EL REINO DE LA VARITA MÁGICA.


La historia de la civilización en los Andes está envuelta en un misterio muy profundo por la ausencia de registros escritos o de estelas con relatos jeroglíficos; pero los mitos y las leyendas cubren el hueco con historias de dioses y gigantes y de los reyes que descendieron de ellos.

Los pueblos costeros recordaban las leyendas de unos dioses que guiaron sus antepasados a las tierras prometidas y de unos gigantes que les robaron las cosechas y violaron sus mujeres. Los pueblos del altiplano, de los cuales los incas eran los dominantes en la época de la Conquista, reconocían la guía divina en todo tipo de actividades y oficios, en el crecimiento de las cosechas y en la construcción de las ciudades. Contaban los Relatos del Comienzo, de la creación, de los días turbulentos, de un arrasador Diluvio y atribuían el inicio de su realeza y la fundación de su capital a los poderes de una varita mágica de oro.

Los cronistas españoles así como los nativos que habían aprendido español, dejaron constancia de que el padre de los dos reyes incas de la época de la Conquista, HUAYNA CAPAC, era el duodécimo Inca (título que significa señor, soberano) de una dinastía que había tenido sus orígenes en Cuzco, la capital, hacia el 1020 d.C. solo un par de siglos antes de la Conquista, cuando entraron sorpresivamente desde sus fortalezas del altiplano en las zonas costeras, donde otros reinos existían desde tiempos antiguos, extendiendo sus dominios por el norte hasta el actual Ecuador y por el sur hasta el Chile de hoy con la ayuda de la famosa Calzada del Sol, superponiendo esencialmente su gobierno y administración a culturas y sociedades organizadas prósperas en aquellas tierras durante milenios. La última en caer bajo el dominio inca fue el verdadero imperio del pueblo CHIMÚ, capital CHANCHÁN, una metrópolis cuyos recintos sagrados, pirámides escalonadas y complejos residenciales se extendían por una superficie de más de 20 km2. Situada cerca de la actual ciudad de Trujillo, donde el río Moche desemboca en el Océano Pacífico, la antigua capital recordó a los exploradores a Egipto y Mesopotamia. El explorador del siglo XIX E. G. SQUIER “PERÚ ILLUSTRATED: INCIDENTS OF TRAVEL AND EXPLORATIONS IN THE LAND OFTHE INCAS”, se asombró con tan inmensas ruinas a pesar de su lamentable estado. Vio, «largas hileras de imponentes muros, gigantescas pirámides o huacas, restos de palacios, moradas, acueductos, embalses, graneros… y tumbas, extendiéndose a lo largo de kilómetros, en todas direcciones». En las fotografías aéreas, se ve una inmensa ciudad que se extiende a lo largo de kilómetros en la llanura costera, y traen a la mente las vistas aéreas de Los Ángeles del siglo XX.

PERÚ Y SUS VECINOS. Las regiones costeras que se encuentran entre las estribaciones occidentales de los Andes y el Océano Pacífico son zonas de muy escasa pluviosidad y aquella región pudo habitarse y dar origen a una civilización gracias a los cursos de agua que desde las montañas discurren hasta el océano en forma de ríos grandes y pequeños que cruzan la llanura costera cada 80, 100 o 150 km creando zonas fértiles y feraces que separan una extensión desértica de otra. Las poblaciones, por tanto, surgieron en las riberas y en las desembocaduras de estos ríos y las evidencias arqueológicas demuestran que LOS CHIMÚ aumentaban su suministro de agua con acueductos que venían desde las montañas. También conectaron las sucesivas áreas fértiles y habitadas por medio de un camino de 4,5 m. de anchura promedio, el precursor de la famosa Calzada del Sol inca.

Al filo de la zona construida, allá donde el fértil valle termina y comienza el árido desierto, surgen grandes pirámides del suelo desértico, unas frente a otras a ambos lados del río Moche hechas con ladrillos de barro cocido al sol, recordando a exploradores como V. W. VON HAGENHIGHWAY OF THE SUN” con los altos zigurats de Mesopotamia que también se construyeron con ladrillos de barro y, al igual que los de las riberas del Moche, con una ligera forma convexa. Los 4 siglos de expansión CHIMÚ entre el 1000 y el 1400 d.C., fueron tiempos de desarrollo de la orfebrería hasta un punto nunca alcanzado por los incas. Los conquistadores españoles describieron con términos superlativos las riquezas de oro de lo que habían sido centros CHIMÚ aunque bajo el gobierno inca; el recinto de oro de una ciudad llamada Tumbes, en donde se habían hecho imitaciones con oro tanto de plantas como de animales, parece que fue el modelo que siguieron los incas al diseñar el recinto de oro del santuario principal en Cuzco.

En las inmediaciones de otra ciudad, TUCUME, se encontró la mayor parte de los objetos de oro que se encontraron en Perú en los siglos que siguieron a la Conquista objetos que estaban enterrados en las tumbas junto con los muertos. La cantidad de oro que poseían LOS CHIMÚ asombró a los propios incas cuando invadieron sus dominios costeros. Legendarias riquezas y descubrimientos reales posteriores aún desconciertan a los expertos; pues las fuentes de oro de Perú no se encuentran en las regiones costeras, sino en las tierras altas.

La cultura-estado CHIMÚ fue a su vez sucesora de otras anteriores culturas o sociedades organizadas. Pero como en el caso de los CHIMÚ, nadie sabe cómo se llamaban a sí mismos aquellos pueblos; los nombres que se les aplican en la actualidad son realmente de los lugares arqueológicos en los que estas sociedades y sus culturas tuvieron su centro.

En la región costera norte y centro, LOS MOCHICAS se remontan en las nieblas de la historia hasta los alrededores del 400 a.C. conocidos por su artística cerámica y sus elegantes tejidos pero cómo y cuándo adquirieron estas habilidades sigue siendo misterio. La decoración de sus cerámicas está repleta de imágenes de dioses alados y amenazadores gigantes y sugiere una religión con un panteón de dioses encabezado por el Dios Luna cuyo símbolo era el Creciente y su nombre SÍ O SI-AN.

Los restos dejados por LOS MOCHICAS demuestran claramente que siglos antes que los chimú, dominaban el arte de la fundición del oro, la construcción con ladrillos de barro y el diseño de complejos religiosos repletos de zigurats. En un lugar llamado PACATNAMU, un equipo arqueológico alemán H. UBBELOHDE-DOERING, “AUF DEN DOENIGSSTRASSEN DER INKA” excavó en la década de 1930 una ciudad sagrada enterrada con no menos de 31 pirámides concluyendo que muchas de las pirámides más pequeñas eran alrededor de mil años más viejas que las otras, mucho más grandes, que tenían lados de 61 metros de largo y más de 12 metros de altura.

La frontera meridional del imperio CHIMÚ la formaba el río Rímac, de cuyo nombre los españoles derivaron Lima como nombre de su capital. Más allá de esta frontera, las zonas costeras estaban habitadas en tiempos preincaicos por el pueblo CHINCHA, mientras las tierras altas estaban ocupadas por los pueblos de lengua AYMARA. Ahora se sabe que los INCAS habían obtenido sus nociones de un panteón de dioses de LOS CHINCHAS y los relatos de la Creación y el Comienzo de los AYMARAS.

La región del Rímac era un punto focal en la antigüedad al igual que hoy. Fue allí al sur de Lima, donde estuvo el mayor de los templos del que todavía se pueden ver las ruinas de la época en que fue reconstruido y ampliado por los incas; dedicado a PACHACAMAC «Creador del Mundo» que encabezaba un panteón en donde estaban las divinas parejas Vis y Mama-Pacha «Señor Tierra» y «Dama Tierra» y M y Mama-Cocha «Señor Agua» y «Dama Agua», el Dios Luna Si, el Dios Sol Illa-Ra y el Dios Héroe KON o CON, conocido también como IRA-YA; nombres que evocan una hueste de epítetos divinos de Oriente Próximo.

El templo de PACHACAMAC era una «Meca» para los antiguos pueblos de las costas meridionales. Iban peregrinos de todas partes y el hecho de peregrinar se tenía en tan alta estima que incluso cuando las tribus estaban en guerra, a los peregrinos enemigos se les concedía un salvoconducto. Los peregrinos llegaban portando ofrendas de oro, pues ése era el metal que se tenía por perteneciente a los dioses.

Sólo los sacerdotes elegidos podían entrar en el Santo de los Santos, en donde en determinadas fiestas, la imagen del dios pronunciaba oráculos que más tarde los sacerdotes explicaban al pueblo. El recinto del templo en su totalidad era tan reverenciado que los peregrinos tenían que quitarse las sandalias para entrar allí, lo mismo que se le ordenó a Moisés que hiciera en el Sinaí, y lo mismo que los musulmanes hacen aún hoy al entrar en la mezquita.

El oro que se había acumulado en el templo era demasiado fabuloso para escapar a la atención de los conquistadores españoles. Francisco Pizarro envió a su hermano Hernán para que lo saqueara, pero éste sólo encontró algo de oro, plata y piedras preciosas, no el grueso de las riquezas, que los sacerdotes habían ocultado. No hubo amenaza ni tortura que pudiera hacer que los sacerdotes revelaran el lugar en donde lo habían escondido que aún hoy se rumorea que está en algún lugar entre Lima y Lurín. Entonces, Hernando hizo pedazos la estatua de oro del dios para aprovechar su metal y sacó los clavos de plata que sostenían las láminas de oro y plata que cubrían las paredes del templo. ¡Sólo los clavos pesaban 907 kilos!

Las leyendas locales atribuyen la fundación de este templo a los «gigantes». Los incas, adoptando el culto a PACHACAMAC de las tribus que habían invadido, agrandaron y embellecieron el templo que en la ladera de la montaña con el Océano Pacífico casi a sus pies, se elevaba por encima de una terraza a 152 metros por encima del nivel del suelo soportada por 4 plataformas creadas levantando unos muros de contención con inmensos bloques de roca. La terraza superior ocupaba varias hectáreas. Las estructuras más elevadas del complejo del templo permitían una visión panorámica del vasto océano. Los vivos venían aquí a rezar y a dar culto.

A los muertos se les llevaba al valle del Rímac y a las llanuras costeras del sur, para que pasaran su otra vida a la sombra de los dioses; quizás ante la posibilidad de una eventual resurrección, pues se creía que el Rímac podía resucitar a los muertos. En los lugares que hoy se conocen como Lurín, Pisco, Nazca, Paracas, Ancón e lea, los arqueólogos han encontrado en las «ciudades de los muertos» innumerables tumbas y criptas en donde se enterraron los cuerpos momificados de nobles y sacerdotes. Las momias, en posición sentada y con los brazos y las piernas encogidos, estaban atadas y metidas en bolsas parecidas a sacos; pero dentro de la bolsa, el fallecido estaba totalmente vestido con su atuendo más lujoso. El clima seco y la bolsa han protegido magníficamente los tejidos de prendas, chales, turbantes y ponchos, así como sus increíbles colores. Los tejidos de tal factura que hicieron recordar a los arqueólogos los más finos tapices gobelinos, estaban bordados con símbolos religiosos y cosmológicos. La figura central, tanto en los tejidos como en las cerámicas era siempre la de un dios que sostenía una varita mágica en una mano y un rayo en la otra, y llevaba una corona con cuernos o rayos llamado Rímac, al igual que el río.

Los expertos discrepan si RÍMAC y PACHACAMAC fueran una y la misma deidad o dos diferentes pues las evidencias no son concluyentes. Coinciden en que las estribaciones montañosas cercanas estaban consagradas exclusivamente a Rímac «El Atronador» semejante tanto en significado como fonéticamente, al apodo “RAMAN” por el cual se conocía a ADAD entre los pueblos semitas, epíteto que proviene del verbo que significa «tronar».

Según el cronista GARCILASO, fue en estas montañas donde se veneraba «un ídolo, con forma de hombre» en un santuario dedicado a Rímac. Quizás se refiriera a cualquiera de los distintos lugares de las montañas que bordean el valle del Rímac. Allí, hasta el día de hoy se pueden ver las ruinas de lo que los arqueólogos creen que fueron pirámides escalonadas (según el concepto de un artista), muy semejantes a los zigurats de siete niveles de la antigua Mesopotamia.

Nadie puede asegurar que Rímac el dios que a veces llamaban «KON» o «Ira-Ya», fuera el VIRACOCHA de la tradición popular inca; lo indudable es que a VIRACOCHA se le representó exactamente como a la deidad pintada en la cerámica costera, con un arma de varias puntas en una mano y en la otra, una varita mágica con la que todas las leyendas andinas inician “los Comienzos” en las costas del Lago Titicaca en un lugar llamado TIAHUANACU. Desde 3,800 A.C., una serie de acontecimientos crearon una elite de hombres civilizados. Las ciudades de Sumer fueron reconstruidas en sus mismos lugares coincidiendo con el regreso del planeta Nibiru y la visita de Anu. Simultáneamente el DIOS ISHKUR comenzó una nueva fase de construcción en TIWANAKU para la fabricación de bronce.

Cuando llegaron los españoles, las tierras de los Andes eran las tierras del imperio inca, gobernadas desde Cuzco, la capital del altiplano, según los relatos incas, fundada por los Hijos del Sol creados e instruidos en el Lago Titicaca por el Dios Creador, VIRACOCHA que según las leyendas andinas era un gran dios del Cielo que había llegado a la Tierra en tiempos remotos y eligió los Andes como campo para su creación. Como dijo un cronista español, el padre CRISTÓBAL DE MOLINA; «ellos dicen que el Creador estaba en TIAHUANACU y que allí estaba su morada principal. De ahí, los magníficos edificios, dignos de admiración, de aquel lugar».

Se sabe que los pueblos andinos memorizaban distintas versiones de sus relatos. Recordaban un Comienzo creador en el LAGO TITICACA y el inicio de la realeza en un sitio donde había una cueva sagrada y una ventana real y tal como sostenían los incas, estos acontecimientos eran coincidentes y formaban la base de su dinastía. Sin embargo otras versiones separaban los acontecimientos y los períodos.

Una de las versiones relativas al Comienzo dice que el gran dios Creador de Todo, VIRACOCHA, hizo que cuatro hermanos y cuatro hermanas recorrieran las tierras y llevaran la civilización a sus primitivos pueblos y una de estas parejas hermano-hermana / marido-mujer estableció la realeza en Cuzco. Otra versión dice que el Gran Dios en su base del Lago Titicaca, creó a esta primera pareja real como hijos suyos y les dio un objeto de oro.

Les dijo que fueran al norte y construyeran una ciudad donde el objeto de oro se hundiera en la tierra; el lugar donde sucedió el milagro fue Cuzco. Y ésta es la razón por la que los reyes incas, al afirmar que eran los descendientes de una dinastía de parejas reales de hermano y hermana podían proclamarse descendientes directos del dios Sol.

Uno de los primeros en registrar los relatos nativos acerca de su historia y prehistoria fue BLAS VALERA; desgraciadamente, sólo se conocen algunos fragmentos de sus escritos a partir de menciones en otros, pues el manuscrito original se quemó en el saqueo de Cádiz por parte de los ingleses en 1587. Él registró que EL PRIMER MONARCA MANCO CAPAC, salió del lago Titicaca por un camino subterráneo. Era hijo del Sol quien le dio una varita de oro para que encontrara Cuzco. Cuando su madre se puso de parto, el mundo estaba sumido en la oscuridad y cuando nació, se hizo la luz y sonaron las trompetas y el dios PACHACAMAC declaró: «El hermoso día de MANCO CAPAC ha llegado». Registró también otras versiones que sugieren que los incas se apropiaron de la persona y el relato de MANCOCAPAC para su dinastía y que sus verdaderos antepasados eran inmigrantes de algún otro lugar que habían llegado a Perú por mar. El monarca al que los incas llamaban «MANCOCAPAC» era hijo del rey llamado ATAU que desembarcó en Rímac, costas del Perú con 200 hombres y mujeres. De allí fueron a LCA y después marcharon hasta el lago TITICACA, lugar desde el cual los Hijos del Sol gobernaban la Tierra. MANCO CAPAC envió sus seguidores en 2 direcciones para encontrar aquellos legendarios Hijos del Sol, Él mismo deambuló durante muchos días hasta que llegó a un lugar en donde había una cueva sagrada, artificial, adornada con oro y plata. MANCOCAPAC dejó la cueva sagrada y fue hasta una ventana llamada CAPACTOCO «Ventana Real». Cuando salió, iba vestido con unas prendas doradas que había obtenido en la cueva y al ponerse estas prendas reales, se le invistió con la realeza de Perú.

EL DILUVIO ANDINO. Los recuerdos del Diluvio son protagonistas de casi todas las versiones del Comienzo. Según el PADRE MOLINA “Relación de las fábulas y ritos de los YNGAS” en tiempos de MANCO CAPAC, que fue el primer YNCA de quien comenzaron a llamarse Hijos del Sol… éstos tenían un relato completo del Diluvio. Todas las personas y todos los seres creados perecieron en él, habiéndose elevado las aguas por encima de las montañas más altas del mundo. Ningún ser vivo sobrevivió, excepto un hombre y una mujer que se quedaron en una caja y cuando las aguas descendieron, el viento los llevó a HUANACO, que esta como a 70 leguas de Cuzco más o menos. El Creador de Todas las Cosas les ordenó que se quedaran allí como MITIMAS y allí, en TIAHUANACU, el Creador hizo crecer a la gente y a las naciones que hay en la región». El Creador comenzó a repoblar la Tierra modelando con arcilla la imagen de una persona de cada nación; «después les dio vida y alma a cada uno, tanto a hombres como a mujeres y los dirigió hasta los lugares designados en la Tierra». Y los que no obedecieron los mandatos relativos al culto y a la conducta, fueron transformados en piedras. El Creador también tenía con él en la isla del Titicaca al Sol y a la Luna, que estaban bajo sus órdenes. Cuando se llevó a cabo todo lo necesario para reaprovisionar la Tierra, la Luna y el Sol, los dos divinos ayudantes del Creador de Todo se elevaron en el cielo quienes se nos presentan en otra versión como sus dos hijos. «Después de crear a las tribus y a las naciones, y de asignarles vestidos y lenguas», dice el padre Molina, «el Creador ordenó a sus dos hijos que fueran en distintas direcciones y dieran comienzo a la civilización». El hijo mayor, YMAYMANA VIRACOCHA «en cuyo poder todas las cosas se sitúan» fue a darle la civilización a los pueblos de las montañas; al hijo menor TOPACO VIRACOCHA «hacedor de cosas», se le ordenó que fuera por las llanuras costeras. Cuando los dos hermanos terminaron su trabajo, se encontraron a la orilla del mar, «desde donde ascendieron al cielo».

GARCILASO DE LA VEGA, que nació en Cuzco de padre español y madre inca poco después de la Conquista, transcribió dos leyendas.

  • Según una de ellas, el Gran Dios bajó de los cielos a la Tierra para instruir a la humanidad, dándole leyes y preceptos. «Puso a sus dos hijos en el lago Titicaca», dándoles una «porción de oro», e indicándoles que se instalaran allí donde se hundiera en el suelo, lo que tuvo lugar en Cuzco.
  • La otra leyenda cuenta que, «cuando las aguas del Diluvio descendieron, un hombre apareció en el país de TIAHUANACU, que está al sur de Cuzco. Era un hombre tan poderoso que dividió el mundo en cuatro partes, y se las dio a los cuatro hombres que le honraron con el título de rey». Uno de ellos, cuyo epíteto era MANCO CAPAC («rey y señor» en el idioma quechua de los incas), dio inicio a la realeza en Cuzco.

Las distintas versiones hablan de dos fases en la creación que llevara a cabo Viracocha. JUAN DE BETANZOS “Suma y narración de los incas” registró un relato quechua en donde el dios Creador, «a la primera ocasión, hizo los cielos y la tierra»; también creó a la gente, la humanidad. Pero «esta gente cometió algún error que hizo que Viracocha se enfureciera… y convirtió en piedra a aquel primer pueblo y su jefe como castigo». Más tarde, después de un período de oscuridad, hizo hombres y mujeres nuevos en TIAHUANACU, a partir de las piedras, les dio tareas y habilidades, y les dijo dónde ir. Quedándose con sólo dos ayudantes, envió a uno hacia el sur y al otro hacia el norte, mientras que él mismo se iba en dirección a Cuzco. Allí designó a un jefe y estableciendo así la realeza en Cuzco, VIRACOCHA prosiguió su viaje, «hasta la costa del Ecuador, en donde se le unieron sus dos compañeros. Allí, todos juntos, se echaron a andar sobre las aguas del mar y desaparecieron».

Algunos de los relatos de los pueblos del altiplano se centran en cómo se fundó Cuzco y se convirtió en capital por mandato divino. Lo que se le dio a MANCOCAPAC con el fin de que encontrara el sitio de la ciudad fue un báculo o varilla de oro macizo puro llamado TUPAC-YAURI «cetro esplendoroso». MANCOCAPAC salió en busca del lugar señalado en compañía de sus hermanos y sus hermanas. Al llegar a determinada piedra, sus acompañantes se vieron aquejados de cierta debilidad y cuando MANCOCAPAC golpeó la piedra con el báculo mágico, éste habló y le dijo que había sido elegido soberano de un reino. El descendiente de un jefe indígena que se había convertido al cristianismo tras el desembarco de los españoles decía en sus memorias que a los indígenas aún se les mostraba aquella roca sagrada. «El YNCA MANCOCAPAC se casó con MAMA OCLLO una de sus propias hermanas y se pusieron a promulgar buenas leyes para el gobierno de su pueblo.» Este relato recibe el nombre de LA LEYENDA DE LOS CUATRO HERMANOS AYAR.

Cuando los españoles entraron en Cuzco, la capital de los incas, encontraron una metrópolis de más de 100.000 casas habitadas que rodeaban un centro religioso real de magníficos templos, palacios, jardines, plazas y mercados, situada entre los ríos TULLUMAYO y el RODADERO a más de 3.500 metros de altitud, a los pies del promontorio de SACSAHUAMÁN y dividida en 12 distritos, un número que desconcertaba a los españoles, dispuestos en un óvalo.

El primer y más antiguo distrito, la Terraza de la Arrodillada, estaba situado en la pendiente del promontorio, en el noroeste. Allí habían construido sus palacios los primeros incas y se supone que también el legendario MANCOCAPAC. Todos los distritos llevaban nombres pintorescos (el Locutorio, la Terraza de las Flores, la Puerta Sagrada), con lo que en realidad se describían sus principales rasgos.

Un destacado experto de este siglo sobre el tema de Cuzco, STANSBURY HAGAR “CUZCO, THE CELESTIAL CITY” remarcó la creencia de que Cuzco se fundó y diseñó según un plan trazado por MANCOCAPAC en el prehistórico lugar sagrado donde había comenzado la emigración de los Fundadores, en TIAHUANACU, junto al lago Titicaca. En su nombre, «ombligo de la Tierra» y en su división en cuatro partes simulando los cuatro rincones de la Tierra, tanto él como otros investigadores vieron una expresión de los conceptos terrestres. En otros detalles del plano de la ciudad vio aspectos de conocimientos celestes. A los ríos que flanqueaban el centro de la ciudad se les hizo discurrir por canales artificiales que imitaban la Vía Láctea y los doce distritos imitaban la división de los cielos en doce casas zodiacales. Para los estudios de los acontecimientos en la Tierra y su datación, HAGAR concluyó que el primer y más antiguo distrito representaba a Aries.

Para una descripción de Cuzco tal como la encontraron los conquistadores españoles, habría que leer los escritos de cronistas anteriores.

PEDRO CIEZA DE LEÓN “CHRONICLES of Perú”, describió la capital de los incas, sus edificios, plazas y puentes en los más entusiastas términos, «una ciudad noblemente adornada», de cuyo centro cuatro caminos reales llevaban hasta las regiones más remotas del imperio y atribuía sus riquezas a la costumbre de conservar intactos los palacios de los reyes fallecidos y a la ley que obligaba a llevar oro y plata a la ciudad como homenaje y como ofrendas, aunque prohibía tomarlos bajo pena de muerte.

«Cuzco, escribió en su alabanza, era grande y majestuosa, y la debió fundar un pueblo de gran inteligencia. Tenía hermosas calles, salvo que eran muy estrechas, y las casas estaban construidas con macizas piedras, bellamente encajadas. Estas piedras eran muy grandes y bien talladas. Las otras partes de las casas eran de madera y paja; no quedan restos de tejas, ladrillos o cal entre ellos.»

GARCILASO DE LA VEGA que llevaba el nombre de su padre español y el título real de «Inca» pues su madre era de la dinastía real inca; después de describir los 12 distritos, decía que a excepción del palacio del primer Inca en el primer distrito, en las pendientes de SACSAHUAMÁN, los palacios del resto de incas se agrupaban alrededor del centro de la ciudad, cerca del gran templo. En su época aún existían los palacios del segundo, sexto, noveno, décimo, undécimo y duodécimo Incas. Algunos de ellos daban a la plaza principal de la capital, llamada HUACAY-PATA, donde el Inca gobernante sentado sobre un gran estrado, su familia, la corte y los sacerdotes presenciaban y dirigían las festividades y las ceremonias religiosas, cuatro de las cuales estaban relacionadas con los solsticios de verano e invierno y los equinoccios de primavera y otoño.

Tal como afirman los antiguos cronistas, la estructura más famosa y soberbia del Cuzco prehispánico era CORICANCHA «recinto dorado», el templo más importante de la ciudad y del imperio que los españoles llamaron el Templo del Sol por creer que el Sol era la deidad suprema de los incas. Quienes vieron el templo antes de que fuera destrozado y demolido, antes de que los españoles construyeran sobre él, dicen que estaba compuesto de varias partes.

El templo principal estaba dedicado a VIRACOCHA; las capillas adyacentes o auxiliares estaban dedicadas a LA LUNA “QUILLA”, VENUS “CHASCA”, a una misteriosa estrella llamada “COYLLOR” y a “ILLA-PA” el dios del Trueno y el Rayo. También había un santuario dedicado al ARCO IRIS.

Fue allí en CORICANCHA donde saquearon los españoles tan grandes riquezas de oro.

Junto a CORICANCHA estaba el recinto ACLLA-HUASI «la casa de las mujeres elegidas» consistente en una serie de viviendas rodeadas de jardines y huertos, talleres de hilado, tejido y costura de atuendos reales y sacerdotales, un lugar apartado en donde unas vírgenes se consagraban al Gran Dios vivo; una de sus tareas era preservar el Fuego Eterno atribuido al dios.

Los conquistadores españoles después de saquear la ciudad, se dispusieron a quedársela para ellos mismos, repartiéndose a suertes sus distintos edificios, la mayoría desmantelados para utilizar sus piedras aquí y allí, un pórtico o parte de un muro se aprovecharon en nuevos edificios. Los principales santuarios fueron convertidos en iglesias y monasterios. Los dominicos se hicieron con el Templo del Sol, demolieron su estructura externa, aprovecharon su antigua disposición y algunas partes de muros en su iglesia-monasterio. Una de las secciones más interesantes que mantuvieron y que por tanto sigue intacta, es un muro externo semicircular del recinto del Gran Altar del templo inca, en donde encontraron un gran disco de oro que representaba según supusieron al Sol y que cayó en el lote del conquistador LEGUIZANO, que lo apostó a la noche siguiente. Quien ganó el venerado objeto lo fundió y lo convirtió en lingotes. Después llegaron los franciscanos, los agustinos, los mercedarios y los jesuitas; todos ellos construyeron sus santuarios, incluso la gran catedral de Cuzco, en donde se habían levantado los santuarios incas. Después de los frailes llegaron las monjas que establecieron su convento en la Casa de las Mujeres Elegidas. Gobernadores y dignatarios españoles siguieron el ejemplo, construyendo sus edificios y hogares sobre y con partes de las casas de piedra incas.

Algunos creen que Cuzco «ombligo, ÓNFALO» se llamaba así porque era la capital, el lugar elegido como puesto de mando. Otra teoría es que significa «lugar de las piedras erigidas» nombre que encaja a la principal atracción de Cuzco: Sus sorprendentes piedras megalíticas. Mientras que la mayoría de las viviendas del Cuzco inca se construyeron con piedras desnudas del campo sujetas con argamasa o bien con piedras burdamente talladas para simular ladrillos o sillares, algunos de los edificios más antiguos se construyeron con piedras perfectamente talladas, labradas y moldeadas «sillares» como las encontradas en lo que queda del muro semicircular de CORICANCHA.

La belleza y la maestría que se observa en este muro, y en algunos otros contemporáneos suyos, asombraron y entusiasmaron a multitud de viajeros. SIR CLEMENS MARKHAM escribió: «Al contemplar esta obra inigualable de la construcción, uno se llena de admiración por la increíble belleza de su creación… y, por encima de todo, por la incansable perseverancia y habilidad que hacía falta para dar forma a cada piedra con tan infalible precisión.»

SQUIER, menos arquitecto y más anticuario, estaba más impresionado con las otras piedras de Cuzco, las de gran tamaño y las de formas más extrañas, con ángulos que encajan entre sí con sorprendente precisión y sin argamasa. Siendo de traquita marrón ANDAHUAY’LILLAS, se supone que se debieron seleccionar específicamente por su grano, el cual «al ser tosco, genera una mayor adherencia entre los bloques que el que podría ofrecer cualquier otro tipo de piedra». SQUIER confirmó las apreciaciones de los cronistas españoles de que las piedras poligonales de muchos lados se habían encajado con tal precisión «que era imposible introducir entre ellas ni la más fina hoja de una navaja, ni la más delgada aguja». Una de estas piedras, la favorita de los turistas, tiene doce lados y doce ángulos.

Todos estos pesados bloques de la más dura piedra los llevaron a Cuzco y los tallaron unos canteros desconocidos con aparente facilidad, como si estuvieran moldeando masilla. La cara de cada piedra se trabajó hasta conseguir una superficie lisa y ligeramente cóncava; nadie sabe cómo, pues no existen ranuras, ni rugosidades, ni marcas de maza visibles. También es un misterio el modo en que se levantaron estas pesadas piedras y se colocaron unas sobre otras, orientadas para encajar con los extraños ángulos de debajo y de los lados. Y para acabar de magnificar el misterio, todas estas piedras están estrechamente unidas, sin argamasa y han soportado la destructividad humana, y los frecuentes terremotos de la región. Hasta el momento, todos coinciden en afirmar que, mientras los hermosos sillares pertenecen a una fase inca «clásica», los muros ciclópeos pertenecen a una época anterior. A falta de respuestas más claras, los expertos hablan de una época megalítica. Es un enigma que aún busca solución.

También es un misterio que se hace más acuciante cuando se asciende al promontorio de SACSAHUAMÁN. Allí, lo que se supone que fue una fortaleza inca conlleva un enigma aún mayor para el visitante. El nombre del promontorio significa Lugar del Halcón. Tiene forma triangular, con la base hacia el noroeste, y su cumbre se eleva casi a 250 metros por encima de la ciudad. Sus costados están formados por gargantas que lo separan de la cadena montañosa a la que pertenece y a la que se une por la base. El promontorio se puede dividir en tres partes. Su ancha base está dominada por unos enormes afloramientos rocosos que alguien talló y modeló como escalones gigantes o plataformas, en donde se perforaron túneles, hornacinas y surcos. La parte media del promontorio está ocupada por una zona allanada de grandes dimensiones. Y en el borde más estrecho, que se eleva por encima del resto del promontorio, existen evidencias de estructuras circulares y rectangulares, bajo las cuales discurren pasadizos, túneles y otras aberturas, en un desconcertante laberinto cortado en la roca natural.

Separando o protegiendo del resto del promontorio esta zona «desarrollada», hay tres imponentes líneas de murallas zigzagueantes que discurren paralelas entre sí construidas con piedras gigantescas y se levantaron una detrás de otra, cada una un poco más alta que la que tiene delante, hasta lograr una altura combinada de algo más de 18 metros. El relleno de tierra que hay por detrás de cada muralla formaba como terrazas que se supone debían servir de parapetos a los defensores del promontorio. De las tres murallas, la más baja la primera es la que está construida con las rocas más colosales, cuyo peso oscila entre las 10 y las 20 toneladas. Una de ellas tiene 8,23 metros de altura, y pesa más de 300 toneladas.

Muchas piedras tienen alrededor de 4,5 metros de altura y tienen entre 3 y 4,20 metros de anchura y de profundidad. Al igual que en la ciudad, las caras de estas rocas se desbastaron artificialmente hasta hacerlas perfectamente lisas y tienen los bordes biselados, lo que significa que no eran rocas del campo que se habían encontrado por ahí y se habían utilizado sino obra de canteros expertos. Los enormes bloques de piedra descansan unos sobre otros, a veces separados por una delgada losa de piedra a causa de algún motivo estructural desconocido. Por todas partes hay piedras de forma poligonal, de extraños lados y ángulos que encajan sin argamasa en las extrañas formas de los bloques de piedra adyacentes. El estilo y el período son, evidentemente, los mismos que los de la construcción ciclópea de la época megalítica de Cuzco, pero aquí son bloques sustancialmente más enormes. Por todas partes, en las zonas allanadas que hay entre las murallas, existen restos de estructuras que se construyeron con piedras normalmente modeladas al «estilo inca». Tal como muestran las fotografías aéreas y los trabajos de desescombro sobre el terreno, existieron diversas estructuras en la cima del promontorio. Todas cayeron o fueron destruidas en las guerras que hubo entre los incas y los españoles después de la Conquista. Sólo han quedado ilesas las colosales murallas, testigos mudos que nos hablan de una época enigmática y de unos constructores misteriosos; pues, como demuestran todos los estudios, los gigantescos bloques de piedra se extrajeron a muchos kilómetros de distancia y tuvieron que ser transportados hasta el lugar a través de montañas, valles, gargantas y ríos.

Tanto los cronistas de la época de la Conquista de América como los viajeros de los últimos siglos y los investigadores contemporáneos llegan a la misma conclusión: No fueron los incas, sino unos enigmáticos predecesores con algunos poderes sobrenaturales pero nadie tiene una teoría acerca del por qué.

GARCILASO DE LA VEGA dijo de estas fortificaciones que uno no podía por menos que creer que habían sido erigidas mágicamente por demonios dado el número y tamaño de piedras colocadas en las tres murallas… que era imposible creer que fueran extraídas de canteras, puesto que los indios no tenían hierro ni acero para extraerlas y darles forma. Y el cómo se trajeron es una cosa igualmente asombrosa, dado que los indios no tenían carros ni bueyes ni sogas con que arrastrarlas. Ni tampoco hay allí caminos nivelados sobre los cuales transportarlas; al contrario lo que hay son montañas empinadas y abruptos declives que superar. Muchas de las piedras decía Garcilaso, se trajeron desde 10 a 15 leguas y concretamente la piedra o más bien la roca que llaman SAYCUSA O LA PIEDRA CANSADA, porque nunca llegó hasta la estructura y que, según se sabe se trajo desde una distancia de quince leguas, desde más allá del río YUCAY… Las piedras que se consiguieron más cerca las trajeron desde MUYNA, a cinco leguas de Cuzco. Es un desafío para la imaginación concebir cómo tantas y tan grandes piedras se pudieron encajar con tal precisión que apenas admite la inserción de la punta de un cuchillo entre ellas. Muchas tan bien encajadas que difícilmente se puede descubrir la junta. Y lo más asombroso es que no tienen cuadrados ni niveles para poner sobre las piedras y asegurarse de si encajarán…. Ni disponen de grúas ni de poleas, ni de maquinaría alguna. Después, Garcilaso pasaba a citar a unos cuantos sacerdotes católicos que sugerían que «no se puede concebir de qué forma se tallaron, se llevaron y se pusieron en su lugar las piedras… a menos que fuera por arte diabólica».

SQUIER decía de las piedras que componen las tres murallas representaban «sin duda la muestra más grandiosa del estilo ciclópeo existente en América». Quedó cautivado y desconcertado con otros muchos detalles de estos colosos de piedra y de otras fachadas de piedra de la región. Uno de estos detalles era el de los tres pórticos que cruzan las filas de las murallas, uno de los cuales fue llamado la Puerta de Viracocha, una maravilla de la sofisticación en la ingeniería: Más o menos en el centro de la muralla frontal, los bloques de piedra estaban situados de tal forma que creaban una zona rectangular que llevaba a una abertura de alrededor de 1,20 metros en la muralla. Después, unos escalones llevaban a una terraza entre la primera y la segunda muralla, desde donde se abría un intrincado pasadizo contra un muro transverso en ángulo recto, llevando a una segunda terraza. Allí, dos entradas, haciendo ángulo entre sí, pasaban a través de la tercera muralla. Todos los cronistas decían que esta puerta central, así como las otras dos de los extremos de las murallas, se podían bloquear haciendo descender unos grandes bloques de piedra que encajaban exactamente en las aberturas. Estos bloqueadores pétreos y los mecanismos para elevarlos y bajarlos (para abrir o bloquear las puertas) se quitaron en algún momento del pasado, pero los canales y los surcos por los que se deslizaban se pueden percibir aún.

Sobre la meseta cercana, en donde las rocas se tallaron con precisas formas geométricas que no tienen sentido para el visitante actual, nos encontramos con otro caso donde la roca tallada parece haber sido conformada para soportar algún artilugio mecánico. H. UBBE-LOHDE-DOERING “KUNST IM REICHE DER INCA” decía de estas enigmáticas rocas esculpidas que eran «como un modelo en el cual cada esquina tiene su importancia». Por detrás de la línea de las murallas se aglomeraban las estructuras en el promontorio, algunas de ellas construidas indudablemente en tiempos de los incas. Es probable que fueran construidas con los restos de estructuras más antiguas, pero lo que es seguro es que no tenían nada que ver con un laberinto de túneles subterráneos. Los pasadizos subterráneos, que siguen un patrón laberíntico, comienzan y terminan abruptamente. Uno de ellos lleva a una caverna que se encuentra a 12 metros de profundidad; otros terminan en paredes de roca, tallada y desbastada para dar el aspecto de escalones que no parecen llevar a ninguna parte.

Frente a las murallas ciclópeas, al otro lado de una amplia zona abierta, existen unos afloramientos rocosos que llevan nombres descriptivos: el Rodadero, por cuya parte trasera se deslizan los niños como en un tobogán; la Piedra Lisa, de la que SQUIER dijo que estaba «surcada como si la roca hubiera sido comprimida en estado plástico» como arcilla de modelar «y después endurecida con forma, con una superficie lisa y lustrosa» y cerca de ellos la Chingana, un risco cuyas fisuras naturales se ampliaron artificialmente hasta conformar pasadizos, corredores bajos, pequeñas cámaras, hornacinas y otros espacios huecos.  De hecho, por todas partes detrás de estos riscos se pueden encontrar rocas desbastadas y modeladas en caras horizontales, verticales e inclinadas, aberturas, surcos, y hornacinas, todos tallados con ángulos precisos y formas geométricas. El visitante de hoy en día no puede describir la escena mejor de lo que lo hizo SQUIER en el siglo pasado: «Las rocas que hay por toda la meseta que hay detrás de la fortaleza, en su mayor parte de caliza, están cortadas y talladas con miles de formas. Aquí hay una hornacina, o una serie de hornacinas; luego, un ancho asiento, como un sofá, o una serie de pequeños asientos; después, un tramo de escalones; allá un grupo de cubetas cuadradas, redondas u octogonales; largas hileras de ranuras; algún que otro agujero taladrado… fisuras de la roca artificialmente ensanchadas hasta convertirlas en cámaras -y todo esto con el corte preciso y el acabado del más habilidoso artesano».

Es un hecho histórico que los incas utilizaron el promontorio como último baluarte contra los españoles. También es evidente, por los restos de albañilería, que levantaron estructuras en su cima. Pero está claro que no fueron los constructores originales de aquel lugar, dado que existe constancia histórica de su incapacidad para transportar siquiera una de aquellas piedras megalíticas.

Ese intento fallido lo relata GARCILASO al hablar de la Piedra Cansada. Según él, uno de los maestros canteros incas, que deseaba ganar notoriedad, decidió arrastrarla desde donde los constructores originales la habían dejado y utilizarla en su estructura defensiva. «Más de 20.000 indios levantaron la piedra, tirando de ella con grandes cables. Su avance era muy lento, pues el camino por el que iban era de firme desigual, y tenía muchas pendientes empinadas que subir y bajar… En una de aquellas pendientes, a consecuencia de la falta de cuidado por parte de los tiradores, que no estiraron de modo uniforme, el peso de la roca superó la fuerza de aquéllos que la controlaban, y cayó rodando pendiente abajo, matando a tres o cuatro mil indios.» Así pues, según este relato, la única vez que los incas intentaron arrastrar y poner en su lugar una piedra ciclópea, fracasaron. Obviamente, por tanto, no fueron ellos los que llevaron, tallaron, modelaron y pusieron en su lugar, sin argamasa, aquellos otros centenares de piedras ciclópeas.

No es de sorprender que ERICH VON DANIKEN, que popularizó la teoría de los antiguos astronautas, escribiera después de su visita a este lugar en 1980 “REISE NACH KIRIBATI” o “PATHWAYS TO THE GODS”, que ni la «madre naturaleza» ni los incas sino únicamente unos antiguos astronautas podrían ser los responsables de estas monumentales estructuras y riscos de extrañas formas.

Un viajero anterior a él, W. BRYFORD JONES “FOUR FACES OF PERÚ, 1967”, decía sorprendido acerca de los enormes bloques de piedra: «Creo que sólo pudieron moverlos una raza de gigantes de otro mundo.» Y varios años antes de esto, HANS HELFRITZ “DIE ALTEN KULTUREN DER NEUEN WELT” decía de las increíbles murallas de SACSAHUAMÁN: «Da la impresión de que están ahí desde el comienzo del mundo.»

Mucho antes que ellos, HIRAM BINGHAM “ACROSS SOUTH AMERICA” tomaba nota de una de las especulaciones nativas respecto a la forma en la cual se habrían podido crear estas increíbles esculturas y murallas de roca.  «Una de las historias favoritas escribió, es la que dice que los incas conocían una planta cuyos jugos hacían tan blanda la superficie de la piedra que lograban tan maravilloso encaje frotando las piedras entre sí, por unos momentos, con este mágico jugo vegetal.»

Pero, ¿quién pudo haber levantado y sostenido tan colosales piedras para frotarlas entre sí?

Como es obvio, BINGHAM no aceptó las explicaciones de los nativos, y el enigma continuó corroyéndole.  «He visitado SACSAHUAMÁN repetidas veces escribió en Inca LAND. Y cada vez, me abruma y me asombra. Para un indio supersticioso que viera estas murallas por vez primera, le debieron parecer construidas por los dioses.»

¿Por qué hizo BINGHAM esta afirmación, si no fue para expresar una «superstición» encubierta en su propio pecho?

EL DÍA EN QUE EL SOL SE DETUVO.

La avaricia inicial de los españoles por el oro y los tesoros oscureció su asombro por encontrar en Perú, esa tierra desconocida de los confines del mundo, una avanzada civilización con ciudades y caminos, palacios y templos, reyes y sacerdotes y religiones. La primera oleada de sacerdotes que acompañaron a los conquistadores, se inclinaron por destruir todo lo que tuviera que ver con la «idolatría» de los indígenas. Pero los sacerdotes que les siguieron que en aquella época eran los eruditos de su país, se vieron expuestos a las explicaciones de los ritos y creencias nativas a través de los nobles indígenas que se habían convertido al cristianismo. La curiosidad de los sacerdotes cristianos se agudizó al darse cuenta de que los indígenas andinos creían en un Creador Supremo y que sus leyendas daban cuenta de un Diluvio. Y resultó que muchos detalles de aquellos relatos locales eran extrañamente similares a los relatos bíblicos del Génesis. De ahí que fuera inevitable que entre las primeras teorías referentes al origen de los «indios» y sus creencias, emergiera como idea principal una relación con las tierras y el pueblo de la Biblia.

Al igual que en México, tras tomar en consideración a diversos pueblos de la antigüedad, la teoría de las Diez Tribus Perdidas de Israel pareció la más plausible, no sólo por la similitud de las leyendas nativas con los relatos bíblicos, sino también por algunas costumbres de los indígenas peruanos, como la de la ofrenda de los primeros frutos, una Fiesta de Expiación a finales de septiembre, que se corresponde por su naturaleza y fechas con el Día de la Expiación judío, y otros mandatos bíblicos, como el del rito de la circuncisión, la abstención de la sangre en la carne de los animales y la prohibición de comer peces sin escamas.

  • En la Festividad de los Primeros Frutos, los indígenas entonaban las místicas palabras Yo MESHICA, He MESHICA, Va MESHICA y algunos de los sabios españoles discernieron en el término MESHICA la palabra hebrea «MASHI’ACH» el Mesías.
  • En la actualidad los expertos creen que el componente Ira en los nombres divinos andinos es comparable al mesopotámico Ira/Illa del cual proviene el bíblico
  • Que el nombre MALQUIS por el cual los incas veneraban a su ídolo, es el equivalente de la deidad cananea MOLEKH «Señor»
  • Que del mismo modo, El título real inca Manco se deriva de la misma raíz semita que significa «rey».

A la vista de tales teorías sobre el origen bíblico israelita, la jerarquía católica en Perú después de aquella primera ola de destrucción, se puso en marcha para registrar y preservar el legado indígena. A clérigos locales como el padre Blas Valera hijo de un español y una indígena, se les animó a plasmar por escrito lo que sabían y habían escuchado. Antes de que finalizara el siglo XVI, se hizo un esfuerzo concertado y patrocinado por el obispo de Quito para compilar historias locales, evaluar todos los lugares antiguos conocidos y reunir en una biblioteca todos los manuscritos relevantes. Gran parte de lo que se ha sabido desde entonces se basa en lo que se aprendió en aquel momento.

Intrigado por estas teorías y aprovechándose de los manuscritos reunidos, el español FERNANDO MONTESINOS llegó a Perú en 1628 y consagró el resto de su vida a la recopilación de una amplia historia cronológica de los peruanos. 20 años más tarde finalizó una obra maestra titulada Memorias antiguas historiales del Perú y la depositó en la biblioteca del convento de San José de Sevilla. Allí estuvo olvidada y sin publicar durante dos siglos, hasta que se incluyeron fragmentos de ella en una historia francesa de las Américas. El texto español íntegro vio la luz en 1882 (P. A. MEANS lo tradujo al inglés en 1920 y fue publicada por HAKLUYT SOCIETY en Londres, Inglaterra).

Tomando un punto de partida común tanto de los recuerdos bíblicos como de los andinos del relato del Diluvio, Montesinos siguió la repoblación de la Tierra en línea con los registros bíblicos, desde el Monte ARARAT en Armenia pasando por la Tabla de los Pueblos del capítulo 10 del Génesis. En el nombre de Perú (o PIRU-Pirua en lengua indígena), vio una interpretación fonética del nombre bíblico OPHIR nieto de HÉBER, antepasado de los hebreos, que a su vez fue biznieto de SEM. OFIR también era el nombre de la famosa Tierra del Oro de la cual los fenicios trajeron oro para el templo de Jerusalén que el rey Salomón estaba construyendo. El nombre de OFIR en la Tabla de los Pueblos está justo delante del de su hermano JAVILÁ, que le dio nombre a la famosa tierra del oro de la que se habla en el relato bíblico de los cuatro ríos del Paraíso: “Y el nombre de uno era Pisón; es el río que rodea toda la tierra de JAVILÁ, donde hay oro”. Montesinos sostenía que mucho antes de la época de los reinos de Judá e Israel, mucho antes del exilio de las Diez Tribus a manos de los asirios, este pueblo bíblico había llegado a los Andes. Y sugería que el mismo OFIR había liderado a los primeros Colonos en el Perú, cuando la humanidad comenzó a extenderse por la Tierra después del Diluvio.

Los relatos incas que reunió Montesinos atestiguaban que mucho antes de la más antigua dinastía inca había existido un antiguo imperio con un período de crecimiento y prosperidad cuando unos fenómenos repentinos asolaron el país: Aparecieron cometas en los cielos, la tierra tembló con los terremotos y se iniciaron las guerras. El soberano rey de aquel momento abandonó Cuzco y llevó a sus seguidores a un refugio apartado en las MONTAÑAS TAMPU-TOCCO; sólo unos cuantos sacerdotes se quedaron en Cuzco para mantener su santuario. Y fue durante esta calamitosa época cuando se perdió el arte de la escritura.

Pasaron los siglos. Los reyes iban periódicamente desde TAMPU-TOCCO a Cuzco para consultar los oráculos divinos.

Un día, una mujer de noble linaje anunció que a su hijo ROCCA se lo había llevado el dios Sol. Días después el muchacho volvió a aparecer vestido con prendas doradas diciendo que había llegado el momento del perdón y que el pueblo debía observar determinados mandatos: La sucesión real se establecería sobre un hijo del rey nacido de una hermanastra suya aun cuando no fuera el primogénito; y no se debía retomar la escritura. El pueblo acató las órdenes y volvió a Cuzco, con ROCCA como nuevo rey dándole el título de Inca–soberano y el nombre de MANCOCAPAC. A este primer Inca, los historiadores incas lo asimilaron al legendario fundador de Cuzco, el de los cuatro hermanos AYAR.

Montesinos separó y distanció correctamente a la dinastía inca del momento de la conquista española (que comenzó a reinar ya en el siglo XI d.C.) con la de sus predecesores. Concluyó que la dinastía inca estaba compuesta de catorce reyes, incluidos HUAYNA CAPAC, que murió cuando llegaron los españoles y sus dos belicosos hijos, ha sido confirmada por todos los expertos; Que Cuzco había sido realmente abandonada antes de que la dinastía inca reinstaurara la realeza en la capital; Que, durante el tiempo de abandono de Cuzco, habían reinado 28 reyes desde un refugio secreto en las montañas llamado TAMPU-TOCCO. Y antes de aquello había existido de hecho un antiguo imperio que tuvo a Cuzco por capital donde se sentaron en el trono 62 reyes: 46 reyes-sacerdotes y 16 soberanos SEMIDIVINOS hijos del dios Sol. Precediéndoles, los mismos dioses habían gobernado el país.

Se cree que MONTESINOS había encontrado una copia del manuscrito de Blas Valera en La Paz, y que los sacerdotes jesuitas le permitieron hacer una copia. También se basó en gran medida en los escritos del padre Miguel Cabello de Balboa, cuya versión relataba que el primer soberano, MANCO CAPAC, no había llegado a Cuzco directamente desde el lago Titicaca, sino desde un lugar secreto llamado TAMPO-TOCO «lugar de descanso de las ventanas». Fue allí donde MANCO CAPAC «abusó de su hermana MAMA OCCLLO» y tuvo un hijo de ella.

Montesinos, tras confirmar esto en el resto de fuentes de las que disponía, aceptó la información como basada en hechos reales. Así, comenzó las crónicas de la realeza en Perú con el viaje de los cuatro hermanos AYAR y de sus cuatro hermanas, que fueron enviados a encontrar Cuzco con la ayuda de un objeto de oro. Pero él registró una versión en la que el primero en ser elegido jefe fue un hermano que llevaba el nombre de un antepasado que había llevado al pueblo hasta los Andes, Pirua Manco (y de ahí el nombre de Perú). Él fue quien, al llegar al lugar elegido, anunció su decisión de construir allí una ciudad. Llegó acompañado de esposas y hermanas (o esposas-hermanas), una de las cuales le dio un hijo al que se llamó MANCO CAPAC. Fue éste el que construyó en Cuzco el Templo del Gran Dios, Viracocha; y, por tanto, fue éste el momento que se dio para la fundación del antiguo imperio y el del comienzo de las crónicas de las dinastías. MANCO CAPAC fue aclamado como Hijo del Sol, y fue el primero de 16 reyes así considerados. En su época, se veneraban otras deidades, una de las cuales fue la Madre Tierra, y otra un dios cuyo nombre significaba Fuego; se le representaba con una piedra que Pronunciaba oráculos. La ciencia principal de aquella época, según Montesinos, era la astrología; y se conocía el arte de escribir, sobre hojas procesadas de llantén o sobre piedras.

EL QUINTO CAPAC «renovó el cálculo del tiempo» y comenzó a registrar el paso del tiempo y los reinados de sus antepasados.

  • Fue él quien introdujo la cuenta de un millar de años como un Gran Período,
  • y de siglos y períodos de cincuenta años, equivalentes al bíblico Jubileo.
  • El CAPAC que instauró este calendario y esta cronología, INTI CAPAC YUPANQUI, fue el que terminó el templo e instauró en él el culto del gran dios ILLA TICI VIRA COCHA, que significa «brillante iniciador, creador de las aguas».

En el reinado del duodécimo CAPAC, llegaron a Cuzco las noticias del desembarco en la costa de «unos hombres de gran estatura… gigantes que poblaron toda la costa», que disponían de herramientas de metal y estaban arrasando la tierra. Después de un tiempo, comenzaron a entrar en las montañas; afortunadamente, provocaron la ira del Gran Dios y éste los destruyó con un fuego celeste. Liberado de los peligros, el pueblo se olvidó de los mandatos y los ritos del culto. Se abandonaron «buenas leyes y costumbres», pero esto no pasó desapercibido para el Creador. Como castigo, ocultó el sol a aquella tierra; «no hubo amanecer durante veinte horas». Hubo un gran lamento entre el pueblo y se ofrecieron oraciones y sacrificios en el templo, hasta que (después de veinte horas) el sol volvió a aparecer. Inmediatamente después de aquello, el rey reinstauró las leyes de conducta y los ritos del culto.

El cuadragésimo CAPAC en el Cuzco fundó la academia para el estudio de la astronomía y la astrología y determinó los equinoccios. El quinto año de su reinado, según calculó Montesinos, fue el que hacía 2.500 desde el Punto Cero que supuso él, marcaba el Diluvio. También fue el 2.000 desde que comenzara la realeza en Cuzco; para celebrarlo, se le concedió al rey un nuevo título, PACHA-CUTI (Reformador). Sus sucesores promoverían también el estudio de la astronomía; uno de ellos introdujo un año con un día de más cada cuatro años y un año extra cada cuatrocientos años.

Durante el reinado del quincuagésimo octavo monarca, «cuando se completó el Cuarto Sol», se llevaban 2.900 años desde el «Diluvio». Montesinos calculó que fue el año en que nació Jesucristo.

Aquel primer imperio de Cuzco, comenzado con los Hijos del Sol y continuado con unos reyes-sacerdotes, tuvo un amargo final durante el reinado del sexagésimo segundo monarca. En su tiempo, ocurrieron «maravillas y portentos». La tierra tembló con terremotos interminables, los cielos se llenaron de cometas, augurio de una inminente destrucción. Tribus y pueblos comenzaron a correr de un lado a otro, entrando en conflicto con sus vecinos. Llegaron invasores desde la costa, incluso desde más allá de los Andes. Hubo grandes batallas; en una de ellas, el rey cayó bajo una flecha y su ejército huyó presa del pánico; sólo sobrevivieron a las batallas quinientos guerreros. «Así se perdió y se destruyó el gobierno de la monarquía de Perú, dice Montesinos, y se perdió el conocimiento de las letras.» Los pocos que quedaron abandonaron Cuzco, dejando tras de sí tan sólo a un puñado de sacerdotes para que cuidaran del templo. Se llevaron con ellos al joven niño hijo del rey muerto y se refugiaron en un escondrijo montañoso llamado TAMPU-TOCCO; el lugar donde, desde una cueva partió la primera pareja SEMIDIVINA para fundar el imperio andino. Cuando el muchacho alcanzó la edad adecuada se le proclamó como primer monarca de la dinastía de TAMPU-TOCCO, dinastía que se prolongaría durante casi mil años, desde el comienzo del siglo n hasta el XI d.C.

Durante todos aquellos siglos de exilio, los conocimientos fueron disminuyendo y la escritura se olvidó. En el reinado del septuagésimo octavo monarca, cuando se alcanzó el hito de los 3.500 años desde el Comienzo, alguien comenzó a revivir el arte de la escritura. Entonces, el rey recibió una advertencia de los sacerdotes referente a la invención de las letras. En su mensaje explicaban que había sido el conocimiento de la escritura el que había causado las pestes y las maldiciones que habían llevado a su fin la monarquía de Cuzco. El deseo del dios era «que nadie se atreva a utilizar las letras o a resucitarlas, pues de su empleo vendrían grandes males [de nuevo]». Por tanto, el rey ordenó «por ley, bajo pena de muerte, que nadie traficara en QUILCAS, que eran los pergaminos y las hojas de árboles sobre los que se solía escribir, ni utilizara ningún tipo de letras». En su lugar, introdujo el uso de quipos, los ramales de cuerdas de colores que se utilizaron a partir de entonces con fines cronológicos.

En el reinado del nonagésimo monarca se culminó el cuarto milenio desde el Punto Cero. Para entonces, la monarquía en TAMPU-TOCCO era débil e ineficaz. Las tribus leales a ella eran objeto de incursiones e invasiones de sus vecinos. Los jefes de las tribus dejaron de pagar tributo a la autoridad central. Las costumbres se corrompieron, proliferaron las abominaciones. En tales circunstancias, apareció una princesa de la sangre original de los Hijos del Sol, una tal MAMA CIBOCA. Anunció que su joven hijo, que era tan hermoso que sus admiradores le apodaron Inca, estaba destinado a reconquistar el trono de la antigua capital, Cuzco. De forma milagrosa, desapareció y volvió vestido con ropajes dorados, afirmando que el dios Sol se lo había llevado a lo alto, instruyéndole en los conocimientos secretos y diciéndole que llevara al pueblo de vuelta a Cuzco. Su nombre era ROCCA; él fue el primero de la dinastía Inca, dinastía que llegó a tan ignominioso fin a manos de los españoles.

Intentando situar estos acontecimientos en un marco temporal ordenado, Montesinos afirmaba cada cierto intervalo que un período llamado «Sol», había pasado o comenzado. Aunque no se sabe con seguridad cuál consideraba él que era la longitud de un período (en años), parece ser que tenía en mente las leyendas andinas de varios «soles» en el pasado del pueblo.

Si bien los expertos sostenían, no tanto en nuestros días, que no había habido contacto de ningún tipo entre las civilizaciones de Centroamérica y de América del Sur, las de estos últimos sonaban bastante diferentes de las nociones aztecas y mayas de los cinco soles. De hecho, todas las civilizaciones del Viejo Mundo tenían recuerdos de épocas pasadas, de eras en las que los dioses reinaban solos, seguidos por semidioses y héroes y, más tarde, sólo por mortales. Los textos sumerios llamados las Listas de los Reyes registraban un linaje de señores divinos seguido por semidioses, que sumaron un total de 432.000 años antes del Diluvio; después, hacían una relación de reyes que reinaron a partir de entonces a través de tiempos que consideramos históricos, y cuyos datos se han podido verificar, resultando ser exactos.

En las listas de los reyes egipcios, tal como las plasmó el historiador y sacerdote MANETÓN, se habla de una dinastía de doce dioses que comenzó unos 10.000 años antes del Diluvio; fue seguida por dioses y semidioses hasta los alrededores del 3100 a.C., en que los faraones ascendieron al trono de Egipto. Una vez más, hasta donde sus datos se pueden contrastar con los registros históricos, todo ha resultado ser exacto. Montesinos se encontró con estas ideas en la tradición popular colectiva de Perú, confirmando los informes de otros cronistas de que los incas creían que la suya era la Quinta Era o Sol.

  1. La Primera Era fue la de los viracochas, unos dioses que eran blancos y con barba.
  2. La Segunda Era fue la de los gigantes; algunos de ellos no eran benévolos, y hubo conflictos entre los dioses y los gigantes.
  3. Después vino la Era del hombre primitivo, de los seres humanos ACULTURIZADOS.
  4. La Cuarta Era fue la era de los héroes, hombres que eran semidioses.
  5. Y después llegó la Quinta Era, la era de los reyes humanos, de los cuales los incas fueron los últimos del linaje.

 

Montesinos ubicó también la cronología andina en el marco europeo relacionándola con determinado Punto Cero (él pensaba que debía tratarse del Diluvio) y, más concretamente, con el nacimiento de Cristo. Comentó que las dos secuencias temporales coincidían en el reinado del quincuagésimo octavo monarca: 2.900 años después del Punto Cero fue el «primer año de Jesucristo». Las monarquías peruanas comenzaron, según él, 500 años después del Punto Cero, es decir, en el 2400 a.C. El problema que tienen los expertos con la historia y la cronología de Montesinos no es, por tanto, el de la escasez de claridad, sino su conclusión de que la realeza y la civilización urbana comenzaran en Cuzco casi 3.500 años antes de los incas. Aquella civilización, según la información que amasara Montesinos y aquellos sobre los que basó su trabajo, disponía de escritura, incluyó la astronomía entre sus ciencias y tuvo un calendario lo suficientemente largo como para requerir unas reformas periódicas. De todo esto (y mucho más) disponía también la civilización sumeria, que floreció hacia el 3800 a.C. y la civilización egipcia, que le siguió hacia el 3100 a.C. Otro vástago de la civilización sumeria, la del valle del Indo, llegó hacia el 2900 a.C.

¿Por qué no iba a ser posible que este triple despliegue no tuviera una cuarta ocurrencia en los Andes?

Imposible, si no hubiera habido contactos entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Posible, si los que habían concedido todos los conocimientos, los dioses, fueran los mismos y estuvieran presentes por toda la Tierra.

Afortunadamente, por increíbles que puedan sonar, nuestras conclusiones se pueden demostrar.

La primera prueba de la veracidad de los acontecimientos y las cronologías recopiladas por Montesinos ya se ha dado.

Un elemento clave en la presentación de Montesinos es la existencia de un antiguo imperio, de un linaje de reyes en Cuzco que finalmente se vieron obligados a dejar la capital y a buscar refugio en Un apartado lugar de las montañas llamado TAMPU-TOCCO. Este interregno duró un millar de años; por fin, se eligió a un joven de noble estirpe para que llevara al pueblo de vuelta a Cuzco y fundara la dinastía inca.

¿Existió un TAMPU-TOCCO, y sería un lugar identificable a partir de las señales que diera Montesinos?

Esta pregunta ha intrigado a muchos. En 1911, HIRAM BINGHAM, de la Universidad de Yale, buscando las ciudades perdidas de los incas, encontró el lugar; en la actualidad, se le llama Machu Picchu. BINGHAM no estaba buscando TAMPU-TOCCO cuando puso en marcha ésta su primera expedición; pero después de volver una y otra vez y de las exhaustivas excavaciones que se realizaron durante más de dos décadas, llegó a la conclusión de que Machu Picchu era en realidad la perdida capital provisional del Antiguo Imperio. Sus descripciones del lugar, que siguen siendo las más completas, se encuentran en sus libros MACHU PICCHU, A CITADEL OF THE INCAS Y THE LOST CITY OF THE INCAS.

La razón principal para creer que Machu Picchu es la legendaria TAMPU-TOCCO es la pista de las Tres Ventanas. MONTESINOS anotó que «en el lugar de su nacimiento, el INCA ROCCA ordenó que se hicieran unas obras consistentes en un muro de albañilería con tres ventanas, que eran el emblema de la casa de sus padres, de los cuales descendía». El nombre del lugar al cual la casa real había ido desde la afligida capital, Cuzco, significaba «refugio de las tres ventanas». No debería de sorprender que un lugar se llegara a reconocer por sus ventanas, dado que ninguna casa en Cuzco, desde la más humilde hasta la más grandiosa, tenía ventanas. Que un lugar se reconociera por un número concreto de ventanas, tres sólo podía ser como consecuencia de su singularidad, antigüedad o santidad de tal construcción. Esto es lo que sucedía con TAMPU-TOCCO, en donde, según las leyendas, había una construcción con tres ventanas que jugó un importante papel en la aparición de las tribus y en el inicio del antiguo imperio en Perú, una construcción que debía de ser, por tanto, «el emblema de la casa de sus padres, de los que [el INCA ROCCA] descendía».

La leyenda y el legendario lugar aparecen en el relato de LOS HERMANOS AYAR. Según lo cuenta PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA (Historia general llamada YNDICA) y otros de los primeros cronistas, los cuatro hermanos AYAR y sus cuatro hermanas, después de que los creara el dios Viracocha en el lago Titicaca, llegaron o fueron llevados por el dios a TAMPU-TOCCO, en donde «salieron de dicha ventana por orden de TICI-VIRACOCHA, declarando que Viracocha los creó para que fueran señores». El mayor de los hermanos, MANCO CAPAC, llevaba un emblema sagrado con la imagen de un halcón, y llevaba también una varilla de oro que el dios le había dado para que localizara el lugar exacto de la futura capital, Cuzco. El viaje de las cuatro parejas de hermanos-hermanas comenzó pacíficamente; pero no tardaron en aparecer los celos. Con el pretexto de haber olvidado ciertos tesoros en una cueva en TAMPU-TOCCO, se envió al segundo hermano, AYAR CACHI, para que los recuperara. Sin embargo, esto no fue más que un ardid de los otros tres hermanos para encerrarlo en la cueva, en donde se convirtió en piedra.

Por tanto, según estos relatos, TAMPU-TOCCO data de tiempos muy antiguos: «El mito de los AYAR -escribía H. B. ALEXANDER en Latín American MYTHOLOGY-, nos remonta a la época megalítica y a las cosmogonías relacionadas con el Titicaca». Cuando los exiliados abandonaron Cuzco, fueron a un lugar que ya existía, un lugar en donde una construcción con tres ventanas había jugado ya un importante papel en acontecimientos aún más antiguos. Sabiendo esto es como podemos pasar ahora a hablar de Machu Picchu, pues es allí donde se encontró una construcción con tres ventanas en una de sus paredes, detalle que no se ha visto en ninguna otra parte del antiguo Perú.

«Machu Picchu, o Gran Picchu, es el nombre quechua de un agudo pico que se eleva a más de tres mil metros sobre el nivel del mar y a más de mil doscientos metros sobre los rugientes rápidos del río Urubamba, cerca de la sierra de San Miguel, a dos días de duro viaje hacia el norte de Cuzco -escribió BINGHAM-.

Al noroeste del Machu Picchu existe otro hermoso pico, rodeado de magníficos precipicios, llamado HUAYNA PICCHU, o PEQUEÑO PICCHU. En la estrecha cresta que se extiende entre los dos picos se encuentran las ruinas de una ciudad inca cuyo nombre se ha perdido entre las sombras del pasado… Es posible que representen a dos antiguos lugares, TAMPU-TOCCO, el lugar de nacimiento del primer Inca, y VILCABAMBA VIEJO

En la actualidad, el viaje de Cuzco a Machu Picchu, que se encuentra a una distancia de 120 kilómetros en línea recta, no precisa de dos días de duro viaje, como necesitó BINGHAM para llegar aquí. Un tren que traquetea montañas arriba y abajo, atravesando túneles y cruzando puentes, y ciñéndose a las laderas que flanquean el río Urubamba, llega allí en menos de cuatro horas. En otra media hora, un aterrador autobús lleva desde la estación del tren hasta la ciudad. La sobrecogedora panorámica es tal como la describió BINGHAM.

En la ensilladura que hay entre los dos picos se levantan casas, palacios y templos -ya todos sin techo-, rodeados de bancales que cuelgan sobre las laderas, dispuestos para el cultivo. El pico del Huayna Picchu se eleva en el noroeste como un centinela (Fig. 72); más allá de él y a su alrededor, los picos compiten entre sí hasta donde alcanza la vista. En el fondo, el río Urubamba forma una garganta en forma de herradura que circunda en parte la alta posición de la ciudad, recortando sus abundantes aguas un sendero blanquecino en el verde esmeralda de la selva.

Como le corresponde a una ciudad que, según creemos, sirvió al principio como modelo para Cuzco y después la imitó, Machu Picchu estaba compuesta también por doce distritos o grupos de construcciones. Las agrupaciones reales y sacerdotales están al oeste, y las residenciales y funcionales (ocupadas en su mayor parte por las vírgenes y las jerarquías del clan) al este, separadas por una serie de amplias terrazas. El pueblo llano, que trabajaba y cultivaba las laderas abancaladas, vivía fuera de la ciudad y en los campos de los alrededores (muchas de estas aldeas se han encontrado desde que BINGHAM llegara a Machu Picchu).

Los diferentes estilos de construcción, al igual que en Cuzco y en otros emplazamientos arqueológicos, sugieren diferentes fases de ocupación. Las viviendas están construidas en su mayor parte con piedras del campo sujetas con argamasa. Las residencias reales están construidas con sillares colocados en hileras, tan finamente tallados y desbastados como en Cuzco. Después, hay una construcción en donde la obra es tan perfecta que no tiene igual; y también están los bloques megalíticos poligonales. En muchos casos, los restos de la primitiva época megalítica y de los tiempos del Antiguo Imperio han permanecido como estaban; en otros, es obvio que se construyó con posterioridad sobre las primitivas hiladas.

Mientras que los distritos orientales ocupaban cada metro cuadrado disponible de la cima de la montaña y se extendían desde la muralla de la ciudad por el sur hasta el norte, en la medida en que el terreno lo permitía, y hacia el este en bancales agrícolas y de enterramientos, el grupo de distritos occidental, que también comenzaba en la muralla, se extendía hacia el norte sólo hasta los límites de una plaza sagrada, como si una línea invisible demarcara el terreno sagrado que no podía ser invadido.

Más allá de esa línea invisible de demarcación, y frente a la gran plaza ATERRAZADA que hay al este, están las ruinas de lo que BINGHAM identificó como la Plaza Sagrada, principalmente «porque en dos de sus lados están los templos más grandes», uno de los cuales muestra las tres ventanas cruciales. Es aquí, en la construcción de lo que BINGHAM llamó el Templo de las Tres Ventanas y, junto a él, en la Plaza Sagrada, el Templo Principal, donde los bloques megalíticos poligonales se utilizaron en Machu Picchu. La forma en la que se tallaron, se modelaron, se desbastaron y se encajaron, sin argamasa, los sitúa junto con los bloques ciclópeos de piedra y las construcciones megalíticas de SACSAHUAMÁN; y, sobrepasando cualquier POLIGONALIDAD vista en Cuzco, uno de los bloques de piedra de Machu Picchu tiene 32 ángulos.

El Templo de las Tres Ventanas se levanta en el extremo oriental de la Plaza Sagrada; los ciclópeos bloques de piedra de su muro oriental se elevan muy por encima del nivel de la terraza que hay al oeste, permitiendo una amplia visión en esta dirección a través de las tres ventanas. De forma trapezoidal, sus alféizares se recortan en las piedras ciclópeas que forman la pared misma.

Al igual que en SACSAHUAMÁN y en Cuzco, el tallado, modelado y angulación de las duras piedras de granito se hizo como si se tratara de suave masilla; también aquí, los bloques de piedra de granito blanco tuvieron que ser traídos desde grandes distancias, a través de terreno escabroso y ríos, bajando valles y subiendo montañas. El Templo de las Tres Ventanas sólo tiene tres paredes, estando su lado occidental completamente abierto; hay allí un pilar de piedra de algo más de dos metros de alto.

BINGHAM supuso que podría haber soportado un techo, pero admitió también que habría sido «un dispositivo que no se había encontrado en ningún otro edificio». Según nuestra opinión, aquel pilar, junto con las tres ventanas, cumplía algún fin de orientación astronómica.

Frente a la Plaza Sagrada, por el norte, se encuentra la construcción que Bingham llamó el Templo Principal; tiene también sólo tres paredes, de algo más de 3,5 metros de altura. Descansan sobre bloques de piedra ciclópeos o están construidas con ellos; la pared occidental, por ejemplo, está construida con sólo dos bloques de piedra gigantes, sujetos con una piedra en forma de T. Un enorme monolito, que mide 4,2 por 1,5 por 1 metros, descansa contra la pared central norte, en la cual hay siete hornacinas que imitan ventanas trapezoidales, aunque no lo son (Fig. 75).

Una sinuosa escalinata lleva desde el límite septentrional de la Plaza Sagrada hasta una colina cuya cima se allanó para que sirviera como plataforma del INTIHUATANA, una piedra tallada con gran precisión para observar y medir los movimientos del Sol.

El nombre significa «lo que ata al sol», y se supone que ayudaba a determinar los solsticios, cuando el Sol se mueve muy al norte o al sur, momento en el cual se celebraban ritos para «atar al Sol» y hacerlo volver, no fuera que siguiera yéndose y desapareciera, devolviendo a la Tierra a una oscuridad que ya había sufrido en una ocasión anterior, según las leyendas.

En el extremo opuesto de esta parte sagrada y real occidental de MACHU PICCHU, justo al sur del distrito real, se eleva otro magnífico (e inusual) edificio de la ciudad. Llamado el Torreón por su forma semicircular; está construido con sillares, piedras talladas, modeladas y desbastadas de una perfección nunca vista, sólo pareja a la de los sillares del muro semicircular que rodeaba el Santo de los Santos de Cuzco.

El muro semicircular, que se alcanza a través de siete escalones (Fig. 77), crea su propio recinto sagrado, en cuyo centro hay una roca tallada y modelada con incisiones de ranuras. BINGHAM encontró evidencias de que esta roca y las paredes cercanas sufrían los efectos de fuegos periódicos y llegó a la conclusión de que tanto la roca como el recinto se utilizaban para sacrificios y otros rituales relacionados con la veneración de la roca.

Figura 75

Esta roca sagrada en el interior de una construcción especial nos trae a la cabeza la roca sagrada que forma el corazón del Monte del Templo en Jerusalén, así como la Kaaba, la piedra negra oculta en el interior de la mezquita de La Meca.

La santidad de la roca de MACHU PICCHU no proviene de su protuberante extremo superior, sino de lo que se encuentra debajo. Es una enorme roca natural en cuyo interior existe una cueva, ampliada y modelada artificialmente con formas geométricas precisas que, aunque no lo son, parecen escaleras, asientos y antepechos (Fig. 78).

Además, el interior se mejoró con sillares de granito blanco del color y el grano más puros. BINGHAM supuso que la cueva natural original se amplió y se realzó para conservar momias reales, traídas allí por la sacralidad del lugar. Pero,

¿Por qué era sagrado, y tan importante como para albergar a los reyes fallecidos?

Esta pregunta nos lleva de vuelta a la leyenda de los hermanos AYAR, uno de los cuales fue encerrado en una cueva en el Refugio de las Tres Ventanas. Si el Templo de las Tres Ventanas era aquel lugar legendario, y la cueva también lo era, las leyendas confirmarían el lugar como LA LEGENDARIA TAMPU-TOCCO

Sarmiento, uno de los cronistas españoles que a su vez fue también un conquistador, daba cuenta en su Historia de los incas de una leyenda local según la cual el noveno Inca (hacia el 1340 d.C.), «teniendo curiosidad por las cosas de la antigüedad y deseando perpetuar su nombre, fue personalmente hasta la montaña de TAMPU-TOCCO… y entró en la cueva en la que se tiene por cierto que MANCO CAPAC y sus hermanos entraron cuando iban hacia Cuzco por vez primera… Después de hacer una inspección minuciosa, veneró el lugar con rituales y sacrificios, y puso puertas de oro en la ventana de CAPAC TOCCO, y ordenó que, de entonces en adelante, aquel sitio debería ser venerado por todos, convirtiéndolo en un lugar sagrado de oración para sacrificios y oráculos. Después de esto, volvió a Cuzco.»

El sujeto de esta historia, al noveno Inca, se llamaba TITU MANCO CAPAC; se le dio el título adicional de PACHACUTEC («reformador») porque, tras su regreso de TAMPU-TOCCO, reformó el calendario. Así es como las Tres Ventanas y el INTIHUATANA, la Roca Sagrada y el Torreón confirman la existencia de TAMPU-TOCCO, el relato de los hermanos AYAR, los reinados preincaicos del antiguo imperio y los conocimientos de astronomía y calendáricos, elementos clave en la historia y cronología que compiló Montesinos.

Figura 76

La veracidad de los datos de Montesinos puede recibir un apoyo adicional si se demuestra que tenía razón en lo referente a la existencia de escritura en los tiempos del imperio antiguo. Y nos encontramos con que Cieza de León sostiene el mismo punto de vista, afirmando que «en la época precedente a los emperadores incas existió escritura en Perú… sobre hojas, pieles, tejidos y piedras».

Muchos expertos sudamericanos se unen ahora a los antiguos cronistas en la creencia de que los nativos de aquellas tierras tenían una o más formas de escritura en la antigüedad.

En numerosos estudios se habla de petroglifos («escritos en la piedra»), que se han encontrado por todas partes, en donde se observan diversos grados de escritura pictográfica o jeroglífica. RAFAEL LARCO HOYLE, por ejemplo (La escritura peruana preincaica), sugería, con la ayuda de imágenes, que el pueblo de la costa hasta Paracas estaba en posesión de una escritura jeroglífica similar a la de los mayas.

ARTHUR POSNANSKY, el destacado explorador de TIAHUANACU, presentó voluminosos estudios en los que demostraba que los grabados que aparecían en los monumentos eran de una escritura pictográfica – ideográfica, un paso anterior a la escritura fonética. Y un famoso descubrimiento, la Piedra de CALANGO, que se exhibe actualmente en el Museo de Lima (Fig. 79), sugiere una combinación de pictogramas con una escritura fonética, quizás incluso alfabética.

Uno de los mayores exploradores de América del Sur, ALEXANDER VON HUMBOLDT, trató de este tema en su principal obra, VUES DES CORDILLÉRES ET MONUMENTS DES PEUPLES INDIGENES DE L’AMERIQUE (1824). «Recientemente, se ha puesto en duda escribió, que los peruanos tuvieran, además de QUIPPUS, conocimientos de una escritura de signos. Hay un pasaje en El origen de los indios del Nuevo Mundo (Valencia, 1610), página 91, que no deja lugar a dudas a este respecto».

Después de hablar de los jeroglíficos mexicanos, el padre García añade: «Al principio de la Conquista, los indios de Perú se confesaban pintando caracteres que hacían una relación de los Diez Mandamientos y de las transgresiones cometidas contra ellos».

Es posible concluir que los peruanos estaban en posesión de una escritura de imágenes, pero que sus símbolos eran más burdos que los jeroglíficos mexicanos, y que, en términos generales, la gente hacía uso de los QUIPPUS.

Figura 77

Humboldt también contó que, estando en Lima, oyó hablar de un misionero llamado NARCISSE GILBAR que había encontrado, entre los INDIOS PANOS DEL RÍO UCAYALI, al norte de Lima, un libro de hojas plegadas, similar a los que habían utilizado los aztecas en México; pero nadie en Lima podía leerlo. «Se decía que los indígenas le contaron al misionero que el libro hablaba de antiguas guerras y viajes.»

En 1855, Ribero y Von TSCHUDI dieron cuenta de otros descubrimientos y concluyeron que en realidad había existido otro método de escritura en Perú además de los quipos. En una obra que Von TSCHUDI hizo por separado hablando de sus propios viajes (REISEN DURCH SÜDAMERIKA), éste habla de la emoción que sintió cuando le enseñaron una fotografía de un pergamino de piel con marcas jeroglíficas. El pergamino real lo encontró en el museo de La Paz, en Bolivia, e hizo una copia de la escritura que figuraba en él (Fig. 80a). «Estos símbolos me provocaron el mayor de los asombros -escribió-y estuve durante horas delante de este pergamino de piel», intentando descifrar «el laberinto» de su escritura.

Determinó que la escritura comenzaba por la izquierda, después continuaba en la segunda línea desde la derecha, en la tercera línea volvía a comenzar desde la izquierda, y así sucesivamente, serpenteando. Concluyó también que estaba escrito en la época en que se adoraba al Sol; pero no pudo ir más lejos.

Localizó el lugar de origen de la inscripción en las costas del Lago Titicaca. El padre de la misión eclesiástica del pueblo lacustre de Copacabana confirmó que aquélla era una escritura conocida en la zona, pero la atribuyó al período posterior a la Conquista. Claro está que la explicación no resultaba satisfactoria, dado que, si los indígenas no hubieran tenido su propia escritura, habrían adoptado la escritura latina de los españoles para expresarse. Aun cuando esta escritura jeroglífica evolucionara después de la Conquista, dice JORGE CORNEJO BOURONCLE (La idolatría en el antiguo Perú), «su origen debe de haber sido mucho más remoto».

ARTHUR POSNANSKY (Guía general ilustrada de Tiahuanaco) descubrió más inscripciones sobre las rocas de dos islas sagradas del lago Titicaca, y señaló que eran muy similares a las enigmáticas inscripciones descubiertas en la isla de Pascua (Fig. 80b), conclusión con la que, en la actualidad, suelen coincidir los expertos. Pero se sabe que la escritura de la isla de Pascua pertenece a la familia de las escrituras indoeuropeas del Valle del Indo y de los hititas.

Un rasgo común a todas ellas (incluidas las inscripciones del Lago Titicaca) es su sistema «como de arado de buey»: la escritura de la primera línea comienza por la izquierda y termina por la derecha; en la segunda línea es al revés, terminando por la izquierda; en la tercera es igual que en la primera, y así sucesivamente.

Figura 79

Sin querer entrar ahora en la cuestión de cómo llegó al lago Titicaca una escritura que imita a la de los hititas (Fig. 80c), parece que queda confirmada la existencia de una o más formas de escritura en el antiguo Perú. Así pues, también a este respecto, la información proporcionada por Montesinos demuestra ser correcta. Si, a pesar de todo esto, al lector le resulta todavía difícil de aceptar la inevitable conclusión de que hubo una civilización del tipo del Viejo Mundo en los Andes hacia el 2400 a.C., entonces aportaremos algunas evidencias más.

Los expertos han ignorado por completo como pista válida la reiterada afirmación de las leyendas andinas de que hubo una terrorífica oscuridad en tiempos remotos. Nadie se ha preguntado si no sería ésta la misma oscuridad -la no aparición del sol en el momento en que debería de haberlo hecho- de la cual hablan las leyendas mexicanas en el relato de Teotihuacán y sus pirámides. Pues, si de verdad sucedió este fenómeno, que el sol no salió y la noche se hizo interminable, debió de ser algo que se pudo observar en todo el continente americano. Los recuerdos colectivos mexicanos y los andinos parecen corroborarse entre sí en este punto, apoyando así la veracidad de ambos, como dos testigos ante un mismo acontecimiento. Pero, por si esto no fuera lo suficientemente convincente, podemos recurrir a la Biblia en busca de evidencias, y podemos recurrir nada menos que a Josué como testigo.

Según Montesinos y otros cronistas, un acontecimiento de lo más inusual tuvo lugar durante el reinado de TITU YUPANQUI PACHACUTI II, decimoquinto monarca del Imperio Antiguo. Fue en el tercer año de su reinado, en que «las buenas costumbres se olvidaron y la gente se entregó a todo tipo de vicios», cuando «no hubo amanecer durante veinte horas». Es decir, la noche no terminó cuando tendría que haberlo hecho, y la salida del Sol se retrasó durante veinte horas. Después de un gran lamento, de confesiones de los pecados, sacrificios y oraciones, el Sol apareció finalmente. Esto no pudo ser un eclipse: no fue que el Sol se viera oscurecido por una sombra. Además, ningún eclipse dura tanto, y los peruanos eran conocedores de estos eventos periódicos. El relato no dice que el Sol desapareciera; dice que no salió «no hubo amanecer»-durante veinte horas.

Fue como si el Sol, dondequiera que estuviera escondido, se hubiera parado de pronto.

Si los recuerdos andinos son ciertos, en algún otro lugar -en la otra parte del mundo-, el DÍA tuvo que ser igual de largo, y no debió terminar cuando debería de haber terminado, por ser un día veinte horas más largo.

Figura 80

Increíblemente, este acontecimiento está registrado, y en ningún sitio mejor que en la misma Biblia. Fue cuando los israelitas, bajo el liderazgo de Josué, acababan de cruzar el río Jordán y de entrar en la Tierra Prometida, después de tomar las ciudades fortificadas de Jericó y Ay. Fue cuando todos los reyes amorreos formaron una alianza para crear una fuerza combinada contra los israelitas. Una gran batalla tuvo lugar en el valle de AYYALÓN, cerca de la ciudad de Gabaón.

Comenzó con un ataque nocturno de los israelitas, que puso a los cananeos en fuga. Al amanecer, cuando las fuerzas cananeas se reagruparon cerca de BET JORÓN, el Señor Dios, «arrojó grandes piedras desde el cielo sobre ellos… y murieron; hubo más de ellos que murieron por las piedras, que los que murieron por la espada de los israelitas».

Entonces Josué le habló a Yahveh, el día en que Yahveh entregó a los amorreos a los Hijos de Israel, diciendo: «A la vista de los israelitas, que el Sol se detenga en Gabaón y la Luna en el valle de AYYALÓN.»

Y el Sol se detuvo, y la Luna se paró, hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos.

Cierto es, pues todo esto está escrito en el Libro de JASHAR: El Sol se detuvo en mitad de los cielos y no se apresuró en bajar en casi un día entero.

Los expertos han estado pugnando durante generaciones con este relato del capítulo 10 del Libro de Josué. Algunos lo han descartado como mera ficción; otros ven en él los ecos de un mito; y otros más intentan explicarlo en términos de un eclipse de Sol inusualmente prolongado. Pero no sólo es que estos eclipses de Sol son desconocidos, sino que, además, el relato no habla de la desaparición del Sol. Al contrario, relata un acontecimiento en el cual el Sol continuó viéndose, colgado en los cielos, durante «casi un día entero»

¿Digamos veinte horas?

El incidente, cuya singularidad se reconoce en la Biblia («no hubo un día como aquél, ni antes ni después»), al tener lugar en el lado opuesto de la Tierra con respecto a los Andes, describiría por tanto un fenómeno que sería el inverso al sucedido en América. En Canaán, el Sol no se puso durante unas veinte horas; en los Andes, el Sol no salió durante el mismo lapso de tiempo.

¿Acaso no describen los dos relatos el mismo acontecimiento y, por provenir desde dos lados diferentes de la Tierra, atestiguan su veracidad?

Lo que pudo suceder todavía es un enigma. La única pista bíblica es la mención de las grandes piedras que cayeron del cielo. Dado que sabemos que lo que los relatos describen no es la detención del Sol (y la Luna), sino una alteración en la rotación de la Tierra sobre su eje, una explicación posible sería la de que un cometa hubiera pasado demasiada cerca de la Tierra, desintegrándose en el proceso. Y, dado que algunos cometas orbitan el Sol en dirección opuesta a las manecillas del reloj, que es la inversa a la dirección orbital de la Tierra y el resto de planetas, su fuerza cinética podría haber contrarrestado temporalmente la rotación de la Tierra, provocando una ralentización.

Sea cual sea la causa exacta del fenómeno, lo que nos interesa ahora es su ubicación temporal. La fecha generalmente aceptada para el Éxodo es la del siglo XIII a.C. (hacia el 1230 a.C.), y los expertos que propugnan una fecha anterior en unos dos siglos se encuentran en franca minoría. Sin embargo, en nuestras obras anteriores (véase Las guerras de los dioses y los hombres), nosotros hemos llegado a la conclusión de que el año 1433 a.C. encajaría a la perfección este acontecimiento, así como los relatos bíblicos de los patriarcas hebreos, con los acontecimientos contemporáneos conocidos y las cronologías de Mesopotamia y Egipto.

Después de la publicación de nuestras conclusiones (en 1985), dos eminentes arqueólogos y expertos bíblicos, JOHN J. BIMSON Y DAVID LIVINGSTONE, llegaron, tras un exhaustivo estudio (BIBLICAL ARCHEOLOGY REVIEW, Septiembre/Octubre 1987) a la conclusión de que el Éxodo tuvo lugar hacia el 1460 a.C. Además de sus propios descubrimientos arqueológicos y de un análisis de los períodos de la Edad del Bronce en el Oriente Próximo de la antigüedad, los datos bíblicos y el proceso de cálculo que emplearon fue el mismo que utilizamos nosotros dos años antes.

(También explicamos entonces por qué habíamos decidido reconciliar las dos líneas de datos bíblicos fechando el Éxodo en el 1433 a.C. en vez de en el 1460 a.C.).

Dado que los israelitas erraron por los desiertos del Sinaí durante cuarenta años, la entrada en Canaán tuvo lugar en 1393 a.C. y el acontecimiento observado por Josué tuvo que ocurrir poco después.

La pregunta ahora es la siguiente:

El fenómeno opuesto, la noche interminable, ¿ocurrió en los Andes al mismo tiempo?

Desgraciadamente, la forma en que los escritos de Montesinos han llegado hasta los expertos actuales deja algunas lagunas en los datos relativos a la duración del reinado de cada monarca, y esto nos obligará a obtener la respuesta dando un rodeo.

El acontecimiento, según nos informa Montesinos, tuvo lugar en el tercer año del reinado de TITU YUPANQUI PACHACUTI II. Para determinar este momento, tendremos que calcular desde ambos extremos. Se nos dice que los primeros 1.000 años desde el Punto Cero se cumplieron durante el reinado del cuarto monarca, es decir, en el 1900 a.C.; y que el trigésimo segundo rey reinó 2.070 años después del Punto Cero, es decir, en el 830 a.C.

¿Cuándo reinó el decimoquinto monarca?

Los datos de los que disponemos sugieren que los nueve reyes que separan al cuarto del decimoquinto monarca remaron un total de unos 500 años, colocando a TITU YUPANQUI PACHACUTI II en los alrededores del 1400 a.C. Y calculando hacia atrás desde el trigésimo segundo monarca (830 a.C.), llegamos al 564 como número de años transcurridos, dándonos la fecha de 1394 a.C. para TITU YUPANQUI PACHACUTI II.

De ambos modos llegamos a una fecha para el acontecimiento andino que coincide con la fecha bíblica y la fecha del acontecimiento en Teotihuacán.

La impactante conclusión es evidente: EL DÍA EN QUE EL SOL SE DETUVO EN CANAÁN FUE LA NOCHE SIN AMANECER EN LAS AMÉRICAS. El acontecimiento, así verificado, se levanta como una prueba irrefutable de la veracidad de los recuerdos andinos de un Imperio Antiguo que comenzó cuando los dioses concedieron a la humanidad la varita de oro en el lago Titicaca.

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