YUCATÁN.


Los primeros españoles en llegar allí en 1511 fueron los supervivientes de un naufragio; pero en 1517, zarpo de Cuba en dirección a Yucatán un convoy de tres barcos, bajo el mando de Francisco Hernadez de Cordoba, con el objetivo de conseguir esclavos. Para sorpresa, se encontraron construcciones de piedra, templos e ídolos de diosas y desgracias de los habitantes de la zona, que los españoles entendieron que se llamaban así mismos “mayas”, los conquistadores encontraron también “ciertos objetos de oro que tomaron”.

La crónica de la llegada y la conquista de Yucatán por parte de los españoles se basa principalmente en un texto titulado Relación de las Cosas de Yucatán, escrito por Fray Diego de Landa en 1566. Hernández y sus hombres, según informa Diego de Landa, vieron en esta expedición una gran pirámide escalonada, ídolos y estatuas de animales, y una gran ciudad tierra adentro. Sin embargo, los indígenas a los que intentaron capturar se les resistieron ferozmente, mostrándose impertérritos incluso ante el fuego de artillería de los barcos. El alto número de bajas, el mismo Hernández fue gravemente herido obligó a los conquistadores a retirarse. Sin embargo, a su regreso a Cuba, Hernández recomendó que se hicieran más expediciones, pues «esa tierra era buena y rica, a causa de su oro».

Un año después, otra expedición dejó Cuba en dirección a Yucatán. Desembarcaron en la isla de Cozumel, y descubrieron Nueva España, Panuco y la provincia de Tabasco (que es como nombraron a estos nuevos lugares). Pertrechados con una gran variedad de objetos para el trueque y no sólo con armas, los españoles se encontraron en esta ocasión tanto con indígenas hostiles como amistosos. Vieron más construcciones y monumentos de piedra, sintieron la punzada de las flechas, las lanzas de punta de obsidiana y examinaron los objetos que hacían los indígenas. Muchos estaban hechos de piedra, común o semipreciosa; otros brillaban como el oro pero al examinarlos de cerca resultaban ser de cobre. En contra de lo esperado, había pocos objetos de oro y no había minas ni otras fuentes de oro ni de ningún otro metal en aquella tierra.

Los Mayas decían que el oro por poco que fuera les había llegado comerciando, venía del noroeste, del reino de los aztecas donde había mucho cuyo descubrimiento y conquista en las alturas del centro de México, está unido históricamente al nombre de HERNÁN CORTÉS quien salió de Cuba en 1519 al mando de una verdadera armada de once barcos, alrededor de seiscientos hombres y un buen número de preciados caballos escasos en América. Deteniéndose, desembarcando y volviendo a embarcar, siguió lentamente la costa del golfo de Yucatán. En la zona en donde la influencia maya desaparecía y comenzaba el dominio azteca, Cortés estableció un campamento base que llamó Veracruz (nombre hasta el día de hoy) donde para asombro de los españoles, aparecieron emisarios del soberano azteca dándoles la bienvenida y portando exquisitos regalos. Según el testigo presencial Bernal Díaz del Castillo “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, entre los regalos había «una rueda como el sol, tan grande como la rueda de un carro, con gran cantidad de imágenes en ella, todo de oro fino y maravilloso para ser contemplado, que los que la pesaron después dijeron que valía más de diez mil dólares». Después otra rueda aún más grande «hecha de plata de gran brillantez a imitación de la luna». También un casco, lleno hasta el borde de pepitas de oro; y un tocado de plumas del extraño pájaro quetzal (reliquia que aún se conserva en el Museum für Vólkerkunde de Viena).

Los emisarios explicaron que aquellos eran los regalos de su soberano, MOCTEZUMA al divino QUETZALCÓATL, la «Serpiente Emplumada», dios de los aztecas, gran benefactor forzado por el Dios de la Guerra a dejar la tierra de los aztecas mucho tiempo atrás. Con un grupo de seguidores, fue a Yucatán y después zarpó en dirección este, prometiendo volver el día de su nacimiento en el año «1 Carrizo».

En el calendario azteca, el ciclo de los años se completaba cada 52 años y de ahí que el año del prometido retorno, «1 Carrizo», sólo tuviera lugar una vez cada 52 años.

En el calendario cristiano, estos fueron los años 1363, 1415,1467 y precisamente 1519 el año en que Cortés apareció de las aguas por oriente, a las puertas de los dominios aztecas. Barbado y con casco, al igual que Quetzalcóatl (algunos sostenían que el dios era de tez clara), Cortés parecía cumplir con las profecías y en todo caso fue confundido con QUETZALCÓATL.

Los regalos ofrecidos por el rey azteca no se habían seleccionado de forma casual, eran ricos en simbolismo. El montón de pepitas de oro se ofrecía porque el oro era un metal divino perteneciente a los dioses; el disco de plata que representaba a la luna se incluyó porque algunas leyendas sostenían que Quetzalcóatl zarpó para volver a los cielos haciendo de la luna su morada; el tocado de plumas y las vestimentas ricamente adornadas eran para que se las pusiese el dios que regresaba y el disco de oro era un calendario sagrado que representaba el ciclo de 52 años, e indicaba el Año del Retorno. Sabemos que se trataba de este calendario debido a que otros como él hechos no obstante de piedra en vez de oro fino, se han descubierto posteriormente.

No se sabe si los españoles comprendieron o no aquel simbolismo. Si lo hicieron no lo respetaron porque aquellos objetos no eran más que la prueba de las enormes riquezas que les esperaban en el reino de los aztecas.

Estos objetos irremplazables se encontraban entre los tesoros artísticos que llegaron a Sevilla desde México el 9 de diciembre de 1519 a bordo del primer barco de tesoros que enviara Cortés a España. El rey de España, Carlos I, nieto de Fernando y soberano de otros países europeos como Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano estaba entonces en Flandes, de modo que el barco fue enviado a Bruselas. Entre todo aquel oro había, además de los simbólicos regalos, figurillas de patos, perros, tigres, leones, monos y un arco con sus flechas de oro. Sobrepasándolos a todos estaba el «disco de oro» de 197.5 cm de diámetro y grueso como cuatro reales. El gran artista Alberto Durero, que vio el tesoro que llegó de «la Nueva Tierra de Oro» dijo que «estas cosas eran todas ellas tan preciosas que se valoraron en 100.000 florines. Pero nunca en todos mis días había visto algo que regocijara tanto mi corazón como aquellas cosas. Pues vi entre ellas asombrosos objetos artísticos, y me maravillé de la delicada ingenuidad de los hombres de aquellas distantes tierras. Ciertamente, no puedo decir suficiente de las cosas que había allí, ante mí».

Fuera cual fuera el singular valor artístico, religioso, cultural o histórico que «aquellas cosas» pudieran tener; para el rey no eran más que oro con el cual poder financiar sus luchas contra las insurrecciones internas y las guerras en el exterior. Sin perder el tiempo, Carlos dio la orden de que éstos y todos los objetos futuros hechos de metales preciosos fueran fundidos a su llegada y convertidos en lingotes de oro o plata.

En México, Cortés y sus hombres adoptaron la misma actitud. Avanzando lentamente y venciendo cualquier resistencia que encontraban, por la fuerza de su superioridad en armas o por medio de la diplomacia y la traición, llegaron a TENOCHTITLÁN la capital azteca, la actual ciudad de México, en noviembre de 1519, situada en medio de un lago sólo accecible a través de unas calzadas de fácil defensa. Todavía sobrecogidos por la profecía del dios que regresa, Moctezuma y sus nobles salieron de la ciudad para recibir a Cortés y su séquito.

Sólo Moctezuma llevaba sandalias; los demás iban descalzos y se postraron ante el dios blanco. Moctezuma recibió a los conquistadores en su magnífico palacio; había oro por todas partes, incluso los artículos de la mesa estaban hechos de oro; y les mostraron un almacén lleno de objetos de oro. Por medio de un ardid, los conquistadores apresaron a Moctezuma y lo retuvieron en sus dependencias, exigiendo para su liberación un rescate en oro. Ante esto, los nobles enviaron emisarios por todo el reino para que reunieran el rescate; trajeron oro suficiente como para llenar un barco, que zarpó de vuelta a España. (Fue apresado por los franceses, con lo que se declaró la guerra.)

Consiguiendo el oro de forma astuta, y debilitando a los aztecas sembraron cizaña entre ellos. Cortés tenía Planeado liberar a Moctezuma y dejarle en el trono como un rey títere. Pero su segundo en el mando perdió la paciencia y ordenó una masacre entre los nobles y jefes aztecas . En la confusión que siguió, Moctezuma fue asesinado. Los españoles se encontraron inmersos en una batalla en toda regla. Con graves pérdidas, Cortés se retiró de la ciudad y sólo consiguió volver a entrar en ella en agosto de 1521 potentemente reforzado desde Cuba tras una serie de prolongadas batallas.

Para cuando el gobierno español se impuso irrevocablemente sobre los sometidos aztecas, les había saqueado unos 600.000 pesos de oro, convertidos ya en lingotes. Mientras México estaba siendo conquistado fue ciertamente una Nueva Tierra de Oro pero una vez se llevaron los objetos de oro creados y acumulados durante siglos si no milenios; quedó claro que México no era la bíblica tierra de Javilá y que Tenochtitlán no era la legendaria Ciudad de Oro. Así la búsqueda del preciado metal a la que ni aventureros ni reyes estaban dispuestos a renunciar, se encaminó hacia otros lugares del Nuevo Mundo.

EL DORADO. Para entonces, los españoles habían establecido una base en Panamá en la costa del Pacífico y desde allí enviaban expediciones y delegados a América Central y del Sur. Fue allí donde escucharon la seductora leyenda de El Dorado, abreviatura de el hombre dorado, la de un rey que gobernaba en un reino tan rico en oro que se embadurnaba cada mañana de la cabeza a los pies con un aceite previamente rociado con polvo de oro. Al llegar la noche, se sumergía en el lago y se quitaba el oro y el aceite para repetir aquel ritual al día siguiente. Aquel hombre reinaba en una ciudad que estaba en el centro de un lago emplazada en una isla de oro. Según la crónica “Elegías de Varones Ilustres de Indias” el primer informe concreto de “El Dorado” lo obtuvo Francisco Pizarro en Panamá de uno de sus capitanes, con la siguiente versión: Un indígena de Colombia había oído hablar de, «un país rico en esmeraldas y oro. Entre las cosas de las que se ocupaban estaba ésta: su rey se desnudaba y a bordo de una balsa, iba hasta el centro de un lago para hacer oblaciones a los dioses. Su regia forma era untada con aceite fragante sobre el cual se esparcía una capa de oro en polvo, desde la planta de los pies hasta la coronilla, dejándolo resplandeciente como los rayos del sol». Muchos peregrinos iban a contemplar el ritual haciendo «ricas ofrendas votivas de objetos de oro y esmeraldas singulares, así como otros muchos ornamentos», arrojándolos en el lago sagrado.

Otra versión sugería que el lago sagrado estaba en algún lugar del norte de Colombia, hacía llevar al rey dorado una «gran cantidad de oro y esmeraldas» hasta el centro del lago. Allí, en calidad de emisario de las multitudes que se aglomeraban gritando y tocando instrumentos musicales en las orillas, arrojaba el tesoro en el lago como ofrenda a su dios. Una última versión más llamaba a la ciudad dorada MANOA y afirma que se encontraba en la tierra de BIRU PERÚ para los españoles.

La leyenda de El Dorado se difundió entre los europeos en el Nuevo Mundo como el fuego, y no tardó mucho en llegar a Europa. Lo que pasaba de boca en boca terminó por ponerse por escrito; comenzaron a circular por Europa panfletos y libros en los que se describía el país y el lago, la ciudad y el rey a quien nadie había visto aún, e incluso el ritual mediante el cual se doraba al rey cada mañana.

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