hija, está obligada a observar virginidad eterna.

Las Tribus Perdidas

Por George Moore, M.D.

En la página 143. Nos sentimos inmediatamente atraídos por un país de enorme importancia en el aspecto actual de Oriente, y es muy interesante para nosotros, ya que encontramos allí a un pueblo que afirma ser los Bani Israel o descendientes de las Diez Tribus, es decir, Afganistán y las regiones adyacentes.

Página 145. Las principales razones para pensar que algunos de los pueblos de Bojara y Afganistán son de origen israelita son las siguientes: 1º. Su parecido físico con la raza hebrea. Así, el Dr. Wolff, misionero judíos, declara: “Quedé maravillado por el parecido de los Yusafzai (tribu de José) y los Jybere, dos de sus tribus, con los judíos”. Moorcroft declara también hablando de Jyberis: “Son altos y con rasgos curiosamente judíos”. 2.°. Ellos mismos se denominan Bani Israel, hijos de Israel, desde tiempos inmemoriales. 3.°. Los nombres de sus tribus son israelitas, especialmente el de José, que incluye a Efraim y Manasseh. En el Libro de la Revelación, la tribu de José es la de Efraim (Rev. 7:6-8). En Números 36:5 Moisés habla de Manasseh como de la tribu de los hijos de José, por lo que es evidente que tanto Manasseh como Efraim eran conocidos por el nombre de la tribu de José. 4.°. Los nombres hebreos de lugares y personas de Afganistán son mucho más frecuentes de lo que podría explicarse por asocia­ciones mahometanas; de hecho, estos nombres existían antes de que los afganos se hicieran mahometanos. 5.°. Todas las narraciones están de acuerdo en que habitan en las montañas de Ghore desde una antigüedad muy remota. Es cierto que los príncipes de Ghore pertenecían a la tribu afgana de Soore y que a su dinastía se le reconocía una gran antigüedad incluso en el siglo undécimo. Parece que antes habían poseído las montañas de Soliman o Soloman que comprendían todas las cordilleras meridionales de Afganistán (Elphins­tone). 6.° Afgano es el nombre que otros han dado a su nación, ya que el nombre dado por ellos mismos es el de Pashto, y los doctores Garey y Marshman afirman que el idioma pashto tiene más raíces hebreas que ningún otro.

Página 147. La antigüedad del nombre del país de Cabul o Cabool queda pues demostrada; se comprueba igualmente que algunos pueblos peculiares conocidos como “Las Tribus” y “Las Tribus Nobles” vivían allí en períodos muy remotos. Hay pues pruebas suficientes de que los actuales habitantes de Cabul tendrían razón para afirmar que, desde las épocas más antiguas de la historia, ellos y sus antecesores han ocupado Cabul y desde tiempo inmemorial han sido conocidos como Las Tribus, esto es, tribus israelitas, tal como actualmente afirman ser ellos mismos… Según Sir W. Jones, las autoridades occidentales y persas están de acuerdo con ellos en su explicación de su origen; y otras autoridades residentes y compe­tentes, como Sir John Malcolm y el misionero Mr. Chamberlain, después de investigar a fondo, nos aseguran que muchos de los afganos son indudablemente de la semilla de Abraham.
Josephus Flavius, Antigüedades, traducido por el judío W.M. Whitson (Hurst, Rees, Orme & Brown: Londres).

“¡Cómo! ¿Extendéis vuestras esperanzas más allá del río Eúfrates? ¿Pensáis algunos de vosotros que vuestras tribus vecinas acudirán en vuestra ayuda desde Adiabene? Además, si lo hicieran, los parthos no se lo permitirían.” (XI, V. 2).
Esta es una cita de un tal Rey Yesih (Agrippa) que aconseja a los judíos que se sometan a los romanos y no acudan a los judíos de más allá del río Eúfrates.
Josephus estaba en la región de Vespasian en la última parte del primer siglo cristiano.
Narración personal de una visita a Ghazni, Cabul, en Afganistán, G.T. Vigne FR.G.S. (Londres: Whittaker, 1840).

Páginas 166-167. Mulah Khuda Dad, una persona muy versada en la historia de sus paisanos, me leyó, del Mallmaul-unsal (Colección de Genealogías) la siguiente breve exposición de su origen:
Dicen que el mayor de los hijos de Jacob era Juda, cuyo hijo mayor era Osruk, que era el padre de Okour, el padre de Moslib, el padre de Farlai, el padre de Kys, el padre de Talut, el padre de Ermiah, el padre de Afghan, de donde procede el nombre de afganos. Era contem­poráneo de Nabucodonosor, se llamaba Bani Israel y tuvo 40 hijos, cuyos nombres no es necesario insertar aquí. Su trigesimocuarto descendiente en línea directa, después de un período de 2.000 años, fue Kys. Desde Kys, que vivió en la época del Profeta Mohammad, ha habido 60 generaciones. Sulum, el hijo mayor de Afghan, que vivió en Sam (Damasco) salió de aquel lugar y llegó a Ghura Mishkon, un país cercano a Herat, y sus descendientes se extendieron poco a poco por el país conocido actualmente como Afganistán. Enciclopedia de Geografía, de James Bryce, M.A., LL.D., FR.S.E. y Keith Johnson F.R.G.S., 2.a Edición (William Collins, Sons & Co, Londres y Glasgow, 1880).

Bajo el título “Afganistán”, página 25. Historia y Relaciones. El nombre de afgano no lo utilizan los habitantes del país; se denominan pashto y en plural pashtoneh, de donde procede tal vez el nombre de patan, que se les da en la India. Remontan su origen a Saúl, rey de Israel, llamándose ellos mismos Ban-i-Israel. Según Sir A. Burnes, su tradición es que fueron trasladados por el rey de Babilonia de la Tierra Santa a Ghore, viviendo en el noroeste de Kabul y practicando su religión judía hasta el 682 d.C., año en el que fueron convertidos a la religión mahometana por un jefe árabe llamado Jaled-ibn-Abdal-lah, que se casó con una hija de un jefe afgano. Nunca se han presentado pruebas históricas en apoyo de este origen, y tal vez no sea más que una simple invención, fundada en los hechos mencionados en el 2.4 Libro de los Reyes XVIII-II. No obstante, podría ser cierto, y todos los viajeros están de acuerdo en que el pueblo difiere notablemente de las naciones vecinas y tienen entre ellos un origen común. Algunos afirman que se parecen mucho a los judíos en sus formas y rasgos, y están divididos en varias tribus, habitando en territorios separados y permaneciendo prácticamente sin mezclarse entre ellos.

Historia de Afganistán, por el Coronel G. Malleson, C.S.I. (W.H. Allen & Co., Londres, en la Oficina de la India, 1878). Página 39. Y hablo ahora del pueblo de Afganistán, de las tribus que ocupan el país y que controlan los pasos de las montañas. El tema ha sido tratado extensamente por Mountstuart Elphinstone, por Ferrier –quien citaba a Abdul-lah Khan de Herat- por Bellews y otros muchos.
Siguiendo a Abdul-lah Khan y a otros escritores afganos, Ferrier está dispuesto a creer que los afganos representan a las diez tribus perdidas de Israel y a afirmar que son descendientes de Saúl, rey de Israel. Entre otros escritores que están de acuerdo con esta opinión, podríamos mencionar el nombre tan célebre de Sir William Jones. Por otra parte, el Profesor Dorn, de Karkov, que examinó el tema en profundidad, rechaza esta teoría. Mounststuart Elphinstone lo clasifica en la misma categoría que la teoría de la descendencia de los romanos de los troyanos. Las objeciones a la opinión de Abdul-lah Khan han sido recientemente expuestas, con gran aptitud y firmeza, por el Profesor Dowson, en una carta al Times. Si, escribe ese caballero, mereciera alguna consideración, sigue estando en contradicción con la noción de que los afganos son descendientes de las diez tribus perdidas. Saúl era de la tribu de Benjamín, y la tribu no era una de las diez perdidas. Aún queda la cuestión de los rasgos físicos. No hay duda de que tiene peso, pero no puede imponerse contra la cuestión más importante del lenguaje. El Profesor Dowson continúa después demos­trando que el lenguaje afgano no tiene rastro alguno del hebreo y concluyó dictando que la suposición de que, a lo largo del tiempo, toda la raza afgana hubiera podido cambiar su idioma, era “demasiado increíble”.
L.P. Ferrier, Historia de los Afganos, traducido por W.M. Jesse (John Murray, Londres, 1858).

Página 4. Cuando Nadir Shah, que se dirigía a la conquista de la India, llegó a Peshawar, el jefe de la tribu de los Yusufzais se presentó a él con una Biblia escrita en hebreo y algunos otros artículos que habían sido utilizados en sus cultos antiguos y que habían conservado. Estos artículos fueron reconocidos inmediatamente por los judíos que seguían al campamento.
En la página 1, en una nota al pie, escribe: El autor de un manuscrito de la historia de los afganos observa que algunos derivan el nombre de afgano de su significado persa de “lamentación”, porque estas tribus lloraban su exilio de Judea. Otros declaran que Afghan era el nieto de Saúl y fue empleado por Salomón en la construcción del templo. Este autor se refiere a dos historias de esta nación: La Tarij Affghanah y la Tarij Ghour, es decir, la Historia de los Afganos y la Historia de Ghour. Según afirma, parece que, según estas obras, los afganos se consideran en parte descendientes de los coptos de Egipto y en parte de los israelitas; pero no se presenta prueba alguna en apoyo de esta afirmación.
Uno de estos escritores nos ha dicho que Nabucodonosor, después de matar a muchos de los prisioneros, desterró a los restantes a las montañas de Ghour, donde se multiplicaron notablemente con los judíos de Arabia; y cuando éstos cambiaron de religión haciéndose mahometanos, se recibió una carta de un judío converso llamado Jalud, informándoles de la aparición de un Nuevo Profeta y llamán­dolos para que se unieran a su santo estandarte. Algunos nobles afganos fueron a Arabia; el principal fue Keis el cual, según nos han informado varios autores afganos, remonta su ascendencia a cuarenta y siete generaciones hasta Saúl y a cincuenta y cinco hasta Abraham (Historia de los Afganos, MSS Persa).
Casi todos los autores mahometanos afirman esta descendencia de los afganos y durante algún tiempo tuve en mi poder una tabla genealógica en la que se intentaba demostrar que todas las familias principales de Afganistán eran descendientes directos de los reyes de Israel.

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