FORASTEROS ALLENDE LOS MARES.


CHICHÉN ITZÁ. Los toltecas dejaron TOLLAN en el 987 d.C. bajo el liderazgo de TO-PILTZIN-QUETZALCÓATL, molestos con las abominaciones religiosas y buscando un lugar donde poder dar culto como en los días de antaño. Así fue como llegaron a Yucatán. Seguramente, podrían haber encontrado un lugar más cercano, haciendo así su viaje menos arduo, teniendo que pasar por menos territorios de tribus hostiles. Sin embargo, decidieron llevar a cabo una larga caminata de más de mil quinientos kilómetros hasta una tierra diferente en todos los aspectos, llana, sin ríos, tropical, de la suya propia. No se detuvieron hasta llegar a CHICHÉN ITZÁ. Era el imperativo llegar a la ciudad sagrada que los mayas ya habían abandonado.

De fácil acceso desde Mérida, la capital administrativa de Yucatán, se ha comparado a CHICHÉN ITZÁ con la italiana Pompeya. Lo que había que quitar era la cubierta selvática, recompensando al visitante con un doble regalo: Una visita a una ciudad maya del «Imperio Antiguo» y una imagen especular de TOLLAN, tal como sus emigrantes la habían visto por última vez; pues cuando los toltecas llegaron, reconstruyeron y construyeron CHICHÉN ITZÁ a imagen de su antigua capital.

Los arqueólogos creen que en este lugar hubo una importante población incluso en el primer milenio a.C. Las Crónicas de CHILAM BALAM dan fe de que hacia el 450 d.C., CHICHÉN ITZÁ era la principal ciudad sagrada de Yucatán. Entonces, se le llamaba Chichén, «la boca del pozo», pues su rasgo más sagrado era un cenote o pozo sagrado al cual llegaban peregrinos de todas partes.

La mayor parte de los restos visibles de aquella era de dominación maya están situados en la parte sur, lo que han dado en llamar el «Viejo Chichón». Es aquí donde está ubicada la mayor parte de los edificios descritos y dibujados por STEPHENS y CATHERWOOD y llevan nombres tan románticos como AKAB-DZIB «lugar de la escritura oculta», la Casa de las Monjas, el Templo de los Umbrales, etc.

Los últimos en ocupar o más bien reocupar CHICHEN ITZÁ antes de la llegada de los toltecas fueron los ITZAES, tribu que algunos consideran parientes de los toltecas y otros ven como emigrantes del sur. Fueron ellos los que le dieron al lugar su actual nombre, que significa «La boca del pozo de los ITZAES» y construyeron su propio centro ceremonial al norte de las ruinas mayas; los edificios más famosos del lugar, la gran pirámide central «el Castillo» y el observatorio «el Caracol» los construyeron ellos, luego se apoderarían de éstos los toltecas, que los reconstruirían cuando recrearon TOLLAN en CHICHÉN ITZÁ.

El descubrimiento fortuito de una entrada permite al visitante de hoy pasar por el espacio que queda entre la pirámide de los ITZAES y la de los toltecas, que cubre a la anterior y ascender por la antigua escalinata hasta el santuario ITZÁ, en donde los toltecas instalaron una imagen de CHACMOOL y de un jaguar.

Desde el exterior, sólo se puede ver la estructura tolteca, una pirámide que se eleva en nueve niveles hasta una altura de unos 56 metros. Consagrada al dios de la Serpiente Emplumada, QUETZALCÓATL-KUKULCÁN, no sólo se le venera con ornamentos de serpientes emplumadas, sino también incorporando en la estructura diversos aspectos calendáricos, como la construcción en cada uno de los cuatro lados de la pirámide de una escalinata con 91 peldaños que, junto con el último «peldaño» o plataforma superior suman los días del año solar (91×4+1 = 365).

Otra estructura, llamada el Templo de los Guerreros, literalmente duplica la pirámide de los Atlantes de TULA tanto por su ubicación y orientación como por su escalinata, las serpientes emplumadas de piedra que la flanquean, su decoración y sus esculturas. Al igual que en TULA TOLLAN, frente a esta pirámide-templo, al otro lado de la gran plaza está el principal juego de pelota, una inmensa cancha rectangular de casi 190 metros de larga, la más grande de América Central. Altos muros se elevan a lo largo de sus costados y en el centro de cada uno de ellos, a algo más de diez metros del suelo, sobresale un anillo de piedra decorado con tallas de serpientes entrelazadas.

Para vencer en el juego, los jugadores tenían que lanzar una pelota maciza de caucho a través de los anillos. Cada equipo lo componían siete jugadores; el equipo que perdía pagaba un alto precio: Su líder era decapitado. Unos paneles de piedra, decorados con bajorrelieves que representaban escenas del juego, se instalaban en toda la longitud de estas largas paredes. El panel central de la pared oriental muestra todavía al líder del equipo ganador (a la izquierda) sosteniendo la cabeza cortada del líder del equipo perdedor.

Tan severo fin sugiere que en este juego de pelota había algo más que juego y entretenimiento. En CHICHÉN ITZÁ y en TULA había varias canchas para el juego de pelota, quizá para entrenarse o para juegos menos importantes. La cancha principal era única por su tamaño y esplendor y la importancia de lo que pudo acaecer en ella viene subrayada por el hecho de que estuviera acompañada por tres templos ricamente decorados con escenas de guerreros, de enfrentamientos mitológicos, el Árbol de la Vida y una deidad alada y con barba provista de dos cuernos.

Todo esto, junto con la diversidad y la vestimenta de los jugadores, nos habla de un acontecimiento INTERTRIBAL internacional de gran importancia política y religiosa. El número de 7 jugadores, la decapitación del líder del equipo perdedor y el uso de una pelota de caucho parecen remedar un relato mitológico del POPOL VUH en el que se da un combate entre dioses que adopta la forma de una competición con una pelota de caucho. En ésta, se enfrentaban el dios SIETE-MACAW y sus dos hijos contra varios dioses celestes, incluidos el Sol, la Luna y Venus. El hijo SIETE-HUANAPHU, derrotado, era decapitado: «Se le separó la cabeza del cuerpo y cayó rodando, se le sacó el corazón del pecho.» Pero, siendo un dios, se le resucitó y se convirtió en un planeta.

Esta representación de acontecimientos divinos convertiría esta costumbre tolteca en algo parecido a las representaciones religiosas del antiguo Oriente Próximo. En Egipto, la desmembración y la resurrección de Osiris se representaba anualmente en una obra de misterios en la cual los actores, entre los que estaba el faraón, hacían los papeles de diversos dioses; y en Asiría, en una compleja representación que también se llevaba a cabo todos los años, se ponía en escena una batalla entre dos dioses en la cual el perdedor era ejecutado, para ser perdonado y resucitado más tarde por el dios del Cielo.

En Babilonia, se leía todos los años EL ENUMA ELISH, la epopeya que describía la creación del Sistema Solar, como parte de las celebraciones de Año Nuevo; en ésta, se representaba la colisión celeste que llevó a la creación de la Tierra (el Séptimo Planeta) como la muerte y decapitación de la monstruosa TIAMAT a manos del supremo dios babilónico MARDUK.

El mito maya y su representación, haciéndose eco de los «mitos» de Oriente Próximo y sus representaciones, parecen haber conservado los elementos celestiales del relato y el simbolismo del número siete, en su relación con el planeta Tierra. Es significativo que en las imágenes mayas y toltecas que hay a lo largo de las paredes del juego de pelota, algunos jugadores lleven como emblema un disco solar, mientras que otros llevan el de la estrella de siete puntas.

Este es un símbolo celeste y no un emblema casual, confirmado, por el hecho de que por todas partes en CHICHÉN ITZÁ se puede ver la imagen de una estrella de cuatro puntas en combinación con el símbolo del «ocho» para el planeta Venus y que en otros lugares del noroeste de Yucatán, las paredes de los templos se decoraban con símbolos de estrellas de seis puntas.

El representar a los planetas como estrellas con diferente número de puntas es tan común que solemos olvidar cómo surgió esta costumbre: Tuvo su origen en Sumer. Basándose en lo que habían aprendido de LOS NEFILIM, los sumerios no contaban los planetas tal como lo hacemos nosotros, desde el Sol hacia fuera, sino desde el exterior hacia el centro… la Tierra el séptimo y Venus el octavo.

La explicación de los expertos de por qué tanto los mayas como los toltecas consideraban a Venus el octavo es porque lleva ocho años terrestres (8 x 365 = 2.920 días) repetir un alineamiento sinódico con Venus por sólo cinco órbitas de Venus (5 x 584 = 2.920 días). Pero si esto es así, Venus debería ser el «Cinco» y la Tierra el «Ocho».

El método sumerio mucho más elegante y preciso, sugiere que las representaciones mayas – toltecas seguían la iconografía de Oriente Próximo; pues, como se puede ver, los símbolos encontrados en CHICHÉN ITZÁ y en otros muchos lugares de Yucatán son casi idénticos a aquellos mediante los que se representaba a los distintos planetas en Mesopotamia.

De hecho, el empleo de símbolos de estrellas con puntas a la manera de Oriente Próximo se hace más insistente a medida que uno se mueve hacia el noroeste de Yucatán y su costa. Allí, en un lugar llamado TZEKELNA, se encontró una notabilísima escultura, que se exhibe en la actualidad en el museo de Mérida. Esculpida a partir de un gran bloque de piedra, al cual la estatua aún está unida por su parte trasera, representa a un hombre de marcados rasgos faciales, posiblemente tocado con un casco.

Tiene el cuerpo cubierto con un traje ceñido con escamas o costillas. Bajo el brazo doblado, sostiene un objeto que el museo identifica como «la forma geométrica de una estrella de cinco puntas». Sobre el vientre, sujeto con correas, lleva un extraño dispositivo circular; los expertos creen que, por algún motivo, identificaba a los que lo portaban como dioses de las aguas.

En un lugar cercano llamado OXKINTOK, se encontraron grandes esculturas de deidades que formaban parte de enormes bloques de piedra. Los arqueólogos suponen que habrían servido como columnas de apoyo estructurales en los templos. Una de ellas parece la homologa femenina del dios arriba descrito. Su escamado atuendo aparece también en varias estatuas y ESTATUILLAS DE JAINA, una isla que se extiende cerca de la costa de esta parte noroccidental de Yucatán, en la cual se levantó un templo inusual. La isla habría servido como necrópolis sagrada, porque según las leyendas era el lugar del último descanso de ITZAMNA, EL DIOS DE LOS ITZAES un gran dios de antaño que habría llegado sobre las aguas para desembarcar allí, y cuyo nombre significaba «aquel cuyo hogar es el agua».

EL CENOTE SAGRADO DE CHICHÉN ITZÁ. Los textos, las leyendas y las creencias religiosas se combinan, de este modo, para señalar la costa del golfo de Yucatán como el lugar en donde un ser divino o deificado habría desembarcado para crear poblaciones y una civilización en aquellas tierras. Esta potente combinación, estos recuerdos colectivos, debieron de ser el motivo que impulsó a los toltecas a emprender el camino hacia este rincón de Yucatán, concretamente CHICHÉN ITZÁ, cuando emigraron en busca de una reactivación y purificación de sus creencias originales; Un regreso al lugar donde todo comenzó y donde tendría que desembarcar de nuevo aquel dios que había dicho que volvería desde el otro lado del mar.

El punto focal del culto de ITZAMNA, de QUETZALCÓATL y quizá también de los recuerdos de Votan, era el cenote sagrado DE CHICHÉN ITZÁ, el enorme pozo con evidencias de haber sido agrandado artificialmente que le había dado su nombre a CHICHÉN ITZÁ. Situado directamente al norte de la pirámide principal y conectado con la plaza ceremonial por medio de una larga avenida procesional, tiene en la actualidad algo más de 20 metros de profundidad entre la superficie y el nivel del agua, con otros treinta metros más o menos de agua y cieno más abajo. La boca de forma oval, mide alrededor de 87 metros de larga y 52 de ancha. Tuvo una escalinata que llevaba hacia abajo. Aún se pueden ver los restos de una plataforma y un santuario en la boca del pozo; allí, escribe el OBISPO LANDA, se llevaban a cabo ritos para honrar al dios del agua y las lluvias, se arrojaba a doncellas en sacrificio y los fieles que se apiñaban alrededor echaban ofrendas preciosas, preferiblemente de oro.

En 1885, había ganado una gran reputación EDWARD H. THOMPSON, con el tratado “ATLANTIS NOT A MYTH”, consiguió que se le asignara un consulado de los Estados Unidos en México. No pasó mucho tiempo antes de que comprara, por 75 dólares, más de 250 kilómetros cuadrados de selva, en donde se encontraban las ruinas de CHICHÉN ITZÁ. Haciendo de aquellas ruinas su hogar, THOMPSON organizó para el MUSEO PEABODY de la Universidad de Harvard una serie de inmersiones sistemáticas en el pozo con el objetivo de recuperar sus sagradas ofrendas. Se encontraron alrededor de 40 esqueletos humanos; los buzos sacaron miles de ricos objetos artísticos. Más de 3.400 estaban hechos de jade, piedra semipreciosa muy apreciada por mayas y aztecas, había cuentas, varillas nasales, tapones para los oídos, botones, anillos, pendientes, globos, discos, efigies, figurines… Más de 500 objetos llevaban grabados en los que se representaba tanto a animales como a personas. Entre estos últimos, algunos llevaban una visible barba, con un aspecto muy parecido al de las paredes del templo del juego de pelota. Más significativos, dada la escasez de metales en la península, eran los centenares de objetos de metal que sacaron los buzos, hechos de oro y algunos de plata y de cobre, algunos de cobre dorado o de aleaciones de cobre, incluido el bronce, lo que indica una sofisticación metalúrgica desconocida en tierras mayas y evidencia que los objetos se habían traído desde tierras distantes. Desconcertante fue el descubrimiento de discos de estaño puro, metal que no se encuentra en su estado nativo, completamente ausente en América Central que sólo se puede conseguir a través de un complejo refinado de minerales. Entre los objetos de metal, exquisitamente trabajados, había numerosas campanas, objetos rituales (copas, lavamanos), anillos, tiaras, máscaras; ornamentos, joyas, cetros, objetos de propósito desconocido y lo más importante, discos grabados o estampados con escenas de enfrentamientos entre personas con diferentes atuendos y de rasgos diferentes, quizás en combate en presencia de serpientes terrestres o celestes o de dioses celestes. El dominante o héroe victorioso se representaba siempre con barba no dioses, pues a los dioses celestes o serpiente se les mostraba por separado. Su aspecto con larga y fina barba, que alguien apodó «El Tío Sam» difiere del dios celeste alado con barba, aparece en relieves grabados en paredes y columnas de CHICHÉN ITZÁ junto con otros héroes y guerreros. La identidad de esta gente con barba es un enigma; lo que es seguro es que no eran indígenas nativos, puesto que no les crecía el vello facial y por lo tanto no podían tener barba.

Sus rasgos «semitas» o más bien mediterráneo orientales más destacados en los objetos de arcilla que llevan imágenes faciales, han llevado a varios investigadores a identificarlos como fenicios o «marinos judíos» que quizás perdieron el rumbo y fueron llevados por las corrientes atlánticas hasta las costas de Yucatán, cuando el rey Salomón y el rey fenicio Hiram juntaron sus fuerzas para enviar expediciones marítimas a circundar África en busca de oro hacia el 1000 a.C. o unos cuantos siglos después, cuando los fenicios fueron ahuyentados de sus ciudades portuarias en el Mediterráneo oriental, fundaron Cartago y navegaron hasta África occidental.

A despecho de quiénes pudieran haber sido esos marinos y el momento propuesto de la travesía, los investigadores académicos más conservadores desechan radicalmente cualquier idea de una travesía deliberada. Explican las innegables barbas como postizas que los indígenas se pegaban en la barbilla o bien que se trataba de supervivientes ocasionales de algunos naufragios.

Claro está que el primer argumento propuesto con toda seriedad por famosos expertos lleva a preguntar si los indígenas imitaban a alguna persona barbada. Tampoco parece válida la explicación que afirma que se trata de unos cuantos supervivientes de naufragios ya que Las tradiciones nativas al igual que la leyenda de Votan, hablan de viajes repetidos de exploración seguidos por asentamientos, la fundación de ciudades.

Las evidencias arqueológicas contradicen la idea de unos cuantos supervivientes ocasionales arrojados a una playa singular. A los Barbados que se ven en diversas actividades y circunstancias, se les ha representado a lo largo de toda la costa del golfo de México, en localidades del interior y hasta en la costa del Pacífico, no se les representa estilizados, ni mitificados sino retratados como gente real.

Algunos de los más sorprendentes ejemplos se han encontrado en Veracruz. Las gentes que inmortalizaron eran claramente idénticas a los dignatarios semitas occidentales, los faraones egipcios que tomaban prisioneros durante sus campañas asiáticas, tal como los representaron los vencedores en sus inscripciones conmemorativas de las paredes de los templos.

LOS OLMECAS. Las pistas arqueológicas son desconcertantes, pues llevan a un enigma mayor, los olmecas y sus aparentes orígenes negros africanos; que como se ve en muchas representaciones como la de Alvarado, “Veracruz”; se encontraron cara a cara en los mismos dominios y en la misma época con los barbados.

De todas las civilizaciones perdidas de América Central, la de LOS OLMECAS es la más antigua y desconcertante. Fue la civilización madre que todos copiaron y adaptaron. Apareció a lo largo de la costa del golfo de México a comienzos del segundo milenio a.C., estaba en pleno florecimiento en alrededor de cuarenta lugares hacia el 1200 a.C. (algunos sostienen que hacia el 1500 a.C.) y difundiéndose en todas direcciones principalmente hacia el sur, dejó su huella por toda América Central hacia el 800 a.C.

No es de sorprender que con tantos «primeros», algunos como J- SOUSTELLE, en “THE OLMECS” hayan comparado la civilización OLMECA en Centroamérica con la sumeria en Mesopotamia, que tienen todos los «primeros» del antiguo Oriente Próximo. Al igual que la civilización sumeria, los olmecas también aparecieron de repente, sin ningún precedente o período previo de avance gradual.

La primera escritura en glifos de Centroamérica aparece en el reino de LOS OLMECAS y lo mismo se puede decir del sistema numérico de puntos y barras. Las primeras inscripciones del calendario de la Cuenta Larga, con la enigmática fecha de comienzo en 3113 a.C.; las primeras obras de arte escultórico grandiosas y monumentales; la primera utilización del jade; las primeras representaciones de armas o herramientas manuales; los primeros centros ceremoniales; las primeras orientaciones celestes, todo fueron consecuciones de LOS OLMECAS.

En sus textos, los sumerios describían su civilización como un regalo de los dioses, los visitantes a la Tierra que surcaban los cielos y de ahí que se les representara como seres alados. LOS OLMECAS expresaron sus «mitos» en el arte escultórico, como en esta estela de IZAPA en la que un dios alado decapita a otro. Este relato en piedra es notablemente similar a otra representación sumeria.

Apodados OLMECAS «pueblo del caucho», debido a que su región en la costa del golfo era conocida por sus árboles de caucho, en realidad eran un enigma, forasteros en tierra extraña de allende los mares, que no sólo pertenecían a otra tierra, a otro continente. En una zona de costas pantanosas donde la piedra es rara crearon y dejaron tras de sí monumentos de piedra que asombran en nuestros días; los más desconcertantes son los que retratan a los propios OLMECAS, gigantescas cabezas de piedra esculpidas con increíble habilidad y herramientas desconocidas. El primero en ver una de estas gigantescas cabezas fue J. M. MELGAR Y SERRANO en Tres Zapotes estado de Veracruz, descrita en el Boletín de la Sociedad Geográfica y Estadística Mexicana (1869) como una obra de arte… una magnífica escultura que parece representar a un etíope. Unos dibujos anexos reproducían fielmente los rasgos negroides de la cabeza.

En 1925 los expertos occidentales confirmaron la existencia de tan colosales cabezas de piedra cuando un equipo arqueológico de la Universidad de Tulane, encabezado por FRANS BLOM, encontró la parte superior de una colosal cabeza profundamente hundida en la tierra, en La Venta, lugar cercano a la costa del golfo, estado de Tabasco que desenterrada media casi 2.5 metros de alta y 6.4 de circunferencia, y pesaba alrededor de 24 toneladas. Representa a un negroide africano con un visible casco. Con el tiempo, en La Venta se encontraron más cabezas, cada una con sus diferencias individuales y con cascos diferentes pero con los mismos rasgos faciales.

Otras cinco de estas colosales cabezas se descubrieron en la década de 1940 en San Lorenzo, asentamiento OLMECA a casi 100 km. de La Venta por las expediciones arqueológicas dirigidas por MATTHEW STIRLING y PHILIP DRUCKER. Los equipos de la Universidad de Yale que les siguieron, liderados por MICHAEL D. COE descubrieron más cabezas e hicieron lecturas de radiocarbono que dieron fechas en torno al 1200 a.C. Esto significa que la materia orgánica en su mayor parte carbón encontrada en aquel lugar tenía aquella antigüedad; pero el lugar mismo y sus monumentos bien podrían ser más antiguos. Así, el arqueólogo mexicano Ignacio Bernal que descubrió otra cabeza en Tres Zapotes, data estas colosales esculturas hacia el 1500 a.C.

Hasta ahora se han encontrado dieciséis de estas enormes cabezas, que miden entre metro y medio y tres metros de altura y llegan a pesar hasta 25 toneladas. Quienquiera que las esculpiera estuvo a punto de esculpir algunas más pues, junto a las cabezas terminadas, se ha encontrado gran cantidad de «material crudo», grandes piedras extraídas ya de la cantera y se habían redondeado hasta darle la forma de una pelota. Las piedras de basalto, terminadas y sin terminar se llevaron desde su origen hasta lugares en donde no existe la piedra, recorriendo distancias de 100 kilómetros o más, a través de selvas y pantanos.

Cómo se extrajeron estos colosales bloques de piedra, cómo se transportaron, cómo se esculpieron y se erigieron en su destino, sigue siendo misterio. Sin embargo está claro que para LOS OLMECAS era muy importante conmemorar a sus líderes de esta manera. Viendo una galería de retratos de estas cabezas, se puede ver con claridad que se trataba de personas, todas ellas de la misma estirpe negroide africana, pero con sus propias personalidades y con diferentes tocados. Las escenas de enfrentamientos grabadas en las estelas de piedra y otros monumentos ofrecen una clara imagen de LOS OLMECAS como gente alta, de constitución fuerte, con cuerpos musculosos, «gigantes» en estatura sin duda a los ojos de la población indígena.

Pero para que no supongamos que se trata sólo de unos cuantos líderes sino de una verdadera población de etnia negroide africana de hombres, mujeres y niños, LOS OLMECAS dejaron tras ellos, esparcidas por una inmensa región de Centroamérica que va desde el golfo hasta la costa del Pacífico, centenares si no miles de representaciones de sí mismos.

En esculturas, grabados en piedra, bajorrelieves y estatuillas, siempre vemos las mismas caras de negro africano, como en los jades del cenote sagrado de Chichén Itzá o en las efigies de oro encontradas allí; en numerosas terracotas enconadas desde la ISLA DE JAINA una pareja de enamorados, hasta el centro y el norte de México, e incluso jugadores de pelota (relieves de El Tajín); se muestran unas cuantas.

En algunas terracotas y aún más en las esculturas de piedra, se retrata a LOS OLMECAS sosteniendo bebés, un acto que debió de tener un significado especial para ellos. Pero no son menos intrigantes los asentamientos en donde se encontraron las colosales cabezas y otras representaciones de LOS OLMECAS; su tamaño, magnitud y estructuras dejan ver la obra de unos Colonizadores organizados, no la de unos cuantos náufragos fortuitos.

 

LA VENTA era en realidad una pequeña isla en una pantanosa región costera, artificialmente conformada, rellenada de tierra y construida según un plan preconcebido. Los principales edificios, entre los que se incluye una inusual «pirámide» cónica, montículos alargados y circulares, estructuras, patios pavimentados, altares, estelas y otros elementos de factura humana, se dispusieron con una gran precisión geométrica a lo largo de un eje norte-sur que se extendía casi cinco kilómetros.

En un lugar carente de piedra, se utilizó una sorprendente variedad de ésta, cada una elegida por sus cualidades especiales, en la construcción de estructuras, monumentos y estelas, a pesar de que hubo que trasladarlas desde grandes distancias. Sólo la pirámide cónica precisó de 28.300 metros cúbicos de tierra.

Todo esto supondría un tremendo esfuerzo físico. También precisaba de un alto nivel de experiencia en arquitectura y mampostería, de lo cual no había precedente en Centroamérica. Obviamente, todos estos conocimientos debieron aprenderlos en algún otro lugar. Entre los extraordinarios descubrimientos de LA VENTA había un recinto rectangular que estaba circundado o vallado con columnas de basalto, el mismo material con el que se esculpieron las enormes cabezas.

El recinto protegía un sarcófago de piedra y una cámara funeraria rectangular que también estaba techada y rodeada de columnas de basalto. En el interior, varios esqueletos yacían sobre una plataforma baja. En conjunto, este descubrimiento único, con su sarcófago de piedra, parece haber sido el modelo para la igualmente inusual CRIPTA DE PACAL EN PALENQUE. Al menos, la insistencia en el empleo de grandes bloques de piedra, aun cuando tuvieran que ser traídos desde tan lejos, para monumentos, esculturas conmemorativas y enterramientos, debería servir de pista sobre el enigmático origen de LOS OLMECAS.

No menos desconcertante fue el descubrimiento en LA VENTA de centenares de objetos artísticamente tallados del poco común jade, incluidas unas extrañas hachas elaboradas con esta piedra semipreciosa, que no se puede encontrar en la zona. Después, para hacer aún mayor el misterio, todos estos objetos fueron enterrados deliberadamente en largas y profundas zanjas. Éstas, a su vez, se cubrieron con diferentes capas de arcilla, de diferentes clases y colores -miles de toneladas de tierra traída desde varios lugares distantes. Increíblemente, las zanjas tenían el fondo cubierto de miles de baldosas de serpentina, otra piedra semipreciosa verde azulada. La mayoría de los expertos supone que las zanjas se cavaron para enterrar en ellas estos preciosos objetos de jade, pero los suelos de serpentina también podrían estar sugiriendo que las zanjas se construyeron mucho antes, con un propósito completamente distinto; pero se utilizaron para enterrar unos objetos muy apreciados, como esas extrañas hachas, una vez dejaron de necesitarlos (y de necesitar las zanjas). No existen dudas de que LOS OLMECAS abandonaron sus asentamientos hacia los comienzos de la era cristiana y que incluso intentaron enterrar algunas de sus colosales cabezas. Quienquiera que llegara a sus poblados después, lo hizo con ansias de venganza: Algunas de las cabezas fueron derribadas de sus bases, para después hacerlas rodar hasta los pantanos; otras muestran marcas que denotan haber sido golpeadas.

Como otro de los muchos enigmas de La Venta, permítase hablar del descubrimiento en las zanjas de unos espejos cóncavos de minerales de hierro (magnetita y hematites) cristalizados, moldeados y pulidos a la perfección. Después de estudiarlos y de hacer algunos experimentos, los expertos del INSTITUTO SMITHSONIANO DE WASHINGTON D.C. llegaron a la conclusión de que los espejos pudieron ser utilizados para enfocar los rayos del sol, para encender fuego o con «propósitos rituales» (ésa es la forma que tienen los expertos de decir que no saben para qué servía un objeto).

El enigma final en LA VENTA es el lugar en sí mismo, pues está exactamente orientado según un eje norte-sur, con 8o de inclinación al oeste del verdadero norte. En diversos estudios se ha demostrado que esta orientación fue premeditada, con el objetivo de permitir la observación astronómica, quizá desde la cúspide de la «pirámide» cónica, cuyas prominencias podrían haber servido como indicadores direccionales.

En un estudio especial, de M. POPENOE-HATCH (PAPERS ON OLMEC AND MAYA ARCHEOLOGY N° 13, UNIVERSITY OF CALIFORNIA), se concluyó que, «el patrón de observación hecho en LA VENTA hacia el 1000 a.C. habría que remontarlo a un cuerpo de conocimientos desarrollado un milenio antes… El asentamiento de LA VENTA y su arte del 1000 a.C. parecen reflejar una tradición basada en gran parte en los tránsitos de estrellas sobre el meridiano que tuvieron lugar en los solsticios y los equinoccios de alrededor del 2000 a.C.», haciendo de LA VENTA el «centro sagrado» más antiguo de Centroamérica, precediendo a Teotihuacán, salvo por la época legendaria en que sólo los dioses moraban allí. Aun así, puede que no sea ésa la verdadera fecha en que LOS OLMECAS llegaron allí tras cruzar los mares, pues su Cuenta Larga comienza en el 3113 a.C.; pero indica en qué medida se adelantaron a civilizaciones famosas, como los mayas o los aztecas.

En TRES ZAPOTES, cuya fase previa sitúan los arqueólogos entre 1500 y 1200 a.C., se pueden ver esparcidas por el lugar, construcciones de piedra aunque la piedra es rara aquí, terrazas, escalinatas y montículos. Se han localizado por lo menos otros ocho lugares en un radio de 24 kilómetros desde TRES ZAPOTES, lo que sugiere que debió de ser un gran centro rodeado de poblaciones satélites. Además de las cabezas y de otros monumentos escultóricos, también se desenterraron gran cantidad de estelas como la «Estela C» que lleva la fecha de Cuenta Larga del 7.16.6.16.18 que equivale al 31 a.C., confirmando la presencia de LOS OLMECAS en este lugar en aquella época.

En SAN LORENZO, las ruinas OLMECAS están compuestas por estructuras, montículos y terraplenes, entremezclados con estanques artificiales. La parte central de este lugar se construyó sobre una plataforma de factura humana de alrededor de 2 Km2, que fue elevada unos 56 metros por encima del terreno circundante, una Proeza que empequeñece muchas obras modernas. Los arqueólogos descubrieron que los estanques estaban interconectados a través de un sistema de conductos subterráneos «cuyo significado o función resultan aún desconocidos».

Se puede proseguir largamente con la descripción de lugares OLMECAS. Se han descubierto alrededor de 40. Además del arte monumental y de los edificios de piedra, hay montículos por docenas y otras evidencias de movimientos de tierra deliberados.

OLMECAS MINEROS. Sin embargo, las obras de sillería, los terraplenes, zanjas, estanques, conductos y los espejos deben tener algún sentido, aun cuando los expertos modernos no alcancen a comprenderlo, así como la presencia de LOS OLMECAS en América Central, a menos que uno suscriba la teoría de los supervivientes de un naufragio, cosa que acá no se va a hacer. Los historiadores aztecas describieron a LOS OLMECAS como los remanentes de un antiguo pueblo, no unas cuantas personas de habla no náhuatl, que crearon la civilización más antigua de México. Las evidencias arqueológicas apoyan la idea y demuestran que, desde una base o «área metropolitana» que lindaría con el golfo de México, en donde La Venta, Tres Zapotes y San Lorenzo conformarían un triángulo PIVOTAL, la zona de asentamientos e influencia OLMECAS cruza por el sur hacia la costa del Pacífico de México y Guatemala.

Expertos en terraplenes, maestros de la sillería, excavadores de zanjas, canalizadores de aguas, fabricantes de espejos… Así dotados, Las estelas los muestran emergiendo de «altares» que representan entradas a las profundidades de la tierra, o en el interior de cuevas, con un desconcertante surtido de herramientas, como en esta estela de LA VENTA, en la que es posible discernir los enigmáticos espejos, que están sujetos a los cascos de los que llevan las herramientas. En conjunto, las capacidades, las escenas, las herramientas, parece que nos llevan a una conclusión: LOS OLMECAS eran mineros, venidos al Nuevo Mundo para extraer algunos metales preciosos probablemente oro, quizá también algún otro mineral extraño.

Las leyendas de Votan, que hablan de túneles a través de las montañas, apoyan esta conclusión. También el hecho de que entre los dioses de Antaño cuyo culto adoptaron los pueblos NAHUATLACAS, de LOS OLMECAS, estuviera el DIOS TEPEYOLLOTI, que significa «corazón de la montaña», un dios de las cuevas con barba cuyo templo tenía que ser de piedra, y debía de estar construido preferiblemente en el interior de una montaña. Su símbolo jeroglífico era una montaña perforada; se le representaba con una herramienta parecida a un lanzallamas, ¡lo mismo que en Tula!

Da cómo impresión, que el lanzallamas es el mismo que sostenían los atlantes y que se representaba en una columna utilizada probablemente para cortar la piedra, no sólo para tallarla. Esto resulta manifiesto en un relieve conocido como DAIZU N° 40 que se descubrió en el Valle de Oaxaca donde se muestra a una persona en un lugar estrecho, utilizando el lanzallamas contra la pared que tiene delante. El símbolo del «diamante» que hay en la pared significa un mineral, pero aún no se ha descifrado cuál.

Tal como atestiguan gran cantidad de representaciones, el enigma de LOS «OLMECAS» africanos se entremezcla con el enigma de los barbados del Mediterráneo oriental. Se les plasmó en multitud de monumentos de todos los asentamientos olmecas, en retratos individuales o en escenas de enfrentamientos.

Curiosamente, algunos de los enfrentamientos se representan como si hubieran tenido lugar en el interior de cavernas; en uno de TRES ZAPOTES, aparece un ayudante que lleva un dispositivo luminoso en un tiempo en que supuestamente sólo se utilizaban antorchas.

No menos sorprendente es una estela de CHALCATZINGO en donde aparece una mujer «caucásica» manipulando lo que parece un sofisticado equipo técnico; en la base de la estela hay un revelador signo de «diamante». Todo parece establecer una relación con los minerales.

¿Acaso los barbados del Mediterráneo llegaron a América Central al mismo tiempo que LOS OLMECAS africanos, eran aliados, se ayudaban entre sí, o competían por los mismos minerales o metales preciosos?

Se cree que LOS OLMECAS africanos llegaron allí primero y que las raíces de su llegada hay que buscarlas en esa misteriosa fecha de comienzo de la Cuenta Larga: el 3113 a.C.

No importa cuándo y por qué comenzó la relación, pero parece que terminó con una convulsión.

Los expertos se preguntan por qué en muchos asentamientos OLMECAS existen evidencias de una destrucción deliberada, monumentos deformados incluidas las colosales cabezas, objetos rotos, monumentos derribados, todo ello con vehemencia, como si de una venganza se tratara. Y no parece que toda esta destrucción tuviera lugar de una vez; parece como si los poblados OLMECAS se hubieran ido abandonando gradualmente, primero el «centro metropolitano» más antiguo, cercano al Golfo, hacia el 300 a.C., para más tarde ir abandonando los lugares más al sur. Hay la evidencia de una fecha equivalente al 31 a.C. en TRES ZAPOTES, que sugiere que el proceso de abandono de los centros OLMECAS, seguido por la vengativa destrucción, pudo durar varios siglos, a medida que LOS OLMECAS iban cediendo terreno y retirándose hacia el sur.

Las imágenes de este turbulento período y de esa zona meridional de los dominios OLMECAS los muestran cada vez más como guerreros con máscaras aterradoras de águila o de jaguar. En uno de estos grabados en la roca de las regiones meridionales se ve a tres guerreros olmecas dos de ellos con máscaras de águila y con lanzas en las manos. También a un cautivo desnudo y con barba. Lo que no queda claro es si los guerreros están amenazando al cautivo, o lo están salvando.

¿Estaban en el mismo bando los negroides olmecas y los barbados del Mediterráneo oriental cuando aquellos tiempos turbulentos hizo añicos la primera civilización de América Central?

Al menos, parece que compartieron el mismo destino.

En uno de los asentamientos más interesantes que hay cerca de la costa del Pacífico, en Monte Albán levantado sobre un inmenso surtido de plataformas de factura humana y con extrañas estructuras construidas con fines astronómicos, existen docenas de losas, erigidas en un muro conmemorativo, que llevan las imágenes grabadas de estos negroides africanos en posiciones un tanto retorcidas.

Durante mucho tiempo, se les llamó Danzantes, pero los expertos coinciden ahora en que representan los cuerpos mutilados y desnudos de olmecas, supuestamente muertos durante alguna sublevación violenta de los indígenas de la zona. Entre estos cuerpos, se puede ver también el de un hombre con barba y una nariz semita que como es obvio, compartió el mismo destino de LOS OLMECAS.

Se cree que Monte Albán se pobló hacia el 1500 a.C., y que fue un centro importante desde el 500 a.C. Así, en unos cuantos siglos de grandeza, sus constructores terminaron como cuerpos mutilados, honrados en las piedras, víctimas de aquellos a los que habían enseñado.

Así sucedió con los milenios, la edad de oro de los forasteros de allende los mares, que se convirtió poco menos que en una leyenda.

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